El bar de Hopper

Nighthawks, 1942. Óleo sobre lienzo ( Chicago, Art Institute), obra de Edward Hopper

Paso cada mañana por su puerta desde hace meses y todavía no he visto adentro a ningún cliente. Supongo que en algún momento de su vida habrá conocido a alguien acodado en su barra, o sentado en las mesas interiores, o bien disfrutando de su terraza, pero sospecho que tal prodigio no será muy habitual. Y lo supongo por el aire conformista con que veo al dueño del bar abrir sus puertas, acomodarse en una silla y ponerse a rellenar crucigramas. Apilados a su vera, observo también un puñado de periódicos y revistas atrasadas, a la espera de ser consultados como terapia para afrontar cada jornada, que a primera hora ya tiene la pinta de ser larga. Muy larga. Mientras su amo se entretiene leyendo, nadie entra tampoco en el bar. La resignación invade ya cada rincón: ni siquiera se ha molestado en dar las luces.
Ya es de noche. Cuando regreso a casa, apenas una débil bombilla ilumina el interior. Nuestro hombre sigue aguardando al misterioso cliente que nunca aparece; el día languidece y tan solo una charla casual y furtiva con un vecino le alegra un par de minutos. Luego regresa a su guarida, donde a veces parpadea un televisor que parece anclado en la edad analógica. A veces, cuando cruzo ante su puerta, desearía que un milagro se hubiera obrado y la clientela acudiera en masa a tomarse un café o paladear un vino. En otras ocasiones, pienso sin embargo que hay algo cautivador en esta atmósfera sombría que derrama el bar y me parece que si su suerte cambiara también le abandonaría el encanto destartalado que me ha conquistado. Lo siento por el dueño, pero yo lo prefiero así.
El ambiente peculiar de los bares sin clientes ha inspirado una hermosa literatura, sobre todo norteamericana, y resulta muy caro también al cine. Recuerdo el bar de Fat City, donde paseaba sus miserias el héroe de John Huston, y no olvido tampoco a todos esos innumerables bares sin nombre donde ahogan sus penas en alcohol los protagonistas de tantas películas, aliviados por un camarero eficaz y silencioso contra quien rebota el eco de sus fracasos. Y me viene a la memoria el estupendo lienzo de Hopper, artista cuya sabiduría supo atrapar el alma de nuestra civilización, la soledad que rodea al hombre contemporáneo en cuadros como el que acompaña estas líneas. En su barra, al menos sí hay algún cliente. Exactamente tres. Un caballero de espaldas y una pareja que parece conversar con el camarero; en realidad, podría ocurrir que no hablaran con nadie, que se limitaran a mirar hacia el horizonte que aquí parece poco prometedor. A través del ventanal asoma una calle inhóspita, intercambiable. Intuimos que pertenece a Estados Unidos pero ese paisaje urbano que se precipita sobre el abismo de la oscuridad puede pertenecer a cualquier ciudad.
Incluso a Logroño. Si Hopper resucitara un día y se diera una vuelta por nuestras calles, tal vez reparase en este bar sin clientes que me tiene hipnotizado. Hasta es posible que en lugar de retratar su espíritu fúnebre, prefiriese penetrar en él y saltar al otro lado del cuadro. El arte dentro del arte. El auténtico bar de Hopper.

P.D. La crisis, la dichosa crisis, ha golpeado el consumo y se ha cebado con el sector de la hostelería. Así que bares donde entre poca gente… En fin, que hay unos cuantos. Una pena. Una pena cuantificada. Amablemente, Juan Donaire me pasa desde la Cámara de Comercio unos datos que deparan una sombría fotografía de la situación: entre el 2006 y el 2011, desapareció cerca del 9% por ciento de bares y restaurantes en Logroño. La caída es mayor en La Rioja: en el entorno del 30%. Lo dicho: una pena.

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  • Pretextato

    Yo se de un bar de esas características. No se el nombre, pero un día iba con mi nieto entre a comprar una botella pequeña de agua y ni me la quiso cobrar.
    Está junto al Centro de Salud Espartero.

  • pacoperez

    ¿Sigue existiendo ese bar??? Por la descripción que haces sólo puede ser uno, y es el que comenta Pretextato…..pero si ya estaba vacío hace un montón de años!! Entré una vez, y ciertamente era angustioso…..

La Rioja

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