La Rioja

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‘La Zona’ única
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Jorge Alacid | 17-12-2012 | 11:42

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: la calle Chile colapsada por un multitud de farra, convertida en peatonal a la fuerza por una multitud jaranera allá en los ‘sanmateos’ de los 80. Claro que eran otros tiempos: todavía el Ayuntamiento de Logroño no había convertido el Casco Antiguo en depositario de este tipo de ocio beodo, de modo la algarabía propia del sábado noche y de cada periodo festivo se trasladaba al entorno de la mentada calle. Lo que llamamos ‘la Zona’.

En el principio fue el Robinson, pub ya desaparecido con el que estamos en deuda los logroñeses, porque introdujo la mentada palabreja, pub. Una voz que hasta entonces solo manejaban los más viajados de entre nosotros, aquellos que se habían paseado ya por Oxford Street o habían gozado de algún intercambio idiomático por la insular Dublín. Qué era un pub, se preguntaba el común de los mortales. Pues un bar con pretensiones. Uno que abría a la hora en que los de toda la vida cerraban y en lugar del porrón de vino centraba su oferta en destilados de nombres más sugerentes. También, más caros. El Robinson conoció un triunfo tan exagerado que alcanzó el Olimpo que caracteriza a este tipo de locales: convertirse en referencia ciudadana. Dar nombre a un enclave urbano; en su caso, a toda una manzana. Lo prueba que el garito cerró hace años pero aún se denomina así a ese rincón de la Gran Vía donde se erigía.

Por seguir fieles al mundo de la nomenclatura sajona, tras el Robinson llegó otro garito perfumado por el mismo idioma: el Pat Garret. Se alojaba en la calle Fundición, entonces recién abierta, que suponía un misterio para la mayoría de indígenas. Allí había radicado, en efecto, una fundición: no éramos muy imaginativos para denominar al nuevo callejero. Aquel Pat Garret ha ido resistiendo con gallardía el paso del tiempo  en sus distintas encarnaciones: que yo recuerde, fue La Enagua (y me tuvo entre sus adictos), Tris Tras, Eagles y hoy se llama Biribay. Con su denominación inicial cuajó un éxito extraordinario, porque no solo triunfó como tal sino también como miembro fundador de la cofradía de locales que surgieron a su alrededor. Había nacido ‘la Zona’, aprovechándose del impacto que alcanzaba la discoteca Valentino con sede en la calle Chile, una especie de flautista de Hamelín. A su rebufo pronto abrió Braulio con sus locuras (pócima cuya composición exacta sigo ignorando: se admiten sugerencias) y el resto es historia contemporánea. De los primeros años data Mi Amigo y poco después, sin que nadie supiera muy bien la razón, un mapa de garitos diseminados había ganado en coherencia y se postulaba como alternativa para una práctica que también nacía entonces: lo de tomar copas por la noche en plan masivo, moda hoy muy interiorizada por la ciudadanía que es sin embargo una costumbre reciente.

Portada del dsico Abraxas, obra de Carlos Santana

Aquellos bares exigían de su clientela tanta lealtad que rozaba con la militancia pura. Era común que los fans del Tío Tito mirasen con ojeriza a los del Lorca y así sucesivamente, como si fueran hinchas de equipos rivales. En mi caso, admito que no le hice ascos a casi ninguno: ni siquiera al Belle Epoque, discoteca que solía cerrar nuestras excursiones noctívagas y ahora, luego de distintos cambios de denominación, retoma su nombre primigenio. Pero si debo decantarme por alguno, yo confieso: en mis primeras noches no salía del Saxo. Más adelante, tomé partido por el Abraxas, bar deudor del disco homónimo de Carlos Santana que que siempre llevaré en mi corazón. Así que dejé el Rocky, el Celta y compañía para otros compañeros de quinta mientras veía languidecer con ellos aquella panoplia de bares que hoy, me parece, viven cierta decadencia. Pongo como ejemplo mi querido Abraxas, convertido en epicentro de la cumbia latina: me alegro por sus clientes, pero lo siento porque mi trunca mi itinerario sentimental por aquel Logroño, que jamás volverá a detenerse en esa puerta de la calle Labradores.

P.D. La ciudad que más me recuerda a Logroño es Albacete. El tamaño es parecido, el número de habitantes también y, sorpresa, cuando caí por allí un sábado y pregunté dónde tomar una copa, me respondieron así: “En la Zona”. Así que uno se sentía como en casa en aquel lugar de la Mancha, aunque detectaba pronto alguna diferencia. Por ejemplo, que en Albacete carecían en su zona de copas de un garito de alterne decorado como el rancho de Bonanza como el que nosotros aún exhibimos y carecían también del Numancia, castizo bar de la calle Chile que ha hecho bueno su nombre: ajeno a la propuesta hostelera del resto de sus colegas, resiste como icono de los viejos bares de siempre. Resiste como resistieron  los numantinos.