La Rioja

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Fecha: diciembre, 2012
Nuestro hombre en la barra
Jorge Alacid 31-12-2012 | 8:48 | 4

Escena de 'Gilda': a este lado de la barra, la Hayworth; al otro, el camarero Tío Pío (Steven Geray)

Aquí os presento a mi camarero favorito. Se llama Tío Pío y no: no es de verdad, aunque a mí me parece más real que otros personajes que no son de ficción, como le ocurre a él. Tío Pío se encarnó en el cine en la piel de Steven Geray como secundario de una de mis pelis preferidas, la mítica ‘Gilda’ con la no menos mítica Rita Hayworth: era ese hombrecito con bigote de morsa parapetado tras la barra que oficiaba como una suerte de coro griego en aquella cinta. Un camarero de los de antes. Se limitaba a poner la copa cuando se la pedían y no ofrecía conversación salvo si la reclamaba su clientela, con dos excepciones: para incordiar a Glenn Ford y para masajear el ego de la Hayworth. Dueño de un fino sentido del humor, en algunas escenas desaparecía del foco con su tic favorito: una especie de cómico resoplido. No recuerdo que dejara para la posteridad ninguna otra interpretación memorable, pero su aparición en ‘Gilda’ le bastó para conquistar mi corazón y de paso situarme en la senda adecuada: desde entonces, comparo a cada camarero con él. De momento, todos salen perdiendo.

Y eso que los he conocido muy buenos a este lado de la pantalla. Y también muy pintorescos, como aquel tan parsimonioso del Tívoli, que defendía la terraza de la calle Bretón a cámara lenta y se las arreglaba para que la cerveza siempre te llegara caliente y el café, frío. Ah, aquellos aristócratas de las barras más castizas, como la saga de los Moracia en el Moderno o los veteranos de la Laurel, alguno ya jubilado: Juanito del Donosti, Sebas del bar homónimo, Manolo de El Soldado de Tudelilla… Y, sobre todo, mis muy predilectos camareros de La Granja, cantera de grandes profesionales (la quinta de Alfonso Soldevilla, por ejemplo). Allá Dámaso, que tripulaba la máquina de café como imagino que un almirante gobierna el puente de mando, aquí el eficaz Joaquín y por todos los lados, Santos, el infatigable Santos, barman y prestidigitador: de sus manos mágicas salía como por ensalmo el cruasán que nadie le había pedido y que te servía solícito incluso a la hora del aperitivo. Cierto que también te lo cobraba: ese era el truco final.

Todos estos camareros senior representaban un eslabón en la cadena según la cual este oficio se ejercía con un señorío antiguo: no digo que ahora se carezca de él, pero a mí me irrita ese aire confianzudo con que a menudo nos tratan desde el otro lado de la barra gentes con quien nunca nos hemos sentado a cenar. Me parece que sus predecesores eran otra cosa. Los habría antipáticos, quién lo duda, pero la mayoría pertenecía a la misma estirpe de todos esos estupendos camareros de Madrid que todavía van a trabajar con corbata y cada minuto te llaman caballero, una debilidad que confieso. “Caballero, qué va a ser”. “Caballero, su cafelito”. “Caballero, al fondo hay sitio”.

Antaño, la relación camarero-cliente se establecía más o menos según estas pautas de respeto, porque pienso que en la hostelería existía un mayor grado de profesionalidad y que no se me enfade nadie. Tal vez porque a menudo era un oficio transmitido de padres a hijos, a quienes les era legado un código de claves que resistía bastante bien el salto generacional porque se transmitía con una sobredosis de cariño y porque consistía en tratarnos como si, en efecto, fuéramos auténticos caballeros. Y damas.

P.D. Como despedida, un regalo. Una línea de diálogo de la mentada ‘Gilda’, entre la Hayworth y nuestro amigo Steven Geray, el gran Tío Pío.
Gilda: ¿Tienes fuego?
Tío Pío: Sí, señora Mundson. Este lugar está tan lleno y usted tan solitaria, ¿no es así?
Gilda: ¿Cómo lo sabes?
Tío Pío: Fuma demasiado. Lo he notado. Sólo la gente frustrada fuma demasiado y sólo los solitarios están frustrados.
(Por cierto, gracias a la Wikipedia me entero de que Geray acabó sus días en un sitio llamado Este Park, villorrio del estado de Colorado. Había abandonado la escena y elegido para vivir sus últimos días un paradójico negocio: un bar. Es decir, que Tío Pío acabó de camarero. Me hubiera encantado que me sirviera un trago).

