La Rioja
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Categoría: Enoturismo
Paisaje, AVE y el desarrollo de Rioja y La Rioja

Cuando uno ve el recorrido virtual a vista de pájaro del trazado previsto para el AVE que une Logroño con Miranda de Ebro se echa a temblar (línea roja en el vídeo). Y tiembla porque esa sensación la ha vivido antes, no con una línea ferroviaria, pero sí con un proyecto de gaseoducto que parte un viñedo en dos mitades que podrían haber quedado en nada. Y si eso pasa cuando años antes la concentración parcelaría te ha dejado solamente un puñado de cepas de las que tu familia ha trabajado durante décadas puedes llegar a entender mucho mejor el sentimiento de todos esos viticultores afectados por esos dos posibles trazados del AVE a su paso por La Rioja.

A mí encanta viajar en AVE. Más que en Alvia. Y más que en autobús. Ahora bien, si subo a un AVE es para que demuestre su potencial. Porque también lo pago. Parar ir a medio gas, como pasa en algunos tramos españoles porque no vuela sobre las vías adecuadas, no parece tener mucho sentido engordar la deuda de una empresa que cuenta sus números rojos por miles de millones. La Plataforma por el Progreso Sostenible de Rioja lleva días explicando por qué no es necesario el AVE. ¿Es necesaria una infraestructura de casi 900 millones de euros para construir 60 kilómetros? ¿Invertir en mantenimiento anual hasta 500.000 euros por kilómetro? ¿Para ganar 10 minutos al viaje? Los miembros de la Plataforma estiman que la vía afecta directamente a 500 hectáreas de viñedo, extensión que puede multiplicarse hasta por tres por toda la obra civil que demanda el AVE y que la velocidad punta del AVE a su paso por La Rioja será de 170 kilómetros.

Son algunos datos que ofrecen (y que seguramente podrán ser argumentados en sentido contrario), a los que se suman que no pueden circular trenes de mercancías por la vía del AVE. Estos quijotes del siglo XXI quieren cambiarlos por otros más sencillos, como es la mejora del actual trazado con un tren de altas prestaciones, una actuación económica muy inferior y que no dañase ese viñedo (sea o no histórico, porque para cada propietario el suyo es el más importante) que aspira, además, a Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

El AVE no es el diablo, ni tampoco el mesías. Modificaría un paisaje único, pero no es el único culpable. A tenor de lo escuchado a los miembros de la Plataforma, no es necesario en La Rioja, pero lo que sí necesita La Rioja, o Rioja, es defender una idea. Esta tierra demanda comunicaciones porque si el AVE afea el paisaje, sin vías de llegada no hay paisaje que el enoturista pueda disfrutar. Ni feo ni bonito. Ahora bien, tampoco se puede afirmar que aquí exista un gran plan de enoturismo, que esa es otra. Esta pelea contra el AVE debe servir para dar un paso más. No sólo el AVE contamina el paisaje. El cuadro también se emborrona por construcciones que no debieran estar en esos pueblos, por calles mal cuidadas, por planes urbanísticos en los que casi todo vale, por mentalidades de siglos pretéritos en los que se ve en el turista al invasor de la paz local, por trabas burocráticas difíciles de explicar… o por tener espacios como el Centro de la Cultura del Rioja cerrados, en el caso de Logroño. Y no me olvido de esos ejércitos de soldados de acero perfectamente alineados en los que se han convertido tristemente muchos viñedos riojanos con la proliferación de emparrados. Ahí, por ejemplo, no importante que las vendimiadoras mecánicas dañen el prestigio de Rioja, pero también lo liman. O esos vinos que dejan mucho que desear pero que se venden gracias al generoso paraguas que es la DOC Rioja para algunos. Es una cuestión de mentalidad, de cultura, porque el vino no es solo un comercio, es una cultura, rica y milenaria y una forma de entender la vida. Todo esto también afea la imagen idílica que tenemos de esta tierra.

