La Rioja
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El segundo 61
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Francisco Apaolaza | 15-01-2015 | 12:28| 0

La Tierra, como el capote de Curro Romero, puede acelerar inesperadamente su giro o a veces frenarse, como si burlara a las escalas y a los que lo tienen todo claro. Eso que llaman inmutablemente suelo no es más que cortecilla de sustrato sobre un revoltijo de corrientes magmáticas, viscosidades ardientes y plásticas que ralentizan o aligeran el compás del Planeta. Tener los pies sobre el suelo es de inconscientes.
Ajeno a esta fiebre y a este sudor frío, el planeta se retuerce en una ‘rave’ salvaje y mineral sobre la que circulamos a menos de 50 por ciudad. Ahora leo que esa digestión de puchero volcánico con pringá de magma nos ha regalado un segundo. Los relojes atómicos, que son los únicos que se preocupan de lo que de verdad importa, han detectado que el último giro terráqueo alrededor del Sol ha tardado una pizca más que se añadirá a los relojes de 2015. El 31 de diciembre tendrá 23:59:60, una cifra que solo escrita es ya un ajuste de cuentas entre matemática y poesía.
La primera vez que sentí morir el verano fue durante un atardecer que me cogió niño, solo, fuera de la ley y encaramado sobre un cerezo francés, como un zorzal bandolero. Después aullé ‘¡Pobre de mí!’ en aquellos sanfermines devorado por el sueño y el vacío y con la realidad en ciernes como el hongo cercano de un ocaso nuclear. En esos momentos de hambruna vital nunca imaginé que unos geofísicos de los que no conocía ni la existencia me iban a hacer semejante regalo. ¡Una vida en un segundo! ¿En qué emplearlo? Pensar dos veces, besar, apostar, saltar al vacío, llamar por teléfono, apagar la luz, dar un portazo, disparar, comer, apedrear una ventana, gritar, vomitar, beber agua, hacer el amor, quitarse la vida, encender un Lucky, saltar, darle el pecho a un toro, buscar un adjetivo, gritar ‘¡Dame la pasta o te mato!’, sudar, correr, agachar, dormir, saltar, salivar o morir. Quizás solo acierte a dejar pasar ese segundo, a soltarlo como el globo de un niño y ver cómo se hace pequeño en el cielo, como si fuera un desplante ante la cuenta atrás de lo que nos queda, que siempre es poco. Haré pretendidamente nada. El 61 será una salva de honor por todos los segundos que desperdicié, inconsciente, finito y caduco, sí, y también libre.
Artículo publicado en Diario Sur.

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Murieron en una imprenta
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Francisco Apaolaza | 15-01-2015 | 12:26| 0

Esto se escribe al humo de los cañones. Aún llega hasta aquí el olor ácido y metálico de la pólvora y la sangre. Ojalá no hubiera muerto nadie, ni siquiera los hermanos Kouachi, esos dos perros de Dios que le adelantaron el miércoles la hora de cierre a los compañeros de ‘Charlie Hebdo’. Que dispararon al corazón del Occidente que hoy mismo pone a parir a Occidente sin pensar que Occidente es lo que es, entre otras cosas, porque se puede decir que Occidente es una basura sin que nadie de Occidente te vuele la cabeza. Al lío: no deja de ser irónico que dos tipos comenzaran el miércoles reventando a tiros la redacción de un semanario y la hayan terminado secos al atardecer en las instalaciones de una imprenta. Como si el destino vengara a todos los periodistas asesinados, a todos los libreros muertos. Como si al terminar las negociaciones, el humo que se elevó sobre el techo de la nave de Dammartin-en Goële fuera el de todos los libros que ha quemado el hombre.
Al caer la tarde, al tal Amedy, metido a yijadista para desgracia del Islam, se le fue la vida en una tienda de productos ‘kosher’, entre bagels, masot, haroset, carnes bañadas en sal de animales sacrificados según los códigos sagrados de la sehitá y toda esa comida sobre la que él mismo habrá escupido tantas veces. Era el protagonista de su propia paradoja. Se acabó. Toda esa lúgubre fanfarria y esa olimpiada del horror fueron en vano. De su epopeya religiosa ya quedan solo los sollozos de algunas madres, incluidas las suyas, y un continente que es aún más libre que el martes. Las palabras y los pensamientos, igual que el agua, son difíciles de contener.
Quizás no escucharon a Georges Brassens, que recomendaba morir por las ideas, pero de una muerte lenta y por eso dejaron esos cadáveres que son tan grotescos como los de los infieles que mataron. ¿Justicia poética o divina? Ninguna, porque no hay justicia en la revancha absoluta de la muerte, pero hay que tener ojo al vengar a Dios porque, a veces, Dios es un cachondo.

