Continental, bar de cuatro hojas

Foto del bar Continental publicada en Diario LA RIOJA en el 2007, obra de J.M. Zorzano

Hoy traigo aquí un bar resucitado. Es una entrada antigua, datada en abril del 2007, cuando publiqué un artículo en Diario LA RIOJA dedicado a uno de los bares de Logroño que más frecuenté en mi lejana mocedad, el célebre Continental, acaso una de las barras más hermosas de la ciudad, curvada e interminable. Es un bar que llevo pegado al corazón; se situaba en el vientre de la Concha del Espolón y en su primera encarnación se llamó Trébol. Tal vez  alguien más comparta esta evocación. Ahí va.

“Los bolos son ese entretenimiento con que te distraías de crío a la orilla de la playa, el juego que llevaba bajo el sobaco Pedro Picapiedra camino del duelo semanal que mantenía con su colega (¿podía llamarse Rocabruno?) en la tele que emitía en blanco y negro desde Flinstone. Los mismos bolos que regresan a Logroño en formato yanqui ya fueron el argumento central de la historia escrita décadas atrás en esas boleras donde apenas penetraba la luz del sol, cuya clientela atemorizaba a la chavalería atraída por el lado oscuro de la ciudad. Su catedral se llamó Trébol y se cobijó en el corazón logroñés: en las mismísimas entrañas de El Espolón.

El Trébol forma parte de la larga lista de bares adictos a la resurrección que en la ciudad han sido. Con distintos formatos, desde su versión inicial como bolera, sobrevivió hasta la década de los 90 del  anterior siglo en busca de su identidad final: un espléndido bar de copas llamado Continental, evocador nombre con que sus dueños ya habían bautizado otro negocio, una hermosa librería en la calle de El Cristo, también desaparecida. En la Conti, (así, en femenino) la bolera desapareció.

Aquel espacio se transformó en ocasional sala de conciertos, un aliciente que añadía atractivo al local, penúltima etapa en la búsqueda de identidad de toda una generación que antes deambuló por Tívoli, Merlín y Tifus, aquel tridente trágico. (Final de trayecto en el Cacodilato). En lugar de los bolos, en el Continental se instaló una de las primeras mesas de billar americano conocida por Logroño, que ejerció como reclamo de aquella infinidad de tipos acodados en su barra al paso de paloma, viendo a las tías juguetear con el taco, manoseando el palo en decúbito prono mientras intentaban una carambola a menudo fallida. Hoy, los amables funcionarios de la Oficina de Turismo se sonríen si les preguntas qué queda de la Conti en el subsuelo de El Espolón. Nada recuerda allí aquel bar donde los clientes saltaban de vez en cuando tras la barra para ejercer de pinchadiscos o camareros, una familiaridad que tal vez fue la causa de su acelerado cierre, apenas aplazado por el éxito veraniego de su terraza a la sombra de los extintos cedros.

Acaso murió de éxito, sin superar la maldición heredada del Trébol, angosto garito con dos escaleras de acceso luego periclitadas, que permitían a sus asiduos bajar a las catacumbas como los protagonistas de aquel libro de Julio Verne: también ellos viajaron al centro, pero no de la Tierra, sino de Logroño, según proclamaba el viejo lema de la Conti. Y como los héroes del novelista de Nantes, regresaron con la inocencia perdida y algunos tragos de más. Con las patas de gallo que han florecido y la nostalgia que no cesa por los bares, los mejores bares, que nunca más volverán”.

P.D.
Prueba de la adición de la Conti por las resurrecciones, un bar con el mismo nombre abrió sus puertas no hace tanto en Calvo Sotelo. Ignoro si bautizándolo así su dueño invocaba la magia que acreditaba el original, pero desde luego merece la mejor de las suertes: hay que ser muy valiente para defender hoy un negocio en ese tramo tan maltratado de la zona peatonal.

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  • salva

    Uno de mis bares favoritos allá por los noventa y útimos años de los ochenta. La clientela era de lo más variopinta, empezando por nosotros, unos distraídos heavys que atraídos por la sugerente francesita que había tras la barra nos dejábamos caer por allí, día si día también. Jóvenes militares de cuando aún se hacía la mili, jugando al billar, algún modernillo con infulas de progre y progres de verdad y por supuesto, gente de apariencia más cabal, conformaban la parroquia del Continental.
    Recuerdo también una conversación , cuando teniamos dieciocho o veinte años, preciasamente en esa terraza veraniega presagio de su inminente cierre, haciendo cábalas de cómo seria nuestra vida en el 2000, cuando tuviéramos treinta y tres, algo que veíamos muy lejano. Imaginando nuestra vida con hijos, si seguiríamos escuchando la misma música y si nuestras melenas permanecerían perennes, aunque viendo alguna fotillo reciente me parece que hay quien pertenece a la categoría de árboles de hoja caduca.
    Buenos recuerdos. Mi mujer y yo siempre que paseamos por allí decimos lo mismo. “Te acuerdas lo bien que lo pasábamos en el Continental”

  • pacoperez

    Mis recuerdos del Continental son los de entrar en un sitio diferente a todo lo demás que había en Logroño, un punto de post-modernidad de la época, casi clandestino con su acceso subterráneo, con esa barra que parece sacada de una obra de Edward Hopper…..

