La Rioja

img
Fecha: enero, 2013
La bodega perdida
Jorge Alacid 30-01-2013 | 12:53 | 7

Vinos Néstor, un clásico logroñés
Dicen que la modernidad acabó con ciertos hábitos hosteleros pero en esta regresión al pasado en que nos movemos veo posible que vuelvan también los tiempos en que armados con sus tarteras los logroñeses tomaban asiento en las bodeguillas repartidas por la ciudad, reclamaban el vino que allí se expendía y merendaban con los amigos. También existía otra alternativa: hacerlo solitos. Yo solía ver a algún cliente de estos castizos establecimientos acudir en soledad a un rincón de las mesas corridas y dar cuenta de su bocado con un triste porrón por toda compañía. Eran años en blanco y negro o es que yo los recuerdo sombríos, aunque barnizados por el paso del tiempo. Lo que predomina mientras miro por el retrovisor es una cierta nostalgia: me parece que si supiéramos poner al día el encanto de aquellas bodeguillas donde mi generación todavía acertó a pasar algún buen rato sería posible reivindicarlas como una alternativa de la hostelería más popular. Sobre todo, porque en esta era de la globalización corremos el riesgo de que todos los bares nos parezcan iguales.

Eso es algo que desde luego no sucede hoy cuando el cliente se detiene en las puertas de las que aún resisten. Hablo de Vinos Néstor, que sienta sus reales en la calle Ingeniero Lacierva; hablo del bar Gil, ubicado en República Argentina, enfrente de otra de sus hermanas, Vinos Murillo. Hablo de Neira en Milicias o de La Rioja en Labradores, mi favorita para los sábados por la noche antes de cada incursión en la Zona. Y hablo, sobre todo, de las bodegas ya perdidas, representadas para mí en un trío que juzgo imbatible. La primera, el antiguo Soldado de Tudelilla, cuya sede se emplazaba en plena calle Laurel. La recuerdo enorme, con una zona de merendero que daba (como ocurre con otros bares allí ubicados) a la calle Bretón; encajonados en sus cubículos, sus clientes atacábamos el porrón de tinto, que solía venir escoltado por dos tapas que todavía se sirven en el actual bar de San Agustín: el plato de aceitunas con anchoas (rociadas con un chorrito de vinagre) y las célebres sardinas con guindilla. Aunque lo usual era, sin embargo, que la clientela acudiera con su propia comida, fenómeno que también ocurría en la siguiente bodeguita que quiero rescatar del olvido.

Alojada en la travesía de Santiago (a mano derecha según se entraba desde la calle Mayor), la bodeguita Montiel (cuya estrella era el hígado empanado, según me informa Eduardo Gómez) aguantó como pocas de sus compañeras de quinta, pero finalmente también sucumbió. Yo la conocí en su otoño, cuando esa calle era una ruta alternativa para el público más joven, porque la ruta acababa ya cerca de Santiago en el famoso Tifus ya mencionado en otra entrada. En Montiel uno topaba con los últimos abuelos que mantenían la costumbre de llevarse la merienda desde casa y despacharla entre tragos de cosechero.

Acaba el viaje. La tercera pata de este triunvirato se alojaba en avenida de España. Me lo recuerda Pablo García Mancha, quien sigue sin olvidar el encanto de aquel bar, llamado precisamente La Bodeguina, una barra subterránea donde era habitual ver a un grupo de contertulios jugando a las cartas o almorzando mientras aguardaban a que alguien les contratara para acarrear mercancías en La Alhóndiga vecina. Yo topé con este singular garito, al que había que descender por unas escalerillas puesto que estaba por debajo del nivel de la calle, ya de veinteañero, cuando tomé conciencia de lo raro de este tipo de establecimientos y me permití ingresar en ellos para conocer a la curiosa fauna que allí se reunía. En busca tal vez de la esencia del Logroño que por entonces moría y que cualquier día resucita.

