La Rioja
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Fecha: marzo, 2013
Cómo conocí a vuestros jefes (Bares televisados II)
Jorge Alacid 29-03-2013 | 3:34 | 3

Amigos en Central Perk

Como avisaba en una entrada anterior, la evolución de las series televisivas consagra un esquema de guión que, en el caso de las comedias de situación, puede formularse así: una historia general más dos secundarias es igual a un decorado principal y dos secundarios. Es entonces cuando aparece por regla general nuestro amigo el bar. Que ocupa un espacio episódico en series como ‘Dos hombres y medio’ (y ahí tenemos a Charlie Sheen haciendo de sí mismo mientras pide otra copa en el bar de guardia, que en algún lado leí que se llamaba Harpers), pero que ejerce a veces un papel protagonista: qué seria de los amigos de ‘Fiends’ sin su Central Perk, falso café regentado por el gran Gunter, con su sofá y sus mastodónticas tazas y sus gigantescos platos…

Amigos en McLaren´s

Imposible imaginar a sus hermanos pequeños (Barney y el resto del elenco de ‘Cómo conocí a vuestra madre’) lejos de McLaren´s, bar imaginario (aunque por internet encuentras a quien asegura que es real… y también que Elvis vive) empotrados siempre en la misma mesa y sometidos a una dieta que definitivamente ha dejado atrás las infusiones y la cafeína de Ross, Phoebe y resto de la alegre pandilla en favor de tragos más maduros, más acordes con la nueva era. Ahí tenemos la primera (gran) diferencia: el punto bobalicón de los clientes de Central Perk frente a la obsesión por el alcohol y el sexo de la cofradía de McLaren´s. Es decir, del humor naif y un punto ñoño a la comedia gamberra: eso es lo que denominan un salto generacional.

Amigos, el Bada Bing

Los dos bares quedan emparentados en nuestro imaginario televisivo por una razón de peso: tienen muy buena pinta. No son Cheers, pero a uno no le hubiera importado tomarse un capuccino con Jennifer Aniston o una copa con cualquiera de las amiguitas de Barney. Ambas son barras a la neoyorquina, sin ese punto canalla que sin embargo el cine ha sabido capturar mejor: desventajas de tener que inventarse una historia para todos los públicos. Problema del que carece el rey de los bares televisados, situado al otro lado del río Hudson: esto es, la diferencia entre la glamurosa Manhattan y la sórdida Nueva Jersey. La diferencia llamada Bada Bing, estupendo tugurio multitarea propiedad de Silvio Dante, lugarteniente de Tony Soprano.

En el Bada Bing, clave de arco del conjunto de la serie, se puede tomar una copa de alta graduación etílica, por supuesto, pero sirve para más cosas: ver cómo se contorsionan las remesas de siliconadas bailarinas en top less que forman parte de los atractivos del local. Sirve para los almuerzos de la tropa del gang mafioso, instalados sus miembros eternamente en esa rebotica que también se puede emplear como escenario de un crimen o de varios. Sirve para el trapicheo de droga a cargo de los amigos de Bin Laden. Sirve para tertulias inacabables sobre esto o aquello, bien regadas de pastrami. Sirve como centro de negocios, puesto que en su seno se diseñan operaciones de cierta envergadura delictiva como bien sabe el FBI, cuyos agentes acostumbran a visitar el garito para sortear (o no) la tentación del soborno. Además, pone buena música: Jefferson Airplane, Elvis Costello, Otis Redding, los Kinks, los Rolling, Dylan…

No tiene gran mérito: conocemos al pinchadiscos, porque a Silvio lo encarna con singular intuición Steve Van Zant, músico fetiche de Bruce Springsteen. El hostelero perfecto: aguien acostumbrado a hacer la vida mejor a sus jefes. A The Boss, por supuesto; también al cabecilla de los Soprano; y, obviamente, a nosotros: a los que pagamos esta ronda televisada.

