La taberna de la tele (Bares televisados III)

Resines, camarero antes de Los Serrano

Cuando la televisión visita Norteamérica, su visión es semejante a la cinematográfica: una visión de grandeza. Una mirada que adquiere un aire trascendente, incluso cuando se posa sobre lo banal, lo popular. Me parece que el argumento central de las series nacidas en USA no es, como solemos pensar, la publicidad en Manhattan en los años 60, el crimen en Baltimore en nuestra era o la mafia en todas sus épocas y declinaciones. En realidad, tratan sobre la vida y a mí me parece que captan muy bien, sobre todo, esos largos tiempos muertos en que no sucede nada y que son, sin embargo, la fuente principal de nuestras vidas. Por el contrario, cuando la televisión visita España brota el mal endémico de las ficciones patrias: el costumbrismo. No hay grandeza.

No hay grandeza porque brota el costumbrismo en su faceta más atroz. Los bares que retrata la tele militan en la estirpe de suelo rociado con serrín, clientes con mondadientes en la comisura de los labios que escupen al suelo las cabezas de las gambas. Hay un camarero risueño, otro cuentachistes, otro taciturno o huraño veterano de mil batallas… Hay una parroquia que grita como sólo grita un español cuando charla (es un decir) en los bares, con ese aire de conciliábulo que formamos, como si estuviéramos debatiendo sobre Nietzsche o Schopenhauer cuando en realidad hablamos de lo siempre (en el caso de los tíos, de tías y de fútbol: lo juro). Una clientela que conspira apoyando el pie en el estribo de la barra, según la imagen que de nosotros tienen los extanjeros que nos visitan, a quienes les parecemos una especie de patio de Monipodio eterno: así son los bares de la tele nacional, desde el más lejano que recuerdo (Los ladrones van a la oficina, donde Resines se estrenó de camarero antes de dirigir Los Serrano, mesón jamonero cañí), hasta los más recientes.

Confieso que apenas veo las series españolas por una razón: me parecen muy mejorables, siendo muy caritativo. Guiones predecibles, personajes estereotipados, humor tipo teatro de Manolita Chen, abuso del final feliz… Falta de grandeza, en resumen. Y los bares que allí aparecen se caracterizan a mi juicio por los mismos defectos: no trascienden. ¿Un ejemplo? Ahí va. El bar de Periodistas reunía las mismas toneladas de clichés de la propia serie… que sin embargo alcanzó un éxito abrumador, reflejado en cómo multiplicó la matrícula en las facultades de Periodismo: los chicos pensaban que se toparían de prácticas con Esther Arroyo y las chicas confiaban en encontrarse de becarias con José Coronado. Unos y otras podían concluir incluso que el jefe de Local de aquel periódico de ficción ¡¡¡tenía despacho propio!!! Gran chiste. El bar de Aída, más de lo mismo: cambio de canal en cuanto asoma la jeta de su dueño y sus clientes. Enfermo me ponen los bares de las series para adolescentes, copados por esa nueva hornada de intérpretes con graves problemas de prosodia y dicción, conducidos al abismo actoral por unos guiones dotados con la misma profundidad que las memorias de Belén Esteban. Repaso la lista de comedias a la española y me siguen saliendo bares donde nunca osaría detenerme: incluso el bar de Siete Vidas parecía la sala de espera de un centro de salud… aunque, la verdad, era una sala muy divertida. Confieso que en la época de Santi Millán y su amigo frutero alguna vez lloré de risa. (El bar también era para llorar, insisto).

Y fin de la historia. El único bar digno de tal nombre que puedo tolerar lo dirige Juan Echanove en Cuéntame. Si lo destaco por encima de la mediocridad habitual es porque su propietario es un actor que me encanta y a quien envidio de veras, porque conduce con Imanol Arias el programa que me hubiera gustado protagonizar a mí. Ese de Un país para comérselo, que sigue buscando sin éxito un bar donde bebérselo.

Chanquete y su amigo, el camarero apodado Frasco

P.D. He citado antes como antigualla Los ladrones van a la oficina pero yo confieso: las series más antiguas que recuerdo se remontan a más tiempo atrás. Por ejemplo, todas aquellas tabernas donde abrevaba Curro Jiménez con su banda. En una de ellas creo que salía de posadera la Pantoja, generosa espetera incluida. Y otro mito más camp todavía es el bar de Verano Azul. No, no me refiero al chiringuito donde se aposentaban los papás de Curro, Desi, Bea y compañía, sino el garito que defendía en el corazón del pueblo un tabernero fiel al modelo de camarero confidente que tanto debe al cine y a la televisión. Aquel tipo que soportaba las cuitas de Chanquete respondía al muy original nombre de Frasco, lo interpretaba el mítico secundario Fernando Sánchez Polack (sí, era hermano del gran Tip) y su garito es de verdad. Se puede visitar en la granadina Nerja y se llama El Molino: un tablao flamenco.

 

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La Rioja

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