La Rioja

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Fecha: septiembre, 2013
Se llamaba Tifus
Jorge Alacid 27-09-2013 | 9:36 | 0

Fachada del bar La Jala. La foto está tomada de su perfil de Facebook

En unos cuantos comentarios a distintas entradas de este blog se recordaba (con ese cariño típico que supura la nostalgia) aquel emblemático bar llamado Tifus que sentó sus reales (qué querrá decir sentar sus reales) en la muy castiza calle Santiago. Ocupaba un angosto local llegando ya a la iglesia homónima y contaba con buena vecindad: al lado se aloja el estupendo inmueble sede de La Becada, el edificio donde nacieron los luego célebres hermanos D´Elhuyar, a quienes tanto debe el wolframio, y enfrente otra sociedad gastronómica, Barriocepo.

Pero ésa es otra historia. Aquí venimos a hablar de un bar que marcaba el territorio desde su mismo nombre: hay que ser muy audaz para pretender imantar a la clientela con un rótulo que apela a una enfermedad, pero en aquel tiempo (últimos años 80, primeros 90) la osadía era el material con que se construían las rotulaciones de nuestros garitos predilectos. El bar se benefició en su origen de la cierta fama local que habían alcanzado sus propietarios, los hermanos Echagoyen, sobre todo el menor de ellos, apodado Jota. Porque Jota era el entonces célebre solista del legendario combo Obras Públikas, grupo también bañado hoy por la nostalgia, que se ofrecía en aquel tiempo como la contribución riojana a la llamada Movida, otrora Nueva Ola. Hubo un momento en que Obras Públikas pareció a punto de dar el gran salto a las grandes ligas nacionales: quiere decirse que aparecieron en la tele y como sus canciones estaban muy bien, sus letras poseían un afilado encanto, apostaban por los ritmos que marcaban la época (ska, mucho ska) y la imagen de conjunto ofrecía una solidez de la que carecieron otros grupos que les precedieron… Bueno, el caso es que Obras Públikas fue ‘el’ grupo de entonces y en lógica consecuencia su cantante ejerció como una suerte de flautista de Hamelín que atraía hasta las inmediaciones de la iglesia de Santiago a una feligresía propia.

La fauna que eligió el Tifus como epicentro no era la típica clientela: eran ese tipo de parroquianos para quienes el bar servía como prolongación de su casa. No era un bar: era su bar. Su bandera, su emblema, su símbolo. Cuando semejante fenómeno ocurre, el bar se convierte en icono generacional y tiene algo de frontera, porque sus responsables ejercen de aduaneros: son quienes deciden si te aceptan como cliente, previo examen para comprobar que das el tipo requerido. Era importante por lo tanto ingresar con la pinta adecuada y ser adicto a los manjares que allí se despachaban, creo recordar que con el tirolés como bebedizo estrella. También puntuaba ser inmune al olorcillo que emanaba de los misteriosos cigarrillos que una gran parte del personal fumaba junto a la puerta, apoyándose contra la pared hasta crear un muro de humo que alguna noche alcanzó dimensiones bastante interesantes.

Como se deduce, el Tifus era un bar divertido. Muy divertido. Garantizaba ese tipo de diversión que exige encontrarse en plena forma para disfrutar de sus encantos, una predisposición juvenil que (lo siento) uno fue incapaz de ofrecer con regularidad. Su auge me pilló ya un poco caduco, pasado de forma. En esos casos, es mejor hacerse a un lado y dejar que los bares sean conquistados por una parroquia más propicia, verla disfrutar como cuando disfrutaba tú aquel lejano día en que tropezaste con el bar de tu vida.

Si traigo ahora aquí al difunto Tifus es porque compruebo con alegría que, luego de algún vaivén pasajero, el bar renace. Con otro nombre pero (me parece) con semejante espíritu. Un aire festivo inunda el viejo recinto denominado hoy La Jala, cuyos fans forman una combativa legión que lo ha convertido en su favorito y no aceptan otras alternativas (salvado sea el Iturza, con el que tantas cosas comparte), de modo que gracias a ese boca-oreja tan militante y tan típico de Logroño se erige ahora en lo que el Tifus fue: un bar icónico. Canónico. Con una particularidad que se agradece: precios comedidos. Un modelo de bar triunfante según me parece, cuyo ejemplo pueden muy bien imitar desde el sector, para que la oferta se diversifique. No todo van a ser garitos de diseño, con tapas de apellidos larguísimos y crianzas cobrados como reservas. Así que larga vida a La Jala: el Tifus estaría orgulloso.