P.D Gracias a Gustavo Franco, creador del blog tribunalatina.com, me entero de que ‘bada bing’ es una expresión reconocida por el Diccionario Oxford de Inglés para enfatizar que algo predecible y con esfuerzo ocurrirá. Algo violento. Según relata Franco, los creadores de Los Soprano, se inspiraron para bautizar su garito en una escena de El Padrino: cuando Al Pacino (Michael Corleone) explica a su hermano mayor heredoro del clan, Sonny Corleone (interpretado por James Caan), cómo hacerse con la supremacía de las familias mafiosas, éste lo subestima y le asegura que muy probablemente alguien podría apuntarle en la sien con un arma y hacer “bada bing!”.  Y por cierto que el club existe, aunque no con ese nombre: es en realidad un club nocturno en la Ruta 17 en Lodi (Nueva Jersey) llamado Satin Dolls.

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Tragos y naipes
Jorge Alacid 26-03-2013 | 3:41 | 4

Los jugadores de cartas, según Paul Cezanne

Echa uno la vista hacia atrás y concluye que si ha frecuentado tantos y tantos bares, trasegado tragos de distintas categorías, engullido viandas de todo pelaje, es porque (entre otros factores) sus veladores constituyeron durante largo tiempo una extensión del hogar familiar, hábitat idóneo para uno de los grandes pasatiempos nacionales: las cartas. O sea, jugar a los naipes, a veces también a los dados. Entre partida y partida, apuesta va y apuesta viene, varias generaciones de logroñeses han hecho suyo alguno de los bares de su ciudad, se han apoderado de sus tapetes y desgastado las barajas, mientras el tabernero rellenaba los vasos y el bolsillo del parroquiano se iba aflojando a cambio de convertirse en perito en julepe.

El mundillo de los bares adictos al naipe es en Logroño proclive a las leyendas. No sólo porque cada logroñés lleva dentro un campeón imbatible al mus (por ejemplo, quien esto escribe), sino porque se cuentan tantas historias sobre fortunas perdidas en una mala noche de póker, tantos próceres locales en plan burlanga, que es difícil saber dónde empieza la verdad, dónde acaba la exageración. Lo que puedo asegurar es que las mesas que me tuvieron entre sus clientes no movían grandes botines. Apenas se jugaba uno la consumición y a otra cosa: lo interesante era lo que ocurría mientras tanto. Porque cuando se repartían las cartas, se estrechaban lazos de amistad con el compañero o los rivales y se medía la naturaleza de la condición humana: la mesa de juegos representa un microcosmos muy útil para entender de qué va esto tan raro de vivir. El astuto, el codicioso, el ingenuo, el jeta… Los diferentes estereotipos que hallabas al salir del garito se podían ver allí mismo, entre aquellas cuatro paredes.

En mi caso, las cuatro paredes del José Mari, bar de avenida de Colón que ahora se ha encarnado en otro nombre, aunque su fisonomía es todavía la de siempre: la barra a la derecha según se entra y al fondo, un cubículo conectado con la cocina, un recoleto lugar para darle al mus, al tute o al subastao, las tres disciplinas más habituales en aquel recinto. El José Mari tenía como principal aliciente la discreción, factor clave en este ámbito, porque el jugador de cartas es muy celoso de su intimidad y no quiere que le vean ganando ni (mucho menos) perdiendo. Y a esa discreción ayudaba lo recóndito del rincón donde se jugaba y la discreción propia de quienes regentaban el bar, el propio José Mari y su esposa, a quienes sigo recordando con cariño. Como tantos hosteleros de su generación, allí los podías ver (casi) los 365 días del año, defendiendo su barra con gran sentido de la profesionalidad. Garantizando a sus clientes lo que éstos ansiaban: estar como en casa. O mejor.

Algunos raros días el bar José Mari cerraba (los domingos, creo recordar) y sus fans teníamos que emigrar. No íbamos muy lejos. La alternativa más común obligaba a caminar sólo unos pasos, en dirección al Colón de maese Basilio, que disponía de un espacio bajo el nivel de la calle donde era típico encontrarse con su parroquia conspicua tirando de naipe sin muchas ganas de compartir aquel rectángulo con clientes menos habituales. Y si también el Colón fallaba, como recurso de emergencia se podía buscar amparo en el Neira de Albia de Castro o el Alhambra de Marqués de la Ensenada. No hubo más. Apenas acudí a otras timbas como las que era fama que se organizaban en el Moderno o el Gurugú. Y claro: también fui informado de otras celebradas en rincones opacos, clandestinas manos de póker donde alguna fortuna cambió de propietario y sé de algún prohombre arruinado por culpa de una escalera de color. Pero evito dar detalles. Prefiero hacer bueno el mandato con que los jugadores saludábamos a los mirones que asistían a nuestras partidas: los de fuera, a callar. Y a sacar tabaco.

