La Rioja
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El safari náutico: Los icebergs y el glaciar Spegazzini
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Inés Martínez | 01-03-2011 | 12:15| 0

Yo creo que ver y caminar sobre el Perito Moreno da energía, o salud, o ganas de vivir, o algo así. Al día siguiente del gran trekking pensábamos que nos íbamos a levantar con agujetas, dolor de todo e incluso un catarro después de la calada monumental, pero nada. Estábamos como nuevos.

Nos montamos en un barco que hace la excursión conocida como el safari náutico, con la intención de ver el resto de los glaciares que rodean el inmenso lago Argentino. La verdad es que de safati tiene más bien poco, porque te mueves sólo para ir de tu asiento a la cubierta, y como mucho al piso de arriba o al de abajo, pero merece mucho la pena, y después de una paliza como la del trekking, no viene nada mal un día de relax.
La excursión te lleva normalmente hasta el Upsala y al Onelli, pero cuando fuimos nosotros el paso estaba cerrado por el hielo, así que fuimos al Spegazzini y al Perito Moreno.

Por suerte el tiempo había cambiado, hacía un solazo increíble y pasamos la mayoría del tiempo en cubierta, disfrutando del tiempo y de las imponentes vistas de los témpanos flotando en el Brazo Norte del Lago Argentino y en el canal de los Témpanos.




Entre glaciar y glaciar, el viaje te va mostrando gigantescas masas de hielo que flotan en el lago desprendidas del Upsala o del Perito Moreno y de las que sólo ves el diez por ciento. El resto está bajo el agua.




Glaciares en Argentina

El Spegazzini es el más alto del Parque Nacional, con 135 metros. La pared impresiona muchísimo….

… pero cuando levantas la vista y te das cuenta que no llegas a ver desde dónde viene el hielo te quedas alucinado

Después te llevan al Perito Moreno

Es imposible recoger en una imagen toda su pared frontal…

Aunque parezca increíble, después de un día entero viendo glaciares, te quedarías miles de horas más mirándolos, atontado, con la boca abierta… pero como mucho, te puedes llevar su recuerdo… o un trocito de hielo…

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El gran glaciar: Perito Moreno
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Inés Martínez | 22-02-2011 | 11:32| 1

La emoción nos despertó a las cinco de la mañana. La emoción, y sonido del viento y la lluvia que golpeaba las ventanas. La decepción fue enorme al ver el día tan desagradable que hacía, incluso estábamos pensando que no íbamos a poder cumplir uno de nuestros sueños del viaje: el Big Ice en el Perito Moreno.

Antes de hacer el viaje le dimos muchas vueltas a este tema. Había dos opciones, un minitreking de una hora y media, o el largo, que eran ocho horas. En los foros leímos que el segundo podía ser demasiado, pero que el primero se hacía corto. Así que nos hicimos los valientes y decidimos apuntarnos al Big Ice.

Durante la hora de trayecto que cubre los ochenta kilómetros que separan El Calafate del Parque nacional de los Glaciares lo único que hacíamos era mirar al horizonte esperando ver un rayo de sol, que dejara de llover, pero nada. Seguía jarreando. Aunque por lo menos el viento se había parado.

Al final, todo dio igual. La primera visión del Perito Moreno es para quedarse hipnotizado.

La vista no abarca y el silencio que invade el lugar sólo se rompe cuando tienes la suerte de ver algún desprendimiento, que suena como si la tierra se fuera a partir en dos.
Me habían dicho que no hay palabras para definir el Perito, y es completamente cierto.

El Glaciar Perito Moreno

Después de una hora intentando hacer fotos desde las pasarelas, (digo intentando porque con la lluvia y la cantidad de ropa que llevábamos era imposible), cogimos un barco que nos llevó hasta el lateral del glaciar por el canal de los Témpanos.

Comenzamos una caminata de una hora por el lateral del glaciar hasta llegar a un refugio, donde nos pusieron los crampones y dividieron el grupo entre los que hacían el minitrekking y los que hacíamos el Big Ice. Verte ya con los crampones causa una emoción indescriptible.

Y comenzamos a andar.

La visión desde la cara norte del Perito es alucinante, con un azul que se intensifica en los días nublados y de lluvia y un blanco que yo no había visto en mi vida, grandes picos de hielo formados durante millones de años y agujeros, grietas y cuevas formados por la erosión del agua los que no se ve el fondo y que te hacen sentir como si fueras la primera persona que pisa ese hielo.