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Vista del Museo Dinastia Vivanco en Briones, por cuyo viñedo pasa uno de los dos trazados de la vía del AVE según la Plataforma. Foto: Miguel Herreros

Defiende la Plataforma ideas como las del progreso sostenible, no dañar el medio ambiente, respetar el territorio o impedir el despoblamiento de los pueblos en un mundo en el que todo el mundo vive muy deprisa y en el que los pequeños núcleos riojanos carecen de servicios básicos y, en ocasiones, mueren víctimas de envidias internas. Compararse con Toscana, Burdeos o Champagne, por citar algunas de las zonas vitivinícolas más reconocidas está bien, pero Rioja es Rioja. En esas denominaciones, y no me olvido de Borgoña, lo que más vale es el viñedo en sí. Esa es la esencia de su prestigio (y el marketing), porque por cada chateau en el que se levanta de castillo hay muchos ‘chateaus’ que no tiene ni bodega. Recuerdo que en uno de mis últimos viajes a Saint Emilion, pueblo peatonal (aquí dejamos el atomizador en la puerta de casa, en pleno casco urbano y goteando sus boquillas) y Patrimonio de la Humanidad, un pequeño bodeguero me explicaba su proyecto. 5.000 metros cuadrados de Merlot guiada con tablas de palets y alambres roñosas; 10 ó 12 barricas en una pequeña habitación, dos o tres modestos depósitos y embotellado subcontratado a un camión-embotelladora al que pides hora y acude a la finca. Resultado: 3.000 botellas y 45.000 euros de facturación (hablo del año 2011). En Rioja se necesitan muchos kilos de uva para llegar a esa cifra. U otro pequeño viticultor: 4,5 hectáreas de viñedo y una bodega de andar por casa (nunca mejor dicho, porque era su casa) con una producción de 18.000 botellas y casi 500.000 euros de facturación, venta en premier incluida. ¿La clave? El viñedo, el ‘terroir’.

Hace poco tiempo comparaba en este mismo blog las comunicaciones de Valladolid y La Rioja con Madrid. Gana Ribera de Duero clarísimamente. Ahora bien, ya no es cuestión de velocidad, sino de frecuencia. Da igual tener un AVE al día o un Alvia. ¿Uno? Es necesaria una oferta mayor. El viaje Logroño-Madrid de las 7.35 horas es comodísimo y no es en AVE. A las 11.00 horas estás en Atocha. En coche llegar a Madrid en ese tiempo supone jugarse varias multas o algo más. Pero no hay frecuencia. No hay trenes (sería bueno que los que hay tengan algún enchufe para las tecnologías) . ¿Por qué? Seguramente porque no hay demanda. Ida y vuelta cuesta 95 euros; en autobús, 30 euros. Ahora bien, llega a ser desesperante ver parar al tren en cuatro ocasiones en 21 minutos y en un tramo de apenas 40 kilómetros: Calahorra, Rincón de Soto, Alfaro y Tudela.

 

 

 

 

 

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El Tren del Vino o por qué viajar a Ribera (y no a Rioja). Segunda parte

Promocional del Tren del Vino de Valladolid

No hace muchos días, La Poda se hacía eco de la recomendación que el diario New York Times hacía a sus lectores de viajar a Ribera de Duero en busca experiencias enoturísticas y no a Rioja, a la Denominación de Origen. Aun reconociendo que la segunda era para el rotativo el mejor destino por la calidad de sus vinos, apostaba por Ribera por una cuestión de comunicaciones. Más cerca, más rápido, más opciones de conocer esa tierra. De hecho, en aquel post se ponía como ejemplo un viaje de fin de semana, de viernes a domingo, en este mismo mes de mayo. Mientras que las comunicación entre Madrid y La Rioja eran escasas, sobre todo en tren, la unión entre Valladolid y Madrid era múltiple, hasta ofertas más de treinta viajes en un mismo día.

Para más de uno, la propuesta del NYT se debía a una campaña promocional de los vinos de Ribera en Estados Unidos. Opiniones y realidades. Entre las últimas se incluye algo incuestionable: el número de conexiones entre Madrid y ambos destinos. Y a esa realidad indiscutible se suma desde ya mismo, otra, el llamado Tren del Vino de Valladolid que Renfe ha puesto en marcar junto a la Diputación de Valladolid. Arrancó el pasado 14 de abril y concluirá el 1 de diciembre, es decir desde el momento en el que viñedo brota hasta después de vendimia. El primer sábado de cada mes, amen de otras fechas señaladas. Los precios oscilan entre los 97 euros (adultos)  y 77 (niños). Una iniciativa más para acercar ambas tierras y, desde luego, una propuesta que la Diputación hace con el fin de llevar visitantes a tierras vallisoletanas.