P.D. No sólo de naipes vivía el jugador que se hacía fuerte en su bar de confianza. Menos habitual, pero también típico, era jugarse la consumición a los dados, moda que se fue desinflando y creo que hoy agoniza. No sé la razón, pero los dados tenían peor reputación. Tal vez, por la costumbre bastante extendida de jugar con ellos al 7-14-21, pasatiempo también periclitado. Era algo así: el que sacaba el pito número 7 pedía una consumición, que pagaba quien sacaba el número 14 y consumìa el afortunado con el número 21. Afortunado, sólo a veces: era común pedir pócimas extrañas, bocados asquerosos… La gracia, la puñetera gracia, consistía en que en algún momento le tocara a la misma persona pedir la consumición, pagarla y tener que tomársela, sobre todo si era alguna guarrada. Así que, bien pensado, no me extraña tanto que los dados sean hoy un juego difunto.

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Un bar con nombre de bollo
Jorge Alacid 21-03-2013 | 8:12 | 0

Café Suizo de Haro, en la plaza de la Paz

El Suizo es ese café con nombre de bollo, un bar que comparte su denominación con la golosina homónima, desplegada por toda España, La Rioja incluida. En efecto, Logroño tuvo su Café Suizo, ya desaparecido, aunque muy presente en la memoria de sus ciudadanos más longevos. Se alzaba en la calle que hoy conocemos como avenida de La Rioja, en pleno Espolón, y ejercía según parece como imán vecinal, una de esas barras que pronto se convierten en referencia, sobre todo porque entonces escaseaban: así sucedía a principios del siglo XX, cuando el Suizo se ofrecía como el faro que iluminara el ocio logroñés, entonces una conquista todavía reciente.

En efecto, a todos los cafés suizos que se diseminaron por el solar patrio se debe la entronización no sólo del café, sino de la tertulia que surgía de modo natural, ese Parlamento oficioso que tanta literatura generó hasta hace no tanto. Lo cuenta el prestigioso historiador Antonio Bonet Correa en su imprescindible volumen ‘Los cafés históricos’, donde señala el año de 1881 como fecha fundacional de estos cafés, cuyo nacimiento sitúa en Bilbao. De ahí se fueron expandiendo por Madrid, Pamplona, Sevilla, Granada… Nada menos que 53 establecimientos de estirpe helvética llegó a alojar el suelo español, tres de ellos en La Rioja que uno sepa: el citado de Logroño, el también desaparecido (ay) de Santo Domingo y el que motiva estas líneas: el Café Suizo de Haro, hermoso ejemplo de esta tipología que tanto encanto procura a las ciudades que aún los acogen y se resisten a derribarlos.

¿De dónde nace su atractivo? La respuesta es sencilla: de que sirven como testimonio de un tiempo que ya cesó. Por lo general se ubican en edificios de arraigado sabor y estilizada arquitectura fin de siglo, en el corazón de las localidades que los albergan. Despliegan una teoría de veladores así en la terraza exterior como en su interior: la primera, paso de paloma obligado para enterarse de por dónde discurre la vida ciudadana; la segunda, escenario de improvisadas tertulias bien regadas, donde un día descolló el vate local, velaron sus primeras armas los aspirantes a escritor o ejerció como virrey el literato de guardia. Si hoy refresco el recuerdo de estos cafés suizos es porque fui adicto al de Santo Domingo y todavía hoy aguardo el milagro de que reabran sus puertas cada vez que enfilo El Espolón calceatense. Y soy igualmente adicto al de Haro, que visito cada vez que asomo por la plaza de la Paz, que hoy imagino rebosante de la curiosidad de indígenas y forasteros por la flamante exposición La Rioja Tierra Abierta.

