La Rioja
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Fecha: abril, 2013
El misterio de la tapa gratis
Jorge Alacid 30-04-2013 | 10:25 | 62

Café con galleta y magdalena en un bar de Logroño: la tapa gratis es posible

“No es una tradición del norte de España”. Recuerdo que con motivo de una convocatoria de prensa la responsable de un bar del Logroño castizo saldó así de concluyente la pregunta de si alguna vez se habían planteado en el gremio servir una tapa de regalo a sus clientes. Y recuerdo que una periodista, asturiana ella, le invitó a que viajara un poco más: en efecto, la tradición de obsequiar a la parroquia con alguna de las especialidades de la casa está bien arraigada en el sur de España, es igualmente un rito que se observa en muchos bares de Madrid y anida además en numerosas ciudades del norte: por ejemplo, en las capitales castellanas. En Logroño, por el contrario, tan civilizada costumbre no se lleva. No se ha llevado nunca.

Lo cual es una pena. Ya sabemos que el bolsillo del hostelero anda como el del resto del parque laboral español, exánime y muy necesitado de cariño, pero siempre me he preguntado en qué escasa consideración tienen alguno a su clientela, sobre todo a la más adicta, si nunca, pero nunca-nunca-nunca, le convida a algo. Me vale cualquier cosa. Unas humildes aceitunas, unas modestas patatas fritas, las simpáticas peladillas. ¿Es mucho pedir? Me parece que no. Y me lo parece no sólo porque haya alcanzado esta conclusión por mí mismo, que mi opinión ya sé que no es gran cosa, sino porque cerebros más avezados que el mío han llegado a la misma queja: qué poco nos quieren nuestros camareros favoritos y los dueños de nuestros bares de confianza. Qué escasas veces se estiran. Y qué nulo ojo para el negocio: porque tengo la sospecha de que si mañana un local decide regalarnos un bocado (por minúsculo que sea) para que pase mejor el trago, se ganaría el corazón de su clientela. Que a menudo es tanto como ganarse su bolsillo.

A veces, este trato me duele especialmente. Sobre todo en los bares que más me gustan, aquellos que forman parte de la memoria más personal. Y, sobre todo, porque pienso que con un detalle de vez en cuando bastaría. Ya digo que me conformo con poco. No hace mucho me apoltroné en el Continental de Calvo Sotelo cerveza en mano y cuando pedí unas patatas fritas señalando hacia un sobre colgado de una pared, me invitaron a las que ofrecen gratis a la clientela. Gol por toda la escuadra. Otro bar que tiene este tipo de consideración es La Fundición del parque del Carmen, donde te regalan un platito de frutos secos y el vino sabe mejor. Así, a bote pronto, no recuerdo muchos otros. ¿Alguno más?

Dejo en manos de mis improbables lectores la respuesta a esta pregunta… Aunque me temo sin embargo que la lista será no muy larga. Curiosamente, esta manía de no pagarse ni un triste cacahuete coincide con otra moda bastante implantada recientemente y cada vez más extendida: la de incorporar un bomboncito o una galleta cuando pides un café. Un gesto cada vez más típico que demuestra que otros bares con otras costumbres son posibles en Logroño y que por lo tanto también debería ser posible incluir el equivalente salado cuando pedimos una caña, un Rioja o un refresco. Es cierto que en aquellos garitos donde uno guarda cierta relación de confianza y hasta cariño con los dueños suelen prodigarse este tipo de guiños, pero no hablo de eso: hablo de un detalle institucionalizado.

De esos que no son tradición en el norte de España.

P.D. De todas las ciudades cuyos bares más he frecuentado, pienso que León es la más hospitalaria con la clientela. Allí se despliega ese manual de cortesía consistente en procurar un bocado gratis al cliente, sin reparar en gastos: medias raciones de embutido, trozos de pizza de tamaño bien generoso, tacos de jugoso queso castellano… La lista está encabezada por un bar cuyo nombre he olvidado: frontera con el Barrio Húmedo, su especialidad es algo tan sencillo como las patatas fritas. Patatas que elabora el matrimonio que dirige el bar al borde del infarto, siempre sudoroso el caballero, con una sencilla receta: finísimas rebanadas redondeadas, fritas en abundante aceite, y espolvoreadas con un sencillo toque de pimentón, un punto picante. Éxito absoluto. Y gratis. A ver si la tradición se impone en este rincón del norte de España.