Los viajes ya están programados. Durante un día y a lo largo de la jornada se pueden visitar varias bodegas, almorzar y realizar diferentes actividades. De hecho, los viajeros se desplazan en un tren teatralizado (como el que une Logroño y Haro puntualmente). Ahí empieza la jornada. La propuesta arrancó con la Ruta del Vino de Ribera; durante estos meses se podrá visitar Peñafiel, el Valle del Cuco, Olivares del Duero, la Ruta de Cigales; bodehas como Dehesa de los Canonigos, Protos, Emina,…; practicar senderismo, disfrutar de museos, del patrimonio cultural castellano, etc.

Una iniciativa más de la que aprender, porque el mérito de esta idea es haberla imaginado (si es posible antes que nadie) y haberla llevada a cabo. Luego podrá salir bien o mal. Vino y enoturismo. En Rioja hay mucho de los primero y poco de lo segundo. Recuerdo cuando se decía que el aeropuerto de Agoncillo sería una puerta de acceso para que el turismo chino conociera Rioja…

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El otro Rioja, bodegas urbanas que apuestan por el vino artesano

Rioja no sólo son grandes bodegas, instalaciones enormes donde las botellas se cuentan por cientos de miles y donde el acero inoxidable domina el paisaje interno. En los últimos años se está produciendo un movimiento que da importancia a la bodega tradicional, pequeña y artesanal donde el número no es lo importante, sino la calidad amparada en la sabiduría de la experiencia y en la tecnología que ofrece los nuevos tiempos. Hoy nos vamos a centrar en dos realidades que forman parte de una idea, pero que se han desarrollado en dos escenarios muy diferentes, el urbano y el rural.

LOGRONO. Calle Santa Isabel. Javier Arizcuren en su bodega urbana. 20 junio 2017. Justo Rodriguez

En la calle Santa Isabel de Logroño abrió sus puertas Javier Arizcuren, un viticultor de Quel que ha apostado por un espacio de poco más de 100 metros cuadrados al que ha bautizado con el nombre de Taller de Vinos; en la calle La Cuevas de Cuzcurrita de Río Tirón habita Pretium Bodega, el proyecto de Berta Valgañón. Una superficie muy similar, en la que sí existe calado, al cobijo de la ladera del monte ‘El Bolo’.

Arizcuren, arquitecto de profesión y viticultor de pasión, comenzó a desarrollar su proyecto en Quel, su localidad natal, donde se asientan unos viñedos que alcanza los 120 años y, en algunos casos, sobrevivieron a la filoxera. Parcelas pequeñas (aunque están plantado nuevo viñedo) y dos variedades. Garnacha y Mazuelo. La altitud es una las claves de sus vinos, sobre todo en El Barranco del Prado a 750 metros, que supera el siglo de vida. “Recuperar la memoria de La Rioja Baja y conservar la herencia vitícola de nuestros antepasados, llevando a la botella la expresión de un terruño: la Sierra de Yerga”. Es el pensamiento con el que su web da la bienvenida.

Javier Arizcuren, el viticultor, recuerda el Logroño en el que se asentaban muchas bodegas urbanas en tiempos pretéritos. Años en el que las calles se denominaba por los gremios que les daban vida. Ahora, su Taller de Vinos es el único exponente. Y no es sencillo encontrar una idea así en el mapa vinícola nacional. Sí en Londrés, París o Nueva York. En España, existen algunas bodegas urbanas, pero se ofertan una serie de caldos y mezclas de diferentes variedades. Embotellados personalizados. Aquí, las uvas se recogen en cajas, se trasladan en furgones frigoríficos hasta la calle Santa Isabel para que fermenten los vinos y vayan evolucionando hasta que salgan a la venta en sus botellas borgoñonas. Elaboración, prensado, crianza, embotellado y estuchado. Un bodega urbana con todas las de la ley, incluida su placa de bodega que se incluye dentro de la DOC Rioja.

