Los bares difuntos (Bares dedicados IX)

Bar Pachuca, según una hermosa foto de Justo Rodríguez

Publiqué este artículo en Diario LA RIOJA hace cuatro años. Se titulaba ‘Los bares difuntos’ y compruebo ahora que ya se ocupaba de divagar en torno a algunos de los protagonistas de este blog, los bares que fueron y ya no son. En concreto, cuatro que tejen una ruta por el corazón de Logroño, que es también un poco el nuestro. Recítese como un mantra: Pachuca, Paulino, Capri, Turismo. Allí va, dedicado a una amable corresponsal que me preguntaba hace días precisamente por el Capri.

1.- Qué emoción descender por Marqués de Vallejo y tropezar con el ‘Pachuca’, bar de nombre improbable, cuya angostura garantizaba llenos apoteósicos a poco que su clientela creciera hasta alcanzar la docena de parroquianos ahítos de sus famosos rebozados. Hoy es uno de tantos bares fantasma, que al menos conserva para delicia de sus antiguos devotos el rótulo tal y como estaba cuando se extinguió. El tiempo le ha tratado bien; a diferencia de otros bares transformados en inmobiliarias, agencias de viaje o sucursales bancarias, este
minúsculo local de Marqués de Vallejo ha logrado preservar su alma esencial. No sólo sobrevive su bella tipografía, sino que la fachada también va ignorando el paso de los años. Resiste el alicatado y milagrosamente resiste el cristal de la puerta, a prueba de gamberros. Echar un vistazo a su oscuro interior es como bucear hacia el pasado: allí vemos la barra breve,
que también sobrevive, mientras se escucha a gritos un sordo rumor: ‘Pachuca, ábrete’.

2.-  Otro bar difunto, modelo resurrecto: cuántas reencarnaciones deben soportar algunos garitos hasta quedar del todo desnaturalizados, de modo que sus asiduos dejan de reconocerse entre estas cuatro paredes que un día fueron suyas. El ‘Paulino’, hermoso bar de intrincada geografía, se asomaba a la Gran Vía desde Queipo de Llano (hoy Gil de Gárate) con un aire muy madrileño: quiere decirse que su dueño acreditaba cierta vocación de estilo, expresada en una decoración más bizarra de lo común, vagamente emparentada con el Chicote capitalino y sucedáneos. Ha sufrido una reconversión tras otra; desfigurado, a sus puertas sin embargo algún alma piadosa todavía cree escuchar la famosa frase: ‘Paulino, levántante y anda’.

 3.- Contra la fuente del Trevi se recortó durante años la silueta del ‘Capri’, otro bar periclitado, a mayor gloria del urbanismo local y su gusto por los pastiches. Llegaba uno imantado por la poderosa atracción que ejercía su cristalera con vistas a la curva donde agoniza avenida de Portugal y era obsequiado por un camarero muy atento, servicial pero nunca pesado, que se acodaba en silencio en un extremo de la barra, como un cliente más. La estrecha puerta del bar conducía a un espacio bastante inhóspito, donde nunca hizo calor, de modo que su oculto encanto debía esconderse en la cálida frialdad con que se despachaba a la clientela. Una tarde supimos que no habría próxima vez: el ‘Capri’ iba a escuchar el ‘gori gori’. Algunos
hubiéramos elegido otra canción: ‘Capri, c´est fini’.

Posdata. Según el protocolo generacional de los 70, te hacías mayor cuando en la barra del ‘Turismo’ te atrevías a pedir un tinto con paracaídas. Evitabas a la meretriz de guardia en la entrada, ingresabas en territorio lumpen y el camarero te regalaba un gruñido. Finalmente, el bar recibió la visita de la piqueta, pero no debería olvidarse su condición de pionero; después del ‘Turismo’, nada fue igual en la calle Sagasta, donde demasiadas noches se corea el conocido himno: ‘Ni es claro ni es tinto, es calimocho‘.

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