Así que allá va este consejo: si acude algún improbable lector uno de estos días por Haro para deleitarse con la recién inaugurada muestra y quiere conocer de primera mano un destilado de la escencia local, déjese caer por el Suizo. Tiene los escenarios de la exposición a un paso, a mano también La Herradura y el horno de Terete; la estupenda vista de su arquitectura de los siglos XIX y XX merece también un paseo, que puede concluir en La Florida. Puede elegir igualmente entre las bodegas de todas las épocas para echarles un pormenorizado vistazo. Pero, sobre todo, merece la pena deleitarse con ese aroma de otra época, con la sensación de que visitamos uno de esos bares destinados pronto a ser barridos por la modernidad mal entendida, le confiere un aire especial a la visita. Y de paso uno se reconcilia con el oficio de camarero, que en estas paredes se desarrolla con gentileza y profesionalidad.

P.D. Cita Antonio Bonet en el libro citado cómo el invento del café suizo se debe a dos viajeros que, procedentes del país alpino, arribaron un día de 1881 a Bilbao y mientras esperaban el velero que les llevara hasta América se vieron sorprendidos por la costumbre de que los mocetes que paseaban por el Arenal de la mano de sus niñeras: cada tarde su merienda consistía en pan con chocolate. Así que Matossi y Franconi, que así se apellidaban ambos caballeros, decidieron quedarse en la villa vizcaína, tomaron asiento en el corazón del Bocho y empezaron a sacar de un horno sus bollos de leche recién cocidos. Éxito rotundo: había nacido el bollo suizo, que hoy todavía resiste. Nuestros amigos fundaron pronto una pastelería que concitó el aplauso de los bilbaínos y, con buena lógica, acto seguido abrieron un lugar donde untar el bollo: es decir. un café. Un café, por supuesto, suizo.

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El Ibiza de Jerónimo (Bares dedicados X)
Jorge Alacid 18-03-2013 | 7:24 | 4

Jerónimo Jiménez, cronista que fue de Logroño

Publiqué este artículo en Diario LA RIOJA en 1998. Lo recupero ahora porque llevo todo el día acordándome de Jerónimo Jiménez, con quien compartí alguna confidencia en esta casa y a quien guardo gran aprecio. Hoy hemos conocido que se va a recuperar en la web municipal su libro sobre las calles de Logroño y le he dedicado cinco minutos de cariñosa memoria, los suficientes para recordar que estas líneas sobre el Ibiza que le tenía entre su clientela fija las escribí gracias a su prodigioso amor a la ciudad que le tuvo de cronista oficial. Así que va por usted, maestro.

“En el principio, fue La Granja y también ahora fue la primera en pasar por el quirófano. Manos hábiles reformaron sus dependencias, mantuvieron esa barra curva que confiere al bar la condición de navío e introdujeron, más allá del lavado de cara, novedades tan imprevisibles como las diapositivas que ahora se exhiben desde la tremenda escalera. La pasada semana, también el Ibiza concluyó su cirugía estética. Del trance sale con evidentes alusiones a la isla que le da nombre asomando entre las vidrieras y un reloj descomunal presidiendo la zona de mesas. “Tenemos la lista de precios más antigua de Logroño”, avisan sus propietarios, que lo son desde quince años atrás. “El bar tendrá unos sesenta”, reitera uno de ellos, Lucio, mientras anuncia la habilitación de un espacio para ofrecer comidas al mediodía y anticipa una barra plagada de tentaciones para el paladar. El resto de los cambios afecta más a las entrañas que al exterior. Se ha mejorado el espacio para los camareros, remozado los lavabos y ya augura una terraza más ambiciosa que la original, beneficiaria de la ganancia de acera propiciada por la vecina reforma de El Espolón.

Apenas queda rastro del antiguo bar americano, aunque su emplazamiento permitirá al Ibiza continuar erigido como faro que guía al viajero recién arribado a Logroño. “La popularidad del Ibiza”, confirma Eduardo Gómez, logroñés de pro, perito en bares, “radica en que allí quedaba todo el mundo cuando venía a Logroño. Como estaba en El Espolón y al lado del Gobierno Civil, era el sitio más idóneo”. Aunque en los últimos años, una colección de fotografías antiguas insinuaba cierta dependencia al mundo pelotazale, el Ibiza apenas ha registrado filiación alguna. “Nunca fue como La Granja, que era el bar de los toreros porque se alojaban muchos enfrente, en La Numantina“.