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El bar de Hopper
Jorge Alacid 24-12-2012 | 9:44 | 2

Nighthawks, 1942. Óleo sobre lienzo ( Chicago, Art Institute), obra de Edward Hopper

Paso cada mañana por su puerta desde hace meses y todavía no he visto adentro a ningún cliente. Supongo que en algún momento de su vida habrá conocido a alguien acodado en su barra, o sentado en las mesas interiores, o bien disfrutando de su terraza, pero sospecho que tal prodigio no será muy habitual. Y lo supongo por el aire conformista con que veo al dueño del bar abrir sus puertas, acomodarse en una silla y ponerse a rellenar crucigramas. Apilados a su vera, observo también un puñado de periódicos y revistas atrasadas, a la espera de ser consultados como terapia para afrontar cada jornada, que a primera hora ya tiene la pinta de ser larga. Muy larga. Mientras su amo se entretiene leyendo, nadie entra tampoco en el bar. La resignación invade ya cada rincón: ni siquiera se ha molestado en dar las luces.
Ya es de noche. Cuando regreso a casa, apenas una débil bombilla ilumina el interior. Nuestro hombre sigue aguardando al misterioso cliente que nunca aparece; el día languidece y tan solo una charla casual y furtiva con un vecino le alegra un par de minutos. Luego regresa a su guarida, donde a veces parpadea un televisor que parece anclado en la edad analógica. A veces, cuando cruzo ante su puerta, desearía que un milagro se hubiera obrado y la clientela acudiera en masa a tomarse un café o paladear un vino. En otras ocasiones, pienso sin embargo que hay algo cautivador en esta atmósfera sombría que derrama el bar y me parece que si su suerte cambiara también le abandonaría el encanto destartalado que me ha conquistado. Lo siento por el dueño, pero yo lo prefiero así.
El ambiente peculiar de los bares sin clientes ha inspirado una hermosa literatura, sobre todo norteamericana, y resulta muy caro también al cine. Recuerdo el bar de Fat City, donde paseaba sus miserias el héroe de John Huston, y no olvido tampoco a todos esos innumerables bares sin nombre donde ahogan sus penas en alcohol los protagonistas de tantas películas, aliviados por un camarero eficaz y silencioso contra quien rebota el eco de sus fracasos. Y me viene a la memoria el estupendo lienzo de Hopper, artista cuya sabiduría supo atrapar el alma de nuestra civilización, la soledad que rodea al hombre contemporáneo en cuadros como el que acompaña estas líneas. En su barra, al menos sí hay algún cliente. Exactamente tres. Un caballero de espaldas y una pareja que parece conversar con el camarero; en realidad, podría ocurrir que no hablaran con nadie, que se limitaran a mirar hacia el horizonte que aquí parece poco prometedor. A través del ventanal asoma una calle inhóspita, intercambiable. Intuimos que pertenece a Estados Unidos pero ese paisaje urbano que se precipita sobre el abismo de la oscuridad puede pertenecer a cualquier ciudad.
Incluso a Logroño. Si Hopper resucitara un día y se diera una vuelta por nuestras calles, tal vez reparase en este bar sin clientes que me tiene hipnotizado. Hasta es posible que en lugar de retratar su espíritu fúnebre, prefiriese penetrar en él y saltar al otro lado del cuadro. El arte dentro del arte. El auténtico bar de Hopper.

P.D. La crisis, la dichosa crisis, ha golpeado el consumo y se ha cebado con el sector de la hostelería. Así que bares donde entre poca gente… En fin, que hay unos cuantos. Una pena. Una pena cuantificada. Amablemente, Juan Donaire me pasa desde la Cámara de Comercio unos datos que deparan una sombría fotografía de la situación: entre el 2006 y el 2011, desapareció cerca del 9% por ciento de bares y restaurantes en Logroño. La caída es mayor en La Rioja: en el entorno del 30%. Lo dicho: una pena.

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Tívoli, hay otros bares pero están en éste (Bares dedicados VI)
Jorge Alacid 24-12-2012 | 9:36 | 0

Bar Tívoli, alojado en un edificio ya derribado, hoy en reconstrucción

En noviembre de 1999 cerró sus puertas el Tívoli, estupenda atalaya situada en una esquina de alto poder estratégico: entre Bretón de los Herreros y Gallarza. Mi personal adiós tuvo forma de artículo, publicado entonces en Diario LA RIOJA, que ahora recupero gracias a José Ignacio Foronda. Lo traigo aquí a petición popular, porque desde que inicié la aventura de este blog unos cuantos corresponsales lo han citado entre los bares de Logroño que más añoranza provocan. Para mí fue durante un largo tiempo como una extensión de mi casa, así que pocos garitos llevo tan dentro de mi corazón. Ahí va.