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Menudo pollo
Jorge Alacid 26-04-2013 | 3:53 | 0

Carpanta y su pollo, creación del dibujante Escobar

El pollo, gloria de la gastronomía española y mundial, que admite distintos usos y se manifiesta en nuestras mesas y nuestros bares en muy variopintas versiones, representó antaño una cumbre de la cocina popular. Eran años de precariedad culinaria, hasta el punto de que el pollo guisado era el plato que habitualmente reservaban los hogares patrios para la comida dominical, gran momento de la semana.

En el imaginario popular de la época, el pollo, aunque hoy cueste admitirlo, se izó por lo tanto como un monumento y así lo entronizó el dibujante Escobar cuando se le ocurrió la idea de crear al personaje bautizado como Carpanta, un tipo que hizo carrera hasta el punto de que su nombre fue durante años sinónimo de hambriento. “Más hambre que Carpanta” era un dicho muy común que dejó de tener sentido cuando dejamos de pasar hambre. Tal vez haya que recuperar ahora esa frase hecha…

Ocurría que Carpanta, cuando llevaba tiempo sin probar bocado y en consecuencia deliraba, a veces veía pollos. Pollos bien gorditos, pollos descabezados, pollos convertidos en el manjar al que tenía vetado el acceso el pobre monigote. Menudos pollos. El pollo era el alimento nacional por excelencia y cuando Carpanta soñaba, en sus ensoñaciones respetaba esa lógica que todos habíamos hecho nuestra: en el caso de Logroño, porque si uno paseaba por la calle Gallarza y fijaba la mirada a la altura del Niza, era inevitable topar con los hermanos pollos ensartados en fila de a cinco como si fueran banderillas, perfumando toda la manzana y haciéndole a uno salivar en el camino hacia casa. El propietario del bar, cuyo hijo cuida hoy con gran mimo y sentido del oficio, se pasó media vida según lo recuerdo moviendo aquellos pinchos pollunos, sudando como se puede imaginar, sudando como sólo suda un asador de pollos: que se lo pregunten al señor Daniel y el resto de la hermandad logroñesa que ha convertido avenida de Colón y aledaños en epicentro de esta popular delicia gastronómica.

El nuevo Zikos de Ingeniero Lacierva, con su asador de pollos

Aquel modo de preparar el pollo asado nos llegaba a menudo con etiqueta ´catalana, tal vez sin saberlo. Se llamaba ‘Pollos a l´ast’, denominación que muchas veces se transcribía erróneamente porque el propietario del asador no era muy ducho en el idioma de Guardiola y le sonaba mejor el nombre de ‘Pollos al last’, que nos parecía más fino que a la pepitoria. Durante largo tiempo, hasta la mentada irrupción de Daniel y compañía, el pollo asado del Niza fue para mí el pollo por antonomasia de Logroño, en competencia directa con los que salían del asador del Zikos, en sus sucesivas encarnaciones. La última, bien reciente: el número dos de Ingeniero Lacierva acaba de convertirse en La Granja de Zikos, una vez que el infatigable y ejemplar Alfonso Soldevilla lo ha hecho suyo. Mantiene la fidelidad al pollo de toda la vida, pero promete ampliar su carta. Seguirá por lo tanto vecino de otro Zikos, el número tres que hace esquina con la calle Oviedo, y supongo que echando de menos al viejo Zikos I, el original, el auténtico… Que no sabía situar exactamente hasta que vino en mi auxilio Eduardo Gómez y me refrescó la memoria: aquel bar primigenio se situó en avenida Portugal, “al lado de Radio Rioja, donde ahora hay otro bar”. Pues dicho queda, don Eduardo.

P.D. El pollo en formato tapa apenas puede verse en las barras de Logroño. Como pincho, sólo recuerdo haberlo visto en forma de alitas asadas en algún bar. Lejano por lo tanto el tiempo aquel en que era más habitual toparse con él, incluso en versiones bastante pintorescas. Por ejemplo, en modelo pezuña: el antiguo amor que teníamos por la cocina de despojos se reflejaba en nuestra devoción por el pincho que antaño ofrecían en el bar de Alejandro en la calle del Carmen. Para mi asombrada memoria, debo reconocer que alguna vez piqué aquel manjar: chupeteando entre los dedos tropezabas con algún trozo de carne viscosilla… Y poco más. A untar la cazuelita, porque la pezuña llegaba envuelta en salsa de tomate y eso sí que no admitía debate: la recuerdo bien suculenta. Tal vez su aliño era el único atractivo a aquella tapa, que generaba intenso debate entre los estómagos más finos y los más recios. Solían ganar estos últimos, no como ahora.