En ambos bares reinó otro riojano hijo del siglo, el gran Pepe Blanco. En el Ibiza se arrancó por primera vez ante el público, en La Granja lo recuerda el cronista haciéndose cargo de la consumición de los parroquianos. No es la única coincidencia. Los dos bares están unidos por sus barras tan sinuosas y por haber compartido un tiempo semejante, el Logroño de principios de siglo que vio nacer a La Granja, la ciudad que atravesó la postguerra en el caso del Ibiza.

Imagen de la cafetería Ibiza, fotografiada por Justo Rodríguez

“El Ibiza nació en 1941”. El dato exacto lo esgrime Jerónimo Jiménez, no sólo cronista logroñés, sino habitual de la cafetería de Muro de la Mata, donde confiesa consumir alguna tarde, parapetado entre sus escritos. La nostalgia le invade cuando recuerda el viejo Espolón, cuyo frente de soportales -entonces, todavía sin ellos- proponía un recorrido por un tipo de establecimiento hoy desaparecido: “café-concierto”. De los recuerdos de Jiménez emergen nombres de resonancias míticas, como el Continental, el Danubio, el Comercio o el Ringo, también el Aéreo-Club, aunque pertenezca este último a otra estirpe ajena a aquellos bares que en la posguerra calentaron el ánimo de los logroñeses con un cóctel de café y pasadobles. “En las cristaleras de cada bar”, precisa, “se anunciaba con pintura blanca la actuación de ese día. Parece que lo estoy viendo: ‘Hoy actúa fulanito, con la orquesta Creación y su cantor Cambero’. Cada café tenía un estrado al fondo y en verano, todos sacaban las terrazas al mismo Espolón”.

Melancólico, el cronista de Logroño aporta fechas para una historiografía de la hostelería local. Cita el Moderno, inaugurado como Novelty en 1925, o su querido Palacio del Billar (después, Las Cañas, junto al Gran Hotel), abierto en 1933. Añade los casos de otros establecimientos tan veteranos y aún activos como el Gurugú, el Royalty o el Tívoli -antiguo Bar Puerto Rico, con sus billares- hasta detenerse en La Granja, nacida el 17 de septiembre de 1927 y protagonista de un itinerario común a estos bares: de café, a cafetería. “La Granja y el Ibiza pasaron en los 60 a convertirse en otra cosa. Desaparecieron los antiguos cafés con música en directo y los sustituyeron por el diseño con que ahora les conocemos”. Pioneros en la tipología de bar americano, vagamente deudores de la estética del Chicote madrileño, en ellos no queda nada, se alegra Jiménez, del sobresalto que produjo la transformación del Ibiza, operada en 1960, cuando su barra se pobló de camareras. Nada menos.

P.D. Repasando este viejo escrito reparo en su título, que resultó profético: ‘Logroño, en sus bares’. Parece que se trataba de una premonición que me ha perseguido durante 15 años y ha desembocado en este blog. Era, como se habrá deducido, una mera excusa: aprovechando que La Granja e Ibiza se habían remozado, fui repasando con la ayuda de Jerónimo y Eduardo la historia sentimental de nuestra ciudad. Y mientras el Ibiza, tras no pocos contratiempos, ahí sigue con sus puertas abiertas, ver clausurada La Granja es otra herida en nuestro corazón tan logroñés.

