La Rioja
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Fecha: junio, 2013
El orden de tu nombre
Jorge Alacid 28-06-2013 | 5:56 | 0

No se lo digas a papá, bar de Barcelona

Repasando la última entrada dedicada al Bretón, compruebo que Logroño no escapa a una tendencia nacional en la rotulación de bares: falta de originalidad. En grado sumo. Los más comunes en toda España, según informa Coca Cola en la campaña que acaba de lanzar dedicada a lo mismo que este blog (la reivindicación del bar como depositario del espíritu español), son tres denominaciones que tampoco descubrieron América: Plaza, Avenida y La Parada. Con las dos primeras pueden encontrarse bares en Logroño; de La Parada, por el contrario, no tengo noticias.

Más corriente resulta titular al local con el nombre de la calle o plaza donde se ubica: ahí tenemos al mentado Bretón, a quien acompañan el Vigón (sí, de Jorge Vigón), el Colón de la avenida homónima, el San Juan de la calle San Juan y la Taberna del Laurel que, en efecto, se ubica en la calle Laurel… Hay tantos ejemplos logroñeses de esta corriente que no caben esta entrada. También son frecuentes los bares que te permiten repasar el atlas mundial. Londres, Roma, Lyon, Niza, Monterrey… Es común igualmente darles un aire extranjero (si no te gusta Londres, siempre nos quedará London) o bautizarlos con el nombre del propietario: aunque algunos no lo sepan, siempre he sospechado que quien puso en marcha el bar Sebas se llamaba Sebastián. Pero igual me equivoco.

Mis favoritos son sin embargo aquellos que incluyen alguna gracia, un gesto, un guiño que busca desde la rotulación la complicidad con la clientela. ¿Por ejemplo? Por ejemplo me encanta la humorada de quien le puso a su local nada menos que El Perchas, como el famoso taxista de aquella época en que parecía que sólo había un taxista en Logroño. Y sigo sin olvidar otros garitos desaparecidos cuyo nombre se repiten como un eco en mi cabeza: el bar Capri de Murrieta, ya citado aquí, donde sin embargo nunca vimos el Mediterráneo. O aquel pub situado más o menos enfrente, que impuso la moda de nombres con mensaje, tan ochentera: No se lo digas a papá. Que por cierto es un nombre que he encontrado en otros puntos de España (el de la foto es de Barcelona). Aquello de no se lo digas a papá era un consejo que los dueños se podían haber evitado: no, nunca se cuentan a papá según qué cosas. Ni a mamá. Aquel bar era contemporáneo del célebre y también difunto Yo qué sé, denominación harto curiosa que permitía el juego de palabras que su inventor probablemente deseaba. Algo así:
– Hija mía adorada, ¿dónde estuviste anoche?
– Yo qué sé, mamá querida.

Las últimas modas en hostelería me parecen que trabajan más este flanco de la nomenclatura, que para mí tiene más importancia de la que parece. Si nuestro bar de confianza carece de un nombre del que enorgullecerse, un imán que nos atrape desde el brillo del neón… Mal asunto. Les exigimos siempre un poco más. Saxo, Tivoli, Moderno, Donosti, Iturza, Gurugú, Bretón… Suenan contundentes, nos atraen desde que pronunciamos cada sílaba, porque poseen imagen de marca. Una poderosa imagen de marca, pese a que quienes así los llamaron lo ignoraran todo sobre mercadotecnia, que es un arte reciente. Aunque para mago del marketing, el artista a quien se le ocurrió aquello de El Soldado de Tudelilla, hermoso nombre que aún suena mejor en inglés como sugería Eduardo Gómez: The Soldier from Tudelilla.

P.D. Estas líneas se iniciaron recordando la campaña que Coca Cola ha impulsado más o menos coincidiendo con la apertura de este blog. Mientras sopeso si me querello contra la bebida de Atlanta y les pido que me indemnicen por los royalties que me han usuprado, no está mal eso de celebrar a  este sábado, un puñado de bares logroñeses se suma a la iniciativa, que promete animar los ya de por sí animados garitos de la ciudad. Incluso aquellos donde se toma Coca Cola.

