Hace muchos años, el fútbol y los libros parecían inevitablemente reñidos, como si habitaran en universos opuestos e irreconciliables. Las contadas excepciones (Albert Camus) apenas eran toleradas, como si fueran restos atávicos, rescoldos primitivos de aficiones bárbaras que la cultura no pudo borrar.
Por fortuna, todo eso ha cambiado. Sin embargo, leyendo las buenas crónicas de fútbol (las de Segurola o Sámano, por ejemplo), tan bien escritas y mesuradas, a veces pienso que corremos el riesgo de convertir este deporte en un juego intelectual, en una especie de ajedrez físico que puede analizarse fríamente, como si nos encontráramos ante un simple problema matemático. Y el fútbol es, sobre todo, pasión. A mi juicio, han sido los sudamericanos (Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano) quienes mejor supieron escarbar bajo la hojarasca del 4-4-2 para descubrirnos historias que bucean entre la magia, la carcajada y la tristeza.
Viene todo esto a cuento de:
a) La eliminación del Real Madrid y del Barcelona.
b) La publicación, en la Editorial Visor de ‘Un balón envenenado. Poesía y fútbol’.
Leo en El País un recomendable artículo de Pedro Zuazua sobre la tormentosa y finalmente amigable relación entre los versos y el fútbol. Desde aquella ‘Oda a Platko’ (un poco marciana) de Rafael Alberti, muchos poetas han tratado de transformar el balón en un instrumento de belleza poética. Con resultado, a menudo, demasiado pobre. La auténtica poesía del fútbol (una poesía salvaje, humillante y con mala leche) se vive en las gradas y es, por definición, cantada, fugaz e irrepetible. Nada más fallar el penalti Sergio Ramos, la red entera se llenó de humoradas sarcásticas a costa del ímpetu del defensa sevillano.
Leeré con gusto el libro de Luis García Montero y de Chus Visor, pero de momento me quedo con este rap barriobajero, afilado y sudoroso de FRAC (Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz). Me trae hermosos recuerdos de cuando el fútbol estaba lleno de gañanes bigotudos, entrenadores hoscos y campos imposibles y, además, era odiado por los intelectuales.