“Comencé a elaborar mis primeros vinos en el garaje de la casa de mis padres, en Quel. Aquellos si que eran 100% vinos de garaje, con depósitos siemprellenos de 400 litros”, recuerda. Ahora, mantiene el uso al siemprelleno, pero dispone de barricas de 500 litros y una última adquisición, un depósito de hormigón sin revestir por dentro de 3.000 litros. Y es que en su idea, el hormigón es muy importante. “La evolución de un mismo vino es totalmente diferente si está con contacto con el hormigón a si esta en contacto con el acero inoxidable”, apunta. No se olvidar de una tinaja de barro, también sin revestir por dentro, para que sea más porosa.

Ahora, Arizcuren firma 7.500 botellas por cosecha. Dos monovariatales: Arizucen solo garnacha y Arizcuren solo mazuelo. En la pizarra se puede leer su precio: 26 euros. Sus vinos salen de fincas como La Cantera, que plantó su abuelo; El Pastor, una parcela de 1.000 metros que muchos viticultores de mayor extensión hubieran desechado; Foro, una mezcla de variedades en la que predomina la garnacha y que puede dar vida a un vino de los de antes, con múltiples uvas de variedades diferentes, y el Barranco del Prado. Viñedos en la sierra, cuando ahora mandan en el valle. “En 1982 existían en La Rioja 64 hectáreas prefiloxéricas… Ahora”, se lamenta. “Nos hemos cargado el viñedo viejo”, apuntilla.

 

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La historia de Berta Valgañón es muy similar a la de Javier Arizcuren, si bien ella optó por el medio rural y rescatar del olvido una de esas muchas bodegas que se están perdiendo en los pueblos riojanos. Pretium Bodega se asienta, como no podía ser de otra forma, en la calle de las Cuevas, en Cuzcurrita del Río Tirón. Una pequeña instalación rehabilitada que cuenta con una zona de elaboración y un magnífico calado donde evolucionan sus caldos en barricas de roble y en botellas, también borgoñonas.

Llegó un momento en el que había que decidir qué hacer con los viñedos de la familia. Berta se hizo cargo. Viñedos Centenarios, como reza en sus vinos, que se ubican en Fonzaleche, a 600 metros de altitud, sobre suelos francos, “los ideales para el viñedo”, según Berta.

Así, Pretium salió al mercado con la añada 2016. Blanco y tinto. 4.000 botellas a la venta que salen de 1,5 hectáreas de majuelos que casi han conocido tres siglos. “En Rioja tienen que convivir las diferencias. Algunas de ellas son la apuesta por la recuperación de las bodegas de los pueblos y el gusto por la viticultura de toda la vida”, indica Valgañón, que resume su idea en tres puntos: una bodega con raíces, vinos artesanales y un paseo por lo auténtico.

En su bodega se pueden encontrar barricas de 500 litros con boca de descube,  de 250 litros en su calado, depósitos de acero inoxidable e incluso una tinaja de barro en la que redondea los caldos. “Cuando comencé a elaborar la cosecha del 2016 no pensaba embotellarlo, pero al final acabe etiquetándolo y saliendo al mercado. Para mí, lo peor de toda esta historia es la comercialización y luego, si puedes viajar fuera de España, si no tienes importador no puedes acudir a la feria. Algo que no entiendo”, admite.

Berta Valgañón define sus vinos como un “bombonazo de fruta en boca” en la que la madera queda en un “segundo plano”. “Intento defender mi viñedo, su edad. En estos vinos hay mucho trabajo de campo, de días y días”, indica, aunque admite que su proyecto conlleva riesgos. “Trabajar de esta forma y en cantidades tan pequeñas lo convierte en un negocio de difícil viabilidad, pero la verdad es que me gustaría mantenerme en esta idea de pocas botellas y uvas muy seleccionadas”, asegura.

A su Pretium blanco y Pretium tinto de viñas viejas sumará en el futuro algún vino más. Ha plantado viñedo, pero de variedades más minoritarias, caso de graciano o Maturana y otras más dominantes como garnacha y tempranillo. “De diferentes clones, para ver cómo se comportan”, apuntilla.