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Un bar con mensaje
Jorge Alacid 26-06-2013 | 7:58 | 4

Manuel Jabois y Colo, presentando 'Manu' en el café Bretón de Logroño

No recuerdo la primera vez que caí por el café Bretón. Tuvo que ser hace varias glaciaciones; lo que sí recuerdo es que me gustó desde el primer día. Alguien con amor por el negocio de la hostelería había montado en mi calle favorita un bar que era más que un bar. Aspiraba a galvanizar las tertulias locales, fijar una imagen distinta de las barras de toda la vida, demostrar que otra decoración era posible… Gusto por los detalles, buena música (hoy ya inexistente), amplia oferta cervecera, cafetera y coctelera… Bienvenido a Logroño.

Con el tiempo, aquel proyecto se consolidó. Su atractivo no consistía sólo en servir tragos de distinta condición a una clientela que se hacía más interesante a medida que el reloj avanzaba, sino que pretendía convertirse en faro ciudadano, uno de esos bares que se enseñaban a las visitas y te hacían quedar bien: aún recuerdo a una célebre diseñadora de moda alucinando con su estética tan conseguida y, sobre todo, con el enorme frutero desbordante de naranjas. Las fotos que pueblan sus paredes atestiguan que el Bretón alcanzó aquel grial que tantos bares ansían pero (ay) casi ninguno consigue: cambiar y seguir siendo el mismo. Lampedusa estaría feliz. ¿Su secreto? Yo creo que son sus camareros y que la propiedad me perdone, aunque gran parte del mérito supongo que será suya: conseguir que una orquesta afine y suene bien empastada no es tarea sencilla. Se necesitan años, entrega apasionada, la sensación de formar parte de un proyecto conjunto. La sensación de que puede que todo cambie pero será para que todo siga igual.

Llevaba tiempo deseando escribir sobre el Bretón , sobre sus azucarillos con mensaje, como enviados por náufragos apasionados de la rima, asonante a ser posible, robinsones de este lado de la barra. No encontraba el momento. El contexto, que se dice en periodismo. En realidad, no lo necesitaba: lo bueno de los bares es que siempre están ahí, de modo que la excusa para perorar alrededor de ellos surge de un modo natural. Por ejemplo, cuando allí se presenta un libro. Lo cual es sin embargo una rareza. Una rareza que por Logroño hemos interiorizado con gran sentido de la deportividad, como si un bar patrocinando un premio literario fuera cosa común, lo más lógico. En realidad, no lo es. Pero somos animales de costumbres: igual que entramos en este segundo Bretón luego de su mudanza, como si nada hubiera pasado, nos hemos ido adaptando a la singularidad que supone ver un bar adherido a la solapa de esos libros que recitamos como una alineación. De Prada (antes de convertirse en el actual De Prada), Benítez Reyes, Ostiz, Zarracina, Iwasaki… Un manojo de apellidos ilustres que confluyen este año en otro de deslumbrante prosodia: Jabois. Dan ganas de pronunciarlo a la francesa, un chiste que el dueño del apellido ya habrá sufrido: Manuel Yabuá.

Si hoy visito el Bretón desde este blog y rememoro las noches algo insomnes como miembro accidental del jurado de su premio literario, compartiendo alguna confidencia con su dueño de corazón tan azulgrana, es porque acaba de a albergar el enésimo acto cultural. El mentado Jabois ha presentado su premiado ‘Manu’ y como es un libro que me ha gustado, que me ha gustado mucho, que me ha gustado muy por encima de mis expectativas y supongo que de mis prejuicios, confío en saldar con estas líneas la deuda que un cliente agradecido mantiene con los bares que cuidan de su buen estado de salud. A cambio, no le pido demasiado. Le pido lo que a todos. Que administren con sabiduría el secreto vínculo con su parroquia, que no exageren con la caja registradora, que no olviden que un bar es más que es un bar. Y de paso, aprovecho para pedirle dos favores, convencido de que no me los concederá: que abandere el regreso del medio cubata. Y que quite la tele.