“Hubo un Tívoli oculto, un Tívoli fantasmal que abría aún de noche, cuando amanecía, poblado por una turbamulta de tratantes de ganado, empleados de abastos y vendedores de lotería, una tropa canalla adicta al solysombra y al subastao. Pero no fue aquel Tívoli silente en cuyos lavabos desapareció una generación de logroñeses el que importa ahora en que dice adiós. El que nos ocupa brotó de repente a finales de los 70, reflotado por la legión de desheredados del Merlín, aquel fumadero de opio de la calle Portales. Los primeros frutos de la España democrática tomaron al asalto la terraza del Tívoli, se hicieron fuertes tras la montaña de pipas que, embutidas en saco de papel blanco, distribuía la locomotora del tren y vieron llegar los 80; el ‘Tejerazo’ y el ‘Naranjito’, la visita del Papa y la victoria del PSOE. Demasiado en demasiado poco tiempo.

Creció el tráfico en dirección a los urinarios, por seis pesetas que costaba un vino (un mal vino) se podía asistir en su barra a espectáculos insólitos para el Logroño de entonces: el rito iniciático de los primeros yonquis locales, cuando ni ellos mismos sabían que lo eran ni casi existía tal palabra, yonqui. Uno de ellos salió una noche del lavabo con la jeringuilla colgada del brazo y nadie en el bar se inmutó; recibió el trato común al resto de fenómenos extraordinarios que entonces se sucedían (la huelga del metal, la Cruz de los Caídos que se derribaba) e ignorado marchó con su ‘pico’ Gallarza abajo, tal vez en dirección al Moderno, constituido de súbito en el otro polo que compitió en magnetismo con el Tívoli en atrapar a la juventud local.

Pero el que nos ocupaba tampoco es ese Tívoli. El auténtico fue aquel que demostró que era posible la convivencia entre una nueva generación que reinó festiva en los antros de sus mayores y los parroquianos de toda la vida, que asistieron divertidos al ingreso en los nuevos tiempos. El puré que formaron unos y otros representó durante años el triunfo de una nueva manera de entender la vida, cuando todo Logroño cabía en el Tívoli y había que sentarse en sus veladores para mirar y ser mirados. Años en que el sigiloso Emiliano imperaba tras la barra decorada con fotos del Panaderito de Oyón y algún póster del Real Madrid de los Garcías, los años de Maisi, el camarero más lento del mundo, que surtía la terraza tras superar inverosímil cada tarde la cuestecita hacia Bretón, despachaba las consumiciones, recogía las cáscaras de pipas y se equivocaba en la cuenta, flotando siempre en una nube vagamente dipsómana.

Su sustituto, un joven camarero chisgarabís, desconocía que en su bandeja llevaba el adiós a los buenos tiempos. Más veladores poblaron la calle Bretón arriba, surgieron terrazas en cada confín de la ciudad, el Casco Antiguo se desmembró y el Logroño juvenil votó por la Mayor. El Tívoli se sumergió entonces en una dulce decadencia. Clausurada la verja que daba a Gallarza (alternativa portátil a la terraza propiamente dicha), empezó a ofrecerse como tantas esquinas logroñesas: qué gran chaflán para un banco. Hoy, quienes un día plantaron la tienda en su terraza, arrojan una lágrima por él; en realidad, habían empezado a prepararse para este día hace poco más de un año, cuando vieron que la salida del aparcamiento se había comido media calle, un montón de sueños”.

Emiliano, dueño del Tívoli, el último día de funcionamiento del bar
P.D. Emiliano y familia fueron los últimos del Tívoli. Yo les tenía especial simpatía porque habían defendido antes otro bar por mí muy querido, el de las piscinas de Cantabria, mi segundo hogar de tantos veranos. A él le dediqué un relato, ‘Échale la culpa a Emiliano’, recogido en un libro sobre la historia de la Federación Riojana de Pelota. A ver si un día de éstos lo recupero en este blog.

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‘La Zona’ única
Jorge Alacid 17-12-2012 | 10:58 | 17

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: la calle Chile colapsada por un multitud de farra, convertida en peatonal a la fuerza por una multitud jaranera allá en los ‘sanmateos’ de los 80. Claro que eran otros tiempos: todavía el Ayuntamiento de Logroño no había convertido el Casco Antiguo en depositario de este tipo de ocio beodo, de modo la algarabía propia del sábado noche y de cada periodo festivo se trasladaba al entorno de la mentada calle. Lo que llamamos ‘la Zona’.

