La Rioja

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Fecha: febrero, 2013
Bienvenido al ambigú
Jorge Alacid 26-02-2013 | 9:56 | 0

Ambigú del Teatro Bretón de Logroño, foto de Justo Rodríguez

Ambigú, hermosa entrada en el Diccionario de la Real Academia. Ambigú, voz de origen francés. Ambigú: según el Diccionario de Dudas, “adaptación gráfica de la voz francesa ambigu, que se usa en español con los sentidos de ‘comida compuesta de platos normalmente fríos que se sirven todos a la vez y espacio donde se disponen’ y ‘lugar de un local de espectáculos donde se sirven bebidas y cosas de comer’. Su plural es ambigús”. Quedan ustedes por lo tanto invitados a entrar en este ambigú, una palabra que imagino en trance de desaparición porque a punto de desaparecer está el lugar al que dio nombre y porque hoy apenas nadie se toma la molestia de disponer de un ambigú allá donde antes era lo típico: en el cine, la estación de tren o la plaza de toros.

Lo cual es una pena. Repaso los ambigús donde alguna vez me estabulé desde la primera infancia y tengo que dejarlo: se me llenan los ojos de melancolía. El ambigú del cine Diana, por ejemplo, aquella humilde esquina ganada para la clientela donde nos aprovisionamos tantas veces de girasoles y golosinas. El del Moderno, otro tanto. Creo recordar que incluso el Sahor y los Duplex, que proponían en su momento otra forma de acercarse al cine, contaban con ambigú: un minúsculo quiosquillo defendido casi siempre por manos femeninas, donde se despachaba una mercancía varia que en algún momento incluyó cigarrillos sueltos. Era otra época, como se ve, cuando se podía fumar incluso en el cine.

Hubo más ambigús en Logroño que frecuenté menos, como el legendario de la antigua plaza de toros: la nueva de La Ribera, entre otros muchos defectos, retiró aquel rincón para reemplazarlo por una sucesión de barras desprovistas del encanto del ambigú de La Manzanera, epicentro del casticismo. Más habituado estaba a detenerme en otro, el de la estación de tren también difunta: como se ve, a instalación nueva, ambigú muerto. El de Renfe era una oscura cantina, un antro sin atractivo donde apenas apetecía detenerse, cuya parroquia solía estar formada por ferroviarios de rostros tiznados por el carboncillo que despedían las locomotoras. Añade usted algún viajante y tendrá el retrato de la eterna clientela de este tipo de garitos donde se consumía la espera entre tanto y tanto tren retrasado.

Repaso los ambigús que han desfilado por mi vida y encuentro que se diferencian de los bares convencionales en algún aspecto: en su tamaño, por ejemplo, de costumbre menor. Mucho menor. Y, sobre todo, en ese aire furtivo, provisional, propio de barras que sólo abrían en contadas ocasiones, vinculadas al tráfico que generase la instalación que les acogiera. Su horario y sus hábitos eran por lo tanto los propios del cine donde anidaban, la estación de tren que les albergaba, la plaza de toros en cuyo vientre se ocultaban. Había ambigús también emplazados en casas de comidas, de modo que era típico que en alguna de ellas te hicieran aguardar para darte mesa en una breve barrita situada a la entrada: el Iruña de la calle Laurel, por ejemplo, disponía en su acceso de un ambigú. Uno se tomaba allí el aperitivo antes de ingresar en el restaurante, civilizado hábito que algún cocinero todavía mantiene aunque al espacio destinado a estas operaciones le llame de otra manera: pero no te equivoques, amigo, eso es un ambigú.

Dejo para el final EL AMBIGÚ, así, con mayúsculas. El ambigú logroñés por excelencia, el que nos devuelve a aquellos años en que era común distraer la espera entre las dos películas de la añorada sesión doble, hoy transformado en un recoleto bar de enorme encanto que sirve para los mismos fines aunque, como le sucede al resto de sus hermanos, abre sólo sus puertas cuando la ocasión lo requiere: es el ambigú del Bretón, que podéis ver en esta hermosa foto de Justo Rodríguez.

