La Rioja
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Autor: piogarcia
Boxeo tailandés
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piogarcia | 30-03-2017 | 8:17| 0

Hay algo surrealista en esta guerra sin cuartel que libran José Igancio Ceniceros, presidente de La Rioja, y Cuca Gamarra, alcaldesa de Logroño. Doña Cuca se nos presenta como renovadora y en la foto de su campaña aparece sonriente, con vaqueros, subida en un sofá, descalza, con las piernas cruzadas a lo indio, como si ya la hubiera invitado Bertín a su casa y estuviesen hablando de juergas universitarias y novietes adolescentes.

Hay, sin embargo, un toque de impostura en  este esforzado aire millenial que desprende la candidata. Los mismos apoyos que la sostienen enturbian la sinceridad de su mensaje. ¡Resulta tan difícil hacerse la indómita cuando una viene ungida por el santo padre de Igea y es la predilecta de todos los aparatos posibles (con la tirria que dan los aparatos)!

Claro que su oponente, José Ignacio Ceniceros, se ha convertido en el candidato outsider más improbable de la historia. Tiene 61 años, ha sido presidente del Parlamento durante una eternidad y a veces parece necesitar con urgencia una transfusión (o al menos un par de cafés). Ese carácter hipotenso, un poco plúmbeo y de poco lucimiento en los mítines, lo convierte sin embargo en un político apacible y dialogante, en las antípodas de su antecesor. Da la impresión de que a José Ignacio Ceniceros lo puso Pedro Sanz para que le calentara un ratito la silla a Cuca Gamarra y ahora se ha venido arriba, como si se acabara de tomar un redbull y de repente le hubieran brotado las alitas.

Lo bueno del próximo congreso del PP es que al menos no nos aburren con debates de ideas y esas chorradas. Aquí solo hay un entretenido combate de boxeo tailandés entre una renovadora de laboratorio y un candidato emergente que lleva treinta años emergido.

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1984
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piogarcia | 06-02-2017 | 9:46| 0

El presidente Donald J. Trump se levanta a las siete de la mañana. Bosteza, se rasca los huevos, se pone las zapatillas y va tambaleándose hacia el baño. Con un poco de asco, comprueba cómo se le están cayendo las tetas. ¡Con lo buen mozo que había sido! «Quizá pueda hacer un decreto ejecutivo prohibiendo la ley de la gravedad –piensa–. Se lo diré al pánfilo de mi yerno el judío, a ver qué opina». Luego se mete en la ducha, coge el champú y se embadurna a gusto. Fantasea con la posibilidad de presentarse a la próxima edición de Miss Pelo Pantene, último hito que le queda por conquistar.

Luego se ata una toalla a la cintura y mira a Melania, que yace tendida y exangüe sobre las sábanas. Le abre la puertecilla que tiene bajo la nuca y le pone cuatro pilas de 9 voltios. Melania funciona con pilas alcalinas, pero cada vez le dura menos la energía. Cuando se pone en pie, camina hiératica y como entumecida, aunque se deja agarrar dócilmente por la entrepierna, que es lo que le gusta a Donald J. Trump, un hombre de verdad y no un maricón de esos que leen libros y piden las cosas por favor.

Después de desayunar confles y huevos revueltos, el presidente se sirve una taza de café y empieza a despachar decretos con frenesí. Los escribe él mismo. Acaba de declarar la guerra a México y somete a eficaces torturas al que pilla hablando en español. También quiere bombardear Irán, pero no sabe dónde cae y le da pereza preguntar. Prefiere llamar a Putin y contarle el último chiste guarro que corre por Washington. Lo dos se ríen a carcajadas.

Cuando cuelga, Donald J. Trump despliega un mapa de la Casa Blanca sobre la mesa del despacho oval, llama a su estado mayor, pone cara de estadista y se apresta a acometer la verdadera misión de su presidencia: «Y ahora –les apremia– cómo cojones hago yo para revestirla toda de oro».

(*) En la foto, de AFP, Donald sonríe ufano tras pulsar el botón de off de Melania.

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¡Robo!
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piogarcia | 15-01-2017 | 2:07| 0

Cristiano Ronaldo y Leo Messi son gente ruin. Mourinho también. Y Javier Mascherano. Y Neymar júnior (del sénior ya ni hablamos). Y tantos otros.

Todos ellos ganan cantidades indecentes de dinero por su habilidad con el balón. La gente les ovaciona, los niños visten sus camisetas, las televisiones se postran a sus pies y los campos se llenan para verles corretear en pantaloneta. Debo aclarar que me encuentro entre esa absurda legión: me gusta el fútbol y todavía lo sigo con una cierta pasión, atemperada por la edad y, sobre todo, por el terrible y eterno naufragio de mi único equipo, el Logroñés.

Lo menos que podían hacer (ellos) es devolver a la sociedad algo de lo muchísimo que reciben. Y no se trata de sonreír o de firmar autógrafos o de conceder limosnas a sociedades benéficas. Se trata de pagar aquí sus impuestos. Punto.