En el principio fue el Robinson, pub ya desaparecido con el que estamos en deuda los logroñeses, porque introdujo la mentada palabreja, pub. Una voz que hasta entonces solo manejaban los más viajados de entre nosotros, aquellos que se habían paseado ya por Oxford Street o habían gozado de algún intercambio idiomático por la insular Dublín. Qué era un pub, se preguntaba el común de los mortales. Pues un bar con pretensiones. Uno que abría a la hora en que los de toda la vida cerraban y en lugar del porrón de vino centraba su oferta en destilados de nombres más sugerentes. También, más caros. El Robinson conoció un triunfo tan exagerado que alcanzó el Olimpo que caracteriza a este tipo de locales: convertirse en referencia ciudadana. Dar nombre a un enclave urbano; en su caso, a toda una manzana. Lo prueba que el garito cerró hace años pero aún se denomina así a ese rincón de la Gran Vía donde se erigía.

Por seguir fieles al mundo de la nomenclatura sajona, tras el Robinson llegó otro garito perfumado por el mismo idioma: el Pat Garret. Se alojaba en la calle Fundición, entonces recién abierta, que suponía un misterio para la mayoría de indígenas. Allí había radicado, en efecto, una fundición: no éramos muy imaginativos para denominar al nuevo callejero. Aquel Pat Garret ha ido resistiendo con gallardía el paso del tiempo  en sus distintas encarnaciones: que yo recuerde, fue La Enagua (y me tuvo entre sus adictos), Tris Tras, Eagles y hoy se llama Biribay. Con su denominación inicial cuajó un éxito extraordinario, porque no solo triunfó como tal sino también como miembro fundador de la cofradía de locales que surgieron a su alrededor. Había nacido ‘la Zona’, aprovechándose del impacto que alcanzaba la discoteca Valentino con sede en la calle Chile, una especie de flautista de Hamelín. A su rebufo pronto abrió Braulio con sus locuras (pócima cuya composición exacta sigo ignorando: se admiten sugerencias) y el resto es historia contemporánea. De los primeros años data Mi Amigo y poco después, sin que nadie supiera muy bien la razón, un mapa de garitos diseminados había ganado en coherencia y se postulaba como alternativa para una práctica que también nacía entonces: lo de tomar copas por la noche en plan masivo, moda hoy muy interiorizada por la ciudadanía que es sin embargo una costumbre reciente.

Portada del dsico Abraxas, obra de Carlos Santana

Aquellos bares exigían de su clientela tanta lealtad que rozaba con la militancia pura. Era común que los fans del Tío Tito mirasen con ojeriza a los del Lorca y así sucesivamente, como si fueran hinchas de equipos rivales. En mi caso, admito que no le hice ascos a casi ninguno: ni siquiera al Belle Epoque, discoteca que solía cerrar nuestras excursiones noctívagas y ahora, luego de distintos cambios de denominación, retoma su nombre primigenio. Pero si debo decantarme por alguno, yo confieso: en mis primeras noches no salía del Saxo. Más adelante, tomé partido por el Abraxas, bar deudor del disco homónimo de Carlos Santana que que siempre llevaré en mi corazón. Así que dejé el Rocky, el Celta y compañía para otros compañeros de quinta mientras veía languidecer con ellos aquella panoplia de bares que hoy, me parece, viven cierta decadencia. Pongo como ejemplo mi querido Abraxas, convertido en epicentro de la cumbia latina: me alegro por sus clientes, pero lo siento porque mi trunca mi itinerario sentimental por aquel Logroño, que jamás volverá a detenerse en esa puerta de la calle Labradores.

P.D. La ciudad que más me recuerda a Logroño es Albacete. El tamaño es parecido, el número de habitantes también y, sorpresa, cuando caí por allí un sábado y pregunté dónde tomar una copa, me respondieron así: “En la Zona”. Así que uno se sentía como en casa en aquel lugar de la Mancha, aunque detectaba pronto alguna diferencia. Por ejemplo, que en Albacete carecían en su zona de copas de un garito de alterne decorado como el rancho de Bonanza como el que nosotros aún exhibimos y carecían también del Numancia, castizo bar de la calle Chile que ha hecho bueno su nombre: ajeno a la propuesta hostelera del resto de sus colegas, resiste como icono de los viejos bares de siempre. Resiste como resistieron  los numantinos.

