El veneno de Lucrecio

Confieso que la primera vez que me asomé a las páginas de ‘El Giro’ lo hice con la extrañeza de quien encuentra un insecto raro en un lugar inapropiado. Me pareció un ensayo con argumento insólito. Trata, según informan aplicadamente sus solapas, del hallazgo, hace quinientos años y en un remoto monasterio alemán, de un poema latino (‘De rerum natura’) escrito por Tito Lucrecio Caro.

Un libro así, en teoría, tendría que estar destinado a una circulación muy restringida: apenas un puñado de ejemplares para satisfacer la curiosidad de unos pocos eruditos especializados; ejemplares que indefectiblemente acabarían engordando los ácaros de tres o cuatro bibliotecas universitarias. Nada más.

Y, sin embargo, ahí me lo encontré, tan pimpante, en una librería de Logroño y con varios ejemplares apilados formando una torrecita, como si estuviéramos ante un nuevo best-seller de Arturo Pérez-Reverte o de Eduardo Punset. La intriga continuó cuando cogí uno de aquellos libros, bellamente editados, y descubrí que este ensayo, elaborado sobre un motivo en apariencia tan estrecho, había ganado varios premios notables y de amplia difusión, entre ellos el Pulitzer del 2012. Así que al editor español (Crítica) no se le había ido la olla: en este tomo tenía que haber algo más que la simple narración del hallazgo, hace quinientos años, de un poema latino.

Lo hay, en efecto.

Vayamos al meollo: Poggio Bracciolini fue un amanuense toscano que llegó a ser secretario privado del Papa Juan XXIII (1410-1415), un tipo que finalmente fue depuesto de su cargo, encarcelado y acusado de asesinato, sodomía y otros pecados tremebundos. Su nombre, para colmo, fue borrado de la lista oficial de pontífices. Poggio tenía dos virtudes y una obsesión: una cultura vastísima, una letra maravillosa y una pasión desenfrenada por las reliquias del mundo antiguo. Había heredado el gusto humanista de Petrarca y su mayor entretenimiento era bucear en las bibliotecas monásticas a la caza de manuscritos olvidados. En uno de sus viajes, en 1417, descubrió una copia del poema ‘De rerum natura’, de Lucrecio, escrito en el siglo I antes de Cristo y del que, hasta entonces, solo se conocían fragmentos inconexos. Aquel hermoso texto latino demostró ser un veneno muy potente por su carga filosófica: su moral epicúrea, su ateísmo radical y su inocente atomismo removieron los cimientos de un mundo acartonado.

El autor, profesor de Humanidades en la Universidad de Harvard y especialista en Shakespeare, aprovecha esta anécdota, tan llena de recovecos sugerentes, para componer una singular obra de historia cultural. Como en aquellos libros infantiles en los que el niño va levantando pestañitas para descubrir emocionado qué pone debajo, Greenblatt aprovecha la excursión de Poggio por los monasterios alemanes para hablarnos de Epicuro, de Lucrecio, de la filosofía griega, del Papado medieval, de los primeros humanistas, de la vida de aquellos amanuenses de hermosa letra, del momento, en fin, en que el mundo encontró en el pasado grecorromano la inspiración para derribar unos muros que le estaban oprimiendo hasta la asfixia.

Libro: ‘El Giro’

Autor: Stephen Greenblatt

Editorial: Crítica

Precio: 25,90 euros

Páginas: 228, más 90 de notas y bibliografía.

¿Era Enrique impotente?

Tal vez sea usted uno de los muchos espectadores de la serie televisiva ‘Isabel’. Confieso que yo soy un seguidor poco fiel, pero reconozco las virtudes de un producto entretenido, cuidado y bien escrito que, al menos, se toma la historia con un poquito de respeto. Sobre todo porque la historia de España contiene tal cúmulo de aventuras, desgracias, heroicidades y miserias que no hay que retorcerla mucho para convertirla en una narración apasionante. No es necesario, en fin, meter a un ninja en el Madrid de los Austrias para que la cosa funcione.