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Pearl Harbour en Paris
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Francisco Apaolaza | 15-01-2015 | 12:20| 0

En Europa nos permitimos el lujo de olvidar demasiado pronto la sangre en las redacciones. En los medios, hasta la guerra puede ser rutina y de pronto, fuera hay un ruido y llegan los tiros, los golpes, dos capuchas, los gritos desesperados y el silencio de la parada cardíaca. En realidad, con toda su golfería y su irreverencia, cuando los perros de Dios entraron ayer a la redacción parisina de ‘Charlie Hebdo’, asaltaban en el corazón de la libertad de expresión, que es el miocardio de este Occidente nuestro. Matar por religión en la ciudad de la Bastilla… Disparar contra una opinión en la ciudad de Voltaire es el ‘Pearl Harbour’ de nuestro ADN como pueblo, un ataque en la mismísima piedra de toque de todo lo que somos. Y que por cierto no son ellos. Por eso lo hacen. Qué absurdo, qué dolor y qué vergüenza.

No se trata de locura, ni de desconocimiento, ni las religiones, así en general, tienen la culpa de esta vaina. No se confundan. Esta es una guerra por la civilización en la que usted y yo estamos hasta las cejas. Cargarse a doce tipos por una viñeta tiene su aquel como maniobra efectista, pero como castigo de los infieles, es una charranada. Nunca se leyeron tanto los cómics sobre el Profeta y ayer cientos de humoristas tomaron el lápiz caído de los compañeros. Los de ‘El Mundo Today’ publicaron un artículo delicioso en el que se confirma la bondad del dios de los musulmanes. Se titula ‘Alá es la polla’.

Alguien en Siria o en Toulouse pensó que para conseguir callar a esos tipos había que matarlos, y tenía razón. No los callaron vivos. Cabu, Charb, Wolinski, Bernard… A las once llegó la muerte y adelantó el cierre. Se la vieron venir de frente con su paso cansado y le ofrecieron una silla. «No tengo hijos, no tengo mujer, no tengo coche, ni crédito», dijo el director Sébastien Charbonneau, el jefe de la tribu de los héroes del dibujo por el que preguntaban ayer a gritos antes de descerrajarle un tiro. ‘ Gloire aux héros’. Somos gente baladí, pobre y un punto inconstante, pero cuando se acorrala a un periodista, se tira al cuello como las ratas. Su problema es que hay muchas ratas. Somos más ratas que balas, así que venga su guerra santa. Les estamos esperando.

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Las gafas de la justicia
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Francisco Apaolaza | 11-12-2014 | 12:47| 0

Yo no entiendo cómo este país consigue administrar justicia, por eso me gusta pasear por los pasillos de los juzgados, esas trincheras de carpetas de colores hasta los techos. Adoro caminar perplejo por los divertículos intestinales de esa maquinaria que no se sabe cómo no explota. A veces intuyo en ella la magia y juego a que los juzgados de Instrucción de Plaza de Castilla son un acceso a un mundo paralelo, luminoso y al tiempo siniestro, como el Diagon Alley de Harry Potter en el que vuelan lechuzas con expedientes en sus garras y los jueces dictan sentencias con mazas talladas en astas de unicornio. Mi santa, que se llama Elenita, que es abogada, y no cualquiera, en ocasiones, cuando habla de lo suyo usa predicamentos aristotélicos que me resultan cercanos a lenguajes bárbaros de origen caucásico. A veces creo que entre recurso y jurisprudencia va a perder su angélico mirar, va a recitar un conjuro y hacer volar al perro.

