La Rioja
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Autor: piogarcia
Patrias
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piogarcia | 23-10-2017 | 5:59| 0

Yo no quiero independizarme de Josep Pla. Envidio su prosa bruñida y su socarronería y esa forma suya de estar en el mundo, de ser cosmopolita sin perder la curiosidad asombrada de un payés. Había en Pla una especie de agnosticismo pueblerino que deberíamos reivindicar y que le hacía inmune a las efusiones sentimentales y a los espectáculos de masas, hoy de nuevo tan apabullantes.

Yo no quiero independizarme de Josep Tarradellas, el viejo político republicano que conocía bien los límites de la realidad y del ridículo y al que la vida le enseñó lo que cuesta un peine y lo fácilmente que se escapa lo que creemos bien amarrado. Yo no quiero independizarme de Serrat y su Mediterráneo, ese mare que también es nostrum, aunque vivamos Ebro arriba, en una seca tierra de inviernos severos.

Yo no quiero independizarme de Dalí y de su pincel juguetón y onírico e incluso de su mercantilismo galopante: olé sus huevos. Yo no quiero independizarme de Juan Marsé, de Eduardo Mendoza, de Mercè Rodoreda, de Antoni Gaudí, de Quim Monzó, de los Gasol, de Espriu, de la Barcelona desarrollista en la que estudió mi padre y en la que trabajó mi suegro, de mis primos de allí, de Els Joglars y de la Fura dels Baus, de los hermosos pueblecitos ampurdaneses de piedra y silencio.

Yo ni siquiera quiero independizarme de Pep Guardiola o de Lluis Llach, cuyo trabajo admiro, y me asombra hasta el estupor que alguien en su sano juicio encuentre algún interés en independizarse de Cervantes, de Clarín, de Velázquez, de García Lorca, de las adustas llanuras castellanas, del humor gaditano, de una ciudad tan irresistible y abierta como Madrid, del Pirineo aragonés, de los valles pasiegos, de la Alpujarra granadina, del jamón ibérico. No entiendo, como dice Sabina, que alguien desee salirse de una patria grande, confusa y diversa para recluirse en una patria quizá más homogénea, pero también más pequeñita y ensimismada.

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(*) En la fotografía, del diario Abc, don Josep Pla, en la masía.

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Teología de la liberación
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piogarcia | 22-10-2017 | 10:07| 0

Trescientos curas catalanes han publicado un manifiesto en favor de la participación en el referéndum ilegal del 1 de octubre, por considerarlo «legítimo y necesario». A mucha gente le ha sorprendido esta decisión, quizá porque ingenuamente siguen pensando que existe una contradicción radical entre el nacionalismo y el catolicismo (katholikós es una palabra griega que significa universal). ¡A estas alturas vamos a andarnos con etimologías! Durante años hemos visto a muchos curas vascos simpatizar untuosamente con los terroristas etarras (esos chicos noblotes aunque algo extraviados) como para extrañarnos ahora de que 300 sacerdotes catalanes se remanguen la sotana.

El párroco de Calella, Cinto Busquets, asegura ufano: «El Evangelio es nuestra única ley». Uno profesa un ferviente agnosticismo, pero ha estudiado con curas casi veinte años y no recuerda haber leído en el Nuevo Testamento (al menos en la edición de Nácar-Colunga) referencia alguna a la necesidad de un referéndum o al sufrimiento intolerable del pueblo catalán. Si acaso, hojeando entre las páginas, encuentra una máxima («Dad a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar», Mateo 22:21) que parece desaconsejar a los cristianos meterse en zambras políticas. Al fin y al cabo, su reino no es de este mundo.

Quizá las apelaciones al referéndum se escondan en el Antiguo Testamento. Podría s0_czbjxem3er: todos hemos oído hablar del fascista ese de Moisés que exigía cumplir las leyes y el propio Yavé, que vendría a ser como la Constitución, tenía a veces muy mala hostia, echando por ahí unos diluvios universales que eran como guardias civiles requisando urnas. Espero que mosén Busquets, celebrado teólogo y martillo de herejes unionistas, me lo aclare antes de que acabe convertido en estatua de sal.

 

(*) En la fotografía, un señor de blanco se dispone a repartir hostias en un colegio electoral. ¡Y luego dicen de la guardia civil!

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Pues adiós
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piogarcia | 11-09-2017 | 8:00| 0

Cuando el Rey regresó de la manifestación de Barcelona, llamó a Letizia y le dijo que despertase a las niñas y preparase las maletas. Letizia se quedó un poco sorprendida (normalmente es ella quien da las órdenes), pero vio a Felipe tan decidido que no rechistó. Metió unos camisones y unos vaqueros en una bolsa, preparó el colacao para Leonor y Sofía, las vistió y las peinó. Felipe dejó en su despacho una nota manuscrita, llamó un taxi, se afeitó la barba, se puso gafas de sol y la peluca que le había regalado Santiago Carrillo. Se fueron al aeropuerto. Cogieron el primer vuelo a Nueva York.

Cuando le dijeron a Rajoy que el Rey había huido, el presidente se quedó quieto. Siguió quieto durante días e incluso semanas, pero Soraya se tranquilizó al observar que de vez en cuando parpadeaba.

