Tragos y naipes

Los jugadores de cartas, según Paul Cezanne

Echa uno la vista hacia atrás y concluye que si ha frecuentado tantos y tantos bares, trasegado tragos de distintas categorías, engullido viandas de todo pelaje, es porque (entre otros factores) sus veladores constituyeron durante largo tiempo una extensión del hogar familiar, hábitat idóneo para uno de los grandes pasatiempos nacionales: las cartas. O sea, jugar a los naipes, a veces también a los dados. Entre partida y partida, apuesta va y apuesta viene, varias generaciones de logroñeses han hecho suyo alguno de los bares de su ciudad, se han apoderado de sus tapetes y desgastado las barajas, mientras el tabernero rellenaba los vasos y el bolsillo del parroquiano se iba aflojando a cambio de convertirse en perito en julepe.

El mundillo de los bares adictos al naipe es en Logroño proclive a las leyendas. No sólo porque cada logroñés lleva dentro un campeón imbatible al mus (por ejemplo, quien esto escribe), sino porque se cuentan tantas historias sobre fortunas perdidas en una mala noche de póker, tantos próceres locales en plan burlanga, que es difícil saber dónde empieza la verdad, dónde acaba la exageración. Lo que puedo asegurar es que las mesas que me tuvieron entre sus clientes no movían grandes botines. Apenas se jugaba uno la consumición y a otra cosa: lo interesante era lo que ocurría mientras tanto. Porque cuando se repartían las cartas, se estrechaban lazos de amistad con el compañero o los rivales y se medía la naturaleza de la condición humana: la mesa de juegos representa un microcosmos muy útil para entender de qué va esto tan raro de vivir. El astuto, el codicioso, el ingenuo, el jeta… Los diferentes estereotipos que hallabas al salir del garito se podían ver allí mismo, entre aquellas cuatro paredes.

En mi caso, las cuatro paredes del José Mari, bar de avenida de Colón que ahora se ha encarnado en otro nombre, aunque su fisonomía es todavía la de siempre: la barra a la derecha según se entra y al fondo, un cubículo conectado con la cocina, un recoleto lugar para darle al mus, al tute o al subastao, las tres disciplinas más habituales en aquel recinto. El José Mari tenía como principal aliciente la discreción, factor clave en este ámbito, porque el jugador de cartas es muy celoso de su intimidad y no quiere que le vean ganando ni (mucho menos) perdiendo. Y a esa discreción ayudaba lo recóndito del rincón donde se jugaba y la discreción propia de quienes regentaban el bar, el propio José Mari y su esposa, a quienes sigo recordando con cariño. Como tantos hosteleros de su generación, allí los podías ver (casi) los 365 días del año, defendiendo su barra con gran sentido de la profesionalidad. Garantizando a sus clientes lo que éstos ansiaban: estar como en casa. O mejor.

Algunos raros días el bar José Mari cerraba (los domingos, creo recordar) y sus fans teníamos que emigrar. No íbamos muy lejos. La alternativa más común obligaba a caminar sólo unos pasos, en dirección al Colón de maese Basilio, que disponía de un espacio bajo el nivel de la calle donde era típico encontrarse con su parroquia conspicua tirando de naipe sin muchas ganas de compartir aquel rectángulo con clientes menos habituales. Y si también el Colón fallaba, como recurso de emergencia se podía buscar amparo en el Neira de Albia de Castro o el Alhambra de Marqués de la Ensenada. No hubo más. Apenas acudí a otras timbas como las que era fama que se organizaban en el Moderno o el Gurugú. Y claro: también fui informado de otras celebradas en rincones opacos, clandestinas manos de póker donde alguna fortuna cambió de propietario y sé de algún prohombre arruinado por culpa de una escalera de color. Pero evito dar detalles. Prefiero hacer bueno el mandato con que los jugadores saludábamos a los mirones que asistían a nuestras partidas: los de fuera, a callar. Y a sacar tabaco.

