Bar y fútbol

Foto del Perchas, tomada de la web callelaurel.org

Viendo el viernes en un bar de Logroño la finalísima de Copa, reparé en la estrecha relación que guardan ambos mundos, sobre todo desde la irrupción de las cadenas digitales. Antaño ocurría también algo así con ocasión de las citas futbolísticas más trascendentales, pero lo habitual era el fútbol televisado en su versión doméstica, alrededor de la mesa camilla. Hoy, el encanto de corear los goles y ocultar las decepciones en público es tendencia, a mayor gloria de la máquina registradora y a despecho de las simpatías que el dueño del bar profese por unos u otros colores.

De modo que el bar suele ser terreno neutral, cosa que es también un hallazgo reciente. En el pasado inmediato, cuando el beneficio del fútbol televisado no atacaba a la economía del bar, era costumbre ingresar en ciertos garitos sabiendo que se entraba en uno de tantos santuarios… madridistas. Casi siempre madridistas. Eran la mayoría, seguidos aunque de lejos por esas barras presididas por algún póster del Athletic, entonces el segundo equipo con más hinchas riojanos. Así que los forofos azulgranas nunca agradeceremos bastante la existencia del hoy desaparecido bar Florida de la calla San Agustín, oasis culé, cuyo dueño era uno de los nuestros. Y poco más, excepción hecha del Calderas de la Laurel. Porque si no era del Barcelona, el propietario sí que era antimadridista acérrimo, como atestiguó durante largo tiempo cierta foto que un día, con el Logroñes ya en Primera División, tanto molestó a esos talibanes llamados ultrasur con ocasión de su primer desembarco entre nosotros.

Al margen del bipartidismo ahora triunfante, por Logroño debemos consignar alguna otra alternativa. En Jorge Vigón tengo anotado un bar adicto al Real Zaragoza, cuyo dueño debe poseer un corazón a prueba de infartos. Y muy cerca existió durante breve tiempo, en Albia de Castro, otro local consagrado al ¡¡¡Osasuna!!!, a cuyo propietario hay que reconocerle cierto arrojo por plantar semejante embajada en territorio hostil. Y no me olvido de un clásico que hoy está de enhorabuena, retratado en la foto que adorna esta entrada (tomada de la web callelaurel.org): el castizo Perchas de la Laurel, donde uno entra sabiendo que sus orejas serán inmejorables (me refiero a las que ofrece el bar, ese pincho sublime) y sabiendo también que en algún momento de la ingesta la charla derivará hacia las glorias o miserias del Atlético de Madrid. Así ocurrió en mi última visita, cuando comprobé que el dueño no es un colchonero de boquilla, sino un aficionado de noble pedigrí, puesto que rememoraba las hazañas de su equipo desde los tiempos de Jones y compañía como quien silba. Y supe que era un hincha de verdad, de los auténticos, de los míos, cuando me regaló algunas de esas anécdotas triviales que suelen alimentar mis charlas favoritas sobre fútbol. Esas anécdotas absolutamente intrascendentes cuando no directamente marcianas, que son las que permiten comprobar que cuando hablamos de fútbol en realidad hablamos de otra cosa. De algo más grande.

Estamos hablando de la vida.

P.D. La ecuación bar-fútbol equivale en Logroño a otro binomio clásico, República Argentina-Las Gaunas. Incluso antes de las campañas de púrpura en Primera, los bares de la mentada calle fueron el corazón que bombeaba sangre blanquirroja hacia el campo municipal y exigían por lo tanto una parada en alguno de ellos para la consumición ritual (completo: café, copa y puro). Como una suerte de de viacrucis festivo, hostelero y futbolero. Cinco Pesos, Tucumán, Mar de Plata, qué recuerdos; por algo se llamaba y se llama República Argentina

 

 

 

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  • pacoperez

    Santuario colchonero era el desaparecido ya hace unos años Marlen, en la plazoleta de Albia de Castro frente a Lobete. No he visto a nadie sufrir más por sus colores que Juan Carlos, su dueño, ver un Barça-Atleti en su bar para un culé como yo era algo inenarrable. Cómo echo de menos su terracita y sobre todo el trato exquisito que allí recibíamos…

La Rioja

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