P.D. Hay otro ambigú que resiste en Logroño: el del Adarraga. Le ocurre como a los demás, a los difuntos y a los que sobreviven: que sólo está disponible cuando lo está el frontón, lo cual no significa que sólo abra en días de partido o para la feria matea. Genera tanta actividad el mundo de la pelota, es tan común que Titín y compañía se ejerciten por allí un día sí y otro también, que me cuentan que el ambigú abre entre semana y se ha convertido en punto de encuentro de las familias que recogen a los niños en el vecino Alcaste y se detienen allí para el cafecito. Esto del cafecito lo supongo: no me imagino a los infantes sucumbiendo a los encantos del bocado célebre de este ambigú, su legendario bocadillo de sardinas con guindilla, que exige estómagos más recios. Aunque vaya usted a saber.

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La resurrección de San Agustín
Jorge Alacid 22-02-2013 | 6:47 | 2

Vista antigua de la calle San Agustín. Foto de Enrique del Río para Diario LA RIOJA

Otra recuperación: aquí os dejo un artículo que publique el 21 de diciembre del 2008 y que me permite pasear de nuevo por una calle que siento muy próxima, San Agustín. Hay que tener por lo tanto en cuenta esa fecha de publicación para entender algún anacronismo: la calle estaba entonces en plena resurrección y hoy sigue por ese camino, el santo le asista. Ahí va el artículo, que se titulaba ‘Santo, santo’ porque también se ocupaba de otro miembro de nuestro nomenclátor: la calle dedicada a San Antón.

“Cuando pienso en la calle San Agustín, lo primero que me asalta a la memoria es la panadería Tudanca, sus sabrosos palitos de pan, sus barras tan bien horneadas (preferiblemente  sobadas). Sí, ya sé que la calle goza hoy de gran prestigio en el sector de la hostelería (merecido) y que ofrece cada poco tiempo motivos para la diversión con el estrafalario teatrillo montado a costa del Museo y de Correos. Pero lo siento: cuando ingreso por Gallarza y dejo atrás la esquina donde para mí siempre estará San Bernabé, insigne negocio del ramo textil, sólo sé que me sigue oliendo a pan, incluso ahora que el horno de los Tudanca se mudó de calle. También sigo viendo (otro prodigio) las cajitas donde Ursicino Espinosa ofrecía los pacharanes para quienes destilaban el licor en casa y hasta escucho cantar de viva voz la antigua carta de Las Cubanas, curioso restaurante donde no servían café pero prometían otras golosinas: «Tenemos unas natillas que casi son pecado».

El viaje por la memoria se detiene a la altura del Museo, o lo que quede de él: ese edificio de fachada oscura cuya desvencijada tarima soportó tantas pisadas pero no ha podido con los últimos embates sufridos, mezcla de desidia burocrática y oportunismo político (con su pizquita de desinterés público). Su destartalada historia reciente convierte esta plaza en una suerte de agujero negro de la ciudad, un sumidero que también atrapa al vecino edificio de Correos, víctima de parecidos males. Hacia esa altura, la calle San Agustín parece amputada, como si la plaza se hubiera convertido en un muñón por donde no circulase la sangre ciudadana y el peatón incluso evitara cruzar por estas baldosas. Pero es un espejismo: en cuanto el paseante salva la ampliación del Museo (que se comió por cierto aquel hermoso jardín romántico donde se almacenaban las piedras heráldicas y triunfaban los gatos), brota de nuevo el espíritu jovial de esta calle que puede servir de modelo a quienes de verdad crean que otro Casco Antiguo es posible. Tiene el santo de cara, al revés que San Antón, otra de tantas entradas en el nomenclátor logroñés bendecidas por algún patrón: en su caso, el protector de los animales.

