La Rioja
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Categoría: Gastronomia
El valor de la marca

Etiquetas de Rioja que identifican la crianza de sus vinos.

El 27 de noviembre, los amantes del vino pudieron disfrutar del suplemento anual de Diario La Rioja. Reparo en la fuerza del discurso de Fernando Remírez de Ganuza sobre el valor de marca.
Les cuento una pequeña historia. Hace 12 años, un modesto viticultor probó fortuna en el mercado. El vino de una botella, sólo el vino, tenía un coste de 2€. Vino mimado. Precio de la botella: 5€, menor que el de otros vinos más vulgares que además se vendían más y mejor.  ¿Cómo era posible? No lo entendía porque valoraba el vino en su anonimato.  No tenía marca. Ese era su pecado. O descorchaba y convencía con el caldo o no vendía, salvo que regalase. Y eso si el comprador tenía la mente abierta. Si aquel vino hubiera disfrutado de una etiqueta reconocida hubiese triplicado su precio, aunque el vino era el mismo. Magnífico sin catar.
Rioja tiene dos virtudes: nombre e historia. Y numerosos defectos, pero muchos venden vino sólo por el mero hecho de disfrutar de la marca Rioja. Luego puedes ser singular o vulgar. Decides tú.

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Algo más que una bebida

Pensaba dedicar estas líneas al reparto de viñedo en Rioja, pero hay placeres más allá de lo que decide la clase política. La propuesta abrió la puerta a la especulación. Como ocurrió con el sector bodeguero, donde aterrizaron, entre otros, constructores que no sabían qué hacer con sus euros, ahora le toca al viñedo. La vigilancia deberá ser extrema sobre quienes conciben el mundo del vino como algo meramente mercantil. Si no, el perjuicio será considerable.
Más allá de esta apreciación, uno tiene el convencimiento de que el vino es placer, cultura y un ejercicio de socialización. Ayer mismo, sin ir más lejos, el vino se convertía en un nexo de conversación, incluso de pasión en torno al mantel y entre desconocidos. Escena habitual, pero excepcional. Una entre tantas. Más allá de etiquetas, gustos, modernidad o clasicismo, el potencial del vino para socializar va más allá de la idea de quienes lo contemplan como un bebida más. Eso es el vino. Un nexo, una cultura. El vino, no un vino.

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¿Se podría haber dado otro destino al excedente de Rioja?

Esos miles de kilogramos de uva agonizando sobre la tierra han abierto otro debate. Son muchas las personas vinculadas al mundo del vino que me han dicho en los últimos días si no es cruel tirar uvas al suelo. Lo es, pero para Rioja, para sus vinos, para su historia, es necesario. Se tiran porque están, pero hay que partir de la base de que no deben existir. Ahora bien, ¿y si existen?
Me niego a ampliaciones de cupo y a inundar el mercado con un número de botellas que no puede admitir a precios acordes a Rioja. Aquí conviven verdades, medias verdades y mentiras, pero Rioja siempre será Rioja, para lo bueno y lo malo. Su gran ventaja reside en que su futuro está en manos de quienes la hacen posible. Me preguntan si estas uvas tiradas no se podían haber destinado a la elaboración de vinagres, mermeladas… o, simplemente, alimento para los más desfavorecidos. No les falta base a quienes se hacen esas preguntas. Mucho tiempo atrás abrí la vía del espumoso a esos excedentes. El alimento puedo ser otro, pero nunca vino de Rioja. Moralidad frente a economía.
Al margen de esta historia, les recomiendo que lean atentamente a Carlos Echapresto en estas mismas páginas. El camino de Rioja es el de la calidad. No hay discusión. Por cierto, Carlos, vaya morrito que tienes. Por los vinos, claro.

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El fracaso del Centro de la Cultura del Rioja y la Ciudad del Vino de Burdeos


