La Rioja

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Fecha: mayo, 2013
El mapa de las tapas gratis
Jorge Alacid 31-05-2013 | 5:10 | 14

Una treintena de bares (31 concretamente) configuran esta lista que queda a disposición de los lectores. Son locales repartidos por medio Logroño para los que se hace buena la famosa frase hecha: son todos los que están, aunque no están todos los que son. Traducido: todos los que están en esta lista ofrecen una tapa más o menos gratuita a su clientela aunque, como es obvio, hay más bares logroñeses que practican la misma costumbre. Los hay que se limitan a invitar a un ración del célebre alpiste (o sea, el típico platito con frutos secos) o convidan a unas aceitunas; a mí ya me valen. Los hay que van más lejos y se estiran como ocurre en tantos bares del resto de España: Andalucía, sobre todo, pero también Madrid, León, Lugo, Ávila…

La lista debe ser tomada como lo que es: sólo un recuento empírico, no científico, hecha a beneficio de inventario, que refleja sin embargo que esta tendencia, históricamente alejada de la política de nuestros bares, empieza a tomar forma. Se ha elaborado a partir de las aportaciones de los corresponsales del blog ‘Logroño en sus bares’ y gracias también a Eduardo Gómez, veterano de Diario LA RIOJA, quien ha contribuido a ensanchar la nómina de establecimientos desde su propia experiencia como parroquiano de unos cuantos de ellos. El autor aporta sólo dos, bien que siente tan magro botín: Continental y La Fundición. Aunque sí que tiene anotada una moda que fue, en realidad, la que originó la primera entrada en su blog de esta serie de tres sobre tapas gratis: que en el mundo del café matutino o vespertino en Logroño sí que se ha consolidado el rito de ofrecer un minibocado dulce para acompañarlo. Una galletita, una chocolatina, un bombón… No hace tanto, en la cafetería Viena me convidaron a un buñuelito para desayunar. De ahí que después de este cúmulo de experiencias surgiera de un modo natural la pregunta: por qué esta invitación de los bares no se traslada al mundo salado.

La respuesta está comprimida en la relación de estos 31 locales: ellos sí pueden. Lo demuestran diariamente, sin que por eso deba cuestionarse la estrategia que siguen el resto de sus colegas que se mantienen fieles a la tradición logroñesa de no invitar a nada. Cada cual se conduce dentro de su negocio como le da la gana. Pero uno no deja de pensar que el regalo, antaño un hábito bastante extendido en el ramo del comercio incluso en épocas de pocas alegrías económicas, puede aparecer incluso en el sector hostelero a poco que se sigan animando más y más bares. Y me malicio que aquellos que se marcan estos detalles con su clientela concitarán su cariño en forma de alegrías para la máquina registradora en mayor medida que quienes no practiquen el rito de convidar.

P.D. La lista de bares desplegados en este mapa (cortesía de mis compañeros de diseño Diego Ortega y Sandra Bayona) puede ampliarse a medidas que nos vayamos cobrando entre todos más piezas. Es decir, que está abierta a aportaciones de los lectores, de los dueños de los propios bares y de quienes simplemente pasen por aquí.

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Café, café
Jorge Alacid 28-05-2013 | 8:20 | 4

La ventaja de nacer y vivir en Logroño es que casi todo le llega a uno por partida doble. Es decir, que desde crío tienes que comprometerte, decidirte, escoger entre una cosa y su contraria o su complementaria, desde equipos de fútbol a festivales de poesía, pasando por la más dura elección cuando adolescente: el Nico o el Toky. Ay. Así ocurre también en una extensión del universo de los bares logroñeses: o eres de Greiba, o eres de El Pato. Uno de los dos cafés ha de calentarte el desayuno.