Los comerciantes dirigen estos días al santo sus plegarias en busca de reparación: se sienten huérfanos de la ayuda municipal, que procura en otros rincones luz navideña para amenizar las compras. Viendo sin embargo la horterada en forma de bombillas que a uno le asalta en cada esquina no acierto a comprender que tan céntrica arteria quiera verse afeada por esas alegorías tan rancias. De antiguo ignoro qué relación puede existir entre el superávit de iluminación y la invitación a la compra compulsiva, pero haberla, hayla: cómo explicar de lo contrario este derroche de watios que se dispara por Occidente entero en vísperas de Nochebuena. Con más o menos luz, para mí San Antón seguirá siendo lo que ha sido desde que la frecuentaba cuando aquí se levantaban el cine Sahor y la tienda de Santos Zapata: la calle central de mis compras navideñas.

Yo resisto. Ignoraré en la posible la tentación de disfrutar de la calefacción en los malls de la periferia y mantendré la costumbre de visitar a los tenderos de confianza, aunque sea a costa de seguir contemplando ese espanto de la vecina Gran Vía, tan horrenda desde su reforma, víctima de tantos atropellos urbanísticos habidos y por haber: ojo al mamotreto que ya se anuncia y que llaman ludoteca”.

P. D. Como decía al principio, San Agustín es un acabado ejemplo de cómo recuperar como espacio público una calle que hace no tanto apenas frecuentaban los más castizos y/o el alumnado del extinto COU Valvanera. Las aperturas se suceden, los bares de siempre aceptan la cirugía (salvo El Soldado de Tudelilla, que nunca debería permitir que entrara allí el bisturí) y, en conjunto, ofrece una imagen renovada de la ciudad… que mejoraría bastante si en la presente glaciación acaban las obras del Museo y alguna vez pasa algo con Correos. De momento, ya han retirado los andamios. Algo es algo: eso que ganamos los paseantes.

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La caña de España
Jorge Alacid 19-02-2013 | 6:55 | 5

La espuma de los días, según imagen de Justo Rodríguez
La caña de España, la bebida rubia (a ratos morena, gentileza de Mr. Guiness), el grifo del que mana esa pócima tan rica para sobrellevar los calores de la canícula, apta también para otras estaciones del año. La bebida que antes de la globalización se desdoblaba como si fuera el mapa de la España autonómica: en Cataluña se llamaba Damm, en San Sebastián Keler, en Galicia Estrella, en Andalucía Cruzcampo (aunque Córdoba tenía su Águila), en Madrid siempre Mahou… Hoy uno encuentra casi todas estas marcas en el súper de la esquina o en los bares de confianza, que en este asunto (como se verá) no son tantos. Con todos ustedes, nuestra amiga la cerveza, amable competidora de otro amigo, el vino (de Rioja), cuyas vidas sin embargo juzgo compatibles: yo, por ejemplo, observo que es común mi manía a empezar la ronda con una caña y seguir luego de vinos.

Así que se puede querer a ambos a la vez y no estar loco. Aunque si fuera posible que tanto la una como el otro se nos sirvieran con algo más de esmero, eso que saldríamos ganando. Frente a la opinión habitual, me parece que el vino recibe mejor trato en Logroño, sobre todo de un tiempo a esta parte, que la cerveza. ¿Recuerda alguien un bar donde se tire la caña (hermosa expresión piscícola) con garantías? Sí, a mi también me parece que no hay muchos. Una pena, porque sin ponernos demasiado estupendos, debemos reconocer que sólo entonces adquiere este bebedizo todo su sabor y despliega toda su potencia. ¿Para tomarla en condiciones habrá que resignarse a aprovechar cada visita a Madrid? Sería una lástima, aunque tengo observado que no hace falta irse tan lejos: en mis excursiones a Soria observo una feliz cultura cervecera cristalizar en la habilidad con que sirven la caña en cada bar, la maña con que manejan los grifos, el respeto que de ahí se deriva hacia el cliente.

Entrada al bar El Dorado de Logroño (Justo Rodrìguez)

Un reciente descubrimiento me permite sospechar que no está lejano el día en que la mayoría de los camareros logroñeses se dote de la misma habilidad. Ya sé que hay unos cuantos garitos donde se honra a la caña y tengo entre ellos debilidad por El Dorado de Portales, aunque sólo fuera (también) porque sus dueños me parecen de lo más simpático y he disfrutado mucho de sus ocurrencias cuando los tenía de vecinos en la grada del Palacio viendo al Naturhouse. Es un bar que lo tiene todo: una clientela amigable, un emplazamiento castizo (donde el añorado Félix Guallar defendía sus fotos), criterio para elegir la música y esa hermosa imagen en la puerta de uno de mis mitos cinéfilos, el gran John Wayne, que nos invita a entrar (como atestigua la foto de Justo Rodríguez).