El CCR (Centro de la Cultura del Rioja) cierra. Por obras, dicen, pero cierra un año después de su apertura. Su cierre es un fracaso y más de uno debería irse a casa. Da igual que se reabra o no en unos meses porque volverá a fracasar si se repite la fórmula. El CCR es el ejemplo de una buena idea puesta en manos de políticos y de la incultura que les domina, porque si fueran mínimamente cultos no estaríamos avergonzados por su gestión. Rioja, la tierra con nombre de vino, es incapaz de poner en marcha un museo público en Logroño. La cultura es deficitaria porque no hay cultura, pero es rentable. Si Logroño quiere ser referente y no hazmerreír en la cultura del vino debe asumir que tiene que ser con dinero público bien gestionado.
No me cabe la menor duda de que si lo hubieran pagado de su bolsillo no lo hubieran hecho tan mal. Hasta ahora lo único que ha aportado el CCR es gasto y desprestigio y se suma a la histórica y gran mentira municipal sobre el Casco Antiguo.
El 21 de mayo del 2014, el Ayuntamiento de Logroño desvelaba que la idea ‘In Rioja veritas’ se aplicaría a la gestión del Centro de la Cultura del Rioja. Modelo de gestión público-privado encaminada a abrir el CCR en el año 2015. “Se trata de un espacio cultural dinamizador del Casco Antiguo de la ciudad de Logroño dedicado tanto al patrimonio enológico como cultural y diferenciador turístico de importancia para Logroño y referente local y regional”, decía por aquel entonces la edil Pilar Montes.
El despropósito es total y arranca con la misma idea de dotar de un museo relacionado con la cultura del vino. No por la idea, sino por las formas. Despropósito y desconocimiento.
Primero. Se proyecta una obra millonaria sin saber para qué, pues si bien hay dinero para construir, no lo hay para dotarlo de una actividad. Entonces, ¿qué queremos hacer? Sin tener claro el objetivo, es imposible convertirlo en realidad con éxito.
Segundo. Se construye y ahí queda la jaula más bella del Casco Antiguo. ¿Qué hacemos con él? Cierre de puertas salvo para algunos bolos veraniegos.
Tercero
. Se licita. Por un lado, concurso de ideas; por otro adjudicación. Se adjudica a la baja porque tampoco tiene el Ayuntamiento a quién adjudicar una misión irrealizable desde su concepción.
Cuarto. El museo se convierte en una mezcla de todo y de nada. Gastrobar, tienda, patio multiusos, información al peregrino… Todo para cumplir el pliego. Todo y nada.
Quinto. No hay promoción ni en la propia ciudad. Dónde está, cómo llegar, qué ver… Falta hasta lo más básico: señalización. El CCR no dimaniza el Casto Antiguo, sino que es el Casco Antiguo quien fagocita al CCR hasta llevarlo al terreno del olvido. No habló ya de fuera de La Rioja, pero sólo apuntaré un dato: no se incluye ni en la red Museos del Vino de España, que agrupa a una treintena de centros temáticos del vino, entre los que se cita a López Heredia, Vivanco y Aldeanueva de Ebro, en La Rioja.
Sexto. Es evidente que el pliego se ha incumplido. Cierre. Fracaso absoluto, como cualquier política cultural de esta ciudad, que se conforma con cuatro conciertos en San Mateo y el desfile de carrozas. Es así. Al menos, hemos recuperado el Logroño de 1521 por unos días. Y además de cerrar un edifico emblemático para el Casco Antiguo, hay goteras. No sé si hay o no hay, lo que sí sé es que el cierre es definitivo al menos bajo esta fórmula. Y también sé que cuando recorrí el edificio días después de su inauguración, la última planta, en la zona de despachos y salas con ventanas a Ruavieja, en el suelo se veían claramente manchas que delataban que hubo enormes charcos de agua que se secaron con el paso del tiempo.
Resumiendo, el ridículo es de proporciones tan gigantescas como la inversión. El futuro pasa por partir de cero y pensar qué hacer. El Ayuntamiento y el Gobierno tienen dos opciones: apostar por una nueva idea de medio pelo, en tierra de nadie, o de verdad dotar a la ciudad de un museo que explique con orgullo la cultura del vino y de Rioja y no que la humille. Para hacerlo mal, como se ha demostrado, es mejor no hacer nada.

Burdeos, la otra cara de la moneda
El 1 de junio se inauguró la Ciudad del Vino en Burdeos, aprovechando el inminente inicio de la Eurocopa. 81 millones de euros (públicos y privados) de inversión; 14.000 metros cuadrados de temática vínicola que viajan a lo largo del tiempo hasta contar con 20 exposiciones diferentes. A su inauguración que asistió Francois Hollande, presidente de Francia.
Un museo real apoyado en lo virtual; un museo que aplica la tecnología al mundo del vino; un museo que te lleva a recorrer una de las regiones más prestigiosas del mundo del vino; un museo pensando para dinamizar aún más la ciudad y sus pueblos; un museo que pretende atraer a 500.000 turistas al año, que cobra 20 euros la entrada y en el que se paga por cada actividad extra; un museo con 500 referencias vinícolas del mundo; un museo pensando para ser el gran museo gracias al glamour francés. Son algunas cifras. Y abre 3650 horas al año; no son necesarias 5.000 para atraer a 85.000 turistas. Como ocurre con el Rioja, lo importante no es la cantidad, sino la calidad.