P.D. El Tifus nunca fue un bar empotrado en su propio circuito de tragos según es moda en Logroño. Al Tifus había que ir, porque la calle apenas ocultaba otros encantos en forma de bares que la legendaria bodeguilla Montiel, local situado a mano derecha según se entraba por la calle Mayor. Montiel fue una de las últimas de esta tipología en arrojar la toalla, un modelo de bar ya en retirada que se ha glosado antes en este blog, que tuvo algo de lugar de encuentro entre generaciones: la Mayor empezaba a cotizarse entre las nuevas hordas juveniles y aquella bodeguilla ejerció como cabeza de puente para llegar al Tifus, con los abuelos haciéndose los amos de las sillas y los porrones pero aceptando compartir su pincho estrella, las raciones de hígado empanado que nunca me tuvieron entre sus adictos.

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La sombra del fútbol es alargada
Jorge Alacid 20-09-2013 | 11:55 | 0

Tragos a la salud de Abadía

Saliendo la otra noche del nuevo Carabanchel, reparé en que la tienda vecina de quesos y otras gollerías fundada por el gran Agustín Abadía (cuyas galopadas por la banda de Las Gaunas sigo venerando) había devenido en bar. Y pensé en qué extrañas piruetas deparaba esa mezcla de fútbol y hostelería en los bares logroñeses, porque esta aventura que emprende el técnico de la SDL no es ni mucho menos insólita: durante largo tiempo se han ido hermanando los dos mundos a través de las peripecias de unos cuantos futbolistas. Sobre todo, de la época en que sólo había un Logroñés.

Eso de convertirse en empresario de la hostelería representaba una salida natural para muchos blanquirrojos, porque no tenían más que fijarse en el ejemplo del eterno presidente Cesáreo Remón, industrial de éxito en ese ramo. En mi memoria, el primer eslabón de esta cadena lleva el apellido de Lotina, el goleador que puso en pie con otros socios el Edén de la calle Lardero, esquina a Vitoria. Ahí sigue el local tan pimpante, aunque desde hace años bajo otra dirección. Muy cerca, décadas después se inauguró un bar de estética norteamericana, impulsado por otro grande de los tiempos gloriosos, José Luis Gilabert, preparador físico del CDL durante algún lustro. Una tendencia inspirada desde tiempo atrás por la saga del Buenos Aires, con sus Royo y sus Viguera, dinastías de largo recorrido en nuestro fútbol, desde su antiguo emplazamiento en la calle Laurel hasta el actual en República Argentina (que es mucho más lógico, teniendo en cuenta su nombre), donde descuella otro exblanquirrojo, Soroa.

Así que remontándonos en el tiempo…. Tirando de moviola surgen tantos casos de unión entre ambos ámbitos que he recurrido a la sabiduría y memoria de Eduardo Gómez para que ayude en la tarea. Gentilmente, me ofrece una larga lista de ejemplos, además de los citados. Así, recuerda a un tal Avelino, futbolista que casó en Logroño con una hija de quienes regían el restaurante Matute. Y no podemos olvidarnos de la casa Zubillaga, hoy bar y antes restaurante, ni de Arriola, al frente de su cafetería en Vara de Rey esquina a Somosierra luego de defender la zaga del Logroñés durante varias temporadas. Ni de Vilanova, quien matrimonió con una descendiente de los empresarios de La Chatilla, ni de Lerchundi, cuya bodeguita llamada Bezares testimonió en la calle Mayor la época en que estos establecimientos eran moneda corriente, ni del gran Belaza y su Génenis de la Gran Vía…

Así que salen unos cuantos casos, como vemos. La tendencia de algunos jugadores de jubilarse como tales y ponerse al frente de una barra se extiende por numerosos rincones de la geografía española, como si los deportistas devenidos en empresarios hosteleros intentaran trasladar la fama que alcanzaron en las canchas a su nuevo oficio y beneficiarse de su tirón mediático. Pero se trata de un oficio complicado, tanto como el de futbolista: como hemos visto de la relación arriba recopilada, algunos flaquearon en el intento. Pero otros no: otros sobreviven, porque manejan al cliente con la misma habilidad con que embocaban el balón en la portería rival. Y a quienes les vimos en pantalón corto sudando la zamarra blanquirroja en el inolvidable Las Gaunas, nos hace ilusión encontrarnos con ellos en estos otros avatares de la vida y desearles, como quien firma estas líneas, mucha suerte en sus negocios.
Y felices fiestas de San Mateo.

