Versos a penaltis

Hace muchos años, el fútbol y los libros parecían inevitablemente reñidos, como si habitaran en universos opuestos e irreconciliables. Las contadas excepciones (Albert Camus) apenas eran toleradas, como si fueran restos atávicos, rescoldos primitivos de aficiones bárbaras que la cultura no pudo borrar.

Por fortuna, todo eso ha cambiado. Sin embargo, leyendo las buenas crónicas de fútbol (las de Segurola o Sámano, por ejemplo), tan bien escritas y mesuradas, a veces pienso que corremos el riesgo de convertir este deporte en un juego intelectual, en una especie de ajedrez físico que puede analizarse fríamente, como si nos encontráramos ante un simple problema matemático. Y el fútbol es, sobre todo, pasión. A mi juicio, han sido los sudamericanos (Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano) quienes mejor supieron escarbar bajo la hojarasca del 4-4-2 para descubrirnos historias que bucean entre la magia, la carcajada y la tristeza.

Viene todo esto a cuento de:

a)      La eliminación del Real Madrid y del Barcelona.

b)      La publicación, en la Editorial Visor de ‘Un balón envenenado. Poesía y fútbol’.

Leo en El País un recomendable artículo de Pedro Zuazua sobre la tormentosa y finalmente amigable relación entre los versos y el fútbol. Desde aquella ‘Oda a Platko’ (un poco marciana) de Rafael Alberti, muchos poetas han tratado de transformar el balón en un instrumento de belleza poética. Con resultado, a menudo, demasiado pobre. La auténtica poesía del fútbol (una poesía salvaje, humillante y con mala leche) se vive en las gradas y es, por definición, cantada, fugaz e irrepetible. Nada más fallar el penalti Sergio Ramos, la red entera se llenó de humoradas sarcásticas a costa del ímpetu del defensa sevillano.

Leeré con gusto el libro de Luis García Montero y de Chus Visor, pero de momento me quedo con este rap barriobajero, afilado y sudoroso de FRAC (Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz). Me trae hermosos recuerdos de cuando el fútbol estaba lleno de gañanes bigotudos, entrenadores hoscos y campos imposibles y, además, era odiado por los intelectuales.

El regalo de Leticia con zeta

Cuando se prometieron, Leticia con zeta, la chica que quería ser princesa, le regaló una novelita histórica: ‘El doncel de don Enrique el Doliente’. Su autor fue el periodista Mariano José de Larra, que antes de pegarse un tiro decidió sumarse a la moda del momento y largarse una vacua historieta romántica de reyes, caballeros y amoríos locos. Aquella obrita, aunque aseada y bastante digna para los cánones del género, no llegó a la calidad literaria de sus artículos, pero supongo que a Felipe, indulgente como todos los enamorados, le haría feliz.

Varios años después, no sé si Leticia con zeta le ha vuelto a regalar libros. Ni siquiera sé si tienen tiempo para leer: supongo que andarán muy atareados, de recepción en recepción, de discurso en discurso y de espanto en espanto. Primero el cuñado pasmado y extravagante; luego el cuñado guapo y deportista; y ahora el padre, metido en ese confuso laberinto de elefantes, desiertos africanos, intermediarios árabes y pizpiretas princesas alemanas. A Felipe (y a Leticia con zeta) se la están jugando los suyos: al menos Cayo Lara y sus agrocomunistas van de frente. Dicen que las transiciones en las empresas familiares son dificultosas y llenas de barrancos y ésta tiene pintas de enseñarse pronto en aquellas escuelas de negocio que le despertaron el apetito al amigo Iñaki.

Pero ahora es (o ha sido o debería ser siempre) el Día del Libro y no sé si Leticia con zeta le ha vuelto a regalar libros. Espero que no haya perseverado con la novela histórica española del siglo XIX porque, salvo quizá ‘El señor de Bembibre’, de Enrique Gil y Carrasco, aquel género no produjo más que folletines arrebatados, romanticoides e hinchados de retórica. En su lugar, yo le recomendaría a Leticia con zeta (lo lamento: no me acabo de acostumbrar a la ortografía creativa) que fuera cuanto antes a una librería y se comprase la monumental biografía de Isabel II que ha escrito Isabel Burdiel, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia.

