Un bar con mensaje

Manuel Jabois y Colo, presentando 'Manu' en el café Bretón de Logroño

No recuerdo la primera vez que caí por el café Bretón. Tuvo que ser hace varias glaciaciones; lo que sí recuerdo es que me gustó desde el primer día. Alguien con amor por el negocio de la hostelería había montado en mi calle favorita un bar que era más que un bar. Aspiraba a galvanizar las tertulias locales, fijar una imagen distinta de las barras de toda la vida, demostrar que otra decoración era posible… Gusto por los detalles, buena música (hoy ya inexistente), amplia oferta cervecera, cafetera y coctelera… Bienvenido a Logroño.

Con el tiempo, aquel proyecto se consolidó. Su atractivo no consistía sólo en servir tragos de distinta condición a una clientela que se hacía más interesante a medida que el reloj avanzaba, sino que pretendía convertirse en faro ciudadano, uno de esos bares que se enseñaban a las visitas y te hacían quedar bien: aún recuerdo a una célebre diseñadora de moda alucinando con su estética tan conseguida y, sobre todo, con el enorme frutero desbordante de naranjas. Las fotos que pueblan sus paredes atestiguan que el Bretón alcanzó aquel grial que tantos bares ansían pero (ay) casi ninguno consigue: cambiar y seguir siendo el mismo. Lampedusa estaría feliz. ¿Su secreto? Yo creo que son sus camareros y que la propiedad me perdone, aunque gran parte del mérito supongo que será suya: conseguir que una orquesta afine y suene bien empastada no es tarea sencilla. Se necesitan años, entrega apasionada, la sensación de formar parte de un proyecto conjunto. La sensación de que puede que todo cambie pero será para que todo siga igual.

Llevaba tiempo deseando escribir sobre el Bretón , sobre sus azucarillos con mensaje, como enviados por náufragos apasionados de la rima, asonante a ser posible, robinsones de este lado de la barra. No encontraba el momento. El contexto, que se dice en periodismo. En realidad, no lo necesitaba: lo bueno de los bares es que siempre están ahí, de modo que la excusa para perorar alrededor de ellos surge de un modo natural. Por ejemplo, cuando allí se presenta un libro. Lo cual es sin embargo una rareza. Una rareza que por Logroño hemos interiorizado con gran sentido de la deportividad, como si un bar patrocinando un premio literario fuera cosa común, lo más lógico. En realidad, no lo es. Pero somos animales de costumbres: igual que entramos en este segundo Bretón luego de su mudanza, como si nada hubiera pasado, nos hemos ido adaptando a la singularidad que supone ver un bar adherido a la solapa de esos libros que recitamos como una alineación. De Prada (antes de convertirse en el actual De Prada), Benítez Reyes, Ostiz, Zarracina, Iwasaki… Un manojo de apellidos ilustres que confluyen este año en otro de deslumbrante prosodia: Jabois. Dan ganas de pronunciarlo a la francesa, un chiste que el dueño del apellido ya habrá sufrido: Manuel Yabuá.

Si hoy visito el Bretón desde este blog y rememoro las noches algo insomnes como miembro accidental del jurado de su premio literario, compartiendo alguna confidencia con su dueño de corazón tan azulgrana, es porque acaba de a albergar el enésimo acto cultural. El mentado Jabois ha presentado su premiado ‘Manu’ y como es un libro que me ha gustado, que me ha gustado mucho, que me ha gustado muy por encima de mis expectativas y supongo que de mis prejuicios, confío en saldar con estas líneas la deuda que un cliente agradecido mantiene con los bares que cuidan de su buen estado de salud. A cambio, no le pido demasiado. Le pido lo que a todos. Que administren con sabiduría el secreto vínculo con su parroquia, que no exageren con la caja registradora, que no olviden que un bar es más que es un bar. Y de paso, aprovecho para pedirle dos favores, convencido de que no me los concederá: que abandere el regreso del medio cubata. Y que quite la tele.

P.D. El café Bretón no es el único local logroñés así denominado a lo largo de la historia, aunque hoy sí ostenta tal honor en solitario. Que uno recuerde, hubo un bar Bretón ya hace años clausurado en la calle Mayor, frente a la calle de la Merced, en cuyas mesitas más de una vez consumimos solitarios tragos en el invierno de la adolescencia. Era un jalón más de la ruta que incluía el Tigre y el Iturza y desembocaba luego en otro garito difunto, el Cuatro Calles. Del Bretón aquel no olvidaré nunca un detalle que me alucinaba: que tenía agua de pozo. Que la ronda por la Mayor acabara por incluir un vaso de agua siempre me pareció un signo de distinción inmejorable.

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  • La Mareta

    Estupendo artículo Jorge. Que verdad tienen tus palabras. El Bretón es ese bar, como bien has descrito, donde poder llevar a las visitas y quedar bien. Donde poder tomar un café acompañado de ese bizcocho delicioso , copa, o helado. La variedad es amplia .

    El alma del Bretón ha sido desde sus comienzos y será su dueño . Colo.

  • Jorge Alacid

    Muchas gracias La Mareta

La Rioja

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