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El bar de toda la vida
Jorge Alacid 23-04-2013 | 3:27 | 6

Imagen antigua del bar Gurugú, facilitada por Daniel Velasco

El debate sobre cuál es el bar más antiguo de Logroño quedó hace años sentenciado a favor del Gurugú, castizo local enclavado en la mitad de dos mundos: el universo formado por el centro conspicuo, frontera con la Judería (barrio que otros llaman Villanueva) y el Logroño que nació con el Ensanche truncado. El Gurugú mira hacia la Glorieta desde su alojamiento en avenida de Navarra, calle antaño central que hoy… Digamos cariñosamente que ha conocido mejores días, cuando en ella habitó Rafael Azcona, nada menos, y anidaba una pequeña burguesía local que a mediados de los 70 inició un viaje hacia el sur de Logroño que todavía (¡Todavía!) no ha terminado.

El Gurugú es un bar simpático, que se mantiene fiel a esa idea de taberna de toda la vida y va evolucionando al ritmo que marca su barra, generosa en suculentas raciones de tapas de una tipología hoy más rara de ver que antaño. Hablo de sus callos, por ejemplo, difíciles ya de encontrar por Logroño; pero hablo más en general de una cierta atmósfera, de un espíritu indómito que le lleva a militar en ese tipo de bares que contribuyeron a forjar el alma de una ciudad

Esta es también una entrada dedicada. Dedicada a la familia Velasco, que pilota el bar casi desde su fundación y dedicada sobre todo a uno de sus últimos eslabones, Daniel, periodista que compartió alguna tarde con quien esto firma y a quien debo la generosa información que me proporciona para sellar esta historia del bar de los Demetrio, Domingo y compañía. “Sabemos que el Gurugú nació en 1909”, señala Daniel. “Se desconoce el nombre del fundador pero se sabe que participó en Melilla en la batalla del monte Gurugú en ese mismo año y de ahí el nombre”, añade. Así que aquel misterioso promotor apareció por Logroño, alumbró el bar… y poco más.

La auténtica historia que los Velasco pueden acreditar arranca en los años 50, “cuando coge el bar el tío del actual propietario, es decir, mi padre, quien lo regenta con su hermana y su cuñado”. Y desde su sede en avenida Navarra esquina con la calle Los Yerros difunde al mundo desde tiempo inmemorial esa paleta gastronómica especializada en sardinas con guindilla, bacalao, bonito y los citados callos, convertida en cátedra del mus logroñés y epicentro del mundillo taurino: “Los toreros recorrían a pie el trayecto entre La Manzanera y el Gran Hotel y siempre paraban a tomar algo en nuestro bar”, relata Daniel. “Así surgió la expresión que se popularizó en Logroño: ‘Del Gurugú a los toros y de los toros al Gurugú’”. A su puerta paraban años ha los autobuses que venían de Estella y Viana hasta Logroño, de modo que el bar se convirtió en una suerte de embajada navarra en La Rioja, punto de encuentro para los vecinos de esas localidades fronterizas y sede oficiosa de tratantes de ganado y militares de toda condición. Lo resume así el mentado Daniel Velasco: “En definitiva, que ¡el Gurugú es el Gurugú, viva historia política-torera-civil de Logroño y su casco antiguo! Y hasta que a este servidor le quede una gota de sangre hará lo imposible para que el bar más antiguo de Logroño se mantenga en pie y prospere”.

P.D. Decía arriba que el Gurugú se enclava en la Judería, la Villanueva o como quiera que ese barrio se llame. Los expertos no se ponen de acuerdo y a mí me da un poco igual: para los críos del Logroño de mi época, sus siete calles serán siempre los siete pecados y que nadie se me enfade. Hacía alusión esta expresión popular a los garitos de dudosa reputación que albergaba sobre todo una de esas calles, Rodríguez Paterna, que ahí resisten aunque ya un poco en retirada. A mí nunca me pareció una denominación peyorativa: soy bastante partidario de cometer algunos pecadillos en esta perra vida. Uno de ellos, el de la gula, se satisfacía también sin salir de la mentada Rodríguez Paterna: lo saciaba el extinto bar La Viga, donde ingerí el primer bocadillo de tortilla pagado de mi bolsillo. Nunca lo olvidaré: por lo suculento del ingrediente y lo mayúsculo del bocado, media barra de pan hueco tamaño ‘king size’. Todavía estoy haciendo la digestión.

