La Rioja

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Tragos y naipes
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Jorge Alacid | 26-03-2013 | 18:10

Los jugadores de cartas, según Paul Cezanne

Echa uno la vista hacia atrás y concluye que si ha frecuentado tantos y tantos bares, trasegado tragos de distintas categorías, engullido viandas de todo pelaje, es porque (entre otros factores) sus veladores constituyeron durante largo tiempo una extensión del hogar familiar, hábitat idóneo para uno de los grandes pasatiempos nacionales: las cartas. O sea, jugar a los naipes, a veces también a los dados. Entre partida y partida, apuesta va y apuesta viene, varias generaciones de logroñeses han hecho suyo alguno de los bares de su ciudad, se han apoderado de sus tapetes y desgastado las barajas, mientras el tabernero rellenaba los vasos y el bolsillo del parroquiano se iba aflojando a cambio de convertirse en perito en julepe.

El mundillo de los bares adictos al naipe es en Logroño proclive a las leyendas. No sólo porque cada logroñés lleva dentro un campeón imbatible al mus (por ejemplo, quien esto escribe), sino porque se cuentan tantas historias sobre fortunas perdidas en una mala noche de póker, tantos próceres locales en plan burlanga, que es difícil saber dónde empieza la verdad, dónde acaba la exageración. Lo que puedo asegurar es que las mesas que me tuvieron entre sus clientes no movían grandes botines. Apenas se jugaba uno la consumición y a otra cosa: lo interesante era lo que ocurría mientras tanto. Porque cuando se repartían las cartas, se estrechaban lazos de amistad con el compañero o los rivales y se medía la naturaleza de la condición humana: la mesa de juegos representa un microcosmos muy útil para entender de qué va esto tan raro de vivir. El astuto, el codicioso, el ingenuo, el jeta… Los diferentes estereotipos que hallabas al salir del garito se podían ver allí mismo, entre aquellas cuatro paredes.

En mi caso, las cuatro paredes del José Mari, bar de avenida de Colón que ahora se ha encarnado en otro nombre, aunque su fisonomía es todavía la de siempre: la barra a la derecha según se entra y al fondo, un cubículo conectado con la cocina, un recoleto lugar para darle al mus, al tute o al subastao, las tres disciplinas más habituales en aquel recinto. El José Mari tenía como principal aliciente la discreción, factor clave en este ámbito, porque el jugador de cartas es muy celoso de su intimidad y no quiere que le vean ganando ni (mucho menos) perdiendo. Y a esa discreción ayudaba lo recóndito del rincón donde se jugaba y la discreción propia de quienes regentaban el bar, el propio José Mari y su esposa, a quienes sigo recordando con cariño. Como tantos hosteleros de su generación, allí los podías ver (casi) los 365 días del año, defendiendo su barra con gran sentido de la profesionalidad. Garantizando a sus clientes lo que éstos ansiaban: estar como en casa. O mejor.

Algunos raros días el bar José Mari cerraba (los domingos, creo recordar) y sus fans teníamos que emigrar. No íbamos muy lejos. La alternativa más común obligaba a caminar sólo unos pasos, en dirección al Colón de maese Basilio, que disponía de un espacio bajo el nivel de la calle donde era típico encontrarse con su parroquia conspicua tirando de naipe sin muchas ganas de compartir aquel rectángulo con clientes menos habituales. Y si también el Colón fallaba, como recurso de emergencia se podía buscar amparo en el Neira de Albia de Castro o el Alhambra de Marqués de la Ensenada. No hubo más. Apenas acudí a otras timbas como las que era fama que se organizaban en el Moderno o el Gurugú. Y claro: también fui informado de otras celebradas en rincones opacos, clandestinas manos de póker donde alguna fortuna cambió de propietario y sé de algún prohombre arruinado por culpa de una escalera de color. Pero evito dar detalles. Prefiero hacer bueno el mandato con que los jugadores saludábamos a los mirones que asistían a nuestras partidas: los de fuera, a callar. Y a sacar tabaco.

P.D. No sólo de naipes vivía el jugador que se hacía fuerte en su bar de confianza. Menos habitual, pero también típico, era jugarse la consumición a los dados, moda que se fue desinflando y creo que hoy agoniza. No sé la razón, pero los dados tenían peor reputación. Tal vez, por la costumbre bastante extendida de jugar con ellos al 7-14-21, pasatiempo también periclitado. Era algo así: el que sacaba el pito número 7 pedía una consumición, que pagaba quien sacaba el número 14 y consumìa el afortunado con el número 21. Afortunado, sólo a veces: era común pedir pócimas extrañas, bocados asquerosos… La gracia, la puñetera gracia, consistía en que en algún momento le tocara a la misma persona pedir la consumición, pagarla y tener que tomársela, sobre todo si era alguna guarrada. Así que, bien pensado, no me extraña tanto que los dados sean hoy un juego difunto.