No entiendo de derecho, pero quizás no haga falta ser padre de la Constitución para darse cuenta de que están mangoneando y retorciendo la ley por encima de lo razonable. Hay un fiscal asumiendo la defensa de una exinfanta y un juez que investiga a un partido es relevado por unos señores muy respetables a los que designaron gentes de ese mismo partido. Eso es como si el árbitro fuera el padre del delantero, que no es algo que haya que vigilar, sino que sencillamente no debería de poder ocurrir. Se alargan unos procesos que interesan, se acortan otros que no interesan y se pone coto a jueces e instrucciones. No sé cuál es el precio de meter en la cárcel al cuñado de un rey, pero la ley es cada vez más débil con el fuerte y más fuerte con el débil. En este sistema diseñado para poner grilletes a los ladrones de manzana, lo moral y lo legal, que en algún momento debieron de ser lo mismo, se han separado tanto que ya ni se escriben. Las cárceles están llenas de yonkis y las calles de tipos insolventes con cuentas en Delaware. Miren indultos, tasas, aforados, la justicia universal cercenada, los recursos interminables a la primavera, ciento cincuenta mil retruécanos legales interpuestos a la lógica de los hombres y la larga mano de la ley, que ya no sabemos en qué bolsillo está. Le han puesto gafas a la justicia, que era ciega y ahora ve mejor que un búho.

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Retrato de familia
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Francisco Apaolaza | 05-12-2014 | 11:26| 0

La verdadera obra de arte de Antonio López ha sido tardar tanto. Ha pasado veinte años retratando a la Familia Real, una heroicidad en mitad de la sociedad de la economía de la atención, una selva hecha de impactos de información cada vez más cortos y sencillos como capítulos de Peppa Pig. Pintó a partir de una fotografía de unos sujetos que a punto estuvieron de durarle literalmente menos que el trance creador. El genio ha dicho que se lió un tanto en la definición de las distancias entre los personajes, que es el quid de cualquier familia, y más de esta donde nada es lo que parece y en la que circulan individuos como electrones de los que se conoce la posición o la velocidad, pero nunca ambas al mismo tiempo.

En casa colgaba un retrato fotográfico de la familia en un salón enorme con tres generaciones junto a un mirador al Boulevard de San Sebastián. Veinte años después, adivino en él las tensiones entre cada uno e intento recordar el tacto de los que ya no están. Mi padre y yo vestíamos pajarita y nadie sabía que a partir de esa foto saldríamos todos disparados a través de la luna del coche de la vida.

En realidad, en su obsesión por lo perfecto, Antonio López reflexiona sobre el paso del tiempo. Sobre si es posible permanecer. «Conozco bien el comienzo del trabajo. Acabar no sé en qué consiste», ha dicho el artista, que también soltó esta frase que podría tatuarme en el pecho si es que algún día me vuelvo a emborrachar: «Si lo quieres ver bien, en un árbol está el mundo entero2. Recuerdo una media verónica de Curro Romero en Sevilla por la tele. Al embarcar al toro, un tipo en la barrera se tapó la cara, echó el cuerpo hacia atrás, giró la cabeza de gozo y de dolor, volvió a mirar al torero y aún le dio tiempo a presenciar el remate del lance lentísimo, preciso, recogido, salvador, sosegado y a la vez eléctrico, como un desfibrilador. Aquel capotazo eterno fue circunstancia e infinito, que son los dos polos entre los que nos descomponemos. Tal vez ese retrato sea un canto a la esperanza y Antonio López, un dios terreno. Quizás en un instante se pueda guardar toda una vida, como las piezas desmontadas de un tiempo quebrado.