Isabel, tatarabuela de nuestro Felipe, se empeñó en tirar su trono por retrete. Cuando uno leía la historia de Isabel II en los libros escolares (guerra carlista, regencia, reinado, moderados, progresistas, O’Donnell, revolución y exilio), parecía que todo había discurrido inexorablemente, de una manera tan lineal y predecible como la trayectoria de una flecha, tan inevitable como una ecuación matemática. Sin embargo, el ensayo de la profesora Burdiel tiene la (enorme) virtud de no tratar el pasado como un monolito sólido e inmutable: las cosas, ay, pudieron muy bien suceder de otra manera. A lo largo de 800 páginas (no se asusten; está bien escrita, con prosa ágil y eficaz), la autora coloca a Isabel II ante las casi infinitas perspectivas que se le abrieron en su convulso reinado. Ayudada por sus íntimos y por la camarilla de Palacio, siempre eligió lo peor: no supo entender que los tiempos estaban cambiando. El miedo al progreso la empujó finalmente en brazos de la reacción y aquello acabó con su reinado. No supo ser una reina constitucional. Era demasiado inconstante, demasiado frágil, demasiado voluble. Y sus excesos privados no hicieron sino arrojar paletadas de tierra sucia sobre su prestigio.

Cuando se abrió la exposición sobre la vida de Isabel II en Madrid, ningún miembro de la Familia Real acudió a la inauguración. Incluso para su familia, aquella reina sigue siendo un recuerdo incómodo, hiriente, doloroso, sangrante. Sin embargo, creo que Felipe de Borbón debería leer con urgencia esta biografía de su abuela. Él sabe cómo ser un rey constitucional, por supuesto, pero aprenderá (si no lo intuye ya) que un monarca debe escuchar la voz de los tiempos para sobrevivir. Ya no basta con soltar un discurso, poner buena cara y ejercer de embajador ocasional. En el siglo XXI, solo la transparencia, la utilidad y la ejemplaridad pública puede justificar la pervivencia de una institución medieval, anacrónica y asentada sobre un (inaceptable) determinismo biológico.

Sostuvo Tabucchi

Antes de afeitarse el bigotito, Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943) se parecía un poco a Fernando Pessoa. Llevaba gafitas redondas y parecía un ser inofensivo e insignificante, apenas un contable pacífico y esforzado. Cuentan que a Tabucchi le cambió la vida un viaje: un día, cuando era muy joven, se cogió un Fiat 500 y se marchó a Portugal. Desde entonces le obsesionó la incierta luz de Lisboa, a veces desafiante y a veces triste.

Muchos españoles conocimos a Tabucchi cuando se inventó aquel monumento literario sobre un viejo, escéptico y cansado periodista portugués, Pereira, que un día, para su propio asombro, se descubrió valiente, ético, invencible, casi gigantesco. ‘Sostiene Pereira’ fue traducido a cuarenta idiomas, vendió millones de ejemplares y cautivó a medio mundo…, pero el auténtico Tabucchi ya estaba condensado (incluso ferozmente condensado) en un puñado de obritas anteriores, minúsculas e insondables: en los bellísimos renglones del ‘Requiem’ o del ‘Nocturno hindú’ se deslizaba un autor original, sutil, profundo y evocador.

Estas novelas, tan breves que parecen esencias, rompen incluso con su primera obra (‘Plaza de Italia’), que aquí llegó muy tarde, haciendo un pequeño lío bibliográfico a sus seguidores, y que todavía resultaba demasiado tributaria del realismo mágico, como si don Antonio, al principio, hubiese querido convertirse en el García Márquez de las villas toscanas.

Antonio Tabucchi murió el domingo en Lisboa. Los obituarios hablaron de los premios que obtuvo, del triunfo arrollador que cosechó su ‘Sostiene Pereira’, de sus últimas batallas contra Berlusconi. Yo, en cambio, les propongo que vayan a una librería (o a una biblioteca) y cojan alguna de esas novelitas que precedieron a su enorme éxito de ventas y que aquí, en España, se publicaron de tapadillo. Disfrútenlas a sorbos lentos, sin reloj, sin siquiera pretender entenderlo todo.

La maldición de internet

Internet es un monstruo. Me ponen enfermo las hipérboles absurdas y por eso frasecillas tan habituales como ‘sociedad de la información’ o ‘sociedad del conocimiento’ me parecen exageraciones inadmisibles. Internet es, si acaso, un océano profundísimo y exuberante, pero peligroso e incierto como el Mar de los Sargazos.