En Podemos, la noticia se recibió con gran algarabía y estruendo…, aunque Kichi, el alcalde de Cádiz, no podía esconder su preocupación: temía por la cancelación de los pedidos de barcos de guerra que se estaban construyendo, con su bendición, en los astilleros gaditanos para Arabia Saudí.

Puigdemont y Junqueras, que no sabían cómo salir del lío en que se habían metido, aprovecharon la fuga para aplazar el referéndum y los historiadores de la Generalitat se lanzaron a la búsqueda del legítimo sucesor del archiduque Carlos de Austria. Resultó ser el señor Kurtz, empleado de una gasolinera de Mödling, a las afueras de Viena, que no quiso ni ponerse al teléfono. Pensaba que todo era un timo.

Como la jefatura de Estado seguía vacante, se decidió hacer elecciones. Las ganó el PP, como de costumbre, y José María Aznar se convirtió en el primer presidente de la Tercera República española. Entonces el secretario de la Zarzuela encontró la nota que había dejado el Rey sobre su mesilla.

Decía: «Iros todos a hacer puñetas, cabrones».

GRA267. BARCELONA, 26/08/2017.- El rey Felipe VI, junto a los presidentes del Gobierno, Mariano Rajoy (i), y de la Generalitat, Carles Puigdemont (d), en la cabecera de la manifestación contra los atentados yihadistas en Cataluña que bajo el eslogan "No tinc por" (No tengo miedo) que recorre hoy las calles de Barcelona. EFE/Andreu Dalmau

(*) En la foto, de Andreu Dalmau para Efe, Felipe lamenta no ser sucesor de la Casa de Austria

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Risibles
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piogarcia | 02-08-2017 | 8:36| 0

Cada vez hay menos gente que escribe sonriendo. Ha caído sobre nosotros una lluvia de odio y reproches mutuos y todo el mundo de repente se siente agraviado. Mucha gente se asoma a Twitter o a Facebook con el rifle verbal cargado, y la red resulta una pintoresca amalgama de frasecillas de Paulo Coelho, fotos de amaneceres, feroces diatribas e insultos descarnados. Es como si el tiempo de la inteligencia se hubiese esfumado y uno ya solo pudiese elegir entre ser tonto o ser malo (y que conste que yo prefiero ser tonto).

Empiezo a sentir un rencor profundo hacia los rencorosos, hacia las personas enfermas de importancia que reparten mandobles en las redes, como si solo ellos pudiesen sacar el cedazo para determinar quiénes son buenos y quiénes malos. La inquisición ha vuelto pero ahora adopta formas múltiples e insidiosas: cuando uno escribe, tiene la incómoda sensación de andar por un campo minado. Cada adjetivo puede de pronto engendrar una pavorosa tormenta porque alguien se ha sentido ofendido, gravemente ofendido, insoportablemente ofendido, y se cree entonces con bula para descargar insultos y amenazas.

En esta época oscura para la libertad de expresión (en la que reina una censura fantasmal y ubicua), me permito defender la ironía. La ironía, a veces divertida y a veces triste, exige siempre una mirada fría y distante, escéptica. Una mirada que nos recuerde que todos los humanos (españoles, catalanes, riojanos, gais, heteros, animalistas, taurinos, feministas, machistas, musulmanes, peritos agrónomos, periodistas, opusianos, ateos, peperos, podemitas, islamófobos, obreros) somos gente insignificante; gente risible.

(*) En la fotografía, de Juan Marín, aparecemos usted y yo dentro de unos años.

EL CORTIJO CEMENTERIO JUAN MARIN 01.11.2016

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Inútil
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piogarcia | 25-06-2017 | 4:56| 0

Me gustan los saberes inútiles y extraños, de los que uno no sacará nunca un provecho contable. Siento predilección por esas materias que siempre están bajo sospecha y que malviven en el sistema educativo como enfermos desahuciados y esqueléticos que reclaman a gritos la eutanasia: el latín, la filosofía, el griego clásico.

Muchos padres se felicitan por su desparición de los planes de estudios y aún irían más lejos. Quitarían de un plumazo la literatura, las ciencias sociales, la historia e incluso la ortografía. ¡No sirven para nada! ¡Los ordenadores ya tienen correctores!, braman. Y sueñan con un futuro telemático y sin bibliotecas, o con las aulas llenas de ordenadores y de tablets: el triunfo final de las matemáticas aplicadas, de la física, de la economía, de la robótica, de esos conocimientos que abrirán a sus hijos las puertas de un mercado laboral cada vez más angosto donde todo hierve en inglés: las start-up, el big data, el management.

Viéndose atacados y en situación precaria, los profesores de latín o de filosofía caen en el error de justificarse defendiendo que sus disciplinas sí sirven para algo. No se dan cuenta de que, al recoger el argumento utilitarista de sus oponentes, dan por perdida la batalla y asumen su inferioridad. Para un cerebro de cajero automático, Sócrates y Virgilio jamás serán otra cosa que humo decorativo, ecos de un triste y polvoriento pasado sin inteligencia artificial.

Yo no discuto con ellos, pero los miro con algo de pena: nunca probarán el placer de estudiar cosas hermosas e inútiles, esas vagas excursiones del espíritu que, al final, son las que nos diferencian de los robots.

© JUAN MARN

© JUAN MARN

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