La Rioja
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Fecha: octubre, 2013
Dejad que los bares se acerquen a mí
Jorge Alacid 25-10-2013 | 4:28 | 6

Imagen del bar Tívoli, por gentileza de Vicky Pujades

La burocracia tiene razones que el corazón no entiende. Bueno, hay cosas que no entiende uno ni poniendo a funcionar su humilde cabecita. Por ejemplo, desde antaño yo he renunciado a comprender en nombre de qué argumento no puede abrirse un bar allí donde a su promotor le pete. Por qué tiene que pedir permiso, a qué instancia le interesa saber si lo abre al lado de otro, enfrente o donde no haya ninguno. Renuncio también a entender la razón de que tal desatino opere sólo en el universo hostelero; a cuento de qué no se extiende esta política al gremio de las mercerías, al sector de las panificadoras o al rubro de las agencias de viaje.

Entro en materia: desde hace tiempo se pregona desde el Ayuntamiento logroñés la suspensión de la ordenanza que hasta ahora exige en ciertos rincones de Logroño mantener una distancia prefijada entre bar y bar. Como nuestra particular serpiente del Lago Ness, este anuncio aparece, se oculta, rebrota y vuelve a esconderse, en función de extraños equilibrios políticos. Según vengo deduciendo de las peculiares conductas de Gobierno local y oposición en torno a este particular, se trata de no molestar a nadie, táctica que asegura siempre justo lo contrario: se acaba por molestar a todo el mundo. Al consumidor, por ejemplo, del que nadie suele acordarse en estas disquisiciones. O a la libre competencia, otro elemento que debiera ser de obligado cumplimiento para las administraciones todas.

La polémica es vieja. Tan vieja que da hasta pereza volver sobre ella. Y muy absurda: incluso las últimas normas llegadas de Bruselas y Madrid consideran una antigualla la ordenanza municipal, propia de tiempos más proteccionistas. Javier Campos, colega en esta casa que nos acoge a ambos, se ha pronunciado sobre ella en su blog Nanay de Logroño. Dejo aquí el enlace porque aporta información a estas líneas que son más bien una queja. Una queja doliente y sorprendida, dirigida a quién sabe quién y resumida en este ruego: por favor, dejad que los bares vengan a mí.

Porque cuando las ordenanzas se retuercen hasta casi estrangularlas, cuando se pretende que la normativa desafíe el sentido común para que se adapte a las contingencias políticas, el resultado suele desembocar en el absurdo. Hay que ir con la cinta métrica por Logroño para ver si el local donde este caballero pretende abrir su garito (el cielo ayude a este valiente) se sitúa o no a la distancia adecuada respecto a la puerta de servicio de aquel otro bar cercano, al que tal vez incluso le pudiera interesar su vecindad. Como quiera que sobre este asunto gravita también el hecho curioso de que hay dos asociaciones que representen al sector en Logroño, la confusión está garantizada. Y reina por lo tanto el sinsentido: ronda por ahí algún empresario que incluso en estos tiempos sombríos parece decidido a abrir su negocio hostelero pero choca contra el muro de la burocracia. Así que acabo donde empecé: aceptando que ignoro qué poderosas razones han justificado y justifican este atentado contra la lógica. Y que confesando que me choca sobremanera que sea un Gobierno local amigo (en teoría) de la libertad de empresa el que ampare esta sinrazón.

P.D. La controversia sobre la distancia entre bares se acaba de avivar porque se atisba la reapertura del Tívoli, suceso que acogí con tanta ilusión… como desconsuelo ahora que se anuncia que tal vez no: que tal vez la mentada normativa impida que se ejecuten los planes de esos intrépidos empresarios dispuestos a arriesgar sus inversiones con un proyecto que yo agradezco  muy sinceramente. Porque pocos bares habré frecuentado más. Porque pocos bares llevo grapados con tanta fuerza a este corazón tan logroñés, como atestigua esta  entrada antigua de el blog. Sería una  lástima que el Tivoli (que ilumina estas líneas gracias a una foto cedida por la amiga Vicky Pujades) tropezara con la ridícula burocracia; entre otras cosas, porque ingresar en el Logroño antiguo por esa aduana de muy castizo sabor nos permitiría saldar nuestra deuda con tantos disparates urbanísticos por allí perpetrados.