Bodegas urbanas en Londres, Nueva York, París… y Logroño.  Por Tim Atkim

 

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Por qué viajar a Ribera y no a Rioja

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Más de uno se echó las manos a La cabeza cuando el New York Times recomendó a sus lectores que si viajaban a España en busca de una experiencia vitivinícola lo hicieran a Ribera y no a Rioja. Reconocía el rotativo neoyorkino que el prestigio de los vinos de Rioja estaba y está por encima del de Ribera, pero las comunicaciones, en especial el tren, para llegar a tierras castellanas eran notablemente superiores a las riojanas. ¿Por qué esa recomendación? En ambas denominaciones se elaboran grandes vinos; en ambas hay magníficos viñedos; en ambas se han levantado espectaculares bodegas; y en ambas se ha apostado por el enoturismo, aunque bien es verdad que en Rioja no pasa de ser una verdad a medias. La gran diferencia entre ambas regiones reside en las comunicaciones y es ahí donde Ribera, con Valladolid como referente, es muy superior a Rioja, con Logroño como puerta de entrada y de salida.

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La magia de Ygay, la singularidad de Rioja

Sólo la magia de Rioja puede convertir los sueños en realidad. Sólo en Rioja pueden convivir abusivas prácticas vitivinícolas con sorpresas como la que protagonizaba hace unas fechas Marqués de Murrieta. Castillo de Ygay 1986 blanco (97% Viura y 3% Malvasía) se ha convertido en el primer vino blanco español al que Robert Parker concede 100 puntos. En realidad, el primer blanco que cosechó 100 puntos Parker es un Corona 1939 de Bodegas Cvne, de Haro. Se los dio Luis Gutiérrez el pasado año, pero se trata de un blanco semidulce. A la máxima puntuación de la añada 1986 de Murrieta se suman también otros dos vinos de la casa, los blancos de 1919 y 1932. Se los dio a la par que a la que sí sale al mercado, la más reciente. Este caldo ha evolucionado en roble americano durante 252 meses y después ha pasado a depósitos de hormigón durante otros 67 meses, antes de llegar a la botella, donde se ha redondeado durante 36 meses más. Sólo Rioja es capaz de dar cobijo a sensaciones tan encontradas. 

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El fracaso del Centro de la Cultura del Rioja y la Ciudad del Vino de Burdeos


El CCR (Centro de la Cultura del Rioja) cierra. Por obras, dicen, pero cierra un año después de su apertura. Su cierre es un fracaso y más de uno debería irse a casa. Da igual que se reabra o no en unos meses porque volverá a fracasar si se repite la fórmula. El CCR es el ejemplo de una buena idea puesta en manos de políticos y de la incultura que les domina, porque si fueran mínimamente cultos no estaríamos avergonzados por su gestión. Rioja, la tierra con nombre de vino, es incapaz de poner en marcha un museo público en Logroño. La cultura es deficitaria porque no hay cultura, pero es rentable. Si Logroño quiere ser referente y no hazmerreír en la cultura del vino debe asumir que tiene que ser con dinero público bien gestionado.
No me cabe la menor duda de que si lo hubieran pagado de su bolsillo no lo hubieran hecho tan mal. Hasta ahora lo único que ha aportado el CCR es gasto y desprestigio y se suma a la histórica y gran mentira municipal sobre el Casco Antiguo.
El 21 de mayo del 2014, el Ayuntamiento de Logroño desvelaba que la idea ‘In Rioja veritas’ se aplicaría a la gestión del Centro de la Cultura del Rioja. Modelo de gestión público-privado encaminada a abrir el CCR en el año 2015. “Se trata de un espacio cultural dinamizador del Casco Antiguo de la ciudad de Logroño dedicado tanto al patrimonio enológico como cultural y diferenciador turístico de importancia para Logroño y referente local y regional”, decía por aquel entonces la edil Pilar Montes.
El despropósito es total y arranca con la misma idea de dotar de un museo relacionado con la cultura del vino. No por la idea, sino por las formas. Despropósito y desconocimiento.
Primero. Se proyecta una obra millonaria sin saber para qué, pues si bien hay dinero para construir, no lo hay para dotarlo de una actividad. Entonces, ¿qué queremos hacer? Sin tener claro el objetivo, es imposible convertirlo en realidad con éxito.
Segundo. Se construye y ahí queda la jaula más bella del Casco Antiguo. ¿Qué hacemos con él? Cierre de puertas salvo para algunos bolos veraniegos.
Tercero
. Se licita. Por un lado, concurso de ideas; por otro adjudicación. Se adjudica a la baja porque tampoco tiene el Ayuntamiento a quién adjudicar una misión irrealizable desde su concepción.
Cuarto. El museo se convierte en una mezcla de todo y de nada. Gastrobar, tienda, patio multiusos, información al peregrino… Todo para cumplir el pliego. Todo y nada.
Quinto. No hay promoción ni en la propia ciudad. Dónde está, cómo llegar, qué ver… Falta hasta lo más básico: señalización. El CCR no dimaniza el Casto Antiguo, sino que es el Casco Antiguo quien fagocita al CCR hasta llevarlo al terreno del olvido. No habló ya de fuera de La Rioja, pero sólo apuntaré un dato: no se incluye ni en la red Museos del Vino de España, que agrupa a una treintena de centros temáticos del vino, entre los que se cita a López Heredia, Vivanco y Aldeanueva de Ebro, en La Rioja.
Sexto. Es evidente que el pliego se ha incumplido. Cierre. Fracaso absoluto, como cualquier política cultural de esta ciudad, que se conforma con cuatro conciertos en San Mateo y el desfile de carrozas. Es así. Al menos, hemos recuperado el Logroño de 1521 por unos días. Y además de cerrar un edifico emblemático para el Casco Antiguo, hay goteras. No sé si hay o no hay, lo que sí sé es que el cierre es definitivo al menos bajo esta fórmula. Y también sé que cuando recorrí el edificio días después de su inauguración, la última planta, en la zona de despachos y salas con ventanas a Ruavieja, en el suelo se veían claramente manchas que delataban que hubo enormes charcos de agua que se secaron con el paso del tiempo.
Resumiendo, el ridículo es de proporciones tan gigantescas como la inversión. El futuro pasa por partir de cero y pensar qué hacer. El Ayuntamiento y el Gobierno tienen dos opciones: apostar por una nueva idea de medio pelo, en tierra de nadie, o de verdad dotar a la ciudad de un museo que explique con orgullo la cultura del vino y de Rioja y no que la humille. Para hacerlo mal, como se ha demostrado, es mejor no hacer nada.