P.D. Todas estas bodeguitas tienen su correlato fuera de las fronteras riojanas: quien repase el nomenclátor de ciudades vecinas (norteñas, sobre todo) comprobará que allí resisten todavía, casi todas presididas por el mismo nombre con algunas variantes: Bodega El Riojano, Vinos El Riojano… Fueron las embajadas desplegadas para diseminar por toda España la buena nueva en forma de vino, así que quienes las abrieron ejercieron también un poco como misioneros, porque propagaron la fe en el Rioja en los años en que esta tarea exigía mayor esfuerzo. Sirva por lo tanto esta entrada como homenaje a todos ellos, esos riojanos que durante el siglo XX derrocharon espíritu de sacrificio defendiendo aquellas embajadas con denominación de origen.

Ver Post >
Jorge Vigón, la tercera vía
Jorge Alacid 25-01-2013 | 4:12 | 11

De Cristal a Goxo, hoy cerrado

A petición del público, cierro aquí la excursión por las tres zonas de copas nocturnas que en Logroño han sido… antes de que el Casco Antiguo se ofreciera a alojar dicha actividad. En el principio fue la Zona, la Zona única, la que todavía se sigue llamando así; a rebufo de su éxito nació otra que no llegó a cristalizar y también mereció unas líneas en este blog: era la que tuvo la calle San Millán como eje. Y la tercera, que surgió por aquella misma época (mediados de los años 80), ha sido citada aquí repetidamente en los comentarios de mis queridos corresponsales: se aposentaba en el tramo final de Jorge Vigón, con epicentro en el fallecido pub Cristal.

Yo no la frecuenté mucho. Si caía por allí casi siempre era para pasarme por el Isopo, garito con varias vidas ahora resucitado como cafetería de barrio y bautizado como Sol Nórdico (curioso e intrigante nombre, por cierto). Creo que su momento de esplendor me pilló ya demasiado veterano para apreciar la gracia del Cristal y su colección de vespinos en la puerta, que invitaban según recuerdo a conquistar la calle como si fuera Montmeló: aquellos émulos de Ángel Nieto instituyeron un circuito inofensivo que les llevaba hasta las famosas ‘eses’ de Albia de Castro, a la altura del D´Elhuyar. Unas curvas que no todos los pilotos supieron negociar como debían, de modo que regresaban tullidos (pero felices) al hogar materno: esto es, el Cristal.

Como se deduce, aquel fue un bar netamente juvenil, más propio para la clientela que daba sus primeros pasos nocturnos, de modo que estaba un poco como fuera de lugar en una ruta más propia para dipsómanos veteranos. Así ocurría en el vecino Pierrot, hoy transformado en otro bar de barrio, pero que en su buena época fue la primera piedra de aquel itinerario. La ronda seguía en el mentado Cristal y concluía en el Lyon, ahora también reconvertido en taberna british aunque con la clientela más fiel de la que tengo noticia por Logroño. Fin de la excursión, salvo para quienes como yo se animaban a cruzar la acera y penetrar en el Isopo, cuyo aliciente máximo no era tanto las copas como dos hallazgos en los que fue pionero: la recuperación del futbolín y el billar americano. Dos pasatiempos que triunfaron, como tantas cosas, en cuanto también supieron enganchar al público femenino: atraía como un imán a los parroquianos que  ingresaban en el garito y se topaban con unas cuantas damas en decúbito prono, taco en ristre, dándole a la carambola. Una propuesta imbatible que, sin embargo, ha ido declinando pero que entonces representó una curiosa conquista arrebatada a su hábitat natural, los salones de juegos. Claro que éstos eran casi cosa de hombres. Como el coñá.