Cervezas reposando en el grifo de El Andén

Pero El Dorado es una barra veterana, cuyos hallazgos son bien conocidos entre los parroquianos locales: lo novedoso, al menos para mí, es la buena nueva de la flamante aparición de El Andén, bar situado en Vara de Rey donde antaño lucía una degustación de café. Un sitio estupendo. Decorado con gusto, servicio profesional, música ambiente al volumen adecuado que no se entromete en las conversaciones… y una especial dedicación cervecera. La caña se tira sin alardes exagerados, pero según los cánones. El vaso es del tamaño adecuado, la cerveza se deja reposar lo suficiente (y ahí está la foto como prueba) y su Mahou es una garantía (al menos para quien esto escribe). Así que otra caña es posible, aunque veo que en este ámbito se prodiga últimamente mucho el mismo nivel de pedantería que ya cité en otra entrada del blog dedicada a la ginebra y la tónica: parece que las cervezas de toda la vida ceden en prestigio frente a otras que nadie conocemos de verdad, que seguramente pronunciamos mal y que luego saben parecido (o incluso peor) que las cañas de confianza. Lo dicho: pecadillos de nuevos ricos.

Que San Miguel nos perdone.

P.D. Mateo, Bernabé y Santiago son, como es conocido entre los aficionados cerveceros de la ciudad, las tres marcas de un proyecto de reivindicación de la cerveza autóctona ideado por unos jóvenes emprendedores riojanos. Enhorabuena por su valentía. Yo me he aficionado a catarlas, con resultados desiguales: me gusta mucho la nueva, Santiago, una tostada que te transporta a tu pub favorito de Londres, y también me parece muy lograda la llamada Mateo, cerveza de trigo bastante rica. Con Bernabé tengo más dudas. Se ofrecen en una presentación muy lograda, aunque (por poner alguna pega) detecto un exceso de ‘decoración’ en la botella que le aporta poco y, sin embargo, escasez de información para el consumidor.

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Cenicero en sus bares
Jorge Alacid 15-02-2013 | 6:39 | 1

Julio Ezquerro, en la barra del bar El Puerto de Cenicero, retratado por Justo Rodríguez

Como había advertido cuando inicié este blog, alguna vez teníamos que irnos de excursión. Ya habíamos hecho algún viajecito a las afueras de Logroño, pero lo que propongo hoy es un desplazamiento en toda regla: nos vamos a Cenicero. El destino elegido es pertinente: quitando la capital de La Rioja, se trata del segundo municipio de la región cuyos bares más he frecuentado. Empezando por uno ya clausurado, aunque mantiene la hermosa rotulación que le distinguía: el Gallo de Oro.

Traspasé sus puertas hace un millón de años, convocado en su seno por una noticia aparecida en Diario LA RIOJA. La firmaba Eduardo Gómez, quien desvelaba a sus lectores que allí radicaba el bar más barato de La Rioja. No mentía: esa misma tarde comprobamos que, en efecto, una copa de anís y una rosquilla costaban lo que prometía Eduardo: 7 pesetas de los primeros años 80. Repito: 7 pesetas. Para los finolis, 0,04 euros. Así que a una hora inusual, la hora típica de la ronda de vinos, esa noche la cogimos de anís. Con gran éxito. Desde entonces, aquel bar, ocupado por una venerable clientela que ignoraba a santo de qué venía nuestra sorprendente visita, tiene un lugar en mi corazón. Y siempre que me doy una vuelta por allí y lo veo resistiendo aunque cerrado, en el recoleto espacio que le aloja, atrincherado tras los soportales, pienso lo mismo que cuando tropiezo con el Pachuca logroñés: qué pena que siga cerrado.