De todos los personajes que marcaron aquellos tiempos, ninguno me parece tan apasionante como el rey Enrique IV, hermano/enemigo/antecesor de Isabel, crucificado con un apodo cruel (El Impotente) del que jamás se podrá ya separar. Me asombra cómo, en un país tan dado a los culebrones pseudohistóricos, a nadie se le haya ocurrido todavía coger este personaje para montar un novelón de los que ganan premios, tienen portadas vistosas, ocupan sitio en las librerías y venden muchos ejemplares. Supongo que, gracias al éxito de la serie, será cuestión de tiempo. A mí, sin embargo, me gustaría más que algún historiador decentillo (pero con garbo literario) nos presentara las pocas certezas y muchas dudas que rodean aquella contradictoria figura que acabó siendo clave en la configuración de la Castilla (y de la España) moderna. El medievalista Luis Suárez publicó una biografía en el año 2001 con un sugerente subtítulo (“La difamación como arma política“), pero ni siquiera he podido encontrarlo. Sería un buen momento para que la editorial (Ariel) lo volviese a poner en circulación.

Mientras esperamos, podemos recuperar el extraño libro, muy trasnochado pero aún fascinante, que le dedicó en 1930 el doctor Gregorio Marañón: ‘Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo’. Dieciséis años después de su publicación, el propio don Gregorio, que era un hombre con una curiosidad extrema, se presentó en el monasterio de Guadalupe (Cáceres) para examinar la momia del rey, que acababa de aparecer medio escondida en una cripta. Lo que vio entonces confirmó su inicial opinión sobre la deficiente salud del monarca, aunque, como él mismo reconoce, don Enrique de Trastámara, hermano de Isabel la Católica, seguirá por siempre siendo un misterio.

Podemos estar seguros, sin embargo, de que El Impotente no se parecía en nada al actor que le encarna en la serie, Pablo Derqui. Según los cronistas de la época (y según su propio cuerpo momificado), Enrique era gigantesco, muy largo de brazos y de piernas, desgreñado, con barbazas rubias, de mandíbula exagerada, nariz de boxeador y feo como un dolor de muelas (“a semejanza de león”, dicen los cronistas). Nadie le podía sostener la mirada por treinta segundos porque sus ojos eran capaces de meter miedo al más pintado. Sin embargo, y esto sí que aparece bien reflejado en la serie, era un fulano inconstante, dubitativo, confuso, con escasa presencia de ánimo, más preocupado de la caza que del gobierno de su monarquía.

 

Vale, todo eso está bien. ¿Pero era o no impotente? La cosa va más allá del puro chafardeo porque su supuesta flaccidez cambió la historia de España, una nación que, en cierto modo, se convirtió en el primer Estado moderno gracias a la sospecha de unos cuernos. Por eso subió Isabel al trono y luego vino lo que vino (con permiso de Mas). Por las fuentes disponibles, el doctor Marañón concluye que Enrique no era impotente, sino un “tímido sexual” que de vez en cuando tiraba algún cohete. Más explicito y escabroso es Münzer, que recoge los testimonios de las prostitutas de Segovia (habituales visitantes de los aposentos del monarca) para definir el pene real: “Su miembro era delgado en la raíz y grueso en la extremidad, por lo que no podía entrar en erección”. Por momentos, el relato de Marañón parece una novela de García Márquez.

Así que nos quedamos sin saber si doña Juana, la supuesta hija del monarca, fue el fruto de un día feliz o de la habilidad del valido, Beltrán de la Cueva, para fabricar cornamentas. Don Gregorio Marañón, que siente una indisimulada simpatía por la reina Juana de Portugal (un bellezón condenado a yacer y a convivir con un monstruo), se atreve incluso a diagnosticar la enfermedad de Enrique IV: displasia eunucoide con reacción acromegálica. O sea, que lo más probable es que sufriera un tumor en la hipófisis que le afectó a la hormona del crecimiento (de ahí la acromegalia o crecimiento exagerado de algunas facciones) y que también le dejó medio impotente y le causó graves problemas psicológicos. El diagnóstico del doctor Marañón está hoy muy discutido (la endocrinología estaba aún en pañales en la España de los años 30), pero su estudio sobre la personalidad del monarca sigue siendo apasionante.

(*) En la primera imagen, captada de rtve.es, Pablo Derqui, caracterizado como Enrique IV en la serie ‘Isabel’.

Gastad, malditos

Andamos atrapados en un formidable barrizal y la medicina que nos han prescrito (la austeridad absoluta) no funciona. Los sabios con poder –que no parecen demasiado sabios– dicen que solo así, en un futuro, podremos recobrar la senda del crecimiento y del empleo. Pero esa tierra prometida cada vez se encuentra más lejana, casi inalcanzable.