P.D. El café Bretón no es el único local logroñés así denominado a lo largo de la historia, aunque hoy sí ostenta tal honor en solitario. Que uno recuerde, hubo un bar Bretón ya hace años clausurado en la calle Mayor, frente a la calle de la Merced, en cuyas mesitas más de una vez consumimos solitarios tragos en el invierno de la adolescencia. Era un jalón más de la ruta que incluía el Tigre y el Iturza y desembocaba luego en otro garito difunto, el Cuatro Calles. Del Bretón aquel no olvidaré nunca un detalle que me alucinaba: que tenía agua de pozo. Que la ronda por la Mayor acabara por incluir un vaso de agua siempre me pareció un signo de distinción inmejorable.

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¿Un café, un euro?
Jorge Alacid 21-06-2013 | 3:32 | 55

Café a un euro, en un bar de la Gran Vía logroñesa

En aquel lejano 1 de enero del 2002, España se sometió a la dictadura del euro, dijo adiós a la vieja y entrañable peseta y, en consecuencia a los consumidores nos volvieron locos. Un poco más locos. Por ‘culpa’ (es un decir), de la difícil conversión aritmética en pesetas de la nueva moneda, se permitió al empresariado español una argucia que, en aquellos años en que andábamos majaretas perdidos y creíamos que nuestro país era Las Vegas, le funcionó muy bien: de repente, lo que costaba 100 pesetas pasó a costar 166. No es que valiera esa cantidad, ojo: es que eso era lo que te cobraban. Un sablazo en toda regla que a algunos nos hizo daño donde más nos dolía: en el cafelito. En el corazón: creíamos que los clientes les importábamos un poco más a los dueños de nuestros bares de confianza.

Por entonces, todavía era común según recuerdo tomarte el cortado por unas 90 o 95 pelas, aunque lo habitual era que costara 100 o que incluso subiera al entorno de las 105 o las 110 en algún local de postín. Para lo que nadie estaba preparado era para aquella multa que súbitamente nos impusieron en aquel duro invierno: recién implantada la moneda única, en la mañana del día 2, ya nos pidieron un euro en algún bar (¡¡¡cerca de 70 pesetas de diferencia!!!). Lo pagamos confundidos mientras hacíamos cábalas mentales y para cuando nos habían dado las vueltas o analizábamos el ticket, mientras salíamos del bar todavía envueltos en cálculos y más cálculos, ya era tarde. Se acababa de instaurar la dictadura de un café, un euro. Pronto hubo bares a quienes la subida se les hizo corta: 1,05, 1,10, 1,15… Uno se iba indignando en la misma proporción pero como miembro de la masa borreguil española iba aceptando cada multa hasta que un día dijo basta: fue cuando en un bar me impusieron una sanción de 1,20 por el café. No he vuelto a semejante garito, que es una forma de protestar discreta y cobarde, lo admito, pero efectiva: no verán ya mis huellas dactilares en sus tazas ni en sus cucharillas.

El caso es que, pese a este tipo de desplantes de la clientela, el café trepó por el IPC hasta olvidar el tiempo en que incluso cuando lo cobraban a un euro ya nos parecía una exageración. De ahí que me llamase la atención, a medida que iba dando entrada en el blog a la serie sobre tapas gratis en los bares de Logroño, que en paralelo a esta tendencia haya surgido entre nosotros una iniciativa similar: la de esos bares que, como se observa en esta foto tomada en la Gran Vía, han vuelto sobre sus pasos y ofrecen de nuevo el café a un euro. Aleluya. Albricias. En esta regresión que trae consigo un ciclo económico tan sombrío, no sólo te invitan de vez en cuando a alguna golosina dulce, sino que incluso se rebaja el precio, prodigio que no he visto en otros negocios. Ni siquiera en la propia hostelería logroñesa: las tarifas siguen en general por las nubes, pero el café se ha plegado a esta nueva norma que debería haber sido lo habitual hace años. Pero, en fin… Aceptamos su arrepentimiento y animamos al resto del sector a imitar a sus colegas más generosos. Si algún improbable lector se anima, podemos ir recopilando sus aportaciones: a ver si sale otro mapa de los bares con cafés a un euro.