P.D. La relación de futbolistas que levantaron negocios en Logroño que me facilita Eduardo Gómez abarca a otros ámbitos más allá del hostelero. De donde él deduce (y razón creo que no le falta) que algo tiene Logroño cuando tantos y tantos antiguos profesionales del Club Deportivo Logroñés eligieron esta ciudad para retirarse, casarse, fundar un hogar, crear su propia prole… Todas esas cosas. Luisín, Berasategui, Casiano, Guerra, Pipo, Eguren, Lasala, Peche, Cachicha, Pedro, Garriga… La relación es tan amplia que habrá que darle la razón al gran Eduardo: sí, algo tendrá Logroño

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De filete ruso a hamburguesa
Jorge Alacid 11-09-2013 | 8:34 | 6

Samuel L. Jackson, desayunando en Pulp Fiction

Entró en nuestras vidas bajo el nombre de filete ruso y así le seguimos llamando durante largo tiempo. La España franquista era así: desconcertante. Entre denominar ese bocado al modo yanqui o hacerlo incluyendo una referencia al país de nuestros archienemigos los soviets, preferimos esta segunda opción. Por despistar. Poco después, sin embargo, nos hicimos mayores. A medida que McDonalds se fue introduciendo en nuestras vidas, sucumbimos al encanto de la comida rápida que otros llaman basura y entonces sí: entonces la hamburguesa se entronizó en nuestras cocinas, saltó a los bares y ya nadie osa llamarle filete ruso. Una pena.

Una pena, porque compruebo en la Wikipedia que la denominación aún tiene sentido. Aunque los orígenes de la hamburguesa hunden sus raíces, como casi todo, en la avanzada Roma, fueron los mongoles que dominaron las llanuras de la Europa oriental quienes divulgaron la buena nueva en forma de carne picada. De ahí nace esa expresión de filete ruso, que toma prestada alguna licencia de la geografía y la historia, y de ahí proviene también una derivación igualmente popular en nuestros fogones, el steak tartar. Con el tiempo, el gusto por comer carne picada se fue extendiendo e ingresó en el corazón de Centroeuropa, hasta acabar conquistando Hamburgo, cuyo puerto representó durante años el punto de partida de los viajes transoceánicos que poblaron Estados Unidos de hijos del Viejo Continente. Fin de la primera parte: los restaurantes de Nueva York empezaron ya a finales del siglo XIX a ofrecer a su clientela filetes “al estilo de Hamburgo” y el resto es historia. Historia contemporánea.

No aburriré más al improbable lector con esta profusión de fechas, citas y teorías sobre el nacimiento de la hamburguesa. Le regalo el enlace con la mentada Wikipedia y salto a la España de los 80, cuando desembarcó este célebre bocadillo que nos introdujo en el universo del pan de sésamo y las altas calorías con kétchup. Yo recuerdo haber consumido la primera en un bar logroñés ya desaparecido, entonces en la cumbre de su fama: el llorado Bierhause (o como se dijera), en la esquina de Gran Vía con Labradores, último eslabón de una manzana muy pródiga en experiencia hosteleras, la llamada manzana del Robinson que se componía de la mentada hamburguesería, el homónimo pub que merecerá una entrada un día de estos y su hermano menor, el Robinson Grill (donde, si no me falla la memoria, también se despachaban hamburguesas). De ahí, el devoto de esta religión tuvo que peregrinar hacia la cercana y aún activa cervecería Kaiser, imperio de la hamburguesa y de la pantalla de gigante de televisión, dos productos que así de unidos propiciaron inolvidables noches futboleras. Allí me tuvo de cliente durante el Mundial de México, los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y (ay) el penalti fallado por Eloy ante Bélgica que prolongó nuestra maldita cita con los cuartos de final.

Tanto las del Kaiser como las del Bierhause eran hamburguesas, sí, pero no militaban dentro de la corriente de cocina rápida. Un estupendo pedazo de carne, adornado con mostaza, elaborado con esmero y presentado con dignidad; no digo que sean cualidades que falten en establecimientos como McDonalds y Burger King, por citar las dos más conocidas franquicias, contra las que nada tengo. Dan de comer por poco precio y hacen felices a los más pequeños de la casa, lo cual no es poca cosa según me parece. Son garitos sin embargo en las antípodas de los que surgen ahora por Logroño, cuya aparición justifica estas líneas: el Bococa de Bretón de los Herreros y el Burgerheim de Víctor Pradera, a quienes deseo la mejor suerte y prometo una visita. Porque soy adicto a ese manjar que me rejuvenece: me recuerda cuando era un crío y le llamaba filete ruso.