Por eso merece la pena escuchar algunas voces disidentes. No son perroflautas exaltados; hablamos de gente como Joseph Stiglitz y Paul Krugman: economistas reputados, ganadores de un Nobel y profesores en universidades sensatas y  famosas. Krugman, por ejemplo, escribe (muy bien) en el ‘New York Times’, da clases en Princeton y piensa que esta crisis tiene una solución. Y una solución fácil. De ahí el imperioso título de su nuevo ensayo, cuya vistosa portada se asoma a las librerías con la fuerza de un grito:«¡Acabad ya con esta crisis!».

Todo el andamiaje argumentativo de Krugman se asienta sobre una base, de cuya solidez depende la estabilidad del edificio entero: esta crisis se parece mucho a la que el mundo ya vivió con la Gran Depresión. Así que, para superarla, conviene seguir la receta que entonces se aplicó: excitar el gasto público hasta que el empleo se recupere y el sector privado recobre el pulso perdido. Krugman se sitúa bajo la advocación de John Maynard Keynes y no rehúye el combate:_critica las falacias (interesadas o simplemente erróneas) de sus colegas neoliberales y lo hace con garbo literario, con algunos datos elocuentes… y con  un poco de mala leche.

Claro que, en aquellos oscuros años treinta, un acontecimiento vino a espabilar la mortecina economía americana: la II Guerra Mundial. El gasto militar actuó entonces como palanca de una recuperación que, contra todo pronóstico, se mantuvo tras la derrota de los nazis. No se trata –puntualiza Krugman– de montar una nueva guerra, sino de que el Gobierno (americano) gaste en otras cosas, por ejemplo en trenes, el dinero que entonces empleó en construir tanques. Solo así se reducirá el desempleo y eso permitirá encontrar de nuevo el hilo del crecimiento: mayor confianza, mayor empuje empresarial, mayor consumo…

¿Y las deudas? Para Krugman, la única manera de reducirlas es, precisamente, creando las condiciones oportunas para devolver los préstamos. Al fin y al cabo, la tesis contraria ha demostrado su inutilidad: por más que Grecia y Portugal (y España) recortan, las deudas crecen. Eso ya lo ha empezado a ver incluso el FMI, que no es precisamente un bastión del bolchevismo internacional.

El lector español, con todo, debe refrenar sus entusiasmos: la salida «fácil» que Krugman propone quizá funcione, pero solo serviría para Estados Unidos. España está metida en un lío mucho mayor, al verse atrapada por el euro. Incluso él piensa que los recortes, en nuestro país, son inevitables si el Estado quiere llegar a fin de mes, pero también puntualiza que resultarán baldíos si los países ricos de la UE (especialmente Alemania) no incrementan su gasto, aumentan los sueldos y empiezan a tirar del carro europeo…, aunque esto les suponga admitir un poco de inflación. Y esa es, precisamente, la palabra que doña Merkel no osa siquiera pronunciar.

 

La mancha de Roth

No recuerdo cuándo empecé a leer a Philip Roth. Lo descubrí tarde, tal vez porque nunca me ha hecho demasiada gracia la literatura estadounidense. Qué sé yo: manías que tiene uno. Quizá por un estúpido prurito antiimperialista o por un cierto prejuicio hacia ese modo tan directo y sin florituras de contar las cosas. Sin embargo, un día cayó en mis manos una magnífica novela de Saul Bellow (‘Herzog’) y comencé a sentir cierta curiosidad por esos escritores judíos que narraban buenas historias con esa soltura tan americana. Así llegué a Philip Roth.

Durante algunos meses, lo leí casi compulsivamente. Me gustaba, sobre todo, el modo descarnado, pero extrañamente tierno, con el que Philip retrataba a sus personajes: tipos perdidos en sus pasiones cotidianas, que, de repente, se asomaban a sus abismos interiores y acababan confundidos, destrozados, íntimamente devastados. No se asusten. No se trata de un escritor alambicado y fatigoso. Uno se mete en la prosa de Philip Roth como quien navega por un río joven y brioso: la corriente lo arrastra casi a trompicones, página tras página, hasta que acaba despeñándose por alguna inevitable catarata.