  • Jorge Alacid

    Hola, Salva y Paco, gracias por vuestra fidelidad. Para mí, como pongo más arriba, el Continental estará entre los cinco bares de Logroño donde más ratos he pasado. Tenía un encanto muy especial: los camareros/as, la música y, creo yo, el hecho de que fuera subterráneo. Tener que bajar las escaleras le daba un toque exótico, como algo prohibido. Y compruebo que fue especial para mucha gente, que lo recuerda con gran cariño. Fue una lástima que cerrara como es una lástima cómo está la Concha del Espolón: yo añoro la de antes, con su estanco, la tienda de pastillas de café con leche, Rosablanca…

  • Pretextato

    La escalera de la izquierda daba acceso a una tienda de discos llamada Discoclub, regentada por Felix. (Posteriormente se trasladó a Castroviejo y hace pocos años cerró por la crisis del disco) (Era un buen cliente tanto de la una como de la otra)
    La Escalera de la derecha es la que daba acceso al Trebol. Bar inicial de ese local.
    Hablando de Bolera. Había una en la calle Calvo Sotelo, enfrente de la puerta pequeña de Maristas y que solo abría en verano, ya que era al aire libre. Tambien era Sala de Baile, El Bolo Ping Club.

  • Jorge Alacid

    Cierto, Pretextato, con un matiz: era Bolo Pin (sin g) Club, un hermoso recinto lleno de encanto. Y, en efecto, Disco Club empezó en un rincón del Trébol: el suegro llevaba la bolera y el yerno se puso a vender discos, según recuerdo de un reportaje que publicamos en Diario LA RIOJA cuando cerró la tienda de Doctores Castroviejo. Aquí os lo dejó, lo firmó el compañero Víctor Soto en marzo del 2007.

    La última sinfonía de Discoclub

    El cierre de la tienda más veterana de música deja a Logroño sin un referente que nació en 1966

    V. SOTO

    LOGROÑO

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    Félix Gracia bromea sobre sus inicios en el mundo musical. «Empecé a trabajar de administrativo en Talleres Laínez para sustituir a Aniano Alcalde, del dúo “Los hermanos Alcalde” y letrista del “Vivo cantando”. Y algo se me tuvo que pegar de la silla», explica entre risas.
    Pero tuvieron que pasar algunos años hasta que, recién licenciado de la “mili”, Félix vislumbrase la idea que, tras 40 años de lucha, está próxima a cerrar: vender música. «Mi suegro regentaba la cafetería Trébol en el quiosco de El Espolón», recuerda. «Había bailes y le comenté la posibilidad de sustituir a la orquesta por música de discos. En un anexo montamos una sala con mesitas donde venían parejitas o grupos de jóvenes y se tomaban una consumición. Teníamos una especie de cabina amplia con platos, taburetes y cascos. Se acercaban, te pedían un disco y se lo pinchabas», prosigue. «Ahí se me ocurrió la idea de vender algún disco», añade.
    Desde aquel “Discoclub Trébol” hasta el Discoclub que está a punto de echar la verja definitivamente, queda la historia musical de una ciudad que comenzó a abrirse al ritmo de pop y ha acabado sucumbiendo ante las descargas de Internet y el “top manta”. «Hemos intentado poner nuestro granito de arena para mejorar la cultura musical de Logroño y creo que se puede decir que ha funcionado», explica Gracia.
    «Cuando empezamos, era una aventura escuchar y vender discos, aunque había tiendas como Erviti, Radio Luz, Radio Prieto o Electricidad Guerra que los vendían junto a electrodomésticos y tocadiscos», añade. Sin embargo, Félix Gracia se arriesgó con el negocio. Empezó a vender junto al Trébol y, en 1968, se mudó a un local de 30 metros cuadrados en Doctores Castroviejo. Allí, montó una distribuidora para el norte de España porque «casi no existía, incluso en el País Vasco los discos se vendían en ferreterías».
    Pero los discos encontraron a su público. Gracias a Fermina, mujer de Félix, «y la que ha llevado el trato con la gente», los discos pasaron a ser un producto de consumo. Y los grupos comenzaron a surgir: «The Blackrockers, Los Yankos, Los Siderales… Había mucha calidad y trabajo», indica Félix Gracia. Sin embargo, la venta comenzó a decaer a finales de los 90. «He visto crecer a niños de pantalón corto que luego han venido con sus hijos y sus nietos. Ahora, los nietos sólo vienen en Navidad. No se vende», prosigue.
    Pese a los cambios, no se arrepiente de nada. «Me da pena que mis hijas, Ivana y Sonia, no puedan seguir. Pero me gustaría tener 23 años para volver a empezar. Me quedo con las ganas de haber hecho todo el proceso de buscar grupos, grabar, distribuir, pero no me quejo», concluye.

  • morolian

    Hola Jorge, acabo de leerme de un tirón todas las entradas de tu blog. Me ha encantado. De algunos bares ni me acordaba!! Qué curioso lo del Conti, no hace mucho le explicaba a mi hija como era este bar donde metiamos tantas horas y comentábamos que es increíble que, estando donde está y con lo bonito que era, no haya perdurado un poquito más. En fin, bares, qué lugares… Enhorabuena por el blog y saludos desde Sydney ;-)

  • Jorge Alacid

    Hola, Morolian, qué ilusión tener un seguido tan lejos. Y qué envidia pensar en la soleada Sidney hoy que estamos aquí en medio del temporal. En fin, que te agradezco tus palabras. Procuraré esmerarme en próximas entradas. Un abrazo desde tu tierra

La Rioja

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