Bueno, pues yo confieso: soy de Greiba. Es cierto que antaño ejercía también sobre la parroquia local una poderosa influencia la tostadora llamada La Casa del Café, ubicada su degustación en uno de esos negocios subterráneos que tanta gracia me hacen. En su caso, se alojaba en el Muro de Cervantes, donde aún resiste; con el tiempo, sin embargo, en el hogar familiar nos fuimos haciendo a la costumbre de degustar los cafés de Greiba, a cuyos dueños contribuimos a pagar la hipoteca porque en casa éramos bastante cafeteros. Yo lo sigo siendo, aunque admito que por aquello de la rebelión contra la dictadura paterna en mi época juvenil me arrojé en brazos de El Pato, coincidiendo más o menos con la apertura de su degustación en Hermanos Moroy. Fui explorando posteriormente otras opciones (las marcas que cualquiera sabría recitar) hasta que acabé haciendo feliz al doctor Freud: peinando ya alguna cana volví a Greiba, cuyos productos frecuento tanto en las estanterías del súper como en las barras desplegadas por la ciudad. La verdad es que fuera de Logroño no los he catado, porque Greiba es firma de acusada raíz logroñesa, tan logroñesa para mí como el Espolón, la calle Laurel o la doble fila.

Pero si hoy traigo aquí esta afición conspicua por el café, solo o cortado o manchado con anís/coñá, es porque observo una peligrosa deriva intuida también en el ámbito cervercero: que te lo sirvan bien cada día me parece más complicado. De un tiempo a esta parte ha ido ganando terreno la moda de decorar con espuma la corona de la taza, tendencia que me molesta: lo poco no cansa, pero lo mucho aburre. Es peor no obstante cuando te encuentras el prometedor cafelito completamente aguado, convertido en un aguachirris (me encanta esta palabra) infumable. También detesto su versión contraria, cuando llega demasiado cargado y se te quedan los labios y el paladar torrefactados durante largo rato. El punto justo es difícil de encontrar, lo entiendo: en mis raros escarceos en el mundo de la hostelería tuve que doblar la rodilla tras mil intentos y confesar que el Dios de la cafetera industrial no me adornaba con sus dones. Pero yo sólo era un aficionadillo: de los profesionales logroñeses espero mayor pericia que la mía. La que se exhibe por ejemplo en las mentadas degustaciones de Greiba, donde es habitual un alto grado de eficacia en el servicio y es común también el detalle de un bombón, una galleta o cualquier bocadito dulce. Yo suelo frecuentar la de Vara de Rey y lo puedo afirmar: por regla general, el café llega en su punto justo. He parado menos por la de Chile semiesquina a Pérez Galdós aunque también me ha llamado la atención ese mismo ejercicio de profesionalidad. Lo cual no quiere decir que tengan la exclusiva: pienso en El Andén, Viena o Cacao (al que sigo llamando Cibeles), por ejemplo, donde también suelen hacer buena esa vieja aspiración celtibérica. Que el café sepa a café-café.

P.D. El rito del café hermana desde antaño al pueblo español con el italiano, donde se le rinde parecido tributo. De acuerdo con las guías de viaje, el mejor café de Italia se aloja en Roma, junto al Panteón: el célebre San Eustaquio (http://www.santeustachioilcaffe.it/), donde preparan su famoso expreso tostando cada mañana los granos con leña y moliéndolos sobre la enorme cafetera. Yo garantizo que un paquete de café todavía sin moler nacido en esa casa romana aguanta como un campeón una semana en la maleta y de regreso a casa sabe igual que servido en la propia Roma. De paso, la ropa te huele durante una larga temporada a torrefacto.