Burdeos, la otra cara de la moneda
El 1 de junio se inauguró la Ciudad del Vino en Burdeos, aprovechando el inminente inicio de la Eurocopa. 81 millones de euros (públicos y privados) de inversión; 14.000 metros cuadrados de temática vínicola que viajan a lo largo del tiempo hasta contar con 20 exposiciones diferentes. A su inauguración que asistió Francois Hollande, presidente de Francia.
Un museo real apoyado en lo virtual; un museo que aplica la tecnología al mundo del vino; un museo que te lleva a recorrer una de las regiones más prestigiosas del mundo del vino; un museo pensando para dinamizar aún más la ciudad y sus pueblos; un museo que pretende atraer a 500.000 turistas al año, que cobra 20 euros la entrada y en el que se paga por cada actividad extra; un museo con 500 referencias vinícolas del mundo; un museo pensando para ser el gran museo gracias al glamour francés. Son algunas cifras. Y abre 3650 horas al año; no son necesarias 5.000 para atraer a 85.000 turistas. Como ocurre con el Rioja, lo importante no es la cantidad, sino la calidad.

Y dirán ustedes, ¿se pueden comparar Burdeos y Logroño? A muchos niveles, no, pero estamos hablando de vino y Rioja presume de ser una de las grandes zonas vinícolas del mundo y Burdeos es a esa región lo que Logroño a Rioja, salvo que nosotros mismos queramos desplazar la capitalidad del vino de Rioja. Y volverán a decir, ¿y Haro? Es nuestro Saint Emilión o nuestro Pomerol. Hay que recordar el proyecto del PP alavés para Vitoria, el Rioja Wine Center, que unido al Paisaje del Vino (si lo concede la Unesco), la fuerza de Rioja Alavesa, el dinamismo alavés y la pasividad logroñesa y riojana pueden llevar a Logroño, en este caso, al mundo de la nostalgia.

Solo falta que el Ayuntamiento de Logroño aún tenga que pagar una indemnización de más de 100.000 euros a la adjudicataria, que si los reclama sus razones tendrá. Dinero público, por supuesto.

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