La mejor metáfora que he leído sobre internet la escribió Jorge Luis Borges en 1942, cuando publicó ‘Ficciones’, un repertorio de cuentos. Entonces no había ordenadores, las bibliotecas eran espacios reales, llenos de estanterías, de libros y de polvo, y la mera existencia de una red global de comunicación hubiera sonado a fantasía alucinada. Borges, cuya literatura siempre me ha cautivado por su precisión matemática, por su inteligencia e incluso por su frialdad cerebral, se inventó la historia de Ireneo Funes, un tipo aquejado de hipermnesia: podía recordarlo con todo y con total exactitud. “Mi memoria es como un vaciadero de basuras”, decía.

Apuntan los estudiosos que el cuento es un homenaje a su maestro, el mexicano Alfonso Reyes, y otros ven ecos de filósofos como John Locke o Fiedrich Nietzsche. A mí, sin embargo, me parece una profecía: desde que apareció internet en nuestras vidas, todos nos hemos vuelto como Funes, el memorioso. A golpe de una tecla, los detalles (verdaderos o falsos, eso ya casi no importa) nos inundan. El problema es que, abrumados por semejante cantidad de información, podemos perder la razón. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”, decía Borges.

Desmontada la patraña del periodismo ciudadano, pienso que aquí podemos tener un hueco los periodistas: alguien, quien sea, tendrá que organizar ese aluvión incontenible de datos, de historias, de detalles, de recovecos, de opiniones, de mentiras, de verdades. De nuestra capacidad para convertirnos en guardias de tráfico (virtual) depende nuestra supervivencia. Lo que verdaderamente temo es que los ciudadanos, excitados con el acceso rápido y gratuito a internet, se conformen y ya ni siquiera demanden un poco de orden en esta selva cibernética. “Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar”, acaba don Jorge Luis.

Tampoco me hagan mucho caso: de un tiempo a esta parte me he vuelto miedoso. Pero sí les recomiendo que lean el hermosísimo cuento de Borges, ese hombre sabio que escribía con escuadra y cartabón.

¿Qué demonios pasa?

Quizá usted esté un poco hasta las narices de escuchar la cantinela cotidiana del déficit, de los recortes, de la prima de riesgo… Corremos el peligro de meternos en un torbellino de cifras y adjetivos que solo anulan nuestra capacidad de comprensión. No sabemos qué pensar ni qué decir. Todos defendemos el estado del bienestar, pero nadie (o casi nadie) es capaz de marcar la línea roja a partir de la cual el bienestar desaparece. Cuando uno se traga los eslóganes y renuncia a profundizar, tiende a ver la realidad en blanco y negro. Así es muy fácil (pero también peligroso) fabricarse una opinión.

Esto (¡ojo!) pasa mucho hoy en día y los culpables somos, en muchos casos, los medios de comunicación: en lugar de suministrar a los lectores los datos y los análisis pertinentes para que ellos se formen una opinión, en muchos casos preferimos decirles ya todo lo que deben pensar. No se vayan a equivocar. Esto sucede, en diversos grados, en todos los extremos ideológicos: desde La Gaceta o el ABC al (tristemente) desaparecido diario Público. A veces, incluso El País cae en la tentación de convertirse en nuestro padre.

Así que, como siempre, conviene tomárselo todo con distancia y unas gotas de ironía. Para ganar perspectiva, no se me ocurre mejor terapia que acudir a los libros. Iremos viendo unos cuántos, pero forzosamente debemos empezar por el ensayo que prendió la mecha del 15-M: el opúsculo ‘Inidgnaos’, del viejo héroe francés Stephane Hessel.

Conviene leerlo, pero también conviene enjuiciarlo críticamente. ‘Indiganos’ es un potente y eficaz grito de auxilio, pero nada más. Desde su incontestable autoridad, Hessel pide levantarse (¿incluso en armas?) contra el dogma neoliberal que parece asfixiarnos. Tiene razón en defender las conquistas sociales de los últimos decenios, aunque el librito (más bien el folleto) naufraga en varios puntos esenciales. Hessel, por ejemplo, se hace un lío a la hora de decidir cuándo se debe utilizar la violencia y cuándo no. Su venerable biografía se impone sobre su capacidad de reflexión. El viejo Stephane tendrá 93 años, pero sigue siendo un hombre de acción. No es, en absoluto, un filósofo y su celebrado opúsculo se convierte al final en una sucesión de bonitos eslóganes.