Pero no sólo ellos son culpables de esta continua y bochornosa felonía. Los ciudadanos que les jalean son también responsables de sumergirles en esa burbuja de irrealidad y autoindulgencia. Messi, Neymar y seguramente Cristiano han defraudado a Hacienda, según las investigaciones en curso, más dinero que Bárcenas, Correa o todos los fulanos andaluces de los ERE. Y sin embargo sus fieles aún los reciben entre aplausos y los corean y hasta cargan contra los fiscales por permitirse el atrevimiento de hurgar en sus cuentas.

A los culés les parece muy bien que los tribunales persigan a Cristiano, pero salvan al pobre Messi, multimillonario pero tonto. ¡Hasta promueven campañas en su favor, como si sufriera una intolerable persecución! Y viceversa: los madridistas afilan sus cuchillos contra Neymar y sus contratos de ciencia ficción, pero estarían dispuestos a organizar una colecta para salvar de las garras de Hacienda a su adorado tótem portugués.

Os roban y les aplaudís.

(*) En la foto, de la Agencia Efe, Messi intenta driblar a un juez de la Audiencia Nacional.

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Las seis
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piogarcia | 19-12-2016 | 5:34| 0

Escribo este artículo el domingo 18 de diciembre a las 22.45 horas. Debo hacerlo rápido porque aún tengo que revisar la portada del periódico y la hora de cierre me cae encima, inapelable como una guillotina.

Ya me parece escuchar cómo el verdugo va afilando la cuchilla (es un verdugo anónimo, gris y colectivo, un verdugo de polígono industrial, pero igual de sádico e inclemente que los verdugos medievales). Miro entonces el reloj y me doy cuenta de ya pasan cinco horas de las seis de la tarde. Y encima es domingo. Tal vez debería contarle mi caso a la ministra Báñez, esa curiosa mujer de flequillo pétreo que en la pasada legislatura se lo pasó pipa segando ruidosamente nuestros derechos laborales y en ésta, en cambio, se ha convertido en una ferviente defensora de los obreros y sus conciliaciones.

Dice doña Báñez, nuestra recién adquirida paladina, que las jornadas laborales deben terminar «con carácter general» a las seis de la tarde. Imagino el susto que se habrán llevado los funcionarios de oficinas, que apagan sus ordenadores a la tres de la tarde y adiós muy buenas. Imagino también el gesto sardónico, como de dónde vas muchacha, que habrán puesto comerciantes, médicos, camareros, cocineros, enfermeras, cajeras, taxistas y demás oficios (como el mío) que sufren horarios imposibles o abiertamente criminales, pero de difícil regulación.

Dice doña Báñez cosas bonitas y apetecibles sobre las que, ay, no tiene poder alguno (¿no es eso, querida mía, una ladina forma de populismo?) en un país en el que algunos empresarios siguen echando a sus trabajadoras porque cometen el lúbrico error de quedarse preñadas.

Menos mal que el Gobierno ha extendido el permiso de paternidad. Ahora sólo falta que los padres se lo cojan y no piensen en el qué dirán (sobre todo, en el qué dirán los jefes).

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¿Esquirol?
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piogarcia | 04-12-2016 | 1:05| 0

El sábado por la mañana, cuando se levantó el crío, le dije que desayunara. Se tomó un vaso grande de colacao y tres galletas. Estaba viendo unos dibujos. Luego, casi sin pensarlo, le ordené (no le sugerí ni le convencí; le ordené) que se pusiera a hacer los deberes. Protestó. Renegó. Se fue a su habitación, abrió el libro y rellenó una ficha de matemáticas.

No le pasó nada.

Media hora después ya estaba saltando por los sillones (hacía un día de perros) y dándome la barrila para coger la tablet o poner la televisión. Luego su madre se sentó con él en el ordenador y ambos buscaron información sobre el planeta tierra: una esfera rocosa, achatada por los polos, que gira alrededor del sol. Se lo pasaron bien.

Más tarde caí en la cuenta de que lo había convertido en un pequeño esquirol. Un esquirolito de ocho años, matriculado en Tercero de Primaria e ignorante aún del significado rotundo y un poco vergonzante de la palabra ‘esquirol’. Los padres de la escuela pública (en ese plural mayestático me veo inopinadamente incluido) habían convocado para ese fin de semana una huelga de deberes…, aunque no creo que huelga sea un término exacto. Digamos que pedían un boicot: ese finde, según la FAPA, había que pasarse por a los maestros por el forro.

No me gusta esa forma tremendista de plantear los debates: restan autoridad al profesor y mandan un mensaje equivocado a los niños. Pero creo que algo de razón llevan/llevamos los padres. Hay chavales, sobre todo en Secundaria, que malviven aplastados bajo el peso de un temario excesivo y de toneladas de deberes anodinos y macilentos. Da la impresión, además, de que falta creatividad y algo de coordinación entre los profesores, como si cada uno reinase en su taifa y no se preocupase ni de lo que manda el vecino ni de la personalidad de cada alumno.

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