Seis horas después, con imágenes únicas en nuestra memoria, y sabiendo que nadie vería el glaciar como lo vimos nosotros (no porque seamos especiales, sino porque cambia constantemente), estábamos de vuelta a la cabaña, con litros de agua sobre nosotros y calados hasta la huesos, (y no es una forma de hablar), pero con una gran pena por abandonar un lugar tan mágico e inolvidable.

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El Calafate: Pensando en el glaciar
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Inés Martínez | 10-02-2011 | 08:15| 0

En nuestro siguiente día en Argentina nos tocaba coger (ups!, si me oyen allí…) un avión en dirección al sur, a El Calafate. A pesar de los lugareños aseguraban que hacía buen día, en realidad hacía muchísimo frío y otra vez el molesto y helado viento del sur. Pero las vistas desde el avión eran tan alucinantes y la emoción por lo que nos esperaba era tanta, que llegamos de lo más acalorados:sólo con la lectura de lo que íbamos a hacer y ver al día siguiente se me ponía la carne de gallina.
El Calafate es una ciudad que en los últimos quince años ha pasado de 2000 a 20000 habitantes, y todo gracias a su gran atracción, los glaciares, y más concretamente, el Perito Moreno.

Teníamos la tarde libre y decidimos darnos un paseo por la laguna Nimez, desde donde puedes observar el Lago Argentino y a la Bahía Redonda, además de las coloridas aves de la zona (aunque a mi la verdad es que los pájaros… ni fú ni fá).

Es un lugar agradable, pero lo que más nos emocionaba era mirar a lo lejos y saber que unos kilómetros más allá nos esperaba una de las razones por las que decidimos ir a Argentina: el gran glaciar Perito Moreno.

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Los pingüinos de Punta Tombo
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Inés Martínez | 02-02-2011 | 17:48| 0

Con la emoción de haber visto a las ballenas y los leones marinos todavía a flor de piel, en la segunda jornada nos esperaba algo muy mágico.
En dirección contraria a la que habíamos ido el primer día, fuimos hacia el sur, a Punta Tombo, donde vive una colonia de más de medio millón de pingüinos de Magallanes. Yo siempre he tenido la imagen de los pingüinos en el hielo, pero no todos viven así. Los de esta especie viven parte del año en el mar, pero otra parte viven en tierra, en nidos cavados en auténticos secarrales. Es realmente curioso.

Por el camino el guía nos contó cómo estos animales son muy fieles a sus nidos. Cada uno busca el lugar que más le gusta, lo adecua sus necesidades, lo protege de los depredadores y una vez que está listo, deja que lo vean las hembras, para que éstas elijan si es un buen partido o no. Forman pareja, tienen sus crías y para cuidarlas se turnan. Mientras uno va al mar a por comida, el otro se queda cuidando a los bebés, y luego al revés. Un año después, vuelven al mismo nido los dos miembros de la pareja. Realmente no es que sean fieles uno al otro, pero sí a su hogar.

La verdad es que yo no imaginaba que había tantos pingüinos. Hay un sendero que te lleva caminando durante una hora (muy tranquilos, parándote cada tres pasos)hasta la playa por el que vas caminando y a los lados vas viendo cientos y cientos de pingüinos, cada uno en su nido, tranquilos, tomando el sol, ajenos a nuestra presencia y muchos de ellos dando de comer a sus crías.


Según te vas acercando a la zona de la playa, el número de nidos aumenta, hasta que a lo lejos casi no ves espacio para más. Esto es porque los sitios cercanos al agua son los más codiciados,porque lógicamente tienen la comida más cerca, y cuanto más se alejan, el esfuerzo es mucho mayor. Está claro que los pingüinos nos son muy ágiles en tierra, y muchos de ellos tienen los nidos hasta a quinientos metros del mar.

Una de las normas de esta reserva es que si vas caminando y un pingüino está cerca y va a pasar por donde vas tú, te tienes que parar y cederle el paso. Y es algo que pasa varias veces a lo largo del recorrido. Se paran, te miran ladeando la cabeza a un lado y a otro para calcular la distancia y cuando ven que estás quieto, pasan como diciendo ‘gracias, muy amable’. Para morirse de risa.

El viento loco que hay en esta zona, nos fastidió la segunda parte del día, con la ilusión que me hacia… Íbamos a ver toninas, un tipo de delfín pequeño y muy juguetón al que le encanta ir saltando delante de las lanchas. Pero el puerto de Rawson estaba cerrado, así que nos quedamos con las ganas. Una pena.

Próxima parada, El Calafate.