Desde aquella primera expedición, el Gallo de Oro no es el único bar de Cenicero que me fue conquistando. La ruta habitual podía continuar en el Marqués, Meri, City Sky, Juanan… La mayor parte, muy ricos en decibelios y entregados por lo general a la causa jevi, una iconografía que se rompía por completo a la altura del Joymi, decorado como si el tiempo se hubiera detenido en años 70 y atendido por unas encantadoras damas. Porque ahí radica el imbatible atractivo de los bares de Cenicero, que son como sus gentes: difícil encontrar otras más simpáticas ni con más salero. De modo que el buen humor y la hospitalidad estaban aseguradas en cada una de nuestras incursiones, que solían incluir el Baja Baja (subterráneo, como su nombre indica), alguna vez amagaron con ingresar en el Casino y finalmente desembocaban en el Verde Manzana, local que también disponía de un espacio bajo el nivel de la calle para el momento bailable.

Dejo sin embargo para el final lo mejor. Porque lo mejor para mí en cada expedición por los bares de Cenicero ocurría cuando la ronda paraba en El Puerto, cuyo encanto residía en… La verdad es que no lo sé, pero lo tenía. Un encanto mayúsculo. Para empezar, por su inigualable terraza, encajonada bajo el porche que recibía al visitante a mano derecha y le guiaba luego a la barra situada enfrente, una hermosa barra, decorada con motivos taurinos, desde donde se expedía a los veladores las vituallas a través de un gracioso ventanuco.

Con estas líneas intento compartir mi emoción por aquel local desaparecido pero no sé si lo consigo. Como ya tengo escrito, esto de los bares es una experiencia difícilmente compartible: para que uno se encuentre en un bar mejor que en casa se necesita algo etéreo, mágico, inefable. Complicado de explicar, casi imposible. Ese bar ideal tiene que reunir cierta inaprensible suma de talentos: camareros dotados por el don de la profesionalidad, unos parroquianos con quien uno siente que puede confraternizar aunque los acabe de conocer, una atmósfera propia… Bares con identidad. Con una personalidad innegociable: uno entra en ellos y sabe de pronto que ÉSE es su sitio.

Todas estas virtudes adornaban a El Puerto, otro más en la larga nómina de bares difuntos por quienes derramo una imaginaria lágrima de vez en cuando. Sus dueños, al menos, lo conservan tal cual lo recuerdo: Justo Rodríguez lo retrató como vemos en una reciente visita a Cenicero gracias a la amabilidad de su propietario, Julio Ezquerro, Santa Daría le bendiga. Observo la foto: tengo la sensación de que mientras se disparaba la cámara, se disparaba también una oleada de nostalgia. El Puerto, El Gallo de Oro, Cenicero: qué días los de aquellas noches.

P.D. Uno de los alicientes añadidos a cualquier ronda por Cenicero tenía que ver con la singular oferta de alcoholes que acredita: sus famosos vinos, quién lo duda, pero también su más desconocida bebida autóctona, el tirolés. ¿Qué es el tirolés? Bueno, el que lo haya probado ya lo sabe: un peligro. Y hecha esta advertencia, quienes quieran saborear tan sugerente pócima que en exageradas dosis depara inolvidables resacas (de las que exigen una bolsa de agua en la cabeza), deberán saber lo que sabe cualquier cenicerense: que el tirolés es un vermú. Nada más, pero nada menos. En algún bar recuerdo haberlo visto servir mezclado con moscatel: ése sí que era un cóctel batido y agitado. Muy agitado.

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Convención de ginebra
Jorge Alacid 12-02-2013 | 9:36 | 2

La mítica ginebra Fockink, con su botella formato petaca
Ginebra, amante reina del rey Arturo, cuyos amoríos con Lancelot tanta literatura generaron. Ginebra, bonita población suiza que se asoma al lago Leman. Ginebra, en fin: aguardiente de origen inglés que hunde sus raíces en Holanda, se despliega por todo el mundo con las tropas británicas cuando sobre su Imperio no se ponía el sol y brota hoy ante nosotros formando imbatible pareja con otro bebedizo también muy rico en propiedades de toda laya, la tónica. Ante ustedes, el combinado de moda: el gin-tonic.