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Jamón, jamón
Jorge Alacid 19-04-2013 | 12:00 | 8

Mesón jamonero Rincón de Pepe, en la calle Oviedo de Logroño

Aquellos de mis improbables lectores que descubrieron recién nacidos que había microondas en la cocina y gozaron desde niños de aparatos en televisión a todo color con mando a distancia creerán que, en lógica consecuencia, esto de comer jamón cuando a uno le venga en gana es una costumbre que también frecuentaron sus mayores. Pues no, amiguitos: hay malas noticias. El suculento bocado nacido del exquisito pernil del cochino ibérico representaba no hace tanto tiempo un viaje por la excelencia gastronómica, puesto que su cotización se medía en un hermoso puñado de pesetas que en mi mocedad escaseaban. De modo que toparse por Logroño y resto del orbe con un bar cuya oferta gastronómica estuviera capitalizada por el jamón suponía una extrema rareza.

Un exotismo, vaya. Viajar por lo tanto hasta la calle Oviedo en busca del Rincón de Pepe equivalía a una peregrinación hasta tierra extraña, donde de repente el explorador tropezaba con un alimento como de dibujos animados. Una fantasía bicolor, blanquirroja como nuestro amado Logroñés. El bar que despachaba aquella mercancía fetén era, curiosamente, de lo más normalito. Era y es, porque todavía sigue allí anclado, un espacio rectangular, con la barra a mano izquierda muriendo a la altura de la cocina, desde donde salían los bocadillos con su prometedor ingrediente desbordando las rebanadas de pan, de modo que alguna loncha amenazaba con irse al suelo. Eran, como se deduce, raciones generosas, según la moda hostelera de aquel entonces (mediados de los 70, más o menos). Quiere decirse en consecuencia que quienes atendían el bar no racionaban sus manjares como es ahora tendencia, porque tenía probablemente en mejor consideración a su clientela: tal vez porque entendía que para llegar hasta la puerta de su local sus parroquianos tenían que cruzar medio Logroño y desdeñar por lo tanto otras invitaciones también muy jugosas. Aunque, cierto, no tanto como la suya: hago memoria y no consigno ningún otro bar de la época cuyo banderín de enganche fuera el jamón.

Hoy, esta imagen en blanco y negro ya no tiene sentido. El embutido estrella del padre cerdo puebla las barras logroñesas y en algunas de ellas es el rey. Son los llamados jamoneros, tipología hostelera que yo juzgo inventada por algún madrileño, puesto que en la capital del Reino rinden antiguo tributo a este producto, que cuenta allí incluso con su propio museo: el Museo del Jamón, en efecto,franquicia de extravagante denominación de cuyo techo cuelgan como estalacticas decenas de patas de cochino gritando cómeme. Sin ir tan lejos, Logroño cuenta también con unos cuantos bares de estas características, donde satisfacer razonablemente nuestra querencia por esta cumbre de la gastronomía española que tanto atrae a los turitas que nos visitan. Y, en efecto, ya sabemos todos que donde esté el de Jabugo o el de Guijuelo, que se quite el de Teruel o el cordobés de Pozoblanco, pero quienes tenemos un paladar no tan exquisito nos conformamos con que el jamón sea honrado y de calidad: no es necesario alcanzar todos los días el cielo.

¿Mis favoritos? Tampoco en esto soy muy original. Me decanto en mis excursiones por la calle Laurel por el Pata Negra, jamonero a quien le nació no hace mucho un hermano pequeño en San Agustín. Otras veces opto por el que sirven en El Soldado de Tudelilla, que a menudo llega acompañado por un chiste de Manolo: hay veces en que incluso tiene gracia. Tanta gracia como el toque de tomate con adorna el pan, un guiño catalán que le otorga encanto. Pero si soy sincero, el que sigo prefiriendo es el del Rincón de Pepe: me gusta tanto que no he vuelto a entrar en el bar desde niño. Supongo que para conservar su sabor en mi memoria.

P.D. Hace poco, instalado en uno de los bares que la franquicia 5 Jotas tiene desplegados por Madrid, asistí a un prodigio: la apertura y corte de un jamón ante mis asombrados ojos. Un momento maravilloso. No porque fuera una escena inédita, sino porque uno no se cansa de verla. Siglos de sabiduría popular se concentran en cada rincón de este manjar, que marida bien con cualquier vino, entra también muy bien con cerveza y me parece que alcanza en Andalucía su excelencia: hasta en la más humilde taberna se sirve con garantías. Y los chistes de los camareros suelen ser mejores que los de Manolo. Dicho sea desde el cariño.