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Península Valdés: entre ballenas, pingüinos y ñandúes
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Inés Martínez | 26-01-2011 | 18:07| 0

Después de veintiocho horas de viaje (cinco de autobús a Madrid, cinco de espera en Barajas, doce de vuelo a Buenos Aires, tres de espera en el aeropuerto, dos más de vuelo a Trelew y una de viaje hasta Península Valdés) llegamos por fin a nuestro destino. Puerto Madryn es una ciudad de 90.000 habitantes rodeada de la nada y que forma parte de la Patagonia.
El lugar es una gran estepa con cientos de kilómetros de llanuras en las que sólo habitan ovejas, guanacos y ñandúes. En noviembre, allí está terminando la primavera y empezando el verano austral. La temperatura es perfecta, unos veinticuatro grados al mediodía, pero el viento es insufrible. El aire de Tarifa al lado del de esta zona se queda en una brisilla suave.

El día que llegamos sólo nos dieron las fuerzas para ducharnos y meternos en la cama. Ocho horas de sueño reponedor y ya estábamos preparados para afrontar una jornada que se quedará guardada en mi mente para siempre.

A las ocho de la mañana partimos en dirección a Península Valdés, pasando el istmo Ameghino hasta llegar a Puerto Pirámides. Al bajar del coche y pisar la playa no nos podíamos creer que el viento se hubiera calmado y no quedara ni una nube en el cielo. Nos pusieron los chalecos salvavidas y mientras el guía, un australiano enamorado de las ballenas, nos explicaba que normalmente la gente vomita a los dos minutos de montarse en el barco mientras nosotros estábamos como en una piscina, comenzamos a ver a los lejos pequeñas manchas negras brillantes que se movían. Media hora después, estábamos en mitad del Golfo Nuevo rodeados de quince ballenas que enseñaban a nadar y a aguantar la respiración a sus crías.

Stiven, el guía, nos contó que la ballena franca austral tiene en esta zona de la Patagonia Argentina uno de sus lugares preferidos para cuidar a sus crías durante su primer año de vida, sobretodo por la temperatura de las aguas, no tan fría como más al sur.
Nos hubiéramos quedado horas y horas en aquel lugar, con los motores del barco parados y mirando a las ballenas enseñarnos su cola, su lomo lleno de callosidades gracias a las que las identifican los biólogos, su negro y brillante color, el movimiento de los bebés imitando todo lo que hacían sus madres…. Unos alucinantes animales de hasta quince metros de largo y veintisiete toneladas de peso que se exhibían sólo a unos metros de nosotros.

Todavía alucinados, volvimos al coche para hacer otra hora de viaje (se hace bastante pesado y aburrido, la verdad, porque por el camino no hay nada de nada) y llegar a la hora de comer hasta Punta Norte, donde vive una enorme colonia de elefantes y lobos marinos. No hay que preocuparse demasiado por la comida, ya que sólo hay dos opciones: o te llevas tú algo, o comes en un sencillo buffet que hay allí que no está nada mal.

Te quedas impresionado viendo miles de manchas oscuras por toda la costa, de todos los tamaños, tumbados panza arriba, descansando, tomando el sol, guardando energía, ya que saben que estarán semanas sin comer y que la grasa que les cubre les ayudará a sobrellevarlo. Me reí muchísimo con los que de vez en cuando se movían, con su cara simpática y tan, tan, tan torpes. Arrastrándose hasta acercarse a algún compañero de descanso para jugar. Pero lo justo, sin cansarse.

La verdad es que es una gozada ver cómo en este país cuidan su fauna. No te lo repiten dos veces: no acercarse a los animales, no darles de comer, ni salirse del sendero. Y allí todo el mundo lo cumple.

Un primer día impresionante y realmente emocionante. La verdad es que cuando empezamos a preparar el viaje dudamos si incluir Península Valdés en nuestra ruta o no, pero ahora se lo recomendaría a cualquiera. Es un lugar perfecto para conocer la parte norte de la Patagonia, a su agradable gente, sus desérticos caminos y sus maravillosos, divertidísimos y simpatiquísimos animales.
Y en el próximo, los pingüinos de Punta Tombo

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Sobre el autor Inés Martínez
Periodista de larioja.com. Loca por los viajes. Cualquier destino del mapa me parece perfecto. En este blog podrás leer consejos para viajar, cómo preparar un viaje por tu cuenta, destinos que merecen la pena, hoteles, vuelos, rutas, mapas, propuestas...     Tengo otro blog sobre redes sociales llamado Twitterlandia. Puedes seguirme en Instagram @inesimar y en Twitter en @inesimar