Sí, yo también he sucumbido. Probé antes suerte con otros tragos (vodka con lima, años 80; martini con soda, años 90) mezclados (y a veces batidos y muy agitados: mis noches de bourbon), antes de frecuentar los famosos destilados nacidos en las tierras altas de Escocia (lo que el vulgo llama güisqui, de apellido malta) para acabar cayendo en las redes de esta pócima que tanto ayuda a sobrellevar las comilonas, pues garantiza digestiones placenteras y de paso te refresca el gaznate. Antaño una copa casi residual, la actual resurrección ginebrina lo invade todo y dispara la estupidez humana en proporción directa a la factura que nos endosan.

Porque, en efecto, cuanto más raro el licor y más pija la botella, más estupendos nos ponemos y en consecuencia recibimos nuestro justo castigo: salimos del garito con el bolsillo aligerado, aunque a cambio podemos darnos más importancia que el caballo de un rejoneador. Quién lo hubiera dicho en los tiempos en que un vaso de ginebra se administraba casi como medicamento. A los niños que sufrían de dolor de muelas, puesto que la boca entera quedaba anestesiada. A las púberes que conocían los primeros efectos de la menstruación, con la pretensión de aliviar las molestias. Ignoro si con éxito.

Digo ginebra en singular y digo bien. En la España tenebrosa de los 40 años sólo había una ginebra: salvedad hecha de alguna marca menor, todo lo dominaba la afamada Fockink. Con ella atravesamos un desierto que a veces tenía forma de gin-kas, otro trago famoso, hasta desembocar en la actual exagerada panoplia de ginebras que exigen un anchísimo espacio en los anaqueles de todo bar que disponga de una clientela pelín pedante, dispuesta a perorar durante un rato si es mejor con enebro o con pepino (me refiero al gin-tonic) y unos camareros con un máster en química y conocimientos de gimnasia deportiva, puesto que su elaboración exige la cabeza de Severo Ochoa para calcular las dosis de líquidos, sólidos (frutas variadas) y gaseosos (ese nitrógeno) y la muñeca de Nadal para administrar los hielos.

En fin: que como en tantos hábitos nos hemos dejado dominar por la tontería. Finalmente, el gin-tonic es sólo eso, ginebra con tónica. Coja usted la mentada y venerable Fockink y únala con la Schwepps de toda la vida (salvo si encuentra la desaparecida Finley), añada una rodaja de limón y tendrá la copa que buscaba. Y probablemente, más barata: así me ocurrió en un bar ahora en trance de ser traspasado, el veterano Ginfizz de la calle Vitoria que tan buenos ratos me procuró cuando se llamaba Amalis. Su todavía propietario nos aleccionó una noche con las maravillas de la bodega que custodiaba, muy pródiga en ginebras: más de 80 referencias. Y entre ellas, en efecto, la añorada Fockink, con su botella en formato clásico de petaca, un diseño de otros tiempos. De cuando echar un trago no era tan complicado. No como ahora. Porque de eso habla el cómico Leo Harlem en este video que os dejo aquí: “Empezaron a ponerme la copa el viernes a las once de la noche y eran las dos de la mañana del sábado y todavía estaba el tío currando”. Atentos al minuto siete.

P.D. Yo confieso: también formo parte de la legión de clientes que se ponen estupendos cuando piden un gin-tonic. Y, sí: también creo que preparo los mejores del mundo. Por si alguien está interesado, esta es la receta que me regaló un amigo para agasajar a las visitas. En una copa de balón o de sidra (yo prefiero esta última), echamos cinco cubos de hielo bien macizos. Movemos la copa unos segundos y a continuación vertemos el mejor gin del mercado (ahora soy fan de Martin Miller´s, pero insisto: vale Fockink), con una dosis que calculo así: contando mil uno, mil dos, mil tres. Previamente, hemos pasado la parte interior de la corteza de un limón varias veces por el borde de la copa, interior incluido. Echamos la tónica procurando que no se vaya el gas, añadimos un par de enebros aplastados (los venden a granel en La Casa del Pimentón) y como se dice en Navidad: a pasar buena noche.

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