La Rioja

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Continental, bar de cuatro hojas
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Jorge Alacid | 08-02-2013 | 11:37

Foto del bar Continental publicada en Diario LA RIOJA en el 2007, obra de J.M. Zorzano

Hoy traigo aquí un bar resucitado. Es una entrada antigua, datada en abril del 2007, cuando publiqué un artículo en Diario LA RIOJA dedicado a uno de los bares de Logroño que más frecuenté en mi lejana mocedad, el célebre Continental, acaso una de las barras más hermosas de la ciudad, curvada e interminable. Es un bar que llevo pegado al corazón; se situaba en el vientre de la Concha del Espolón y en su primera encarnación se llamó Trébol. Tal vez  alguien más comparta esta evocación. Ahí va.

“Los bolos son ese entretenimiento con que te distraías de crío a la orilla de la playa, el juego que llevaba bajo el sobaco Pedro Picapiedra camino del duelo semanal que mantenía con su colega (¿podía llamarse Rocabruno?) en la tele que emitía en blanco y negro desde Flinstone. Los mismos bolos que regresan a Logroño en formato yanqui ya fueron el argumento central de la historia escrita décadas atrás en esas boleras donde apenas penetraba la luz del sol, cuya clientela atemorizaba a la chavalería atraída por el lado oscuro de la ciudad. Su catedral se llamó Trébol y se cobijó en el corazón logroñés: en las mismísimas entrañas de El Espolón.

El Trébol forma parte de la larga lista de bares adictos a la resurrección que en la ciudad han sido. Con distintos formatos, desde su versión inicial como bolera, sobrevivió hasta la década de los 90 del  anterior siglo en busca de su identidad final: un espléndido bar de copas llamado Continental, evocador nombre con que sus dueños ya habían bautizado otro negocio, una hermosa librería en la calle de El Cristo, también desaparecida. En la Conti, (así, en femenino) la bolera desapareció.

Aquel espacio se transformó en ocasional sala de conciertos, un aliciente que añadía atractivo al local, penúltima etapa en la búsqueda de identidad de toda una generación que antes deambuló por Tívoli, Merlín y Tifus, aquel tridente trágico. (Final de trayecto en el Cacodilato). En lugar de los bolos, en el Continental se instaló una de las primeras mesas de billar americano conocida por Logroño, que ejerció como reclamo de aquella infinidad de tipos acodados en su barra al paso de paloma, viendo a las tías juguetear con el taco, manoseando el palo en decúbito prono mientras intentaban una carambola a menudo fallida. Hoy, los amables funcionarios de la Oficina de Turismo se sonríen si les preguntas qué queda de la Conti en el subsuelo de El Espolón. Nada recuerda allí aquel bar donde los clientes saltaban de vez en cuando tras la barra para ejercer de pinchadiscos o camareros, una familiaridad que tal vez fue la causa de su acelerado cierre, apenas aplazado por el éxito veraniego de su terraza a la sombra de los extintos cedros.

Acaso murió de éxito, sin superar la maldición heredada del Trébol, angosto garito con dos escaleras de acceso luego periclitadas, que permitían a sus asiduos bajar a las catacumbas como los protagonistas de aquel libro de Julio Verne: también ellos viajaron al centro, pero no de la Tierra, sino de Logroño, según proclamaba el viejo lema de la Conti. Y como los héroes del novelista de Nantes, regresaron con la inocencia perdida y algunos tragos de más. Con las patas de gallo que han florecido y la nostalgia que no cesa por los bares, los mejores bares, que nunca más volverán”.

P.D.
Prueba de la adición de la Conti por las resurrecciones, un bar con el mismo nombre abrió sus puertas no hace tanto en Calvo Sotelo. Ignoro si bautizándolo así su dueño invocaba la magia que acreditaba el original, pero desde luego merece la mejor de las suertes: hay que ser muy valiente para defender hoy un negocio en ese tramo tan maltratado de la zona peatonal.