Este repaso de la Zona de de Jorge Vigón, aquella tercera vía, quedaría sin embargo incompleto si no se añadieran a sus epígonos. Hemos citado Albia de Castro unas líneas arriba: la calle, la curiosa calle curvada y ahora truncada por la playa de cemento alrededor del polideportivo de Lobete. Volvemos sobre nuestros pasos para recordar que aquel recorrido se detenía allí, como una extensión con un punto más rocanrolero, rama jevi. Así se sustanciaba la oferta musical del veteranísmo Jake, venerable garito con inclinación metalera que resiste ya como solitario enclave y rebautizado desde su original denominación como Camarote. Antes le acompañaron otros garitos también memorables: casi pared con pared se erigía el Plas y un poco más allá, ya en la plaza, aquel exitoso Blue Moon que me tuvo entre su clientela sabatina unas cuantas noches, atraído por su buen gusto en la elección de los discos. Hoy, clausurado igual que su hermano de la esquina, el pub Los Delfines de insólita decoración (sí, en efecto: lleno de delfines), sirve para recordar lo que aquella Zona representó un día: una alternativa que no llegó a triunfar pero que hoy sobrevive, con bastante buena salud, como un itinerario de bares de barrio, propicios para el aperitivo, el almuerzo, el cafelito de media tarde, el vino de última hora y hasta alguna copa de madrugada. Es decir: Logroño en estado puro.

El Jake de Albia de Castro

P.D. El mentado Jake alcanzó como pronosticó Warhol su cuota de popularidad en los años 80. En su caso, porque estaba regentado por una de las chicas miembros del festivo grupo Las Vulpes, banda punk que alcanzó sus quince minutos de celebridad gracias a la censura a que fue sometido su tema ‘Me gusta ser una zorra’, cuya letra vista retrospectivamente sólo mueve a la sonrisa… salvo para aquellos que se escandalizan con cualquier cosa. Aquí os dejo un enlace a youtube con su mítica actuación en el no menos mítico ‘La caja de ritmos’ por si alguien lo quiere comprobar por sí mismo.

Ver Post >
Retrato de logroñés con bar al fondo
Jorge Alacid 22-01-2013 | 11:13 | 2

Eduardo Gómez, retratado en la Taberna de Mere de Logroño

Sirva esta entrada como homenaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tanto han hecho por los hosteleros riojanos. Toda esa clientela que a lo largo de la historia ha contribuido a pagar el colegio de los niños de sus camareros de confianza. La parroquia conspicua que se ha hecho cargo de la hipoteca del patrón de tal o cual local, mientras sellaba una alianza eterna con los productos de las bodegas riojanas y resto de empresas del sector y permitía, en fin, la proliferación de las distintas actividades empresariales ligadas al consumo de alcohol, incluida la industria de mondadientes. Con todos ustedes, como representante de todos nosotros, Eduardo Gómez.

Eduardo es un archivo viviente y andante de los bares de Logroño. Acumula en sus libretas el historial completo de cientos, miles de garitos, cuya fecha de inauguración atesora como otros guardan las reliquias de un santo. En esas fichas que actualiza casi a diario se encuentra depositada la historia de esta ciudad, o al menos la historia de su lado festivo y ocioso. Nuestro hombre refresca a menudo sus datos con la visita perenne a los bares de confianza y también explora las nuevas barras que conquistan los barrios emergentes; con el mismo afán del entomólogo anota las novedades que se concitan en cada bar y derrama alguna lágrima cuando toca informar del cierre de alguno que formaba parte de nuestra historia sentimental.
Cuando decidí convertir a Eduardo Gómez en protagonista de estas líneas, pensé en una entrada única donde vertiera su ingente memoria como cliente de los bares logroñeses. Apenas llevaba unos minutos charlando con él en la casa que nos cobija a ambos, Diario LA RIOJA, cuando caí en la cuenta de que necesitaría varias entradas para acoger tanta memoria, tanto dato, tanta anécdota. Así que esta entrega es sólo la primera de una serie. En este caso, limitada a su experiencia primeriza a este lado de la barra de unos cuantos locales logroñeses. Es decir, sus rondas como novato, miembro de una cuadrilla cuya relación recita como si fuera la alineación del equipo de sus amores: “Íbamos de chiquiteo Pedro Rábanos, Agustín Pinillos, mi hermano Eugenio Gómez, Elías Fernández, Santiago Pastor, Ricardo Segura y un servidor”.