Mucha mayor hondura tiene ‘Algo va mal’, del historiador británico Tony Judt. Judt y Hessel están de acuerdo en casi todo, pero el profesor de Cambridge, recientemente fallecido, escarba más en la realidad que el héroe francés. Defiende la socialdemocracia, critica la falaz ilusión del crecimiento infinito y tampoco olvida lanzar sus dardos contra una izquierda hedonista que se enreda en jueguecitos nacionalistas y que se ha olvidado de su gente. El libro de Judt es necesario, coherente y poco alambicado. Si aún no lo ha leído, aproveche que acaba de salir en edición de bolsillo. Hay que coger perspectiva.

 

Proletarios de la pluma

Leo en El País una sugerente entrevista/reportaje con Erri de Luca, uno de los escritores italianos más famosos en su país, aunque todavía no muy conocido por aquí. Confieso que no he leído nada suyo (tiempo al tiempo), pero hay algo en su rostro desértico y en sus manos callosas que me atrae poderosamente. Hasta hace unos años, Erri (versión italiana de su verdadero nombre, Harry) se ganaba la vida como obrero de la construcción. En sus ratos libres, cuando dejaba de poner ladrillos o de cavar zanjas, escribía novelas y traducía la Biblia del hebreo antiguo.

En Italia, Erri de Luca despierta pasiones encontradas. Hay gente que lo adora y gente, como el crítico literario del Corriere, que lo detesta. Algunos se entusiasman con su prosa y otros le acusan de escribir mal, en ese difuso y extraño italiano que se aprende por las calles de su ciudad natal, Nápoles. Todavía recuerdo la impresión que me produjo cuando, paseando por el laberinto surrealista del barrio de Spaccanapoli (el cogollo histórico de la capital vesubiana) y al lado de un altarcillo dedicado a Maradona, me encontré con un puesto ambulante que vendía diccionarios enormes, de más de mil páginas, napolitano-italiano, italiano-napolitano.

No he leído nada de Erri, pero su biografía proletaria y su cara rocosa me recuerdan mucho a Hernán Rivera Letelier, novelista chileno, nacido en el desierto de Atacama y obrero en aquellas salitreras que se funden al sol por el día y tiemblan de frío por la noche. De Rivera Letelier me gustan su nombre, su prosa, su territorio y sus historias, tan alucinadas y fantasmagóricas como su propia región. Resulta que, además, al italiano y al pampino también les une su pasión por la Biblia. De Luca la traduce y el padre de Hernán la predicaba por el desierto, de poblado en poblado.

Por ambos siento, en cualquier caso, mucho respeto. Me sucede un poco como a Wittgenstein, el filósofo que renunció a su millonaria herencia y se convirtió en jardinero: a veces pienso que el trabajo manual es un ejercicio indispensable para limpiar la mente y quitarse de tonterías. Aunque debo añadir que yo mismo no practico lo que digo. Me da demasiada pereza. Quizá por eso admiro tanto a gente como Erri de Luca y Hernán Rivera Letelier.

Para acercarse al universo de Rivera Letelier, basta con coger su última novela, ‘El arte de la resurrección’. Por aquellas imposibles arideces, desfilan cristos procaces, putas devotas, borrachos afanosos y obreros sudorosos, todos bajo un sol rojo, inclemente, fulmíneo, abrasador como una condena bíblica. Parece puro realismo mágico, pero luego uno escucha al autor (aquí abajo) y resulta que es realismo a secas. Pero, eso sí, en una tierra mágica.

Nos hundimos, chavales

Veo la situación actual del periodismo (escrito) y me dan ganas de soltar los versos de Quevedo: yo también miro los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados, y no hallo cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte. Ustedes disculpen los fúnebres presagios.

Como no se me ocurre ninguna idea genial para resucitar los periódicos en papel y como tampoco sé cómo demonios vamos a hacer rentables los periódicos por internet, prefiero asumir mi estulticia, seguir trabajando en lo que me dejen, reírme un poco y esperar acontecimientos. Dios proveerá. Si las letras se tuercen, siempre podremos volver al huerto a hincar unos tomates y unas cebollas. Quizá incluso seamos más felices (esto de la felicidad, no nos engañemos, tiene poco que ver con las prisas, las fuentes, el ofderecord, los políticos, las entradillas, las declaraciones oficiales, las entrevistas plúmbeas, los suplementos culturales y los reportajes de mucho llorar).