P.D. La foto que ilustra estás líneas está tomada en la Gran Vía, a la entrada del bar Skape, uno de los ganados para esta causa de un café, un euro. No he comprobado si tal milagro se ha extendido por otros bares del centro, pero un amable corresponsal me informa de lo siguiente: en la degustación de El Pato de Hermanos Moroy, con José al frente de la barra, también lo ofrecen a un euro.

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A esta ronda invita la casa
Jorge Alacid 19-06-2013 | 8:46 | 0

Las tapas gratis, en la portada de Diario LA RIOJA

Nuevas tapas, nueva entrada en el blog. Compruebo que esta idea de dotar a Logroño de la misma estrategia tan común en otros bares donde te ofrecen algún detalle gratis gana adeptos, lo cual no equivale precisamente a descubrir el Mediterráneo: cualquiera lo podía esperar. Pero es verdad que, al margen de lo que reclame la clientela, el debate gana sentido porque son los propios hosteleros quienes se suman a la iniciativa y hasta la lideran. Que en la mayoría de los bares de Logroño se siga ignorando esta práctica es tan evidente como que, por el contrario, muchos sí la han hecho suya, la utilizan como reclamo frente a la competencia y alcanzan el éxito: su popularidad no deja de crecer, sin que por ello decaiga su profesionalidad ni se mitigue la calidad de su oferta gastronómica. Más bien al contrario.

Así que una vez superada la primera oleada, parece pertinente hacer recuento de novedades. Porque hay unas cuantas. Diario LA RIOJA dedicó el pasado día 7 de junio un extenso reportaje en su cuadernillo semanal GPS al mencionado asunto, donde se recopilaban las aportaciones anotadas en este blog a partir de la experiencia propia (las menos) y los avisos de los lectores (los más) pero se incluían también otras distintas. Martín Schmitt, compañero en esta casa, recordó que el Lyon de Jorge Vigón ofrece patatas fritas con cada consumición y que el Perejil de Gil de Gárate sirve una amplia oferta de tapas también gratuitas, aunque su predilecto es el Boston de República Argentina, “donde te ponen hasta huevos rotos”. Y otra compañera, Estibaliz Espinosa, añadía por su cuenta un local de la plaza Primero de Mayo, el Patio de Mayo, donde también invitan al pincho con la consumición.

En el reportaje de Diario LA RIOJA se agregaban otras pistas, como el Jaspyr (Somosierra 24), donde ofrecen desde hace cuatro años una tapa gratis con cada trago a cambio de 1,50 euros. O el Ceres de la calle Hermanos Moroy, que entre lunes y jueves acompaña la consumición con una cazuelita de bravas; o La Pizarra de la calle San Juan, Nuestro Bar de la calle Huesca, el Sagasta de Muro de Cervantes, El Bulevar de avenida de la Paz, La Jala de la calle Santiago… Y una curiosidad: se mencionaba también al Colonny de Portales, donde con el desayuno se ofrece una rica tostada de pan con tomate y aceite para enriquecer el desayuno. Doy fe: vi las rebanadas desplegadas ante mí la única vez que he estado en ese bar en horario de mañana pero ni se me ocurrió que fueran gratis. No se me pasaba por la cabeza. Se ve que mi mentalidad tan logroñesa no estaba preparada para ser obsequiado con un detalle tan generoso. Os dejo el nuevo mapa de tapas, con las recientes incorporaciones.

P.D. Recientes expediciones a Madrid me confirman que por el foro se sigue sin conocer al bar que se haya arruinado por ofrecer un triste puñado de cacachuetes o un modesto plato de aceitunas para acompañar la bebida. En cualquiera de ellos te invitan a algo; tengo observado que incluso los bares dedicados a esa gloriosa tradición española del menú del día obsequian con una cazuelita según se sienta su cliente. No tengo noticias de que por Logroño ocurra algo semejante, pero no me importaría equivocarme. Sigo abierto a sugerencias que me saquen de mi error.

