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Los pingüinos de Punta Tombo
Inés Martínez 02-02-2011 | 5:48 | 0

Con la emoción de haber visto a las ballenas y los leones marinos todavía a flor de piel, en la segunda jornada nos esperaba algo muy mágico.
En dirección contraria a la que habíamos ido el primer día, fuimos hacia el sur, a Punta Tombo, donde vive una colonia de más de medio millón de pingüinos de Magallanes. Yo siempre he tenido la imagen de los pingüinos en el hielo, pero no todos viven así. Los de esta especie viven parte del año en el mar, pero otra parte viven en tierra, en nidos cavados en auténticos secarrales. Es realmente curioso.

Por el camino el guía nos contó cómo estos animales son muy fieles a sus nidos. Cada uno busca el lugar que más le gusta, lo adecua sus necesidades, lo protege de los depredadores y una vez que está listo, deja que lo vean las hembras, para que éstas elijan si es un buen partido o no. Forman pareja, tienen sus crías y para cuidarlas se turnan. Mientras uno va al mar a por comida, el otro se queda cuidando a los bebés, y luego al revés. Un año después, vuelven al mismo nido los dos miembros de la pareja. Realmente no es que sean fieles uno al otro, pero sí a su hogar.

La verdad es que yo no imaginaba que había tantos pingüinos. Hay un sendero que te lleva caminando durante una hora (muy tranquilos, parándote cada tres pasos)hasta la playa por el que vas caminando y a los lados vas viendo cientos y cientos de pingüinos, cada uno en su nido, tranquilos, tomando el sol, ajenos a nuestra presencia y muchos de ellos dando de comer a sus crías.


Según te vas acercando a la zona de la playa, el número de nidos aumenta, hasta que a lo lejos casi no ves espacio para más. Esto es porque los sitios cercanos al agua son los más codiciados,porque lógicamente tienen la comida más cerca, y cuanto más se alejan, el esfuerzo es mucho mayor. Está claro que los pingüinos nos son muy ágiles en tierra, y muchos de ellos tienen los nidos hasta a quinientos metros del mar.

Una de las normas de esta reserva es que si vas caminando y un pingüino está cerca y va a pasar por donde vas tú, te tienes que parar y cederle el paso. Y es algo que pasa varias veces a lo largo del recorrido. Se paran, te miran ladeando la cabeza a un lado y a otro para calcular la distancia y cuando ven que estás quieto, pasan como diciendo ‘gracias, muy amable’. Para morirse de risa.

El viento loco que hay en esta zona, nos fastidió la segunda parte del día, con la ilusión que me hacia… Íbamos a ver toninas, un tipo de delfín pequeño y muy juguetón al que le encanta ir saltando delante de las lanchas. Pero el puerto de Rawson estaba cerrado, así que nos quedamos con las ganas. Una pena.

Próxima parada, El Calafate.

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Península Valdés: entre ballenas, pingüinos y ñandúes
Inés Martínez 26-01-2011 | 6:07 | 0

Después de veintiocho horas de viaje (cinco de autobús a Madrid, cinco de espera en Barajas, doce de vuelo a Buenos Aires, tres de espera en el aeropuerto, dos más de vuelo a Trelew y una de viaje hasta Península Valdés) llegamos por fin a nuestro destino. Puerto Madryn es una ciudad de 90.000 habitantes rodeada de la nada y que forma parte de la Patagonia.
El lugar es una gran estepa con cientos de kilómetros de llanuras en las que sólo habitan ovejas, guanacos y ñandúes. En noviembre, allí está terminando la primavera y empezando el verano austral. La temperatura es perfecta, unos veinticuatro grados al mediodía, pero el viento es insufrible. El aire de Tarifa al lado del de esta zona se queda en una brisilla suave.

El día que llegamos sólo nos dieron las fuerzas para ducharnos y meternos en la cama. Ocho horas de sueño reponedor y ya estábamos preparados para afrontar una jornada que se quedará guardada en mi mente para siempre.

A las ocho de la mañana partimos en dirección a Península Valdés, pasando el istmo Ameghino hasta llegar a Puerto Pirámides. Al bajar del coche y pisar la playa no nos podíamos creer que el viento se hubiera calmado y no quedara ni una nube en el cielo. Nos pusieron los chalecos salvavidas y mientras el guía, un australiano enamorado de las ballenas, nos explicaba que normalmente la gente vomita a los dos minutos de montarse en el barco mientras nosotros estábamos como en una piscina, comenzamos a ver a los lejos pequeñas manchas negras brillantes que se movían. Media hora después, estábamos en mitad del Golfo Nuevo rodeados de quince ballenas que enseñaban a nadar y a aguantar la respiración a sus crías.

Stiven, el guía, nos contó que la ballena franca austral tiene en esta zona de la Patagonia Argentina uno de sus lugares preferidos para cuidar a sus crías durante su primer año de vida, sobretodo por la temperatura de las aguas, no tan fría como más al sur.
Nos hubiéramos quedado horas y horas en aquel lugar, con los motores del barco parados y mirando a las ballenas enseñarnos su cola, su lomo lleno de callosidades gracias a las que las identifican los biólogos, su negro y brillante color, el movimiento de los bebés imitando todo lo que hacían sus madres…. Unos alucinantes animales de hasta quince metros de largo y veintisiete toneladas de peso que se exhibían sólo a unos metros de nosotros.

Todavía alucinados, volvimos al coche para hacer otra hora de viaje (se hace bastante pesado y aburrido, la verdad, porque por el camino no hay nada de nada) y llegar a la hora de comer hasta Punta Norte, donde vive una enorme colonia de elefantes y lobos marinos. No hay que preocuparse demasiado por la comida, ya que sólo hay dos opciones: o te llevas tú algo, o comes en un sencillo buffet que hay allí que no está nada mal.

Te quedas impresionado viendo miles de manchas oscuras por toda la costa, de todos los tamaños, tumbados panza arriba, descansando, tomando el sol, guardando energía, ya que saben que estarán semanas sin comer y que la grasa que les cubre les ayudará a sobrellevarlo. Me reí muchísimo con los que de vez en cuando se movían, con su cara simpática y tan, tan, tan torpes. Arrastrándose hasta acercarse a algún compañero de descanso para jugar. Pero lo justo, sin cansarse.

La verdad es que es una gozada ver cómo en este país cuidan su fauna. No te lo repiten dos veces: no acercarse a los animales, no darles de comer, ni salirse del sendero. Y allí todo el mundo lo cumple.

Un primer día impresionante y realmente emocionante. La verdad es que cuando empezamos a preparar el viaje dudamos si incluir Península Valdés en nuestra ruta o no, pero ahora se lo recomendaría a cualquiera. Es un lugar perfecto para conocer la parte norte de la Patagonia, a su agradable gente, sus desérticos caminos y sus maravillosos, divertidísimos y simpatiquísimos animales.
Y en el próximo, los pingüinos de Punta Tombo

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Sobre el autor Inés Martínez
Periodista de larioja.com. Loca por los viajes. Cualquier destino del mapa me parece perfecto. En este blog podrás leer consejos para viajar, cómo preparar un viaje por tu cuenta, destinos que merecen la pena, hoteles, vuelos, rutas, mapas, propuestas...     Tengo otro blog sobre redes sociales llamado Twitterlandia. Puedes seguirme en Twitter en @inesimar