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Los bares hipsters
Jorge Alacid 18-10-2013 | 8:22 | 2

Interior del bar EneDe, en la Gran Vía de Logroño

¿Qué es hipster me pregunto mientras clavo mi pupila sobre la pantalla azul? Y me respondo a mí mismo a bote pronto: la última tontería en ponerse de moda en materia de pedantería con el lenguaje. Pero si me concedo un par de minutos de reflexión, acepto sin embargo que sólo podemos tomar del inglés y verterlo al idioma de nuestro Gonzalo de Berceo aquello que en español no existe. Y no: ese concepto es tan reciente que la RAE todavía no se ha hecho cargo de él. Así que hipster se puede definir por las bravas de la siguiente manera: más o menos, es una mezcla de tendencias entre jipis y pijos, de donde nacería el estupendo vocablo jipipijo que ofrezco gratis a la mentada RAE. De modo que hay ropa hipster, peinados hipsters y, sobre todo, actitud hispter. Aunque si nos queremos poner científicos, acude en nuestra ayuda el venerable The New York Times, en cuyas páginas nos desvela la Wikipedia que el profesor norteamericano Mark Greig dio en el clavo: a su juicio, el término hipster debe aplicarse a “un marco socioeconómico fundamentado en la tendencia a la pequeña burguesía de una generación joven insegura de su futuro estatus social”. Amén, mister Greig.

¿A cuento de qué viene esta digresión? ¿Qué hacemos hablando de estas cosas en un blog sobre bares? Pues porque en alguna de mis andanzas fuera de Logroño he notado que cobra fuerza la teoría de convertir algunos locales en hipsters. Son garitos donde predomina esa falsa informalidad tan propia de este concepto, barras que valen para todo: un café mañanero, el vermú del mediodía, la merienda cuando atardece, la copa noctívaga… Bares que son también restaurantes, según ese fenómeno que ya se mencionó aquí en otras entradas, atendidos por camareros de aire cool y decorados por amigos de otro término muy en boga: el vintage. Es decir, el mobiliario de la abuela reconvertido para que parezca moderno. Todo muy trendy. Hipster, vaya. Jipipijo.

De modo que surge una nueva interrogación: ¿hay bares hipster en Logroño? Hum, me alegra que me hagan esa pregunta. La respuesta es la de siempre: depende. Depende de que acertemos a definir bien el término y le encontremos respuesta en la baraja de locales de nueva creación. Por ejemplo: la hamburguesería Bococa tiene toda la pinta de ser hipster, aunque sólo sea porque hipster suele ser la fauna que a menudo se deja caer por allí. Y en la Gran Vía acaban de abrir EneDe, un local que es tan hipster que según me informaba una camarera en una visita reciente ni siquiera tiene barra: eso sí que es ser moderno pero de verdad. Es este bar cuya foto acompaña estas líneas y donde, la verdad, se está muy a gusto: una decoración cuidada que sin embargo no abruma, el mobiliario lanzando múltiples guiños para entretener al cliente y el jardín medio zen del fondo a mano derecha, una curiosidad tan logroñesa que me dejó encantado. Y la carta tiene buena pinta: un bocado frugal y rápido pero imaginativo. Adjetivos que casan muy bien con la estética hispter.

Así que habemus hispter. Si alguien se anima a iluminar al autor de este blog con algún bar seguidor de tal tendencia, será bienvenido. Y mientras tanto, podrá hacer suyas estas cavilaciones con las que empezaba esta entrada: qué es hipster me pregunto mientras clavo mi pupila sobre la pantalla azul. Y concluyo: hipster eres tú.

P.D. Investigando por internet para esta entrada, he descubierto que en efecto la tendencia hipster entre los bares patrios no es una ocurrencia mía ni monopolio de Logroño, como era de prever. Hay bares hipster en Barcelona, capital de ese país tan raro que se han inventado Mas y compañía; bares hipster en Madrid, donde incluso los ofrecen en plan ruta; y lo más padrísimo, bares hipster allende los mares, en el DF mexicano, güey. Por haber, hay hasta un vídeo en youtube llamado El bar hipster, esta marcianada cuyo enlace aquí os dejo. Una auténtica fricada. Una fricada hipster, claro.

