La Rioja

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San Millán, patrimonio de la humanidad (Bares dedicados VIII)
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Jorge Alacid | 08-01-2013 | 18:20

Bohemios, en la calle San Millán
Vuelvo sobre mis pasos por un rincón de Logroño que apenas atravieso para atender la invitación de una corresponsal. Corroboro lo que sospechaba: que hay una parte de esta ciudad que apenas cambia. Así sucede con algunos confines que exploré décadas atrás, cuando un poco por cansancio buscaba como tantos una alternativa a las rutas clásicas del fin de semana, muy a menudo liquidadas en ese itinerario tan común que conducía del Laurel a la Zona y pare usted de contar. Aburridos de pisar siempre las mismas baldosas, intentábamos encontrar nuevos alicientes en barrios todavía más o menos vírgenes, bares apartados del recorrido habitual. Hubo un intento de fundar una zona paralela a la auténtica en el tramo final de Jorge Vigón (Cristal y alrededores, decisivos para una generación logroñesa) y hubo otro ensayo que tampoco llegó a fraguar del todo en el entorno de la calle San Millán: fracasó el experimento como parque temático de bares pero triunfaron algunos de ellos por sí solitos. Y ahí siguen algunos, resistiendo.
El más veterano si mis cuentas no fallan es el Bohemios, barra inclasificable porque nació más bien como disco-pub, ofera hostelera que tuvo sentido en la década de los 80 pero que ahora uno no sabría definir muy bien en qué consistía: mitad discoteca, mitad pub, finalmente se conformó con ser un bar, lo cual no es poco. Un bar singular, con gran encanto. Aquel acogedor espacio en el epicentro de San José-Madre de Dios sirvió también como cabeza de puente para un viaje por todo aquel barrio que no fructificó, aunque me tuvo entre sus fieles en una lejana época: sus dueños conseguían eso tan difícil de que uno se sintiera allí no como en casa sino mejor. Como la música no estaba mal y sintonicé con el resto de la parroquia, un grupo de habituales que también habían encontrado allí una extensión de su hogar, me dio tiempo a cavilar refugiado entre los mullidos cojines si aquel local podría liderar la mentada ruta alternativa.
No hubo tal. Sólo algún local vecino soportó ese ritmo. Un poco más hacia avenida de la Paz, en la acera de enfrente se ubicaba y se ubica otro veterano, el Top, uno de tantos bares en plan navaja suiza, porque servía para el aperitivo dominical, el cafelito de media mañana, la partida de sobremesa… Un clásico logroñés. Cerca sobrevive también (con muy buena salud, me parece) el venerable Iris, castizo rincón donde se podía tomar la última copa igual que el primer desayuno, uno de esos locales todoterreno que tanto abundan en Logroño. Darma, Reading… La zona de San Millán estuvo a punto de cristalizar como tal con motivo de la apertura del Cacodilato, garito de divertida denominación que ejerció un acusado magnetismo sobre un sector bastante amplio de la adolescencia logroñesa de la época, primeros 80. Transformado luego en su actual encarnación como La Conejera, lo recuerdo bioen regado de vespinos a la puerta, antes de emigrar sus ideólogos a otro enclave también de curioso nombre, el Isopo, la longeva barra de Jorge Vigón, culpable de haber provocado un pequeño seísmo en los usos hosteleros riojanos: fue de los primeros bares en sacar el futbolín y el billar americano de la cárcel de los salones de juegos, una tendencia que luego siguieron unos cuantos garitos (Abraxas, Continental) con notable éxito.
El corazón de aquel breve mapa de bares latía en San Millán, calle cuyo resonante nombre nos remite al valle homónimo, hoy bendecido por la Unesco. Justicia poética: tal reconocimiento debería extenderse a la calle logroñesa que alberga los bares mentados, espinazo de esa hipotética zona de garitos patrimonio de la humanidad logroñesa que ha funcionado durante lustros como fuente de goces epicúreos y factor de cohesión social para la vida de todo el barrio, cuya clientela observo que los recuerda con más complacencia que nostalgia. Que no es poco.
P.D. La corresponsal que me invita a esta entrada se confiesa como una habitual de San Millán y adláteres. Recuerda a Luis y Valentín defendiendo la barra del Bohemios y cómo el citado Luis fundó luego por su cuenta el Darma en la misma calle. Menciona también a Ramón y Luismi al frente del Reading, quienes según sus noticias fueron quienes se hicieron con el Cacodilato y lo transformaron como La Conejera. Los tirantes de Manolo el del Top, el Venecia vecino, el bar Caballero de Mena y Navarrete que regentaron Isi y su hermano, cuyas legendarias patatas bravas siguen sin ser olvidadas…