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La chispa de la vida
Jorge Alacid 24-05-2013 | 4:16 | 8

Publicidad antigua de Coca Cola
“En La Rioja hay una media de 142 habitantes por cada bar, lo que la convierte en la comunidad autónoma con mayor cantidad de este tipo de establecimientos”. La noticia saltó por los teletipos de la redacción esta semana y confirmó algo que cualquiera podía intuir, incluso algunos estudios realizados en este mismo sentido años atrás. Que hay bares por doquier en nuestra tierra riojana, con Logroño a la cabeza. Bares de autor, bares castizos, bares de toda la vida, bares modernos y hasta gastrobares. Hay tabernas, ambigús, cantinas, cervecerías y bodeguitas. Bares con terraza y bares de interior, como ocurre por otro lado en España entera: según el mismo estudio, el país cuenta con 350.000 establecimientos de hostelería, lo que dividido por los 47,2 millones de habitantes del país, arroja una media de un bar por cada 132 personas. Vaya, que la Merkel se parte de risa.

El estudio, titulado ‘Vínculo entre los ciudadanos y el bar’, cuenta con una muestra de más de 2.000 personas y analiza la relación entre los españoles y estos locales. Y añade que la comunidad autónoma que sigue de lejos a La Rioja por su ratio de bares por habitante es Extremadura, con 124 establecimientos por persona de media. Unas cifras que todavía nos asombran, porque la maldita crisis, como ya se comentó en otra entrada de este blog, se ha llevado por delante algunos garitos pero el sector en general resiste (aunque la máquina registradora me consta que flaquea). Cada vez que veo abrirse un nuevo bar, me asombro: es un negocio que, cierto, da de comer con holgura en años de bonanza, pero a cambio exige una cierta esclavitud. Unos peajes en materia de horarios que incluso hoy, cuando no llueven precisamente euros, tienen difícil eso de hallar potenciales emprendedores que quieran poner en marcha un negocio de esta índole.

Cuando leí el teletipo con esta noticia, me tomé la molestia (admito que un poco marciana) de anotar con cuántos bares tropiezo cualquier mañana, en el camino entre mi casa y el trabajo. Si alguien se aburre (pero mucho), le animo a que haga la misma tontería y entenderá las cifras que cita el mentado estudio: en un anodino paseo de un cuarto de hora, sin ingresar en ninguna de las zonas logroñesas con más abundante parque de bares, registré una veintena. Veinte familias al frente de otras tantas barras, con su depósito de ilusiones, sus días de frustración y sus momentos de gloria. Sólo que defienden un negocio no es como cualquiera, dicho sea sin ánimo de ofender al resto. Un bar es epicentro de la vida ciudadana, foco de las noticias del barrio o de la calle, emblema de alguna zona de su municipio. El bar es también hogar para muchos de sus clientes, que encuentran a veces allí aquello que no les ofrece su propia casa: un poco de cariño, un rato de charla, consuelo en la aflicción, compañeros de fatigas entre los demás parroquianos. Un bar forma parte de un rosario de cuentas que revelan el alma de una ciudad y forjan la memoria popular. No sólo lo digo yo, sino que lo menciona el mismo estudio: según los encuestados, para el asombro propio y de mis improbables lectores, más de dos tercios de los españoles conocen el nombre del camarero de su bar favorito y el 30% dejaría las llaves de su casa al bar de confianza.

Una curiosidad: el estudio lo encargó Coca-Cola, esa bebida que encerraba la chispa de la vida según su añejo eslogan. La chispa de la vida: precisamente lo que esperamos encontrar en esos bares a cuyos camareros conocemos por el nombre de pila.

P.D. Y más curiosidades del estudio: el primer bar español se remonta a 1670, cuando abre en Sevilla ‘El Rinconcillo’. El segundo nace en 1825 en Zaragoza y se llamó ‘Bar Marcelo’. Y resulta que Plaza, Avenida y La Parada son los nombres más comunes de los bares de España. Por cierto, que salvo el último (que yo sepa), Logroño acoge su propio bar Plaza y su propio bar Avenida.