Me alegro de que le hayan dado el Príncipe de Asturias y confío en que, dentro de poco, también le caiga el Nobel. Con Philip Roth tengo a veces la impresión de que siempre cuenta la misma historia, con variantes más o menos pintorescas que no afectan a su mensaje esencial. Quizá por eso, si tuviera que recomendar un solo libro del escritor americano, me quedaría con ‘Patrimonio’, su única obra abiertamente autobiográfica. Pocas veces he encontrado un canto de amor (amor al padre) tan salvaje, tan arrebatador, tan verídico y honesto.

Si, en cambio, ustedes prefieren la novela pura y dura, les aconsejaría leer ‘La mancha humana’: creo que es la obra que mejor le resume. En esta sobrecogedora historia de pasiones, fingimientos e hipocresías caben todas sus obsesiones y brillan todas sus virtudes. La anécdota central (un profesor universitario, que tiene una amante mucho más joven que él, cae en el descrédito por una simple frase, supuestamente racista) le permite a Roth lanzar una crítica social tan sagaz, puntiaguda y acerada que incluso duele.

 

Foto: AP

Versos a penaltis

Hace muchos años, el fútbol y los libros parecían inevitablemente reñidos, como si habitaran en universos opuestos e irreconciliables. Las contadas excepciones (Albert Camus) apenas eran toleradas, como si fueran restos atávicos, rescoldos primitivos de aficiones bárbaras que la cultura no pudo borrar.

Por fortuna, todo eso ha cambiado. Sin embargo, leyendo las buenas crónicas de fútbol (las de Segurola o Sámano, por ejemplo), tan bien escritas y mesuradas, a veces pienso que corremos el riesgo de convertir este deporte en un juego intelectual, en una especie de ajedrez físico que puede analizarse fríamente, como si nos encontráramos ante un simple problema matemático. Y el fútbol es, sobre todo, pasión. A mi juicio, han sido los sudamericanos (Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano) quienes mejor supieron escarbar bajo la hojarasca del 4-4-2 para descubrirnos historias que bucean entre la magia, la carcajada y la tristeza.

Viene todo esto a cuento de:

a)      La eliminación del Real Madrid y del Barcelona.

b)      La publicación, en la Editorial Visor de ‘Un balón envenenado. Poesía y fútbol’.

Leo en El País un recomendable artículo de Pedro Zuazua sobre la tormentosa y finalmente amigable relación entre los versos y el fútbol. Desde aquella ‘Oda a Platko’ (un poco marciana) de Rafael Alberti, muchos poetas han tratado de transformar el balón en un instrumento de belleza poética. Con resultado, a menudo, demasiado pobre. La auténtica poesía del fútbol (una poesía salvaje, humillante y con mala leche) se vive en las gradas y es, por definición, cantada, fugaz e irrepetible. Nada más fallar el penalti Sergio Ramos, la red entera se llenó de humoradas sarcásticas a costa del ímpetu del defensa sevillano.

Leeré con gusto el libro de Luis García Montero y de Chus Visor, pero de momento me quedo con este rap barriobajero, afilado y sudoroso de FRAC (Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz). Me trae hermosos recuerdos de cuando el fútbol estaba lleno de gañanes bigotudos, entrenadores hoscos y campos imposibles y, además, era odiado por los intelectuales.

El regalo de Leticia con zeta

Cuando se prometieron, Leticia con zeta, la chica que quería ser princesa, le regaló una novelita histórica: ‘El doncel de don Enrique el Doliente’. Su autor fue el periodista Mariano José de Larra, que antes de pegarse un tiro decidió sumarse a la moda del momento y largarse una vacua historieta romántica de reyes, caballeros y amoríos locos. Aquella obrita, aunque aseada y bastante digna para los cánones del género, no llegó a la calidad literaria de sus artículos, pero supongo que a Felipe, indulgente como todos los enamorados, le haría feliz.

Varios años después, no sé si Leticia con zeta le ha vuelto a regalar libros. Ni siquiera sé si tienen tiempo para leer: supongo que andarán muy atareados, de recepción en recepción, de discurso en discurso y de espanto en espanto. Primero el cuñado pasmado y extravagante; luego el cuñado guapo y deportista; y ahora el padre, metido en ese confuso laberinto de elefantes, desiertos africanos, intermediarios árabes y pizpiretas princesas alemanas. A Felipe (y a Leticia con zeta) se la están jugando los suyos: al menos Cayo Lara y sus agrocomunistas van de frente. Dicen que las transiciones en las empresas familiares son dificultosas y llenas de barrancos y ésta tiene pintas de enseñarse pronto en aquellas escuelas de negocio que le despertaron el apetito al amigo Iñaki.