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Gordos
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Francisco Apaolaza | 27-11-2014 | 11:37| 0

Hace tiempo que sabemos que una parte del mundo se muere de hambre y la otra palma por comer demasiado. Ahora empezamos a no saber cuál es cuál. A base de sustituir carnes y pescados por alimentos más baratos, los españoles más pobres están engordando. Como los extremos alimentarios también se tocan, antes nos poníamos fondones por vicio; ahora por necesidad.
Hoy hay varios tipos de gordos. La mayoría son ex, porque casi todos, llegado un momento, nos pusimos a correr. Hasta los que nos creíamos inmortales y aplicábamos a las barrigas las teorías de la cabeza: dos piensan mejor que una. Todos pasamos tarde o temprano por esa tienda francesa donde se compra material deportivo por encima de lo razonable y nos vimos en un espejo con mallas y pinta de chuflilla. En el parque de debajo de mi casa me siento como en la villa olímpica. Se han puesto a entrenar hasta los toreros y los golfos que nos tomábamos la dieta como Francisco Nicolás Gómez Iglesias la vida: “Venga, dale y todo p’alante”.
Luego están los gordos obligados, que no son nuevos en esta selva, pero que han aparecido en masa cuando creíamos que no habría ya más obesos, pero tampoco más hambre. Son una sorpresa. Se atiborran de lo que pueden, lo que llena más y lo que sacan de esas bolsas que les dan en las colas, en su mayor parte arroz, pasta y legumbres, sin morcilla, ni carne, pues a nadie se le ocurre dejar en las recogidas de alimentos chuletones de buey viejo de Tolosa.
Nadie les dice nada de su físico porque nadie les dice nada en general. Son toneladas de gente sin importancia. Antes su vida valía menos que la bala que los mataba y ahora menos que un entrecot. Ayer estuve con un tipo de 34 años que lleva desde los 31 sin comerse un filete porque no tiene con qué pagarlo. Pollo, si hay suerte y las lentejas, lavadas. Le falta de todo menos hierro, quizás por eso sonríe como un tipo duro en la trasera de una calle de Vallecas en la que no para de llover y donde transitan fantasmas con latas de cerveza en la mano. Se le están cayendo los dientes, así que no considera el peso un problema. Los parias del hambre en España y los niños de bocadillo imaginario no están flacos, quién nos lo iba a decir. El futuro.

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No tengo parabólica
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Francisco Apaolaza | 21-11-2014 | 10:47| 0

Dice Luis Francisco Esplá que, de todos los miedos, el peor es miedo al miedo, un primo hermano del pánico. Cuentan que al matador de toros Antonio José Galán se le cruzaron los cables una tarde en Pamplona con un Miura de las dimensiones de una hormigonera. Ese día, en mitad de una tormenta sanferminera, bajo un cielo negro como panza de grillo y con los rayos reverberando en el traje de luces como si fuera un personaje de la película ‘Tron’, le dio por torear.

Pese a la manta de agua, la gente volvía en tromba de los vomitorios donde se había refugiado del aguacero de verano para ver a Galán arrebatarse en un trance épico, ético y estético. Cuando tuvo que matar, plantado en mitad de un charco y con el barro subiéndole las pantorrillas, cuadrado delante de aquel minotauro inmenso, sintió que la muleta empapada pesaba demasiado y en lugar de usarla como engaño para colar la espada, la dejó caer. Se fue detrás del estoque, sobre el morrillo a partir y partirse la madre y acunó su cuerpo entre los pitones. El golpe fue monumental y salió despedido como un pelele sucio y loco sobre la largura interminable del lomo del animal. Cuentan que cuando se levantó, tambaleándose, cayó el toro sin puntilla y la plaza lo aclamó como si fuera un héroe romano ungido a su carro de relámpagos. Me dijeron que lo hizo por miedo extremo.