P.D. La hamburguesa, como cualquier producto de origen yanqui, permanece en deuda con el mundo del cine, desde la misma estética de aquellos garitos americanos que ahora se intentan imitar en Europa, España incluida. Grease, American Beuty (en su versión drive thru con el impagable Kevin Spacey de camarero), Regreso al futuro… Una larga lista que estaría incompleta si no incorporamos Pulp Fiction, cinta que se abre con Travolta teorizando en torno al cuarto de libra con queso al estilo francés (Royale con queso) e incluye la memorable secuencia cuya imagen ilustra estas líneas y cuyo enlace dejo aquí: la piedra angular de todo buen desayuno americano, a la salud de la variedad hawaiana llamada Big Kahuna.  Y que aproveche.

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Bares enredados
Jorge Alacid 04-09-2013 | 11:36 | 4

Página web de Dharmapuntocero

 

En el principio fue el verbo y el verbo se hizo carne en internet. Así ocurre en tantos órdenes de la vida y así ocurre también en el universo de los bares, un mundo cada vez menos ajeno a cuanto sucede en el éter. Durante este verano he tenido algo más de tiempo para observar que también los bares logroñeses se sumergen en la red en busca de lo que requiere cualquier negocio: notoriedad, relevancia, potenciación de la marca, contacto con la clientela… Ese rosario de intangibles cada vez más tangibles, porque un bar que cuide a su parroquia a través de su web o las redes sociales no hará otra cosa que procurarle la misma atención que hasta ahora era habitual por medios convencionales. Y recibirá por lo tanto idéntica cálida respuesta.

De ahí que me haya resultado pertinente recopilar aquí algunas de las iniciativas hosteleras de Logroño con mayor predicamento en la red. Traducido: qué bares me parece que exprimen con más talento las posibilidades que ofrece Internet. No es un recuento científico; más bien, un resumen de aportaciones interesantes, que puede incurrir en el pecado de obviar algunas que se hayan escapado de mi radar. Van por adelantado mis disculpas a los posibles ausentes, pero allí va la lista. En la calle Laurel, me llaman la atención la constancia de La Taberna del Tío Blas y el bar (también restaurante) El Muro; sobre todo el primero, que utiliza sabiamente el impacto de las redes sociales (a riesgo a veces de saturar el éter). Mención aparte merece Casa Pali, donde se intuye una notable astucia en eso de estar presente en la red de un modo bien elegante, sin caer en exageraciones.

En la cercana San Agustín, anote el improbable lector las referencias de La Anjana y De Perdidos al Río, bastante activos; en la calle San Juan, se percibe una inteligente gestión internáutica (si tal palabra existe) detrás de Tastavín, que propone una cobertura que juzgo modélica: no te mete la bebida ni la comida por la boca, sino que deja caer su oferta como quien no quiere la cosa. Se podría considerar publicidad subliminal si no fuera porque toda la publicidad es así: subliminal. Y en la Mayor, gloria al Iturza, donde se incurre en una paradoja que me hace feliz: que el bar más castizo de la calle, uno de los pocos que ha resistido más o menos como siempre, lidere hoy las corrientes más avanzadas en el uso de las nuevas tecnologías. Su presencia en la red copia fielmente el modelo de gestión del bar: no opta por el diseño más rompedor, sino que apuesta por mantener sellada la lealtad con su clientela, su baza más fuerte frente a la competencia. Es constante su aparición en Facebook, donde logra prolongar en las redes su idilio con la parroquia, aprovechando de paso para liderar campañas como la recién emprendida a favor de que se permita seguir consumiendo en la calle.

No son muchos bares, como se ve. En esta relación faltan unos cuantos (mis disculpas por adelantado) pero es cuestión de tiempo; hace unos años, meses incluso, este era todavía un camino sin explorar. Las páginas web de la calle Laurel (donde se agrupa a los locales de la vecina San Agustín) y la calle San Juan abrieron hace tiempo una vía hacia la conquista de potenciales clientes (sobre todo, residentes fuera de Logroño) que todavía son un tímido acercamiento. Como en tantos ámbitos, lo mejor está por llegar.

P.D. Punto y aparte merecen dos experiencias hosteleras de acusado arraigo en la red. La primera el Tondeluna de Francis Paniego y Luisa Barrachina, un inclasificable local donde lo que menos importa es el nombre que le otorguemos: lo fundamental es su contenido, una atractiva oferta que apuesta por divulgarse a través de las redes sociales aprovechando la maestría que acredita Paniego en estos (y otros) menesteres; y el Dharma Dospunto.cero, que corrobora desde su mismo nombre su vocación por hacerse fuerte en internet y al que envío desde aquí un abrazo solidario para que supere cuanto antes los quebrantos causados por un reciente siniestro.

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