Pero ahora es (o ha sido o debería ser siempre) el Día del Libro y no sé si Leticia con zeta le ha vuelto a regalar libros. Espero que no haya perseverado con la novela histórica española del siglo XIX porque, salvo quizá ‘El señor de Bembibre’, de Enrique Gil y Carrasco, aquel género no produjo más que folletines arrebatados, romanticoides e hinchados de retórica. En su lugar, yo le recomendaría a Leticia con zeta (lo lamento: no me acabo de acostumbrar a la ortografía creativa) que fuera cuanto antes a una librería y se comprase la monumental biografía de Isabel II que ha escrito Isabel Burdiel, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia.

Isabel, tatarabuela de nuestro Felipe, se empeñó en tirar su trono por retrete. Cuando uno leía la historia de Isabel II en los libros escolares (guerra carlista, regencia, reinado, moderados, progresistas, O’Donnell, revolución y exilio), parecía que todo había discurrido inexorablemente, de una manera tan lineal y predecible como la trayectoria de una flecha, tan inevitable como una ecuación matemática. Sin embargo, el ensayo de la profesora Burdiel tiene la (enorme) virtud de no tratar el pasado como un monolito sólido e inmutable: las cosas, ay, pudieron muy bien suceder de otra manera. A lo largo de 800 páginas (no se asusten; está bien escrita, con prosa ágil y eficaz), la autora coloca a Isabel II ante las casi infinitas perspectivas que se le abrieron en su convulso reinado. Ayudada por sus íntimos y por la camarilla de Palacio, siempre eligió lo peor: no supo entender que los tiempos estaban cambiando. El miedo al progreso la empujó finalmente en brazos de la reacción y aquello acabó con su reinado. No supo ser una reina constitucional. Era demasiado inconstante, demasiado frágil, demasiado voluble. Y sus excesos privados no hicieron sino arrojar paletadas de tierra sucia sobre su prestigio.

Cuando se abrió la exposición sobre la vida de Isabel II en Madrid, ningún miembro de la Familia Real acudió a la inauguración. Incluso para su familia, aquella reina sigue siendo un recuerdo incómodo, hiriente, doloroso, sangrante. Sin embargo, creo que Felipe de Borbón debería leer con urgencia esta biografía de su abuela. Él sabe cómo ser un rey constitucional, por supuesto, pero aprenderá (si no lo intuye ya) que un monarca debe escuchar la voz de los tiempos para sobrevivir. Ya no basta con soltar un discurso, poner buena cara y ejercer de embajador ocasional. En el siglo XXI, solo la transparencia, la utilidad y la ejemplaridad pública puede justificar la pervivencia de una institución medieval, anacrónica y asentada sobre un (inaceptable) determinismo biológico.

Sostuvo Tabucchi

Antes de afeitarse el bigotito, Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943) se parecía un poco a Fernando Pessoa. Llevaba gafitas redondas y parecía un ser inofensivo e insignificante, apenas un contable pacífico y esforzado. Cuentan que a Tabucchi le cambió la vida un viaje: un día, cuando era muy joven, se cogió un Fiat 500 y se marchó a Portugal. Desde entonces le obsesionó la incierta luz de Lisboa, a veces desafiante y a veces triste.

Muchos españoles conocimos a Tabucchi cuando se inventó aquel monumento literario sobre un viejo, escéptico y cansado periodista portugués, Pereira, que un día, para su propio asombro, se descubrió valiente, ético, invencible, casi gigantesco. ‘Sostiene Pereira’ fue traducido a cuarenta idiomas, vendió millones de ejemplares y cautivó a medio mundo…, pero el auténtico Tabucchi ya estaba condensado (incluso ferozmente condensado) en un puñado de obritas anteriores, minúsculas e insondables: en los bellísimos renglones del ‘Requiem’ o del ‘Nocturno hindú’ se deslizaba un autor original, sutil, profundo y evocador.

Estas novelas, tan breves que parecen esencias, rompen incluso con su primera obra (‘Plaza de Italia’), que aquí llegó muy tarde, haciendo un pequeño lío bibliográfico a sus seguidores, y que todavía resultaba demasiado tributaria del realismo mágico, como si don Antonio, al principio, hubiese querido convertirse en el García Márquez de las villas toscanas.

