¿Era Enrique impotente?

Tal vez sea usted uno de los muchos espectadores de la serie televisiva ‘Isabel’. Confieso que yo soy un seguidor poco fiel, pero reconozco las virtudes de un producto entretenido, cuidado y bien escrito que, al menos, se toma la historia con un poquito de respeto. Sobre todo porque la historia de España contiene tal cúmulo de aventuras, desgracias, heroicidades y miserias que no hay que retorcerla mucho para convertirla en una narración apasionante. No es necesario, en fin, meter a un ninja en el Madrid de los Austrias para que la cosa funcione.

De todos los personajes que marcaron aquellos tiempos, ninguno me parece tan apasionante como el rey Enrique IV, hermano/enemigo/antecesor de Isabel, crucificado con un apodo cruel (El Impotente) del que jamás se podrá ya separar. Me asombra cómo, en un país tan dado a los culebrones pseudohistóricos, a nadie se le haya ocurrido todavía coger este personaje para montar un novelón de los que ganan premios, tienen portadas vistosas, ocupan sitio en las librerías y venden muchos ejemplares. Supongo que, gracias al éxito de la serie, será cuestión de tiempo. A mí, sin embargo, me gustaría más que algún historiador decentillo (pero con garbo literario) nos presentara las pocas certezas y muchas dudas que rodean aquella contradictoria figura que acabó siendo clave en la configuración de la Castilla (y de la España) moderna. El medievalista Luis Suárez publicó una biografía en el año 2001 con un sugerente subtítulo (“La difamación como arma política“), pero ni siquiera he podido encontrarlo. Sería un buen momento para que la editorial (Ariel) lo volviese a poner en circulación.

Mientras esperamos, podemos recuperar el extraño libro, muy trasnochado pero aún fascinante, que le dedicó en 1930 el doctor Gregorio Marañón: ‘Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo’. Dieciséis años después de su publicación, el propio don Gregorio, que era un hombre con una curiosidad extrema, se presentó en el monasterio de Guadalupe (Cáceres) para examinar la momia del rey, que acababa de aparecer medio escondida en una cripta. Lo que vio entonces confirmó su inicial opinión sobre la deficiente salud del monarca, aunque, como él mismo reconoce, don Enrique de Trastámara, hermano de Isabel la Católica, seguirá por siempre siendo un misterio.

Podemos estar seguros, sin embargo, de que El Impotente no se parecía en nada al actor que le encarna en la serie, Pablo Derqui. Según los cronistas de la época (y según su propio cuerpo momificado), Enrique era gigantesco, muy largo de brazos y de piernas, desgreñado, con barbazas rubias, de mandíbula exagerada, nariz de boxeador y feo como un dolor de muelas (“a semejanza de león”, dicen los cronistas). Nadie le podía sostener la mirada por treinta segundos porque sus ojos eran capaces de meter miedo al más pintado. Sin embargo, y esto sí que aparece bien reflejado en la serie, era un fulano inconstante, dubitativo, confuso, con escasa presencia de ánimo, más preocupado de la caza que del gobierno de su monarquía.

 

Vale, todo eso está bien. ¿Pero era o no impotente? La cosa va más allá del puro chafardeo porque su supuesta flaccidez cambió la historia de España, una nación que, en cierto modo, se convirtió en el primer Estado moderno gracias a la sospecha de unos cuernos. Por eso subió Isabel al trono y luego vino lo que vino (con permiso de Mas). Por las fuentes disponibles, el doctor Marañón concluye que Enrique no era impotente, sino un “tímido sexual” que de vez en cuando tiraba algún cohete. Más explicito y escabroso es Münzer, que recoge los testimonios de las prostitutas de Segovia (habituales visitantes de los aposentos del monarca) para definir el pene real: “Su miembro era delgado en la raíz y grueso en la extremidad, por lo que no podía entrar en erección”. Por momentos, el relato de Marañón parece una novela de García Márquez.

Así que nos quedamos sin saber si doña Juana, la supuesta hija del monarca, fue el fruto de un día feliz o de la habilidad del valido, Beltrán de la Cueva, para fabricar cornamentas. Don Gregorio Marañón, que siente una indisimulada simpatía por la reina Juana de Portugal (un bellezón condenado a yacer y a convivir con un monstruo), se atreve incluso a diagnosticar la enfermedad de Enrique IV: displasia eunucoide con reacción acromegálica. O sea, que lo más probable es que sufriera un tumor en la hipófisis que le afectó a la hormona del crecimiento (de ahí la acromegalia o crecimiento exagerado de algunas facciones) y que también le dejó medio impotente y le causó graves problemas psicológicos. El diagnóstico del doctor Marañón está hoy muy discutido (la endocrinología estaba aún en pañales en la España de los años 30), pero su estudio sobre la personalidad del monarca sigue siendo apasionante.

(*) En la primera imagen, captada de rtve.es, Pablo Derqui, caracterizado como Enrique IV en la serie ‘Isabel’.

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  • leyre

    En cuánto al comentario dicho de que en éste pais que es tan dado a culebrones no se hubiera hecho un novelón sobre éste personaje, hay que admitir que precisamente no es un personaje con encantos, asi que si como bien pone aqui debía de ser feo y diforme y cómo apremio un carácter lamentable para la altura de un rey, en mi opinión no hay nada de atractivo en hacer un novelón al respecto, al revés, creo que nuestro antepasado quedaría en muy mal lugar, asi que mejor dejar tapado ciertos personajes de nuestra historia española.