Puestos a coger un libro sobre periodistas, yo había pensado en releerme ‘Sostiene Pereira’, pero creo que ahora no pega mucho. La novela de Tabucchi, elegante, precisa y de aliento épico, es literatura grande y estos son tiempos pequeños y mezquinos. Por eso me acuerdo ahora de ‘Los últimos días de La Prensa’, de Jaime Bayly. Un escritor peruano que me cae mal, tan ufano de sí mismo y tan esforzadamente brillante, aunque aquí, quizá por su absoluta falta de pretensiones literarias, acertó a narrar el deterioro imparable y festivo de un periódico limeño. No se hagan ilusiones: ni les resolverá una encrucijada vital ni les sorprenderá con su riqueza metafórica. El libro está escrito con rotulador gordo, se despacha en dos tardes y luego no deja poso alguno. Pero se echarán, eso sí, alguna carcajada. Con eso sobra.

P.D. Por si alguno quiere repasar el soneto de Quevedo, helo aquí. Sustituyan patria por periodismo (que casi viene a ser lo mismo) y verán cómo les sale:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

¿Está Dios por ahí?

Me gustan las florituras teológicas. Considérenlo, si quieren, una perversión. Después de pasar las acostumbradas y juveniles crisis de fe, me encuentro cómodo en la duda, aunque reconozco, como dijo ayer el evolucionista Richard Dowkings, que la existencia de Dios es “altamente improbable”. Sin embargo, prefiero ser agnóstico que ateo: hay algo en el ateísmo radical que me molesta (quizá sea esa confianza un poco insensata en la razón humana).

Hoy he leído en El País un reportaje sobre la rediviva controversia oxoniense entre ateos y creyentes. A veces me dan pena los teólogos, que han pasado de considerar la Biblia un compendio irrefutable de verdades a tener que admitir un ‘Dios de los huecos’, con la divinidad tratando de ocupar las partes que (aún) no ha desvelado la ciencia. Pero me atraen mucho los curas como el anglicano Rowan Williams (o los pensadores como el católico Hans Küng) que buscan el sitio de Dios en nuestro mundo sin hacernos comulgar con ruedas de molino. Todavía recuerdo el impacto que me produjo, en mi primer año de carrera (estudié Periodismo en el Opus), cuando el profesor de Teología, un sacerdote simpático, melifluo y agradable, en lugar de meternos en honduras filosóficas se limitó a contarnos cuentecillos sobre la virgen, el ángel de la guarda y el Jesusito-de-mi-vida-eres-niño-como-yo. ¡Por favor!

Este verano me devoré la ‘Brevísima historia del tiempo’, de Stephen Hawking. Confieso que solo entendí la mitad, aunque me maravilló ese lenguaje de la física tan bello, tan literario, tan cercano a la metáfora: que si los huecos entre el espacio y el tiempo, que si el espacio curvado, que si los viajes en el tiempo… Cuando cerré el libro, llegué a una conclusión: los filósofos actuales, si quieren serlo de verdad, antes siquiera de ponerse a pensar, deberían estudiar gruesos tomos de física. ¿De qué me sirve que un tío pontifique sobre el sentido de la vida si no entiende, por ejemplo, qué es eso del bosón de Higgs?

Soy un poco raro, lo sé, pero estos asuntos me apasionan. El otro día cayó en mis manos el ‘Tratado de ateología’, del filósofo francés Michel Onfray, y me pareció una porquería deleznable: una mera y vacua sucesión de insultos contra la iglesia. Como si el autor se enzarzara en una competición juvenil a ver quién la echaba más gorda. Lo siento: me horrorizan los meapilas y me aburren los comecuras. A todos ellos les suele faltar sentido del humor, distancia y modestia.

Un chaval y un tuareg

Leo en el periódico que los tuareg están viviendo su propia primavera revolucionaria. No conozco sus razones ni sé qué demonios pretenden, pero el solo nombre de esta vieja estirpe de nómadas turbulentos me devuelve algunos recuerdos literarios de juventud que quisiera compartir.