Antonio Tabucchi murió el domingo en Lisboa. Los obituarios hablaron de los premios que obtuvo, del triunfo arrollador que cosechó su ‘Sostiene Pereira’, de sus últimas batallas contra Berlusconi. Yo, en cambio, les propongo que vayan a una librería (o a una biblioteca) y cojan alguna de esas novelitas que precedieron a su enorme éxito de ventas y que aquí, en España, se publicaron de tapadillo. Disfrútenlas a sorbos lentos, sin reloj, sin siquiera pretender entenderlo todo.

La maldición de internet

Internet es un monstruo. Me ponen enfermo las hipérboles absurdas y por eso frasecillas tan habituales como ‘sociedad de la información’ o ‘sociedad del conocimiento’ me parecen exageraciones inadmisibles. Internet es, si acaso, un océano profundísimo y exuberante, pero peligroso e incierto como el Mar de los Sargazos.

La mejor metáfora que he leído sobre internet la escribió Jorge Luis Borges en 1942, cuando publicó ‘Ficciones’, un repertorio de cuentos. Entonces no había ordenadores, las bibliotecas eran espacios reales, llenos de estanterías, de libros y de polvo, y la mera existencia de una red global de comunicación hubiera sonado a fantasía alucinada. Borges, cuya literatura siempre me ha cautivado por su precisión matemática, por su inteligencia e incluso por su frialdad cerebral, se inventó la historia de Ireneo Funes, un tipo aquejado de hipermnesia: podía recordarlo con todo y con total exactitud. “Mi memoria es como un vaciadero de basuras”, decía.

Apuntan los estudiosos que el cuento es un homenaje a su maestro, el mexicano Alfonso Reyes, y otros ven ecos de filósofos como John Locke o Fiedrich Nietzsche. A mí, sin embargo, me parece una profecía: desde que apareció internet en nuestras vidas, todos nos hemos vuelto como Funes, el memorioso. A golpe de una tecla, los detalles (verdaderos o falsos, eso ya casi no importa) nos inundan. El problema es que, abrumados por semejante cantidad de información, podemos perder la razón. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”, decía Borges.

Desmontada la patraña del periodismo ciudadano, pienso que aquí podemos tener un hueco los periodistas: alguien, quien sea, tendrá que organizar ese aluvión incontenible de datos, de historias, de detalles, de recovecos, de opiniones, de mentiras, de verdades. De nuestra capacidad para convertirnos en guardias de tráfico (virtual) depende nuestra supervivencia. Lo que verdaderamente temo es que los ciudadanos, excitados con el acceso rápido y gratuito a internet, se conformen y ya ni siquiera demanden un poco de orden en esta selva cibernética. “Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar”, acaba don Jorge Luis.

Tampoco me hagan mucho caso: de un tiempo a esta parte me he vuelto miedoso. Pero sí les recomiendo que lean el hermosísimo cuento de Borges, ese hombre sabio que escribía con escuadra y cartabón.

¿Qué demonios pasa?

Quizá usted esté un poco hasta las narices de escuchar la cantinela cotidiana del déficit, de los recortes, de la prima de riesgo… Corremos el peligro de meternos en un torbellino de cifras y adjetivos que solo anulan nuestra capacidad de comprensión. No sabemos qué pensar ni qué decir. Todos defendemos el estado del bienestar, pero nadie (o casi nadie) es capaz de marcar la línea roja a partir de la cual el bienestar desaparece. Cuando uno se traga los eslóganes y renuncia a profundizar, tiende a ver la realidad en blanco y negro. Así es muy fácil (pero también peligroso) fabricarse una opinión.

Esto (¡ojo!) pasa mucho hoy en día y los culpables somos, en muchos casos, los medios de comunicación: en lugar de suministrar a los lectores los datos y los análisis pertinentes para que ellos se formen una opinión, en muchos casos preferimos decirles ya todo lo que deben pensar. No se vayan a equivocar. Esto sucede, en diversos grados, en todos los extremos ideológicos: desde La Gaceta o el ABC al (tristemente) desaparecido diario Público. A veces, incluso El País cae en la tentación de convertirse en nuestro padre.

Así que, como siempre, conviene tomárselo todo con distancia y unas gotas de ironía. Para ganar perspectiva, no se me ocurre mejor terapia que acudir a los libros. Iremos viendo unos cuántos, pero forzosamente debemos empezar por el ensayo que prendió la mecha del 15-M: el opúsculo ‘Inidgnaos’, del viejo héroe francés Stephane Hessel.