 

 

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Nuestro hombre en la barra (III)
Jorge Alacid 10-10-2013 | 5:17 | 0

Imagen del Negresco, uno de los favoritos de Eduardo Gómez, con Luis Santos al frente

 

Retomo en esta entrada la ruta por la vida como cliente de nuestros bares logroñeses del gran Eduardo Gómez, sobre quien ya entregué dos capítulos: en el primero, relataba sus andanzas como pipiolo; en el segundo, sus peripecias hosteleras ya casado y más entrado en razón. En este tercer episodio me cuenta a qué garitos acudió a medida que ingresaba en eso que llaman la edad adulta, porque me parece que su experiencia puede servir como paradigma de toda una generación de logroñeses.

“Hay un momento en que por la edad o por cambiar de ambiente o de compañías, se modificaban las rutas y se visitaban nuevos establecimientos, que eran los que se ponían de moda”, confiesa. Era el Logroño de los años 60, más o menos, cuando los locales “de visita obligada” se alzaban en  Marqués de Vallejo y alrededores. Cita el Bahía, “cuya barra era atendida por los hermanos Dionisio y Lucio y la guapa Mari Carmen, considerada la primera señorita que trabajó en una cafetería logroñesa”, o el Rango, situado enfrente, “con Paco, conocido como el Chiroli como encargado”. Ese es el mismo Paco que poco después se estableció en la calle Ollerías y lanzó allí su original tapa de champiñones, luego tan imitada. “Cerca quedaba el Pachuca”, agrega Eduardo, “un local reducido pero siempre lleno de quien apreciaba su excelente barra, con una cocina de excepción”.

El Pachuca ya se ha mencionado aquí en los balbuceos de este blog. Lo dirigía Ricardo, “un andaluz furibundo seguidor del Betis, que aguantaba con estoicismo ejemplar las indirectas cuando su equipo había perdido”. Unos metros más al sur, en el Espolón se solía frecuentar el Aéreo Club de Muro de la Mata, con militares de Aviación copando su terraza y “abundante presencia de elegantes señoritas”. Era igualmente habitual pasarse por el vecino Danubio, “que se hizo famoso por sus emparedados” y muy emparentado con ambos sitúa al Hijelmo, puesto que compartían una clientela semejante: se ubicaba junto al teatro Bretón y disponía de un salón al fondo “donde las parejas se intercambiaban proyectos de futuro tomándose un mosto”. Elegante manera de contar las cosas, don Eduardo.

Nuestro hombre también acostumbraba a visitar en la calle San Juan el bar Noche y Día, defendido por Faustino Martínez, “un gran profesional con una personalidad singular”. Y más bares: el Comercio, “con sus sesiones de bailarinas, tarde y noche”, Los Leones, “donde se iba a bailar” y el Ibiza, “compitiendo con La Granja como punto de encuentro para los forasteros”. Con el tiempo, Eduardo incluyó en sus correrías el Borgia y Las Cañas, “compartiendo aficionados al futbol y a los toros” y mantuvo el rito de tomar el aperitivo en el Victoria de la calle Carnicerías, “ donde atendía el recordado Ojitos” o en el Nemesio de la misma calle, así como en el peculiar El Primero de la Segunda, ubicado en  Herrerías.

Continuará

P.D. En opinión de Eduardo Gómez, la modernidad en materia de bares llegó a Logroño con la apertura del Milán de Vara de Rey y “su moderno diseño obra de Mená, un gran decorador local”, y con la inauguración del local Siglo XX creado por el ausejano José Mangado, “que, a pesar de la entonces considerada desplazada  situación, constituía una visita obligada”. “Fue muy llamativa la aparición de la marisquería Iru en Víctor Pradera, de vida muy efímera, al contrario de la longeba Sala Ducal, muy concurrida, como lo era en verano el Bolo Pin Club, en ambos casos con excelentes orquestas”.

Lo dicho: continuará.

