La Rioja

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Fecha: noviembre, 2013
Por encima de nuestras posibilidades
Jorge Alacid 23-11-2013 | 8:51 | 4

Julia Baigorri, retratada en la hermosa barra de la Taberna del Tío Blas

 

Hace un tiempo vi en un bar un letrero que rezaba: “Prohibido hablar de la cosa”. Me pareció una buena idea, un mandato que procuro obedecer. Lo cual es harto difícil, porque la cosa le sale a uno al paso en cada esquina. Por ejemplo, si te dedicas a hablar de bares, de la difícil situación que presenta el consumo patrio, es recurrente acabar citando a la cosa. ¿Cómo evitarlo? Procurando poner el foco sobre los aspectos más positivos de la convivencia hostelera, los negocios que florecen, los que renacen, los que resisten, los que se mueven… Aunque el riesgo de moverse, ya lo sabemos, es que uno acaba por no salir en la foto. Pero me parece que aquellos negocios que hoy afrontan un panorama tan sombrío echándole lo que hay echarle, además de imaginación, se merecen un trato cariñoso. Más cariñoso de lo habitual.

Viene esto a cuento de una letanía que llevo escuchando por Logroño desde que tengo memoria. Que tal bar o restaurante tienen entre nosotros difícil encaje. Que es difícil sobrevivir entre nosotros con un tipo de local que exige más masa crítica de la que por pura demografía le corresponde a Logroño. Que seguro que tales garitos tendrían una clientela incondicional en una gran capital, pero aquí en provincias… Hum: quien profiere estas sentencias las suele acompañar de una tosecilla, invitando a abandonar sus planes a quien haya tenido semejante ocurrencia de ser ambicioso, de buscar para su negocio un enfoque distinto, alejado del tópico, lo tiene tan crudo como yo con Carmen Electra. Mejor dicho: tal vez tengo yo más opciones con Carmen Electra que un empresario del sector poniendo en marca en Logroño un bar que exige un tipo de cliente con cierto poder adquisitivo… mejor que la media, por utilizar una expresión de moda en La Rioja. O un cliente habituado a un tipo de local que es común fuera de nuestras fronteras pero que no cuaja entre nosotros. O un cliente a la altura de las expectativas que generan aquellos establecimientos que se salen de la norma y aspiran a ser algo más. Un faro, una guía, un icono.

Porque suele tratarse de locales caros de mantener, emplazados de suyo en rincones de la ciudad de elevada exigencia económica (vulgo, alquileres por las nubes) y obligan a un gasto en proveedores y recursos humanos también por encima de la media. En consecuencia, las facturas suelen viajar en la misma proporción, una tendencia difícil de seguir con el feo panorama que atraviesan nuestros bolsillos. Y me rebelo. Nunca olvidaré aquella tienda de delicatesen llamada La Vinoteca (primera vez que leía tal palabra) que el hijo del llorado Pepe Blanco abrió en Juan XXIII, una idea planteada con demasiadas décadas de adelanto. Hoy sería un negocio con recorrido: entonces, en los años 80 del pasado siglo, fue uno de esos bares por encima de nuestras posibilidades. Un hermoso local, consagrado al vino de Rioja, de efímera biografía.

Sigo citando historias parecidas. Una fama similar le cayó como sambenito al fenecido La Merced que el cocinero Lorenzo Cañas defendió durante largos años en la calle Mayor: que era demasiado para Logroño. Resistió como pudo, pero acabó sucumbiendo: una pena. Al parecer, en efecto, era demasiado para nosotros, que no nos merecemos tanto lujo. Se ve que por aquí no deberíamos haber salido del bar con serrín en el suelo y parroquiano con mondadientes acodado en la barra. Qué decir de El Duque, estupendo pub ubicado en los bajos (con perdón) del Hotel París, en pleno Espolón: tampoco resultó ser lo que merecían los logroñeses.

Lo dicho. Una pena porque acabaremos sin podernos conceder un lujo, el privilegio de apoltronarnos en bares que se salgan del sota/caballo/rey contra los que nada tengo, por otro lado. Pero un poco más de variedad no molesta, ciertamente. Y a servidor no le da gana  claudicar y acabar aceptando que tenemos lo que nos merecemos. Fantaseando como tantas otras veces en torno al Logroño que pudo haber sido y no fue.

P.D. Ilustra estas líneas la foto de la gran Julia Baigorri, corresponsal impenitente de este bloguero y querida maestra, quien tuvo la dicha de ser premiada con una consumición en la Taberna del Tío Blas, cortesía de sus generosos dueños, con ocasión del sorteo con que este blog celebró su primer aniversario. Reitero las gracias a la buena gente del bar y a Julia, que también es buena gente.