-    ¿Qué edad tenías por entonces?
-    Dieciocho, veinte años. Una ronda típica era la de los domingos, después del fútbol. Quedábamos en el Negresco y de ahí, a la calle Mayor. Se empezaba por El España, que llevaba Terete, y luego cruzábamos Sagasta y entrábamos en el Juanito, famoso por sus sardinas, el Bilbao, primer bar de Logroño en poner televisión para seguir las etapas del Tour de Francia y muy famoso en Navidad por su espectacular Belén, y el de Pedro el Riojano. Luego venían el Cosecheros, que al fondo tenía un patio para jugar a la ranita, y el Cuatro Vientos, junto al negocio de guitarras de Paulino. De ahí seguíamos por la calle El Puente hacia Herrerías, donde se paraba en el bar de La Tita, y se acababa en el Royalti de Amós Salvador.
-    ¿Qué echas en falta de entonces?
-    Una costumbre que se ha perdido. Cuando una cuadrilla se juntaba con otra y charlabas de esto y aquello, casi siempre se terminaba por cantar alguna coplilla en plan de pique. Eran jotas, habaneras, bilbaínadas… Y en Navidad, se cantaban villancicos con letras alusivas a la actualidad, que solían concluir con la petición para que el dueño del bar nos invitara.
-    ¿Y os invitaba?
-    Casi nunca, que yo recuerde.

P.D. En fechas posteriores seguiré contando las andanzas de Eduardo a lo largo de los bares de la ciudad que nos vio nacer a ambos y todavía nos aguanta. De momento, aquí dejo una relación de sus preferencias en esta materia.
.- Tu bar favorito de Logroño.
.- Hombre, no quiero que se moleste nadie, porque en esto hay que tener en cuenta matices de simpatía, de amistad, pero tengo que responder que mi favorito es el Mere, porque es un campeón. El Mere es un auténtico campeón. (Justo después de esta charla, el bar echaba el cierre y dejaba un poco huérfana a su parroquia).
.- ¿Y cuál echas más de menos?
.- En eso no hay duda: el Negresco.
.- ¿Y tu favorito del resto de La Rioja?
.- El Nelson, de Haro.
.- ¿Y del resto de España?
.- Uno que ya no está abierto, el Korinto de Madrid.
(Continuarà)

Ver Post >
Tejero en el Bambi
- 18-01-2013 | 1:17 | 9

Tejero, pistola en mano, en la tribuna del Congreso durante el 23F

Ahora que el venerable Bambi de la calle Laurel reabre bajo nueva dirección, desprovisto de su entrañable aspecto y carente (me temo: no lo he comprobado aún) de su patio interior con lavabos; y ahora que la familia Alcántara actualiza el 23F, traigo aquí este artículo publicado hace cuatro años en Diario LA RIOJA. Lo recupero para contestar a esa pregunta que todos nos hemos hemos hecho alguna vez: tú, ¿dónde estabas el 23 de febrero de 1981? Pues yo, en el Bambi. Así que aquí va.

El Bambi era uno de aquellos bares que durante años custodió el legado de los antiguos váteres a pedales. Mientras la modernidad alcanzaba ya a otros establecimientos del ramo en forma de taza con el logotipo de la empresa Roca, el Bambi, como el Villa Rica o el Tívoli, siguió fiel a esa antigua forma de obrar que nos musculaba el muslamen mientras ponía a prueba nuestra puntería. No era su único encanto. A bote pronto, se me ocurren otros dos: el primero, que para llegar al excusado había que pasar por un breve patio donde se apilaban las cajas de cerveza, de modo que en invierno se garantizaba alguna meada bajo cero. Su otra aportación consistía en despachar un vino de la casa que propició los primeros neogóticos de Logroño: dejaba un cerco tan negruzco en los labios que ríase usted del cantante de The Cure.