 

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Bares televisados (Donde todo el mundo sabe tu nombre)
Jorge Alacid 14-03-2013 | 4:25 | 2

Los hermanos Crane, Niles y Frasier, compartiendo un café

Llevaba tiempo pensando en publicar un post sobre un asunto decisivo en mi educación sentimental, la fusión entre bares y televisión, pero no acertaba a dar con el vínculo adecuado. Hasta que leyendo hace días el último número de ‘Jot Down’ como San Pablo de su caballo, yo me caí del sofá: ahí estaban los hermanos Crane, Frasier y Niles, compartiendo confidencias en el café que ejerce de alternativa al sempiterno decorado de sus peripecias, el apartamento de Seattle con vistas a la célebre torre Space Needle… Ese café, una especie de miniStarbucks (franquicia que por cierto también nació en Seattle), encerraba la línea argumental que yo buscaba, porque así fue como conocí a mi psiquiatra favorito: como cliente de un bar. Pero no de cualquier bar. El bar catódico llamado ‘Cheers’. El bar donde todo el mundo sabe tu nombre.

El elenco de 'Cheers', en el figurado bar homónimo

‘Cheers’ representó para mí durante años la cumbre de la teleserie de humor. Me gustaba tanto, la tenía y tengo tan idealizada, que me resisto todavía hoy a ver algún capítulo: temo que haya quedado desfasada. Que me defraude. Su galería de personajes, desde el protagonista a los secundarios, me parece inigualable. Los guiones funcionaban como relojes suizos y cada detalle (la sintonía, los títulos de crédito, los botellines de agua de Ted Danson) ayudaba a construir una atmósfera especial. Eso que llaman magia: la magia de la tele, sumada a la magia de un bar donde a mí me hubiera gustado pasar un rato. No lo descarto: aunque tropecé hace nada con un hermano gemelo de aquel garito paseando por Dublín, el original se sitúa en Boston, ciudad que merece una visita aunque sólo sea para acodarse en aquella barra formato circo romano, donde un grupo de perdedores (mi favorito era el gordo llamado ‘Noooorm’) se daba mutuamente carrete a la espera de que cayera por allí algún listillo. Un tal Frasier, por ejemplo.

Nuestro hombre, el neurótico caballero interpretado por el estupendo Kelsey Grammer, protagonizó una de las primeras ‘spin-off’ que yo recuerdo: el salto de una serie a otra a través de las aventuras de un secundario de la primera que pasa a ejercer como epicentro de la siguiente. Una pirueta que suele dar malos resultados pero no en este caso: Frasier me sigue pareciendo otra cumbre de la comedia de humor, ese artefacto fabricado en Estados Unidos con un talento inimitable. En menos de una hora, tres vetas narrativas se entretejen alrededor de la columna vertebral del relato (las desventuras de un pobre diablo y su consultorio radiofónico, atormentado por sus neuras y sus fracasados ligues), mientras un coro de comediantes en estado de gracia compiten en destreza para el gag, la ironía seca, el chiste con doble y triple lectura, la gestualidad propia del cine mudo… Veo algún episodio de Frasier de vez en cuando y continúa siendo un producto de elevada calidad: nunca decepciona y muchas veces te lleva lejos, muy lejos.

Grupo de 'nerds' tomando algo en el bar de la facultad

Tan lejos como que a través de sus héroes veo el precedente de otra serie actual que (me parece) trata de lo mismo: unos inadaptados haciéndose fuertes en casa y concediéndose apenas un respiro para citarse en un café… o en el bar de la facultad. En las entrañas de ‘The big bang theory’ he creído encontrar otra línea de continuidad: si ‘Frasier’ es ‘Cheers’ por otros medios, el inmarcesible Sheldon Cooper puede declinarse como una suerte de hermano menor del gran Niles Crane, a su vez hermano menor de Frasier. El actor David Hyde Pierce, comediante de primer orden, semeja a Jim Parsons (Sheldon) en sus manías, sus problemas con las tías, su pedantería, su nula habilidad social… Podemos ver a Niles como el primer ‘nerd’ televisivo igual que puede uno asomarse a cualquier episodio de ‘Cómo conocí a vuestra madre’ y coincidir conmigo: ah, aquí están los hermanitos pequeños de Ross, Chandler, Phoebe y compañía. Que de eso irá la segunda entrada de esta serie sobre los bares televisados.

P.D. Gracias al citado ejemplar de ‘Jot Down’ me entero de la atormentada vida de Kelsey Grammer, cuyas peripecias os recomiendo conocer. Y me entero también de que el propio actor, fanático de la música, interpreta la canción que cierra cada episodio de ‘Frasier’. El tipo tiene clase.

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