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El Buenos Aires querido (Bares dedicados XII)
Jorge Alacid 16-04-2013 | 8:34 | 10

Imagen del desaparecido bar Buenos Aires, en la calle Laurel

Esta entrada lleva dedicatoria doble. Doble, porque iba inicialmente destinada a Felipe Royo, uno de los más constantes corresponsales del blog, que desde hace tiempo me venía pidiendo que contara algo del bar Buenos Aires, difunto bar de la Laurel. Yo no quería desanimarle, pero en realidad tenía poco que decir de aquel local porque apenas la frecuenté. Su desaparición coincidió, más o menos, con mis primeras visitas a la calle que lo alojaba, de modo que apenas recuerdo otra cosa que una barra alta, altísima, desproporcionada; un camarero parlanchín y bastante peculiar; y una muy apetitosa sinfonía de cazuelas, tapas y banderillas.

El caso es que acabé por pedir ayuda al maestro Eduardo Gómez, porque me apetecía cumplir con la petición de Felipe Royo, y por una de esas coincidencias de la vida resulta que me envió el escrito que a continuación reproduciré apenas unas horas antes de que falleciera Carmelo Fernández, tan vinculado por lazos familiares y sentimentales al Buenos Aires. Así que estas líneas van también dedicadas a él y a los suyos; como un homenaje postrero a su memoria.

Cuenta Eduardo lo siguiente: “El desaparecido Buenos Aires, que cerró hace hace 25 años, fue uno de los bares más antiguos de la calle Laurel, compartiendo vecindad con otros establecimientos como el Cachetero, el Taza, el Matute. el Achuri el Chaval, La Taberna de Laurel,la carbonería de Santibáñez, la panadería de Anselmo, el almacén de plátanos de Viguera y el de Alamañac y los almacenes de Piazuelo y de Redón. Y poco más. En los años 50 lo abrió el pradejonero Carmelo Fernández, quien llegaba del Seis Doble que regentó durante varios años en la calle San Agustín, con pensión que albergaba a los futbolistas que llegaban para jugar en Logroño, como fue el caso de Miguel Royo, un madrileño que procedía del Atlético Aviación. Vino a hacer la mili y acabó casándose con Carmen, hija de Carmelo”.

“Del antiguo edificio se recuerda la imagen sedente probablemente de finales del XVI, de que fue bautizada como la Virgen de Laurel por encontrarse en esa calle y que se encuentra recogida en el patio del Museo Provincial, adonde llegó al derribarse la casa de Bretón de los Herreros, 26, en cuyas traseras, que daban a la calle Laurel, se encontraba el Buenos Aires. Estaba situada en una hornacina que la familia Fernández, propietaria del establecimiento, cuidaba de que tuviera adornos florales. Precisamente, antes de que el edificio desapareciera, aprovechando la presencia del pintor logroñés Antonio López Morales realizando la pintura del establecimiento, se brindó a restaurar la imagen, cuyo recubrimiento se encontraba deteriorado por encontrarse expuesta a las inclemencias del tiempo”.

“El bar Buenos Aires se convirtió en restaurante muy estimado, de actividad continuada donde se degustaba una cocina muy riojana, con gran afluencia en las mañanas para copiosos almuerzos. Como tenía también entrada por Bretón de los Herreros, frente al teatro Bretón, lo aprovechaban los funcionarios del juzgado y el personal del teatro para sus piscolabis y también como escapatoria para algún desaprensivo. Servía también para llevarles la cena a los artistas que actuaban en el teatro cuando había funciones tarde y noche. Fue sede de la Peña Logroño y se recuerda especialmente la presencia como camarero de Felisín, un personaje popular e irrepetible, ocurrente y dicharachero. Y sobre todo se recuerda la cocina tradicional que se degustaba, las gambas a la plancha que aparecían por la ventana de la cocina que daba al mostrador, donde la presencia de Miguel Royo, admirado como futbolista, realzaba el establecimiento”.

Vista de la calle Laurel, con el Buenos Aires a la derecha. La foto es de Teo

P. D. Recuerda también el gran Eduardo cómo en 1989 el edificio de la calle Laurel fue vendido por la familia Fernández. Ahora, en su antigua ubicación, se erige un edificio cuyos bajos acogen al restaurante El Muro. “No tardó mucho tiempo Pitu, nieta de los fundadores, casada con José Mari Soroa, también futbolista de fama. para establecer un nuevo Buenos Aires en República Argentina”, recalca el señor Gómez. Y ahí en República Argentina sigue el restaurante, funcionando ejemplarmente: que sea por muchos años.

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