La Rioja

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Tívoli, hay otros bares pero están en éste (Bares dedicados VI)
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Jorge Alacid | 24-12-2012 | 09:37

Bar Tívoli, alojado en un edificio ya derribado, hoy en reconstrucción

En noviembre de 1999 cerró sus puertas el Tívoli, estupenda atalaya situada en una esquina de alto poder estratégico: entre Bretón de los Herreros y Gallarza. Mi personal adiós tuvo forma de artículo, publicado entonces en Diario LA RIOJA, que ahora recupero gracias a José Ignacio Foronda. Lo traigo aquí a petición popular, porque desde que inicié la aventura de este blog unos cuantos corresponsales lo han citado entre los bares de Logroño que más añoranza provocan. Para mí fue durante un largo tiempo como una extensión de mi casa, así que pocos garitos llevo tan dentro de mi corazón. Ahí va.

“Hubo un Tívoli oculto, un Tívoli fantasmal que abría aún de noche, cuando amanecía, poblado por una turbamulta de tratantes de ganado, empleados de abastos y vendedores de lotería, una tropa canalla adicta al solysombra y al subastao. Pero no fue aquel Tívoli silente en cuyos lavabos desapareció una generación de logroñeses el que importa ahora en que dice adiós. El que nos ocupa brotó de repente a finales de los 70, reflotado por la legión de desheredados del Merlín, aquel fumadero de opio de la calle Portales. Los primeros frutos de la España democrática tomaron al asalto la terraza del Tívoli, se hicieron fuertes tras la montaña de pipas que, embutidas en saco de papel blanco, distribuía la locomotora del tren y vieron llegar los 80; el ‘Tejerazo’ y el ‘Naranjito’, la visita del Papa y la victoria del PSOE. Demasiado en demasiado poco tiempo.

Creció el tráfico en dirección a los urinarios, por seis pesetas que costaba un vino (un mal vino) se podía asistir en su barra a espectáculos insólitos para el Logroño de entonces: el rito iniciático de los primeros yonquis locales, cuando ni ellos mismos sabían que lo eran ni casi existía tal palabra, yonqui. Uno de ellos salió una noche del lavabo con la jeringuilla colgada del brazo y nadie en el bar se inmutó; recibió el trato común al resto de fenómenos extraordinarios que entonces se sucedían (la huelga del metal, la Cruz de los Caídos que se derribaba) e ignorado marchó con su ‘pico’ Gallarza abajo, tal vez en dirección al Moderno, constituido de súbito en el otro polo que compitió en magnetismo con el Tívoli en atrapar a la juventud local.

Pero el que nos ocupaba tampoco es ese Tívoli. El auténtico fue aquel que demostró que era posible la convivencia entre una nueva generación que reinó festiva en los antros de sus mayores y los parroquianos de toda la vida, que asistieron divertidos al ingreso en los nuevos tiempos. El puré que formaron unos y otros representó durante años el triunfo de una nueva manera de entender la vida, cuando todo Logroño cabía en el Tívoli y había que sentarse en sus veladores para mirar y ser mirados. Años en que el sigiloso Emiliano imperaba tras la barra decorada con fotos del Panaderito de Oyón y algún póster del Real Madrid de los Garcías, los años de Maisi, el camarero más lento del mundo, que surtía la terraza tras superar inverosímil cada tarde la cuestecita hacia Bretón, despachaba las consumiciones, recogía las cáscaras de pipas y se equivocaba en la cuenta, flotando siempre en una nube vagamente dipsómana.

Su sustituto, un joven camarero chisgarabís, desconocía que en su bandeja llevaba el adiós a los buenos tiempos. Más veladores poblaron la calle Bretón arriba, surgieron terrazas en cada confín de la ciudad, el Casco Antiguo se desmembró y el Logroño juvenil votó por la Mayor. El Tívoli se sumergió entonces en una dulce decadencia. Clausurada la verja que daba a Gallarza (alternativa portátil a la terraza propiamente dicha), empezó a ofrecerse como tantas esquinas logroñesas: qué gran chaflán para un banco. Hoy, quienes un día plantaron la tienda en su terraza, arrojan una lágrima por él; en realidad, habían empezado a prepararse para este día hace poco más de un año, cuando vieron que la salida del aparcamiento se había comido media calle, un montón de sueños”.

Emiliano, dueño del Tívoli, el último día de funcionamiento del bar
P.D. Emiliano y familia fueron los últimos del Tívoli. Yo les tenía especial simpatía porque habían defendido antes otro bar por mí muy querido, el de las piscinas de Cantabria, mi segundo hogar de tantos veranos. A él le dediqué un relato, ‘Échale la culpa a Emiliano’, recogido en un libro sobre la historia de la Federación Riojana de Pelota. A ver si un día de éstos lo recupero en este blog.