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Los bares de todos
Jorge Alacid 14-06-2013 | 5:49 | 0

Cafetería del Ayuntamiento de Logroño (foto de Justo Rodríguez)

Hace poco nos enteramos de por qué Zapatero pensaba que los cafés costaban menos de un euro: se ve que sólo los tomaba en el bar del Congreso, cuyos abastecedores se permiten ciertas alegrías en su política de precios. No sólo en el cafelito que sirven a 80 céntimos, sino en la ingesta de destilados que ofrecen a tarifas revolucionarias: ¡¡¡cubatas a  tres euros y medio!!! O, mejor dicho, los ofrecían: visto el revuelo levantado por los copazos de nuestros representantes, en la  Cámara Baja se lo han pensado mejor y ahora anuncian otro pliego de condiciones para la concesión de los servicios de cafetería durante los próximos cuatro años. Unas condiciones más cercanas al sentido común.

Por lo tanto, adiós (momentáneo) a esas tarifas tan agresivas que se anunciaban: desayuno completo por 1,05 euros, menú del día en autoservicio a 9 euros (dos platos y postre), copa de Ron Habana Club de siete años a 5,65 euros… En su intención inicial, los responsables del Congreso explicaron que se trataba de precios tasados, que la cafetería cumple otros cometidos, que tiene horarios extraños en función de la demanda de la Cámara…

Argumentos que suenan raros, aunque puede que no lo sean: animado por la polémica desatada por los copazos de sus señorías, pregunté en el Ayuntamiento de Logroño cómo configuran sus propios pliegos de condiciones en las cafeterías municipales… que son más de las que uno se puede imaginar. No sólo incluyen al propio bar del edificio municipal: hay que añadir las cafeterías del Embarcadero, el bar del parque del Ebro y el del parque González Gallarza, La Fundación del parque del  Carmen, el quiosco del parque de La Ribera y el quiosco del Espolón; fuera del núcleo urbano, se añade la cafetería de La Grajera, que cierra en época invernal. En total, ocho establecimientos que tienen su propio pliego de condiciones y que no admiten otras intromisiones desde el Ayuntamiento; es decir, que cada uno puede fijar su propia hoja de precios, como señala el concejal Pedro Sáez Rojo. Con una salvedad: el mentado bar de la propia sede consistorial, al que se impone una serie de precios máximos porque las distintas corporaciones han entendido que ofrece un servicio más a los trabajadores municipales, al margen de que también esté abierto a cualquier otro cliente. “En el caso de los demás bares”, añade Sáez Rojo, “como están diseminados por todo Logroño se prefiere no imponer los precios para no lesionar la competencia de los que están situados en sus respectivos entornos”.

Así que volvemos al principio. ¿Cómo se sustancian las exigencias del Ayuntamiento en los servicios que ofrece la cafetería municipal? Pues en que su horario es idéntico al de las oficinas del propio Consistorio y sus precios, sensiblemente inferiores, fruto de la mentada política de tarifas máximas: según establece el pliego municipal, cada oferta para hacerse con los servicios del bar debe detallar de a cuánto sale cada consumición. Incluye también otra particularidad que desanimará a los amigos de la polémica: aquí no se sirven copas, a diferencia del bar del Congreso. Es decir, de alcohol, sólo vino, cerveza y vermú. Y, en efecto, la cuenta sale barata: una caña más un bocata, por ejemplo, se sirve a 2,65 euros. Y el cortado es el que se tomaría Zapatero: sólo tendría que abonar 95 céntimos.

P.D. Desde el Ayuntamiento logroñés me facilitan estos datos con las concesiones de sus establecimientos hosteleros, que comparto aquí porque pienso que tienen su interés.                                                               Bar Playa del Ebro, (1.495,26 euros de cánon); bar Parque del Carmen (632,17 euros); Quiosco Espolón (2.963,93 euros); bar Parque González Gallarza (2.552,61 euros); cafetería-mirador Parque del Ebro (102,90 euros); bar Parque La Grajera (63,50 euros, cierra en invierno); bar Parque del Ebro-Ribera Campus (1.231,04 euros).

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