La Rioja
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Categoría: Vendimia
El otro Rioja, bodegas urbanas que apuestan por el vino artesano

Rioja no sólo son grandes bodegas, instalaciones enormes donde las botellas se cuentan por cientos de miles y donde el acero inoxidable domina el paisaje interno. En los últimos años se está produciendo un movimiento que da importancia a la bodega tradicional, pequeña y artesanal donde el número no es lo importante, sino la calidad amparada en la sabiduría de la experiencia y en la tecnología que ofrece los nuevos tiempos. Hoy nos vamos a centrar en dos realidades que forman parte de una idea, pero que se han desarrollado en dos escenarios muy diferentes, el urbano y el rural.

LOGRONO. Calle Santa Isabel. Javier Arizcuren en su bodega urbana. 20 junio 2017. Justo Rodriguez

En la calle Santa Isabel de Logroño abrió sus puertas Javier Arizcuren, un viticultor de Quel que ha apostado por un espacio de poco más de 100 metros cuadrados al que ha bautizado con el nombre de Taller de Vinos; en la calle La Cuevas de Cuzcurrita de Río Tirón habita Pretium Bodega, el proyecto de Berta Valgañón. Una superficie muy similar, en la que sí existe calado, al cobijo de la ladera del monte ‘El Bolo’.

Arizcuren, arquitecto de profesión y viticultor de pasión, comenzó a desarrollar su proyecto en Quel, su localidad natal, donde se asientan unos viñedos que alcanza los 120 años y, en algunos casos, sobrevivieron a la filoxera. Parcelas pequeñas (aunque están plantado nuevo viñedo) y dos variedades. Garnacha y Mazuelo. La altitud es una las claves de sus vinos, sobre todo en El Barranco del Prado a 750 metros, que supera el siglo de vida. “Recuperar la memoria de La Rioja Baja y conservar la herencia vitícola de nuestros antepasados, llevando a la botella la expresión de un terruño: la Sierra de Yerga”. Es el pensamiento con el que su web da la bienvenida.

Javier Arizcuren, el viticultor, recuerda el Logroño en el que se asentaban muchas bodegas urbanas en tiempos pretéritos. Años en el que las calles se denominaba por los gremios que les daban vida. Ahora, su Taller de Vinos es el único exponente. Y no es sencillo encontrar una idea así en el mapa vinícola nacional. Sí en Londrés, París o Nueva York. En España, existen algunas bodegas urbanas, pero se ofertan una serie de caldos y mezclas de diferentes variedades. Embotellados personalizados. Aquí, las uvas se recogen en cajas, se trasladan en furgones frigoríficos hasta la calle Santa Isabel para que fermenten los vinos y vayan evolucionando hasta que salgan a la venta en sus botellas borgoñonas. Elaboración, prensado, crianza, embotellado y estuchado. Un bodega urbana con todas las de la ley, incluida su placa de bodega que se incluye dentro de la DOC Rioja.

“Comencé a elaborar mis primeros vinos en el garaje de la casa de mis padres, en Quel. Aquellos si que eran 100% vinos de garaje, con depósitos siemprellenos de 400 litros”, recuerda. Ahora, mantiene el uso al siemprelleno, pero dispone de barricas de 500 litros y una última adquisición, un depósito de hormigón sin revestir por dentro de 3.000 litros. Y es que en su idea, el hormigón es muy importante. “La evolución de un mismo vino es totalmente diferente si está con contacto con el hormigón a si esta en contacto con el acero inoxidable”, apunta. No se olvidar de una tinaja de barro, también sin revestir por dentro, para que sea más porosa.

Ahora, Arizcuren firma 7.500 botellas por cosecha. Dos monovariatales: Arizucen solo garnacha y Arizcuren solo mazuelo. En la pizarra se puede leer su precio: 26 euros. Sus vinos salen de fincas como La Cantera, que plantó su abuelo; El Pastor, una parcela de 1.000 metros que muchos viticultores de mayor extensión hubieran desechado; Foro, una mezcla de variedades en la que predomina la garnacha y que puede dar vida a un vino de los de antes, con múltiples uvas de variedades diferentes, y el Barranco del Prado. Viñedos en la sierra, cuando ahora mandan en el valle. “En 1982 existían en La Rioja 64 hectáreas prefiloxéricas… Ahora”, se lamenta. “Nos hemos cargado el viñedo viejo”, apuntilla.

 

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La historia de Berta Valgañón es muy similar a la de Javier Arizcuren, si bien ella optó por el medio rural y rescatar del olvido una de esas muchas bodegas que se están perdiendo en los pueblos riojanos. Pretium Bodega se asienta, como no podía ser de otra forma, en la calle de las Cuevas, en Cuzcurrita del Río Tirón. Una pequeña instalación rehabilitada que cuenta con una zona de elaboración y un magnífico calado donde evolucionan sus caldos en barricas de roble y en botellas, también borgoñonas.

Llegó un momento en el que había que decidir qué hacer con los viñedos de la familia. Berta se hizo cargo. Viñedos Centenarios, como reza en sus vinos, que se ubican en Fonzaleche, a 600 metros de altitud, sobre suelos francos, “los ideales para el viñedo”, según Berta.

Así, Pretium salió al mercado con la añada 2016. Blanco y tinto. 4.000 botellas a la venta que salen de 1,5 hectáreas de majuelos que casi han conocido tres siglos. “En Rioja tienen que convivir las diferencias. Algunas de ellas son la apuesta por la recuperación de las bodegas de los pueblos y el gusto por la viticultura de toda la vida”, indica Valgañón, que resume su idea en tres puntos: una bodega con raíces, vinos artesanales y un paseo por lo auténtico.