Lo antedicho explica el cariño que algunos sentimos por esta veterana barra de la calle Laurel, donde cierto día de 1981 nos sorprendió el famoso ‘Tejerazo’. En la noche célebre, entramos un poco alborotados a refugiarnos del frío en tan acogedor establecimiento cuando sus parroquianos nos chistaron al unísono, reclamando silencio (el dedo índice en los morros): por la radio hablaba Jordi Pujol. Venía de conversar con el Rey y trasladaba a la audiencia de la emisora el contenido de su conversación. «Dice que todo está controlado », anunció el Honorable. Y añadió: «El Rey me ha dicho:
‘Tranquilo, Jordi, tranquilo’». La clientela del Bambi recibió aquellas palabras con una carcajada general, acentuada por el acusado acento catalán con que fueron pronunciadas. Unos cuantos se pusieron a imitar al inimitable Pujol y el resto le rió la ocurrencia.

Yo no entendía nada. Hasta esa hora, desconocía lo que Tejero y sus secuaces perpetraban. Había salido temprano de casa y dado por buena la primera versión, según la cual un grupo de guardias había entrado en el Congreso porque
temían que hubiese un atentado de ETA. Permanecía ignorante al ‘Se sienten, coño’, al bochornoso forcejeo con Suárez y Gutiérrez Mellado y a la frase sobre la enigmática autoridad competente «militar, por supuesto». Un veterano de la Laurel tuvo a bien explicarme estos detalles, pero como el tipo parecía al borde del coma etílico (el mismo aspecto por cierto con que le sigo viendo aún, casi treinta años después), procuré ganar raudo la calle, alcanzar el hogar familiar y ponerme en manos de ‘El Butanito’: esa noche, José María García alcanzó la gloria radiofónica con su programa en directo desde el Palace. Aún no había señal de televisión, secuestrada como la soberanía popular durante unas horas que para mí seguían presididas por la llamada a la calma que proponía Pujol. Tranquilo, Jorge, tranquilo.

El resto, ya se sabe. Historia contemporánea. Salió el Rey por la tele, se marcharon los golpistas por un tragaluz del Congreso ya de buena mañana y se firmó el dichoso pacto del capó. Yo me aficioné al periodismo de tribunales siguiendo las crónicas de Martín Prieto sobre el juicio y atendí las batallitas de algún paisano a quien la mili había sorprendido en la Brunete o subido a un tanque de la base de Bétera, esos que Miláns paseó por Valencia. También asistí a la macromanifestación que tomó las calles de Logroño y poco después volví al escenario del crimen: en otro bar de la Laurel disfruté del amistoso que jugó España enWembley, donde íbamos festejando el triunfo de Santamaría y sus chicos. De repente la cámara se apartó de la cancha y se fijó en la grada, donde un tipo empuñaba una pancarta: había dibujado la efigie de Tejero y escrito algo en inglés. A su alrededor, todos se reían. En el bar, todos nos quedamos mudos; la mayoría, sospecho que por vergüenza. Lo que yo sentí fue una tristeza infinita. La misma que me asalta alguna vez, cuando pasó por el Bambi y pienso en su váter de pedales, en Pujol y en Tejero. Tristeza y una cierta tendencia a la ira, que logro controlar.

Tranquilo, Jorge, tranquilo.

P.D. Revisando los artículos que, como éste sobre el Bambi, escribí durante unos años en Diario LA RIOJA en una sección titulada ‘Desde Portales’, compruebo que unos cuantos divagaban en torno a Logroño y sus bares. Prometo irlos publicando aquí a medida que me parezca que siguen teniendo sentido.

