La Rioja

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Si no me ves sonreír
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Jorge Alacid | 01-02-2013 | 18:03

Placa de acceso a la calle San Juan de Logroño

En marzo del año 2007 publiqué en Diario LA RIOJA un artículo sobre la calle San Juan, centrado no sólo en su oferta hostelera (que también), sino en su condición de arteria revitalizadora del corazón de Logroño. Aunque el paso del tiempo deje algún detalle desfasado (cerró el Mere y cerró también la singular tienda de ultramarinos, por ejemplo), releyendo estas líneas me parece que tiene bastante sentido traerlas aquí, como homenaje a tan simpático rincón de la ciudad, a su rica oferta de bares y su legendaria población de camareros y clientes. Ahí va.

“Me inicié en la calle San Juan el día en que empecé a acompañar a su casa a mi amigo Dani cuando salíamos de clase. Para mí, aquella calle se limitaba hasta entonces a unos escasos metros, que además nisiquiera estaban situados en ella, sino en la adyacente travesía: el espacio que ocupaba (y ocupa) el bar Mere, con sus legendarios bocadillos de tortilla que alguna vez fueron mi cena y que hoy sigue despachando milagrosamente desde una cocina minúscula.

Porque la San Juan, como su hermana la calle Laurel, es una y trina: las venas que surcan la arteria principal (calle del Carmen, travesía de Ollerías) tejen con ella una tupida red de bares, donde también florecen otros negocios, dominados todos por un instinto de camaradería insólito en otros rincones de Logroño. La fraternidad que forman los viejos bares y las nuevas librerías, las flamantes casas de comidas y los negocios de siempre ha desembocado en una especie de puré común, una sopa sabrosa donde cualquiera puede meter la cuchara y contagiarse del espíritu castizo de esta calle tan plural.

Así que, en efecto, otro Casco Antiguo es posible. Uno cruza por la mañana y ve concentrarse la vida en las tiendas que resisten el vendaval de la globalización. Si no encuentra usted cordones para las zapatillas del crío, no se preocupe: vaya a la calle San Juan. De paso, le pueden hacer un par de agujeros en el cinturón si se acaba de poner a dieta (con éxito). Y cuando quiera conocer la tienda de ultramarinos pionera en el transporte a domicilio, que no cunda el pánico: también la puede hallar aquí. No, ya no tropezará con superlimpieza Mola, un clásico de otro tiempo, ni podrá entregar a Teo un carrete para que lo revele. A cambio, le garantizo dos cosas: que se cruzará con Carlos Muntión a cualquier hora y con Eduardo Gómez a la del aperitivo.

Porque a diferencia del resto del Logroño histórico, aquí la rueda no deja de girar. Unos comercios sustituyen a otros y los bares reemplazan con nuevos feligreses a sus parroquianos más veteranos, con una peculiaridad añadida: la mayoría ejerce su derecho de veto sobre la Laurel. Hay también quien se consagra a la doble militancia y no reniega de un trago o un bocado en una u otra calle. Y yo, que no olvido la gentileza con que la gente del bar Ignacio ofrecía aquellas generosas raciones de tortilla a las que fui tan adicto, soy sin embargo carne de Laurel y, como Neruda, confieso que he bebido, pero poco, en esta otra calle cuya militancia exhibe una buena salud envidiable: son esos compañeros de generación que pasean por aquí los viernes con los críos y han hecho de su ronda por la San Juan una manera de vivir. Lo siento si a veces no me ven sonreír: para mí esta calle siempre quedará demasiado cerca de Ollerías“.

P.D. La referencia a Ollerías, como es obvio, tiene que ver con el salvaje atentado que ETA perpetró en 1980 en esa calle y dejó tres muertos. Nada menos. Para mí sigue siendo imposible olvidar aquella noche aciaga cada vez que paso por allí, aunque la calle también representa una esquina sin explorar todavía en este blog: hace un par de glaciaciones, albergó en su seno unos cuantos estupendos bares que merecerán que algún día me olvide de ETA y les dedique una entrada.