 

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Bar y fútbol
Jorge Alacid 21-05-2013 | 11:25 | 2

Foto del Perchas, tomada de la web callelaurel.org

Viendo el viernes en un bar de Logroño la finalísima de Copa, reparé en la estrecha relación que guardan ambos mundos, sobre todo desde la irrupción de las cadenas digitales. Antaño ocurría también algo así con ocasión de las citas futbolísticas más trascendentales, pero lo habitual era el fútbol televisado en su versión doméstica, alrededor de la mesa camilla. Hoy, el encanto de corear los goles y ocultar las decepciones en público es tendencia, a mayor gloria de la máquina registradora y a despecho de las simpatías que el dueño del bar profese por unos u otros colores.

De modo que el bar suele ser terreno neutral, cosa que es también un hallazgo reciente. En el pasado inmediato, cuando el beneficio del fútbol televisado no atacaba a la economía del bar, era costumbre ingresar en ciertos garitos sabiendo que se entraba en uno de tantos santuarios… madridistas. Casi siempre madridistas. Eran la mayoría, seguidos aunque de lejos por esas barras presididas por algún póster del Athletic, entonces el segundo equipo con más hinchas riojanos. Así que los forofos azulgranas nunca agradeceremos bastante la existencia del hoy desaparecido bar Florida de la calla San Agustín, oasis culé, cuyo dueño era uno de los nuestros. Y poco más, excepción hecha del Calderas de la Laurel. Porque si no era del Barcelona, el propietario sí que era antimadridista acérrimo, como atestiguó durante largo tiempo cierta foto que un día, con el Logroñes ya en Primera División, tanto molestó a esos talibanes llamados ultrasur con ocasión de su primer desembarco entre nosotros.

Al margen del bipartidismo ahora triunfante, por Logroño debemos consignar alguna otra alternativa. En Jorge Vigón tengo anotado un bar adicto al Real Zaragoza, cuyo dueño debe poseer un corazón a prueba de infartos. Y muy cerca existió durante breve tiempo, en Albia de Castro, otro local consagrado al ¡¡¡Osasuna!!!, a cuyo propietario hay que reconocerle cierto arrojo por plantar semejante embajada en territorio hostil. Y no me olvido de un clásico que hoy está de enhorabuena, retratado en la foto que adorna esta entrada (tomada de la web callelaurel.org): el castizo Perchas de la Laurel, donde uno entra sabiendo que sus orejas serán inmejorables (me refiero a las que ofrece el bar, ese pincho sublime) y sabiendo también que en algún momento de la ingesta la charla derivará hacia las glorias o miserias del Atlético de Madrid. Así ocurrió en mi última visita, cuando comprobé que el dueño no es un colchonero de boquilla, sino un aficionado de noble pedigrí, puesto que rememoraba las hazañas de su equipo desde los tiempos de Jones y compañía como quien silba. Y supe que era un hincha de verdad, de los auténticos, de los míos, cuando me regaló algunas de esas anécdotas triviales que suelen alimentar mis charlas favoritas sobre fútbol. Esas anécdotas absolutamente intrascendentes cuando no directamente marcianas, que son las que permiten comprobar que cuando hablamos de fútbol en realidad hablamos de otra cosa. De algo más grande.

Estamos hablando de la vida.

P.D. La ecuación bar-fútbol equivale en Logroño a otro binomio clásico, República Argentina-Las Gaunas. Incluso antes de las campañas de púrpura en Primera, los bares de la mentada calle fueron el corazón que bombeaba sangre blanquirroja hacia el campo municipal y exigían por lo tanto una parada en alguno de ellos para la consumición ritual (completo: café, copa y puro). Como una suerte de de viacrucis festivo, hostelero y futbolero. Cinco Pesos, Tucumán, Mar de Plata, qué recuerdos; por algo se llamaba y se llama República Argentina

 

 

 

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Elogio del tabernero
Jorge Alacid 17-05-2013 | 2:22 | 4