Y dirán ustedes, ¿se pueden comparar Burdeos y Logroño? A muchos niveles, no, pero estamos hablando de vino y Rioja presume de ser una de las grandes zonas vinícolas del mundo y Burdeos es a esa región lo que Logroño a Rioja, salvo que nosotros mismos queramos desplazar la capitalidad del vino de Rioja. Y volverán a decir, ¿y Haro? Es nuestro Saint Emilión o nuestro Pomerol. Hay que recordar el proyecto del PP alavés para Vitoria, el Rioja Wine Center, que unido al Paisaje del Vino (si lo concede la Unesco), la fuerza de Rioja Alavesa, el dinamismo alavés y la pasividad logroñesa y riojana pueden llevar a Logroño, en este caso, al mundo de la nostalgia.

Solo falta que el Ayuntamiento de Logroño aún tenga que pagar una indemnización de más de 100.000 euros a la adjudicataria, que si los reclama sus razones tendrá. Dinero público, por supuesto.

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París, siempre París

No les hablaré del Brexit y sus consecuencias para la DOC Rioja porque seguro que les abrumarán con tanta información.
Más de 100 años después de quedar unidas Haro, París y Londres por las luces, Haro y Rioja albergan el principal parque de barricas de Europa; Londres es la capital del mejor mercado de Rioja fuera de España; y París es la ciudad del mundo donde más botellas de vino se descorchan. Es la ciudad de los viñedos urbanos.
París descorcha 690 millones de botellas anuales (Madrid, 181). Casi dos cosechas de Rioja. La cifra es enorme. 52 litros de ‘renta per cápita’ para mayores de 15 años. Manda el vino francés. No es extraño entrar en uno de sus restaurantes y que respondan: ¿Rioja, qué es Rioja? Otro dato, el Moulin Rouge del Boulevard de Clichy descorcha unas 250.000 botellas de champán al año.
El vino, unido a la cocina gala, la vieja y nueva ‘cuisine’ refuerzan una vez más que los franceses van por delante en agasajar al cuerpo y la mente (moda, cosmética, vino, cocina). Lujo. «Siempre tendremos París», le dijo en 1942 el truhán Rick a la bella Ilsa en al aeródromo de Casablanca. Frase que hoy sigue vigente. Al menos, para el vino

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Cómo acercar el vino a los jóvenes

Tres chicas disfrutan del Riojano Joven y Fresco, el pasado 2 de junio del 2016. / Sonia Tercero

Es la gran pregunta. ¿Cómo acercar el vino a los jóvenes? Una, la cultura. No es sencillo revertir esa tendencia que aúpa a la cerveza y hunde al vino.
Centrados en Rioja, ¿cuál es el objetivo? ¿Que los jóvenes consuman más vino? ¿Enfocar sus vinos hacia un consumidor de mayor poder adquisitivo? ¿Puede convivir el consumidor humilde con el elitista? Seguro que la clave está en el camino a tomar y cómo andarlo. Es lo más difícil. Acertar en la elección.
La cerveza ha buscado a la juventud a través de deporte y música; el buen brandy no busca, le encuentran; el vino necesita al consumidor de uno y otro, pero ¿cómo atraerlo? El mundo actual se mueve en internet. No veo viralidad de Rioja en redes, por ejemplo; veo vídeos profesionales sobre Rioja escondidos, con 2.000 visualizaciones en dos años. No es nada.
Es otra vía. Y gratuita en muchas ocasiones. Rioja es tan rica en matices que todos los consumidores de vino son potenciales clientes. El vino es sencillo de entender: gusta o no gusta. Ahora bien, si no llegamos no sabremos si gusta o no.
Durante los últimos años se han lanzado diferentes ideas para acercar el vino a los más jóvenes. Unas con más éxito que otras, aunque la realidad indica que el consumo de vino en España baja y está muy lejos del de otros países europeos y mundiales.  Estas son algunas de esas ideas para evitar que el consumo siga bajando.

1. Hay que desmitificar el mundo del vino.
2. La sangría, el calimocho y los tintos de verano son primeros pasos que no hay que despreciar.
3. Tener en cuenta que los jóvenes lo que quieren es divertirse.
4. España tiene que aprender de Europa e introducir los vinos en pubs, clubs, conciertos y discotecas.
5. En la iniciación fomentar experiencias acompañando los vinos con platos habituales de la dieta de los jóvenes: hamburguesas, pollo empanado, pizza, pasta…
6. El 50% de los jóvenes de 18 a 35 años quieren utilizar el vino en cenas románticas.
7. Los jóvenes no pueden vivir sin Internet y las redes sociales. Tenerlo en cuenta a la hora de diseñar estrategias de comunicación.
8. Desde el punto de vista del marketing el mundo del vino tiene que aprender del fútbol y la religión e introducirlos desde niños en la cultura del vino. No en su consumo, obviamente.
9. Hay que arriesgar más en el diseño de las etiquetas. Se sugiere, incluso, evitar los tapones de corcho para aquellos vinos que no lo necesiten, y apostar por envases más accesibles.

 

 

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