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El bar más simpático (Bares dedicados V)
Jorge Alacid 13-12-2012 | 10:07 | 3

Fernando y Teresa, del bar La Simpatía

Fernando y Teresa: así se llaman los miembros de la pareja que vemos en la foto. Tal vez sus caras les suenen a los logroñeses más veteranos, porque durante más de 30 años defendieron una de las barras más populares, la del bar La Simpatía. Un rincón entrañable en la más castiza de nuestras calles, la Laurel, de la que ya ocupé antaño. En aquella entrada, recordaba un par de detalles: uno, su tapa célebre, el singular cojonudo que emigró hacia el vecino Donosti cuando cerró sus puertas La Simpatía allá por el 2009. Y dos, la voz de jotero de Javi, quien sustituyó a la pareja de la foto al frente del bar y hacía honor a su nombre: desde luego, era un tipo de lo más simpático.

Si traigo aquí el recuerdo de aquel local desaparecido es porque lo menciona Víctor, un corresponsal que vive fuera del Logroño que le vio nacer. Como se le resiste la informática y no consigue publicar su comentario en el blog, me remite por correo electrónico un concentrado de nostalgia por los bares que sobreviven (es adicto al Perchas, según confiesa, y mantiene la costumbre de visitar El Soldado cuando se pasa por su tierra natal) y por los ya difuntos. Y el primero entre ellos, La Simpatía, que para mí encierra también un misterio: hubiera apostado cualquier cosa cuando cerró a que rápidamente reabriría, pero ya se ve… Los mercados, también los del sector hostelero, son un enigma.

Como Víctor, yo también lo echo de menos. Ubicado en el centro neurálgico de la Laurel, su entrada es hoy el sitio elegido por cantantes ambulantes y artesanos para vender sus mercancías. La puerta, cerrada y decorada con cartelería varia, da un poco de pena. Nada que ver con el llenazo que solía presentar, sobre todo los fines de semana; en mis primeras incursiones, cuando todavía lo pilotaban Fernando y Teresa, a mí me gustaba acomodarme en las mesas del fondo que en sus últimos años apenas se utilizaban. Habían cambiado los usos y costumbres de la clientela y se había mudado también una de sus insignias, que para mí ejercía la misma atracción que un imán: un viejo póster del Logroñés de los años 70, donde aparecían algunos de mis antiguos ídolos adolescentes. El portero García Fernández, el lateral Cenitagoya, con su bigote y su cara de no hacer prisioneros, el extremo rubio Simarro… Era el equipo que uno llevará siempre en el corazón, de modo que ingresar en La Simpatía era como volver a Las Gaunas.

Con el tiempo, la coartada para detenerme no eran tanto sus cojonudos, pincho que nunca me ha hecho demasiada gracia, como el propio Javi. Me gustaba verle dirigir su local con un chiste siempre en los labios, algún comentario ingenioso, la frase adecuada para cada cliente. Y me hacía gracia también una tapa que yo devoraba con mayúsculo placer, sus calamares rebozados. Las rabas de siempre, que allí se preparaban con buena mano y una sobredosis de cariño. Víctor, a quien dedico esta entrada, recuerda sin embargo La Simpatía por sus embuchados. Y me cuenta una anécdota: que en los últimos años, como resultó que Javi dejó de incluirlos en la oferta de su bar, ambos llegaron a un acuerdo: Víctor los compraba en una carnicería de la cercana Plaza de Abastos, se los llevaba a al bar, Javi los preparaba y luego se los comían a medias. “Al vino invitaba Javi”, concluye.

Me parece una fórmula que podría ampliarse a otros bares, pero al revés: uno lleva la botella de Rioja, la comparte a medias con su camarero de confianza y éste a cambio le sirve un bocado gratis. Es solo una idea…

P.D. El embuchado ya se ha citado aquí como uno de esos productos de la casquería de toda la vida que hoy casi, casi, casi han desaparecido de nuestros bares. Los que quedan, me parece, tienen pinta de haberse fabricado en serie, lo cual tiene su explicación, porque las exigencias en materia de control sanitario fuerzan a extremar el celo en su elaboración. Pero quienes no tenemos el paladar y el estómago tan delicados… En fin, que echamos en falta aquel sabor tan poderoso, su recia textura que exigía raudo un trago de vino, la memoria de cuando no nadábamos como ahora en la opulencia (ja) y hasta las tripas de un animal nos parecía una oferta gastronómica tentadora. Yo creo que estos platos siguen teniendo su público: tal vez si se anunciaran como almohada de entresijos pasada por la brasa de no sé qué… También es solo una idea.

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