Cuando yo tenía 14 años no sabía bien qué leer. Ya me había aprendido de memoria los tebeos de Asterix y me horrorizaban los libros presuntamente juveniles, que me parecían ñoños y almibarados. Además, tenía entonces un prejuicio bastante idiota: no leía novelas de autores extranjeros porque creía que toda traducción era una puñalada y mi nivel de inglés, esforzadamente adquirido durante toda la EGB, apenas me daba para recitar de carrerilla algún verbo irregular. Andaba, en fin, un poco perdido.

Entonces, un cura, profesor de Lengua, nos recomendó un libro. Tuvo el acierto de no refugiarse en los clásicos y de atender a lo que podía enamorar a un chaval de 14 años: paisajes exóticos, aventuras, libertad, crímenes y una pizca de sexo. Nos pidió que leyéramos ‘Tuareg’, de Alberto Váquez-Figueroa.

Me lo devoré en tres días. Lo leí de una manera febril, compulsiva, absoluta, casi sin distracciones. Todavía recuerdo el hermoso nombre de su protagonista (Gacel Sayah) y aún siento su mirada de acero cabalgando por las dunas. No he vuelto a coger aquel libro desde entonces y nunca creo que lo haga: ahora tengo demasiadas mañas y temo estropear aquella sensación adolescente.

Luego leí alguna novela más de Alberto Vázquez-Figueroa (Tenerife, 1936), pero fui cayendo de decepción en decepción hasta que me borré definitivamente. Vázquez-Figueroa me sigue pareciendo un tipo interesante, un aventurero con mil ocupaciones, que, además, es sincero: “Solo tengo un libro bueno, ‘Tuareg’ –reconoce-. Luego hay algunos, como ‘El Perro’ o ‘Ébano’ que no están mal, pero hay otros cuarenta que son infumables, deleznables o poco aconsejables”.

Me da igual lo que digan los críticos, que ponen a parir a don Alberto. Cuando algún chavalillo me dice que le aburre leer, que prefiere jugar a la playstation o descargarse música, yo le sugiero que, antes de abandonar los libros para siempre, vaya a una biblioteca y se pille ‘Tuareg’.

Quizá vosotros tengáis alguna otra recomendación que hacerle.

Los Pichiciegos

Recuerdo la Guerra de las Malvinas como una pelea geográficamente imposible, librada entre países de hemisferios contrarios. Corría el año 82, estudiaba séptimo de EGB y yo iba con Argentina, aunque no entendía muy bien qué se estaba feriando por allí abajo. Me parecía como si estuvieran jugando un Mundial de fútbol o un partido de rugby.

Y ahora, de repente, cuando estamos preocupados por otras cosas más graves, vuelve el lío de las Malvinas. Comprendo que los argentinos sientan como territorio suyo aquellos pedazos de roca que flotan en el Atlántico y no veo muy claro qué hacen los ingleses manteniendo un cascote de su viejo imperio tan lejos del Big Ben. Supongo que habrá dinero, pesca o petróleo por medio. Espero, en cualquier caso, que no lleguen a montar una guerra. Para prevenirlo, me he propuesto regalar al señor Cameron y (sobre todo) a la señora Kirchner un libro: ‘Los pichiciegos’, de Fogwill.

Pese a que su apellido pueda despistar, Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010) fue un sociólogo argentino, polemista feroz, fumador compulsivo y experto en marketing que se construyó una carrera literaria singular. Lejos de la perfección matemática de Borges y de la inventiva fulgurante de Cortázar, Fogwill fue un escritor arriscado, que se comía las frases a dentelladas y luego las vomitaba sobre el papel. Cuando uno se sumerge en su obra, no puede evitar un cosquilleo desasosegante, extraño, a veces confuso. “Fogwill era, ante todo, una sintaxis”, resumió el diario argentino ‘La Nación’ al escribir su obituario.

En ‘Los Pichiciegos’, Fogwill narra un episodio de la Guerra de las Malvinas. Pero sus protagonistas no son héroes plastificados ni agradables apolos bélicos. Son gente sucia, primaria y hostil, patriotas de sí mismos, que, ocultos como ratas, sobreviven mientras los demás se zurran. La novela sabe a tierra húmeda, a frío, a miedo, a desesperación. Cuando uno la lee, cae en la cuenta inmediata de que la guerra es, por encima de todo, una mierda.

Quizá disfruten a Fogwill, quizá les irrite o quizá le juren odio eterno. Pero merece la pena asomarse a sus abismos. Ustedes dirán.

La Rioja

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