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Bares low cost
Jorge Alacid 15-11-2013 | 6:04 | 0

Cien Montaditos, nuevo en esta plaza

 

Échele usted la culpa a Ryanair o a la dichosa crisis que tanto ha cambiado nuestros hábitos como consumidores, pero la fiebre del low cost (bajo coste en la lengua del páter Gonzalo de Berceo) se extiende y llega a cualquier rincón de nuestra sociedad, incluido el querido sector hostelero, donde la economía ha golpeado duro y ha obligado a alterar algunas costumbres. Los bares, la mayoría de ellos, viven una metamorfosis desplegada en Logroño bajo múltiples disfraces: se extiende por distintos barrios la fiebre del pincho-pote que dicen por el norte, la tapa gratis invade numerosas barras y florecen los establecimientos cuya oferta se basa en los precios comedidos. Tragos a bajo coste, vaya, como decíamos arriba: encriptado, sus dueños nos envían el mensaje de que, bueno, su local tal vez no será el mejor lugar del mundo para trasegar un vino o engullir una cazuelita, pero también prometen que el tono medio es más que digno. Y que al bolsillo le duele menos.

De modo que por Logroño van desembarcando franquicias de cierto arraigo por el resto de España. Por ejemplo, Copas Rotas, establecimiento antes conocido como La Granja, que ya protagonizó una entrada en este blog. A su rebufo aterriza ahora Cien Montaditos, exitoso proyecto que tiene copado medio Madrid según pueda advertir cualquier viajero. A partir de mi propia y reciente experiencia, me malicio que cualquier día también nos visitarán los dueños de Pizza y Pan, negocio que tiene conquistada la capital del Reino, y tal vez también La Sureña, cadena de cervecerías cuyo atractivo radica… Bingo: radica en el precio. Cañas (bien tiradas, por cierto) a un euro y tapas tarifadas en función del mismo principio low cost.

En realidad, se trata de un camino que antes trilló otra franquicia célebre, Telepizza. Por no mentar de nuevo a las protagonistas de otro post anterior, las muy yanquis cadenas de hamburgueserías y pollo frito de Kentucky. El ideario que propagan desde hace décadas es el mismo que me sirve de detonante para estas líneas: que se puede beber y comer con cierto nivel de dignidad a precios más baratos de lo habitual. Un mensaje que ha terminado por calar en la hostelería logroñesa: rebobine usted, improbable lector, sus peripecias por los bares de confianza y reconocerá conmigo que en los últimos meses brotan pizarras y pizarrines para  anunciar ofertas de todo pelaje. Acabo de tropezarme en la calle Laurel con una que reza ‘Preñaos a un euro’. Y veo por avenida de Portugal una marisquería cuyos precios abren la puerta a esa pregunta que uno alguna vez se ha hecho: ¿Marisco barato? ¿No es una contradicción en sus términos?

Así que lo dicho. Uno no entiende mucho de sociología ni de tendencias económicas pero sospecho que este tipo de bares ha llegado a Logroño para quedarse. Entre otras cosas, porque creo que estaremos durante un largo rato instalados en esta época de vacas flacas para el consumo. Y si remonta la situación, dudo que se lleve por delante a los locales de bajo coste. Más bien sostengo que el logroñés se acabará convirtiendo a la religión del ahorro y a partir de ahora  mirará más de lo que miraba las facturas. A título de ejemplo, ofrezco el mío personal. No tengo otro. Cuando alterno, no suelo fijarme en el precio de cada trago o cada bocado. Busco un ambiente de confianza, trasegar mientras disfruto de la compañía, en demanda de un rato agradable y despreocupado: doy importancia esos intangibles. Pero también me gusta pensar que esta oferta convive con otra más económica. De modo que concluyo: si puedo elegir, prefiero viajar en primera clase. Pero también he descubierto que la por tantas razones muy odiada Ryanair te lleva más o menos a los mismos sitios. Y por menos dinero.

No sé si me explico.

P.D.  En realidad, como en tantos otros campos, también en la hostelería puede detectarse esa regresión en materia de consumo que nos atenaza. Volvemos a los tiempos anteriores a que nos volviera loco tanta riqueza desbordante, cavilando más que antaño antes de depositar un euro en la barra, alargando el trago, midiendo la tapa que lo acompaña… No me extrañaría verme alguna tarde volviendo a mis orígenes: atacando el célebre bocata de calamares del Moderno que tantos buenos ratos me procuró, sobre todo porque por quince pesetas te dejaba la tripa almohadillada para una larga temporada. Aquel bocata sí que fue el primer bocata low cost.