 

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¿De pie o sentados?
Jorge Alacid 05-10-2013 | 11:38 | 0

Terraza en un bar de la localidad francesa de Aix-en-Provence

 

Como cantaba Sergio Dalma, beber sentado no es beber. O algo así. Quiere decirse que la parroquia conspicua de cada garito suele estar formada por esos tipos acodados en la barra que radiografían con mirada aviesa a los flojos que prefieren enseñorearse de las mesas y hacerse cargo de la consumición en mullidos sofás o sillas menos confortables. Como alternativa, existe la posibilidad de hacerse el amo de un taburete y situarse en ese privilegiado paso de paloma, opción que yo siempre asociaré al cantante Pepe Blanco, quien solía adoptar tan gallarda postura cuando tomaba posesión de su esquina en La Granja (un pie sobre el estribo) y amenazaba con hacerse cargo de la ronda: “Queda invitado todo el mundo”.

Pero volvamos al presente. Tiendo a pensar que optar por beber sentado o de pie suele tener que ver con la edad. De cadete o juvenil, lo nuestro era el trago rápido y a otra cosa. Pero a medida que avanzan las canas y las arrugas… Ay, amigo: uno entra en los bares de confianza buscando un apoyo donde ubicar el trasero (también llamado pompis) y prefiere la copa, el vino o la caña de larga ingesta, a poder ser acompañada de un detalle culinario del amigo hostelero. (Si es gratis, muy agradecido).  Lo cual no es tan sencillo de encontrar como parece. De hecho, era una empresa harto difícil hace no demasiado tiempo, pero se ve que los amables dueños de los garitos de confianza han caído en la cuenta de que este detalle de asentar a su clientela les hace ganar puntos y alegra por otro lado la máquina registradora. Porque sentado uno consume más: se acomoda y al primer trago suele seguir otro o la demanda de una cazuelita para acompañarlo y así sucesivamente… Todos tan contentos. El cliente, porque le añade confort a la visita a su bar favorito; el hostelero, por lo antedicho: porque la factura se amplía en la misma proporción. Y todos tan contentos.

Medito sobre este particular una vez comprobado que empiezan a florecer en Logroño los locales donde gana espacio la zona de mesas en perjuicio de la barra. No habrá que recordar que en esa doble militancia reside uno de los grandes encantos de El Soldado de Tudelilla. La tasca de Manolo (tasca le llamo porque él mismo así denomina su bar) se erigía hasta ahora como un islote bastante solitario donde sustanciar ese dilema que a veces te hacías: me apetece tomar algo, pero prefiero hacerlo sentado. Hogaño, los ejemplos empiezan a menudear: La Tavina, por ejemplo, dispone de un piso propio para el tentempié más sosegado, bien que en taburete, y algo semejante ocurre en Crixto14, la enoteca de la calle del Cristo, al mismo tiempo que proliferan otros casos todavía más sorprendentes por su emplazamiento, más bien atípico. Es el caso del simpático local que se aloja en San Agustín enfrente de De Perdidos al Río, cuyos dueños lo ofrecen como alternativa para quien prefiere picotear sentado. Y en la vecina Laurel ocurre algo semejante en El Altillo de Barlitos, donde los pinchos y las copas trepan hasta lo más alto.

Hay más casos. La Taberna del Volapié, el jamonero Pata Negra, el venerable Las Cubanas… Cito unos cuantos bares que habilitan un espacio más acogedor que el puro rincón de la barra. Sospecho que crearán tendencia: la clientela con más alto poder adquisitivo reclama calma y buenos alimentos, lo cual exige a menudo tomar asiento.  Aunque en su fuero interno uno termine por confesar que, ay, añora los días en que aguantaba la ronda a pie de barra sin tomar aliento. Y frecuentemente sin probar bocado: vino de cosechero a pelo, que garantizaba unos labios tan ennegrecidos como cualquier neogótico.

Pero esa es otra historia.

P.D. Si se trata de estar cómodo, la foto que preside estas líneas sirve como ejemplo. Había mencionado ya en otra entrada la costumbre descubierta en la vecina Francia de emplazar sofás y no sillas en sus terrazas: esta es la prueba. La imagen, tomada este verano en Aix en Provence, ilustra una costumbre que no veo arraigada del todo en España. Desde luego, no en Logroño. Aquí seguimos fieles a la silla de enea de toda la vida, entre otros modelos triunfantes: la de director de cine, que tanto furor causó en los lejanos 80, o esos taburetes de diseño tan alambicado donde permanecer sentado resulta una proeza. Por no mencionar el aposento más clásico de los bares riojanos: el banco corrido. Que no nos lo quiten.

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