El pánico crea espacios de desorden en los que a veces ocurren fogonazos de genialidad. En esos terrenos de la angustia algunos huyen, otros atacan; se yerguen como titanes o se arrastran como miserables. Y luego está José Antonio Monago. Cuando intentó explicar que él era un tipo honrado y que no había gastado el dinero de todos los españoles en viajes privados a Canarias salió a la palestra con los ojos encendidos en un ultimátum de cansancio. Habló con la vehemencia repetitiva de un borracho de madrugada. Hubo gente que había sacado birras para verle hacerse el harakiri y él lo sabía. Estaba acorralado y, hasta las trancas, ejecutó el ‘alehop’, la cumbre narrativa de todo su culebrón berlusconiano: «Yo no tengo parabólica», dijo, como si esa carencia explicara su honradez. Como si fuéramos todos los bobos menores y él el bobo mayor. En realidad, hablaba el pánico.

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No tengo parabólica
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Francisco Apaolaza | 21-11-2014 | 09:47| 0

Dice Luis Francisco Esplá que, de todos los miedos, el peor es miedo al miedo, un primo hermano del pánico. Cuentan que al matador de toros Antonio José Galán se le cruzaron los cables una tarde en Pamplona con un Miura de las dimensiones de una hormigonera. Ese día, en mitad de una tormenta sanferminera, bajo un cielo negro como panza de grillo y con los rayos reverberando en el traje de luces como si fuera un personaje de la película ‘Tron’, le dio por torear.

Pese a la manta de agua, la gente volvía en tromba de los vomitorios donde se había refugiado del aguacero de verano para ver a Galán arrebatarse en un trance épico, ético y estético. Cuando tuvo que matar, plantado en mitad de un charco y con el barro subiéndole las pantorrillas, cuadrado delante de aquel minotauro inmenso, sintió que la muleta empapada pesaba demasiado y en lugar de usarla como engaño para colar la espada, la dejó caer. Se fue detrás del estoque, sobre el morrillo a partir y partirse la madre y acunó su cuerpo entre los pitones. El golpe fue monumental y salió despedido como un pelele sucio y loco sobre la largura interminable del lomo del animal. Cuentan que cuando se levantó, tambaleándose, cayó el toro sin puntilla y la plaza lo aclamó como si fuera un héroe romano ungido a su carro de relámpagos. Me dijeron que lo hizo por miedo extremo.

El pánico crea espacios de desorden en los que a veces ocurren fogonazos de genialidad. En esos terrenos de la angustia algunos huyen, otros atacan; se yerguen como titanes o se arrastran como miserables. Y luego está José Antonio Monago. Cuando intentó explicar que él era un tipo honrado y que no había gastado el dinero de todos los españoles en viajes privados a Canarias salió a la palestra con los ojos encendidos en un ultimátum de cansancio. Habló con la vehemencia repetitiva de un borracho de madrugada. Hubo gente que había sacado birras para verle hacerse el harakiri y él lo sabía. Estaba acorralado y, hasta las trancas, ejecutó el ‘alehop’, la cumbre narrativa de todo su culebrón berlusconiano: «Yo no tengo parabólica», dijo, como si esa carencia explicar su honradez. Como si fuéramos todos los bobos menores y él el bobo mayor. En realidad, hablaba el pánico.

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Qué mierda, Canito
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Francisco Apaolaza | 06-11-2014 | 12:17| 0

Canito es anciano, menudo, recio y lleva en la boca una lengua de demonio con la que jura y dice inmundicias aleatorias y bellísimas. Desde hace 75 primaveras se mueve armado de una cámara de fotos, con su metro cincuenta y ocho de altura asomando la gorrilla por las tablas como una tortuga pequeña y blanca que habita los callejones de las plazas de toros. Don Francisco Cano Lorenza, 101 años, superviviente a un siglo de tauromaquia, todavía tiene en los ojos el hambre que le hizo boxeador y después torero y después fotógrafo. Lo ha retratado todo desde que se empotrara en la cuadrilla de Luis Miguel Dominguín y bailara sobre las llamas del fuego del pecado, en Chicote o en América, cuando Manolete perdía los alamares con Lupe Sino y Arruza saltaba las tapias de los chalés de las señoras.