En su bodega se pueden encontrar barricas de 500 litros con boca de descube,  de 250 litros en su calado, depósitos de acero inoxidable e incluso una tinaja de barro en la que redondea los caldos. “Cuando comencé a elaborar la cosecha del 2016 no pensaba embotellarlo, pero al final acabe etiquetándolo y saliendo al mercado. Para mí, lo peor de toda esta historia es la comercialización y luego, si puedes viajar fuera de España, si no tienes importador no puedes acudir a la feria. Algo que no entiendo”, admite.

Berta Valgañón define sus vinos como un “bombonazo de fruta en boca” en la que la madera queda en un “segundo plano”. “Intento defender mi viñedo, su edad. En estos vinos hay mucho trabajo de campo, de días y días”, indica, aunque admite que su proyecto conlleva riesgos. “Trabajar de esta forma y en cantidades tan pequeñas lo convierte en un negocio de difícil viabilidad, pero la verdad es que me gustaría mantenerme en esta idea de pocas botellas y uvas muy seleccionadas”, asegura.

A su Pretium blanco y Pretium tinto de viñas viejas sumará en el futuro algún vino más. Ha plantado viñedo, pero de variedades más minoritarias, caso de graciano o Maturana y otras más dominantes como garnacha y tempranillo. “De diferentes clones, para ver cómo se comportan”, apuntilla.

Bodegas urbanas en Londres, Nueva York, París… y Logroño.  Por Tim Atkim

 

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Qué se puede hacer tras la helada en la DOC Rioja para recuperar el viñedo

Cinco días después de la ya famosa helada de la madrugada del 28 de abril del 2017 aparecen las primeras cifras oficiales acerca del daño causado en el viñedo de la DOC Rioja y en especial en Rioja Alta y Rioja Alavesa. Cinco días después, los viticultores siguen mirando a unas cepas que arrojan la imagen de vivir en enero y no en mayo. No hay verde en las hileras. Sin embargo, cinco días después aparecen los primeros brotes nuevos. Es tiempo para comenzar a trabajar en la recuperación de la cepa más allá de la cosecha de este año y pensar también en una buena poda para el próximo invierno.

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Delicia de locura

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Esta semana me acerqué hasta Cárdenas salpicado por la curiosidad de ver qué hay detrás de un vino diferente y que me gusta. Me sorprendió el viñedo. Paisaje espectacular, policromado gracias a la mezcla de variedades. No es habitual. Paraíso fruto del paso de los años. Se nota que el hombre apenas ha intervenido. De ahí que no esté homogeneizado.
Allí estaban José y Carlos. Su proyecto se llama Octogenarius. Un vino de uva Garnacha de cepas de más de 80 años. «Ni las de mi padre; las de mi abuelo», dice José. Cepas especulares, orgullosas. La primera añada, 2013. Fueron apenas 1.800 botellas; de la última elaborarán 4.800. Ojo, con más cepas.
Su filosofía es sencilla: calidad. Consideran un crimen que se haya subvencionado el arranque de viñedo y rezan para que no llegue la parcelaria. Dos viticultores que aplican una máxima que les marca la propia viña: 300 botellas por fanega. Aquí no se habla por hectáreas. Ideas claras, locura y romanticismo. Su vino se hace en la cepa; la bodega queda en segundo plano. Viticultura más sacrificada. Esta visión refuerza mi creencia en la calidad y en las muchas posibilidades que ofrece Rioja. Como acertadamente afirma Alberto Gil, «producir más costará más».

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¿Se podría haber dado otro destino al excedente de Rioja?

Esos miles de kilogramos de uva agonizando sobre la tierra han abierto otro debate. Son muchas las personas vinculadas al mundo del vino que me han dicho en los últimos días si no es cruel tirar uvas al suelo. Lo es, pero para Rioja, para sus vinos, para su historia, es necesario. Se tiran porque están, pero hay que partir de la base de que no deben existir. Ahora bien, ¿y si existen?

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¿Qué hemos aprendido?

Uvas tendidas sobre el suelo en un viñedo de la DOC Rioja

La vendimia en Rioja 2016 concluye en el que, como dije, es su año 0. ¿Qué hemos aprendido en el campo? En doce meses se verá, pero es tiempo de reflexionar y decidir.

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Rioja año 0

Uvas en el suelo en un viñedo emparrado de la DOCa Rioja, el pasado miércoles

Mucho se ha hablado y se habla de la necesidad que tiene Rioja de reinventarse, de explotar presente y futuro sin traicionar un pasado que le ha dado esplendor. La evolución parece haber llegado sin esperarlo. Y ha llegado en su origen, en la vid.

Darse una vuelta por los viñedos riojanos se traduce en ver un paisaje inédito en el que las uvas mueren sobre el terruño. No recuerdo esa imagen generalizada. Dolor en el viticultor por tirar uva al suelo; dolor propio de una ruptura; dolor que surge de la necesidad y de un cambio necesario en la viticultura.

El Consejo Regulador parece haber abierto las ventanas y ventilado sus ideas. Pablo Franco esgrime ideas claras y, sobre todo, firmeza en la toma de decisiones. Rioja no necesita más kilos, sino más calidad. Kilos produce cualquiera; calidad, no. Rioja es privilegiada, aunque el hombre la puede vulgarizar. Su dureza en la toma de decisiones, desde el precinto de remolques a la descarga de cepas, antes y después de la vendimia, es una decisión acertada si el viticultor quiere mantener su estatus económico. Duele el golpe, pero el golpe es necesario. Rioja vive su año 0 tras décadas de historia y estoy convencido de que este nuevo camino es el adecuado.

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