P.D. No sólo de naipes vivía el jugador que se hacía fuerte en su bar de confianza. Menos habitual, pero también típico, era jugarse la consumición a los dados, moda que se fue desinflando y creo que hoy agoniza. No sé la razón, pero los dados tenían peor reputación. Tal vez, por la costumbre bastante extendida de jugar con ellos al 7-14-21, pasatiempo también periclitado. Era algo así: el que sacaba el pito número 7 pedía una consumición, que pagaba quien sacaba el número 14 y consumìa el afortunado con el número 21. Afortunado, sólo a veces: era común pedir pócimas extrañas, bocados asquerosos… La gracia, la puñetera gracia, consistía en que en algún momento le tocara a la misma persona pedir la consumición, pagarla y tener que tomársela, sobre todo si era alguna guarrada. Así que, bien pensado, no me extraña tanto que los dados sean hoy un juego difunto.

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  • Pretextato

    En la calle Labradores hubo un tiempo que existió un bar de nombre “Barberitos” y regentado por algunos de los hermanos del insigne pelotari.
    Barra a la derecha, a la izquierda fila de mesas subidas un escalón, incluso barandilla. Bar cerrado, última mesa y partida de mus. Mil pesetas apuesta mínima. Se repartían 5 cartas y se quedaban con cuatro (cuatro reyes, como debe de ser). A grande, a pequeña, a pares, a juego y en su defecto al punto.
    Pues bien, yo he visto una partida que terminó con un contendiente, perdiendo mas de un millón de pesetas. Hablo de finales de los setenta.
    Tambien he visto ganar y perder cantidades considerables a las tres monedas. (tres caras, dos caras una cruz, dos cruces una cara, tres cruces) Y a las chapas, a ver quien se acercaba mas a la pared. (esto se hacía en la calle)
    En el Casino, antiguamente se jugaba al bacarrá, lógicamente de forma privada, ya que estaba prohibido el juego.
    Un saludo.

  • pacoperez

    Mi barrio de toda la vida….Jose Mari cerraba los domingos, porque como buen socio del Logroñes iba uno sí uno no a Las Gaunas. De hecho, ejercía de chofer de mi padre y un servidor, y otros dos amigos más suyos en nuestro periplo al viejo campo. Mi memoria me dice además que allí fui donde vi la coronación de Juan Carlos I, ya que bajamos al bar porque era de los poquitos que tenían ya tele en color…o al menos así lo recuerdo.
    Los bajos del Colón eran indescriptibles, era un ambiente único, que jamás he visto en ningún otro bar, era una sensación como la de entrar en otro mundo, en otro siglo….y cómo me gustaban sus jarras de cerveza de barro (hábito que he recuperado en el Morry) acompañadas siempre de un langostino.
    En cuanto a los dados, es cierto, infinidad de veces me habré jugado las consumiciones, en mi caso al “mentiroso”, en el añorado Drugstore sobre todo.

  • Jorge Alacid

    Es cierto Paco, se me había olviddo la imagen de José Mari camino de Las Gaunas, como tantos otros logroñeses: entonces daba lo mismo que el equipo estuviera en segunda B o hasta en tercera, siempre había una entrada más que aceptable… más o menos como ahora. Qué añoranza. Y es cierto también lo del Colón: uno se sentía allí como un intruso, yo creo que en realidad no les gustaba ni al dueño ni a los clientes que acudiera gente poco habitual. Te hacían sentir extraño, a disgusto, pero el sitio se las traía. Y es verdad lo que dice Pretextato: hubo bares (tal vez todavía los haya) donde el juego formaba parte de la decoración, con pérdidas millonarias… si hacemos caso de las leyendas. Que a veces son ciertas

  • pacoperez

    Esa es exactamente la sensación que recuerdo del Colón, la de sentirte como un intruso. Incluso si simplemente la atravesabas para ir al baño. Y la gente que allí había parecía que formaban parte de la decoración, siempre los mismos….una vez creo que llegué a sentarme dentro, y se hacía raro, muy raro…

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