Ava Gardner, en lugar de Cano, le llamaba ‘coño’, y eso es ya más medalla que la Gran Cruz al Mérito Naval. En su mundo, la vida se jugaba cada tarde. Después, las recepciones se llenaban de indignados por el escándalo; arriba, los corchos del champagne marcaban los techos de las suites de los toreros. A la amanecida, impregnado de una grandeza fluorescente que aún le acompaña, volvía Canito a su pensión y a su santa.

Sigue trabajando. En el asa de su cámara hay más verdad que en algunas ferias de agosto. Hasta ayer conducía a 200 y aún sublima la vida en una siesta de coche, un vaso de Las Campanas (lo bebía con Hemingway), una paella blasfema, una falda y una cacha al aire. Homenajeado contra pronóstico con el Premio Nacional de Tauromaquia (merecía el de Fotografía), forma parte de esa legión de tipos insólitos forjados en los rincones fecundos de la fiesta de los toros. En ese escenario infinito que algunos de ustedes desprecian como ‘la España de pandereta’, perdieron y brillaron como antihéroes de cómic, reales como un dolor de muelas. Yo en algún momento de mi vida quise ser cada uno de ellos. Ahora se apagan poco a poco, asediados por lo ‘cool’, las biografías de Steve Jobs, un positivismo pegajoso de lunes y cierto ‘pensiero debole’ mal entendido que adora todo menos lo propio. La belleza hoy es una fotillo de un atardecer coloreado en un muro de Facebook y la verdad, una cita de Coelho. Qué mierda, Canito.
Publicado en Sur de Málaga el 6/11/2014

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Estaban hasta las cejas
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Francisco Apaolaza | 31-10-2014 | 17:43| 0

La primera vez que vi a José Tomás torear, barrunté que entraba en un mundo distinto, descomunal y al tiempo terrible del que no saldría jamás y que me haría bien y mal. Acerté. También intuí que aquella mujer no sería la última, que por la acera izquierda de la Cuesta de Santo Domingo subía un toro con la cabeza adornada de cuerpos, que la última copa me caería como un tiro y que el pájaro con ojos de espanto que se posó en el alféizar y aleteó contra el cristal de la ventana traía la muerte en las alas. Y acerté.

Un giro del aire en un vórtice calmado, el vacío o el repeluzno pasajero detrás del cuello definieron impresiones que después confirmó la realidad. Albert Einstein dijo que lo único verdaderamente valioso era la intuición y en un momento u otro, todo puede parecer una buena idea. Escribió el historiador británico John Rigby Hale que en el mar y en el amor es mejor seguir una corazonada que una biblioteca. Con sus límites: un tipo que conocí se casó con una ‘stripper’ en Las Vegas a las 3:40 de la madrugada. Estaba borracho, sí, pero también convencido. Tardó años en poder divorciarse y gastó una fortuna en abogados. Él les dirá que conviene no echarse sin pensar en brazos de las emociones, ni de las rubias y, en rigor, tiene razón: ambas han dejado montañas de cadáveres en la historia del hombre.

Quizás exista un séptimo sentido para embridar al sexto. Creo que hay gente que tiene dieciséis o diecisiete sentidos. En ocasiones, el pueblo, que no es tonto, adivina en masa. Cuando tomamos conciencia de los primeros grandes casos de corrupción en esta última avalancha de Gúrteles, Eres y Púnicas, antes de que pasara por el calabozo del Tribunal de Cuentas hasta el de la música y que los partidos trasladaran su sede a la Audiencia Nacional, cuando notamos bajo las suelas de los zapatos ese primer polvillo corrupto que ahora es barro que llena las bocas, mi primera impresión, la nuestra, fue que la droga del poder que atornillaba los culos de miles de tipos a escaños y sillones de alcaldes estaba sobrevalorada. Pensamos que en realidad se lo estaban llevando crudo. Que estaban todos hasta las cejas. Todos. Y acertamos.

Publicado en Sur de Málaga el 30/10/2014

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