La Rioja

img
Bares de hotel
img
Jorge Alacid | 10-12-2012 | 08:50

 

Publicidad del Gran Hotel de Logroño

En el mapa de bares que hemos podido cartografiar durante toda nuestra vida de consumidores de distintas clases de refrescos, tragos e infusiones, figura un tipo único, de encanto singular: el bar de hotel. Puesto que este blog de momento no tiene pensado salir de casa (aunque todo se andará), mencionaré solo de pasada algunos de los que recuerdo más vivamente del resto de España, que pueden ser compartidos por unos cuantos: la rotonda del madrileño Palace, repleta de atractivo fin de siglo; los salones del Reconquista ovetense, donde el tiempo permanece dormido; la terraza del Real de Santander, porque tomarse una copa equivale a saborear la mar océana… Vaya, me ha salido una lista bastante pija, pero en fin. Añada el lector cuantos ejemplos quiera de sus viajes que (como el Capitán Tan) haya hecho a lo largo y ancho de este mundo (incluido el espectacular y vecino Los Agustinos de Haro), pero yo me quedo en Logroño.

Y me quedo con una conclusión: los bares de hotel no tienen demasiada suerte entre nosotros. A mí me gustaba ir al del NH Herencia Rioja, porque gozaba de eso que tampoco es tan habitual en otras barras: un servicio más esmerado que el común. Dejé de ir porque sentía que la cuenta también se esmeraba en parecida proporción. De alguno he tenido que huir por las mismas razones que atropellan nuestros sentidos (y el buen gusto) en otros locales: la televisión a todo volumen que nadie atiende, las charlas a gritos (a la riojana, vaya) y el resto de ruido ambiente que forman esa sinfonía tan conocida entre nosotros llamada contaminación acústica. Lo cual era precisamente lo que uno no encontraba en los bares de hotel, de suyo presididos por cierto amor por la armonía: las horas pasando más despacio, mobiliario con cierta vocación de confort más allá de lo habitual, la promesa de una clientela más cosmopolita (cosmopolita por Logroño solía ser incluso un señor de Burgos)…

Así ocurría antaño en los salones del desaparecido y (al menos por mí) muy llorado Gran Hotel, una de esas pérdidas irreparables para la fisonomía urbana de nuestra ciudad, que carecía de barra propiamente dicha pero que compensaba esta ausencia con una opción doble: bien la de echarle jeta y que te sirvieran algo en sus inmarcesibles salones, bien la posibilidad de saltar apenas unos metros y presentarte en el vecino Las Cañas, otro bar difunto que merecerá una entrada en este blog cualquier día de éstos. De hecho, para muchos de nosotros Las Cañas ejerció a menudo como el auténtico bar del Gran Hotel, cuya clientela también lo sentía así mientras se acomodaba en los veladores con vistas al Espolón o se acodaba a al pie de la barra que con tanto arte manejaron los Remón.

Ese hueco en el imaginario logroñés que ocupó el Gran Hotel me parece que lo defiende ahora el Carlton desde su atalaya en la Gran Vía. Porque se aloja en un espacio igualmente céntrico, porque va siendo ya mayor y por lo tanto venerable, porque se mantiene fiel a esa idea de hotel de toda la vida… Y el bar tiene su punto. Coqueto, recogido, con estupendas vistas a la calle y un cuerpo de camareros atento y servicial. Su mayor interés reside para mí a eso del mediodía, cuando un grupo de seniors logroñeses se reúne allí para el aperitivo o el cafelito tardío y, la verdad, da gusto verlos. Todavía activos, aún inquietos, con un aire juvenil a pesar de los achaques, alguna vez me ha parecido que jugaban a los chinos, entrañable pasatiempo desaparecido que sin embargo fue el método clásico años ha para ver quién pagaba la ronda. Son los Pumpido, Alloza y compañía, testimonio del Logroño de siempre, como la atmósfera que se respira en las estancias del hotel. Un sabor de otra época.

P.D.
Acabo esta entrada con un recuerdo emocionado (ahora que viven días sombríos) para todos los bares de paradores, hermosos rincones que he frecuentado con gran gozo. Los de Santo Domingo y Calahorra, por supuesto, pero también sus hermanos: la llamativa galería del parador de Sos, los solemnes espacios de los de Segovia o Sigüenza, el recoleto patio del de Mérida, el enigmático ambigú del de León y, sobre todo, el maravilloso Parador de Cádiz, cuyo barra se asoma a la bahía y mirando al mar se queda un poco como su clientela: colgada.