Ver Post >
Logroño confidencial
Jorge Alacid 14-01-2013 | 4:28 | 8

Parcela de la carretera de Soria donde se alojaba Villa Iregua
En busca del bar perfecto peregriné una vez por Logroño, tiempo ha, sin gran éxito. Por entonces ignoraba lo que luego he sabido: que ese Grial no existe. O más bien, que el bar perfecto es una suma de todos. De todos y cada uno de los bares de donde uno va rescatando algún detalle, cierta atmósfera, un determinado ambiente… No tanto la garantía de un trago o un café bien preparado, o la intuición de un servicio ágil, eficaz y discreto. No tanto la esperanza de un interior construido con buen gusto ni la promesa de emboscarse en esa zona de sombra entre la barra y los veladores donde se ejecuta cada noche algún milagro. Lo que buscamos los adictos, me parece, en los garitos de confianza es algo inaprensible, inmaterial. Un espíritu. Un fantasma. A menudo, el recuerdo de una tarde feliz, una tertulia evocadora, una sonrisa amiga, un gesto cómplice, un destello de luz.

Yo sentí que había encontrado lo que buscaba una noche de sábado, cuando caí por casualidad en Villa Iregua. Aunque por entonces ya declinaba, el chalecito (hoy, un solar abandonado: qué pena) de la carretera de Soria albergaba aún los mejores banquetes de Logroño, con aquella cocina burguesa, estilo imperio, que empezó a quedarse un poco desfasada cuando de golpe nos volvimos todos tan modernos. Eso era Villa Iregua para mí: el escenario de las mejores galas capitalinas, el gran teatro de bodas para princesas logroñesas, el perfume de su célebre cóctel de champán, un trago hoy también superado por el tiempo. Ignoraba sin embargo que a un costado del edificio se cobijaba un bar, apenas una barra breve según la recuerdo, decorada con cierto buen gusto insólito por estos lares.

Allí me llevó el azar y allí me dejé conducir unas cuantas noches más. El ambiente era peculiar, por lo veterano de la clientela. Público eminentemente masculino, agolpado en improvisadas tertulias bien provistas del humo de los cigarrillos y los habanos, también adecuadamente regadas. En un espacio no demasiado amplio cabía sin embargo de todo,  medio Logroño, porque yo me las arreglé para procurarme un sitio con visión panorámica y, como el héroe de Dickens, dedicarme a mi pasatiempo favorito: convertirme por un rato en “humilde observador de la naturalaza humana”. En invierno, que fue cuando yo lo frecuenté, la función se iniciaba a esa hora confusa que los cronistas deportivos denominan tarde/noche. Los parroquianos más conspicuos se hacían fuertes alrededor de la barra y en una mesita aledaña alguna pareja entrada en años consumía un cigarrillo con la misma desgana con que atacaba la copa. En las chácharas vecinas parecía ventilarse algún negocio de postín, habida cuenta de que en él participaban esos caballeros que (benditos sean) a esa hora todavía vestían de traje. Al otro lado de la barra, un barman eficaz y taciturno iba a lo suyo, sin alardes, con esa eficacia de profesional antiguo que ya se ha glosado antes en este blog y que parece destinada a desaparecer de nuestros bares de confianza.

En fin, tal vez aquel bar no era para tanto y como tantos otros lo tengo idealizado. Tal vez sólo sucede que aquel tiempo en que clientela y camareros gastaban terno y corbata ya ha desaparecido. También han perdido su sentido bares como aquel, recoleto y noctívago, que atrapaba toda su esencia cuando se ponía el sol y ejercía de (posible) decorado como para una (imposible) peli de cine negro, con su breve aparcamiento de gravilla y esos tragos solitarios, que así lo parecían aunque se tomaran en grupo. De modo que hoy, cuando atravieso la carretera de Soria y veo anidar el polvo en la parcela que fue de Villa Iregua, pienso en su clientela fantasma, huérfana desde la demolición del chalecito. Huérfano Logroño también de un bar como aquel, tan idóneo para la confidencia.

P.D. Justo cuando la semana pasada empezaba a escribir estas líneas, tropecé con un artículo de Eduardo Gómez que despedía al gran Mere, camarero que fue de Villa Iregua. Os dejo el enlace de larioja.com, muy recomendable (http://www.larioja.com/v/20130108/rioja-logrono/adios-clasico-logrones-20130108.html)

Ver Post >