La Rioja

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Tejero en el Bambi
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- | 18-01-2013 | 13:17

Tejero, pistola en mano, en la tribuna del Congreso durante el 23F

Ahora que el venerable Bambi de la calle Laurel reabre bajo nueva dirección, desprovisto de su entrañable aspecto y carente (me temo: no lo he comprobado aún) de su patio interior con lavabos; y ahora que la familia Alcántara actualiza el 23F, traigo aquí este artículo publicado hace cuatro años en Diario LA RIOJA. Lo recupero para contestar a esa pregunta que todos nos hemos hemos hecho alguna vez: tú, ¿dónde estabas el 23 de febrero de 1981? Pues yo, en el Bambi. Así que aquí va.

El Bambi era uno de aquellos bares que durante años custodió el legado de los antiguos váteres a pedales. Mientras la modernidad alcanzaba ya a otros establecimientos del ramo en forma de taza con el logotipo de la empresa Roca, el Bambi, como el Villa Rica o el Tívoli, siguió fiel a esa antigua forma de obrar que nos musculaba el muslamen mientras ponía a prueba nuestra puntería. No era su único encanto. A bote pronto, se me ocurren otros dos: el primero, que para llegar al excusado había que pasar por un breve patio donde se apilaban las cajas de cerveza, de modo que en invierno se garantizaba alguna meada bajo cero. Su otra aportación consistía en despachar un vino de la casa que propició los primeros neogóticos de Logroño: dejaba un cerco tan negruzco en los labios que ríase usted del cantante de The Cure.

Lo antedicho explica el cariño que algunos sentimos por esta veterana barra de la calle Laurel, donde cierto día de 1981 nos sorprendió el famoso ‘Tejerazo’. En la noche célebre, entramos un poco alborotados a refugiarnos del frío en tan acogedor establecimiento cuando sus parroquianos nos chistaron al unísono, reclamando silencio (el dedo índice en los morros): por la radio hablaba Jordi Pujol. Venía de conversar con el Rey y trasladaba a la audiencia de la emisora el contenido de su conversación. «Dice que todo está controlado », anunció el Honorable. Y añadió: «El Rey me ha dicho:
‘Tranquilo, Jordi, tranquilo’». La clientela del Bambi recibió aquellas palabras con una carcajada general, acentuada por el acusado acento catalán con que fueron pronunciadas. Unos cuantos se pusieron a imitar al inimitable Pujol y el resto le rió la ocurrencia.

Yo no entendía nada. Hasta esa hora, desconocía lo que Tejero y sus secuaces perpetraban. Había salido temprano de casa y dado por buena la primera versión, según la cual un grupo de guardias había entrado en el Congreso porque
temían que hubiese un atentado de ETA. Permanecía ignorante al ‘Se sienten, coño’, al bochornoso forcejeo con Suárez y Gutiérrez Mellado y a la frase sobre la enigmática autoridad competente «militar, por supuesto». Un veterano de la Laurel tuvo a bien explicarme estos detalles, pero como el tipo parecía al borde del coma etílico (el mismo aspecto por cierto con que le sigo viendo aún, casi treinta años después), procuré ganar raudo la calle, alcanzar el hogar familiar y ponerme en manos de ‘El Butanito’: esa noche, José María García alcanzó la gloria radiofónica con su programa en directo desde el Palace. Aún no había señal de televisión, secuestrada como la soberanía popular durante unas horas que para mí seguían presididas por la llamada a la calma que proponía Pujol. Tranquilo, Jorge, tranquilo.

El resto, ya se sabe. Historia contemporánea. Salió el Rey por la tele, se marcharon los golpistas por un tragaluz del Congreso ya de buena mañana y se firmó el dichoso pacto del capó. Yo me aficioné al periodismo de tribunales siguiendo las crónicas de Martín Prieto sobre el juicio y atendí las batallitas de algún paisano a quien la mili había sorprendido en la Brunete o subido a un tanque de la base de Bétera, esos que Miláns paseó por Valencia. También asistí a la macromanifestación que tomó las calles de Logroño y poco después volví al escenario del crimen: en otro bar de la Laurel disfruté del amistoso que jugó España enWembley, donde íbamos festejando el triunfo de Santamaría y sus chicos. De repente la cámara se apartó de la cancha y se fijó en la grada, donde un tipo empuñaba una pancarta: había dibujado la efigie de Tejero y escrito algo en inglés. A su alrededor, todos se reían. En el bar, todos nos quedamos mudos; la mayoría, sospecho que por vergüenza. Lo que yo sentí fue una tristeza infinita. La misma que me asalta alguna vez, cuando pasó por el Bambi y pienso en su váter de pedales, en Pujol y en Tejero. Tristeza y una cierta tendencia a la ira, que logro controlar.

Tranquilo, Jorge, tranquilo.

P.D. Revisando los artículos que, como éste sobre el Bambi, escribí durante unos años en Diario LA RIOJA en una sección titulada ‘Desde Portales’, compruebo que unos cuantos divagaban en torno a Logroño y sus bares. Prometo irlos publicando aquí a medida que me parezca que siguen teniendo sentido.