Conviene leerlo, pero también conviene enjuiciarlo críticamente. ‘Indiganos’ es un potente y eficaz grito de auxilio, pero nada más. Desde su incontestable autoridad, Hessel pide levantarse (¿incluso en armas?) contra el dogma neoliberal que parece asfixiarnos. Tiene razón en defender las conquistas sociales de los últimos decenios, aunque el librito (más bien el folleto) naufraga en varios puntos esenciales. Hessel, por ejemplo, se hace un lío a la hora de decidir cuándo se debe utilizar la violencia y cuándo no. Su venerable biografía se impone sobre su capacidad de reflexión. El viejo Stephane tendrá 93 años, pero sigue siendo un hombre de acción. No es, en absoluto, un filósofo y su celebrado opúsculo se convierte al final en una sucesión de bonitos eslóganes.

Mucha mayor hondura tiene ‘Algo va mal’, del historiador británico Tony Judt. Judt y Hessel están de acuerdo en casi todo, pero el profesor de Cambridge, recientemente fallecido, escarba más en la realidad que el héroe francés. Defiende la socialdemocracia, critica la falaz ilusión del crecimiento infinito y tampoco olvida lanzar sus dardos contra una izquierda hedonista que se enreda en jueguecitos nacionalistas y que se ha olvidado de su gente. El libro de Judt es necesario, coherente y poco alambicado. Si aún no lo ha leído, aproveche que acaba de salir en edición de bolsillo. Hay que coger perspectiva.

 

Proletarios de la pluma

Leo en El País una sugerente entrevista/reportaje con Erri de Luca, uno de los escritores italianos más famosos en su país, aunque todavía no muy conocido por aquí. Confieso que no he leído nada suyo (tiempo al tiempo), pero hay algo en su rostro desértico y en sus manos callosas que me atrae poderosamente. Hasta hace unos años, Erri (versión italiana de su verdadero nombre, Harry) se ganaba la vida como obrero de la construcción. En sus ratos libres, cuando dejaba de poner ladrillos o de cavar zanjas, escribía novelas y traducía la Biblia del hebreo antiguo.

En Italia, Erri de Luca despierta pasiones encontradas. Hay gente que lo adora y gente, como el crítico literario del Corriere, que lo detesta. Algunos se entusiasman con su prosa y otros le acusan de escribir mal, en ese difuso y extraño italiano que se aprende por las calles de su ciudad natal, Nápoles. Todavía recuerdo la impresión que me produjo cuando, paseando por el laberinto surrealista del barrio de Spaccanapoli (el cogollo histórico de la capital vesubiana) y al lado de un altarcillo dedicado a Maradona, me encontré con un puesto ambulante que vendía diccionarios enormes, de más de mil páginas, napolitano-italiano, italiano-napolitano.

No he leído nada de Erri, pero su biografía proletaria y su cara rocosa me recuerdan mucho a Hernán Rivera Letelier, novelista chileno, nacido en el desierto de Atacama y obrero en aquellas salitreras que se funden al sol por el día y tiemblan de frío por la noche. De Rivera Letelier me gustan su nombre, su prosa, su territorio y sus historias, tan alucinadas y fantasmagóricas como su propia región. Resulta que, además, al italiano y al pampino también les une su pasión por la Biblia. De Luca la traduce y el padre de Hernán la predicaba por el desierto, de poblado en poblado.

Por ambos siento, en cualquier caso, mucho respeto. Me sucede un poco como a Wittgenstein, el filósofo que renunció a su millonaria herencia y se convirtió en jardinero: a veces pienso que el trabajo manual es un ejercicio indispensable para limpiar la mente y quitarse de tonterías. Aunque debo añadir que yo mismo no practico lo que digo. Me da demasiada pereza. Quizá por eso admiro tanto a gente como Erri de Luca y Hernán Rivera Letelier.

Para acercarse al universo de Rivera Letelier, basta con coger su última novela, ‘El arte de la resurrección’. Por aquellas imposibles arideces, desfilan cristos procaces, putas devotas, borrachos afanosos y obreros sudorosos, todos bajo un sol rojo, inclemente, fulmíneo, abrasador como una condena bíblica. Parece puro realismo mágico, pero luego uno escucha al autor (aquí abajo) y resulta que es realismo a secas. Pero, eso sí, en una tierra mágica.

La Rioja

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