Rótulo del desaparecido bar Marzo, en Logroño

Tomo el diccionario de la RAE, busco la entrada bar y tropiezo con estas dos acepciones: 1.- Local en que se despachan bebidas que suelen tomarse de pie, ante el mostrador. 2.- Cierto tipo de cervecerías. Muy de acuerdo con la primera, desconcertado con la segunda. Sucede que tal palabra sirve para distinguir a diferentes realidades. Llamamos bar a cualquier cosa, cuando de hecho el idioma español nos permite alguna alegría más gracias a su muy rico vocabulario. Por ejemplo, noto que la voz taberna, que a mí me encanta, ha desaparecido casi del habla mal llamada vulgar. Y es una pena. Porque taberna (según la mentada RAE, “establecimiento público, de carácter popular, donde se sirven y expenden bebidas y, a veces, se sirven comidas”) es una tipología hostelera de gran arraigo entre nosotros. Y quienes pilotan este tipo de locales, los taberneros, nos remiten a una manera de interpretar el oficio ya en desuso: de cuando el tabernero ejercía como el rey de los camareros. Su aristocracia.

Toda esta digresión viene a cuento porque cada vez que visito la muy recomendable Taberna de Herrerías veo en su monumental espejo una reivindicación de la taberna con la que estoy muy de acuerdo. Eso es una taberna y lo demás son cuentos: ganas de marear la perdiz, que en este ámbito suele equivaler a marear a la clientela. Ya se sabe, además, que detrás de cada nombre raro se suele esconder una tarifa más elevada. La ropa vintage, por ejemplo, es la ropa usada de toda la vida, pero si le pongo semejante nombrecito, la cobro más cara. Y en la hostelería, otro tanto. ¿Qué es un gastrobar? Yo lo ignoro. Pero cuando me dicen taberna sé muy bien de qué me están hablando: un bar donde, como nos advierte la Real Academia, se sirven “a veces” comidas. La de Herrerías, sin ir más lejos. Su atractivo principal es obviamente el restaurante, cuyo alojamiento en el edificio esquina a San Bartolomé me sigue pareciendo un acabado ejemplo de cómo embellecer el Casco Antiguo y darle vida a un rincón casi moribundo. Ofrece una cocina familiar que antaño no era demasiado difícil encontrar en Logroño pero que hoy está en retroceso; es la misma cocina que se servía hasta su mudanza en otra taberna, la del Tío Jorge de la calle Galicia, donde uno reconoce el recetario de siempre llevado a alguna cumbre: sus alcachofas al horno, mi plato favorito en una carta que puede degustarse sentado a la mesa pero también subido al taburete, en la barra. En la taberna, por lo tanto.

Y de paso el cliente se puede entretener curioseando entre las fotos y carteles que adornan sus muros. Una de esas imágenes preside estas líneas: frente a la Taberna, donde hoy se alza la sede de la Seguridad Social, existió hace no demasiado un bar llamado Marzo que recordarán los logroñeses más veteranos. Hoy su imagen nos saluda frente a la barra. Yo lo conocí ya cerrado, pero su rótulo imantaba mi mirada cuando paseaba por allí: ese bar fue durante un tiempo remoto el bar de mi abuelo Ismael y me apetecía dedicarle esta entrada a su memoria precisamente hoy, 17 de mayo del 2013, cuando mi madre (su hija) cumple 80 años. Como recuerdo al tabernero que una vez fue mi abuelo, ahora que ese concepto parece pasado de moda… Aunque cuidado: la historia es pendular y atisbo en el firmamento señales de que la hostelería española emigra hacia la taberna, tipología que tal vez algún día acabará por diferenciarnos en nuestro globalizado mundo.

P.D. Sin salir de Logroño, uno tropieza todavía con unas cuantas tabernas, que tienen en común ser bastante recientes. En la calle Laurel se ubica La Taberna del Laurel; cerquita, en San Agustín, La Taberna de Correos; y en la calle San Juan, La Segunda Taberna. Son las que recuerdo así a bote pronto, junto a su pariente inglés, el pub llamado Sport Tavern, y otra taberna recientemente fallecida: La Taberna de Mere. Mere, nada menos: paradigma del tabernero.

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