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Tres rondas gratis para celebrar un cumpleaños
Jorge Alacid 08-11-2013 | 9:03 | 12

Soplando una velita

“Siempre he mantenido que el alma auténtica de una ciudad española, el espíritu secreto de eso que llaman capital de provincias (Logroño, por ejemplo) suele encontrarse en sus bares”. Se me permitirá incluir aquí ese colmo de la vanidad que significa la autocita: las palabras entrecomilladas se citaban hace un año, con motivo de la inauguración de este blog que hoy cumple su primer aniversario. Confío en haber estado a la altura de las expectativas que yo mismo generé: si tengo que guiarme por mi propio olfato, debo confesar que las he superado ampliamente.

Se trata de una de las experiencias profesionales más gratificantes que he tenido la suerte de vivir. Digo profesionales porque, aunque este blog no es periodismo en su sentido más estricto, yo me lo he tomado como si lo fuera. Procurando dotar de amenidad a mis andanzas por Logroño y alrededores, haciéndome eco de las sugerencias que me llegan de los improbables lectores y aceptando algún tirón de orejas. Aceptando incluso los inmerecidos: son gajes del oficio y no empañan el tono general de satisfacción con que resumo este primer año de andadura.

Así que este es un post un poco almibarado, con exceso de merengue. No me quiero poner muy solemne: me limitaré a dar las gracias a todos. A los visitantes, los furtivos y los casi perennes. A quienes dejan su comentario, a quienes comparten algún post por las redes sociales, a quienes le dan al botón ése de Facebook que dice que les gusta lo que escribo. Y también a los que me han reprochado esto o aquello: prometo corregir mis fallos, tan humanos ellos.

Para soplar esa tarta con una velita, se me ha ocurrido premiar a los seguidores que deben vivir al otro lado de la pantalla. He seguido esa tradición tan celtibérica de invitarles a una consumición… y que la paguen otros. Así que mi eterno agradecimiento a Tastavín, Taberna del Tío Blas y La Tavina, los tres bares a quienes pedí que me ayudaran en esta experiencia y que han contestando con la generosidad que les presumía. De modo que los tres primeros en contestar a una pregunta muy facilita sobre Logroño y sus bares, tendrán a su disposición un par de vinos y otros tantos pinchos en los bares citados, según ese mismo orden. Quien conteste con la respuesta acertada, me puede dejar su móvil bien el blog, bien en mi perfil privado de facebook si lo prefiere y yo me pondré en contacto con los ganadores para gestionarles la consumición con los tres locales colaboradores.

Ahí va la pregunta. Fácil, fácil, facilísima: cómo se llamaba el bar, ya desaparecido, localizado a la entrada de González Gallarza a mano derecha en el edificio que ahora se está rehabilitando, con terraza a Bretón de los Herreros. Os recuerdo que es un bar que ahora se pretende reinaugurar.

P.D. El capítulo de agradecimientos a mis lectores quiero personalizarlo en dos de ellos, probablemente los más fieles. Paco Pérez Abad y Julia Baigorri, cuyos comentarios me han llegado a emocionar más de una vez. Comparten no sólo fidelidad a este blog sino una activa y enriquecedora presencia en las redes sociales, además de una humanidad desbordante y un corazón igual de desbordante. A todos, muchas gracias; a ellos dos, muchísimas.

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Gilda: salada, verde y picante
Jorge Alacid 01-11-2013 | 6:47 | 0

Gildas en la barra del Ibiza de Logroño

Ya se ha mencionado aquí en otras entradas, aunque hoy sea difícil de creer: hubo un tiempo en que las barras logroñesas permanecían vírgenes al universo de la tapa, el mundo de la cazuelita, el ámbito del pincho. Esa conquista es reciente; uno vagabundeaba por la calle Laurel y apenas le asaltaba un breve rosario de oferta culinaria. Los champis del Soriano, las bravas del Jubera, los pinchos morunos del Páganos y casi que para uno de contar. La fiebre gastronómica que tanto abrillanta el rito del chiquiteo ha ido ganando terreno con el paso del tiempo, hasta alcanzar hoy alguna cumbre: uno puede muy bien alimentar el buche mientras refresca el gaznate, a la vez que también se anima la vista porque la verdad es que la mayoría de esos bocados entran primero por los ojos.

En aquella época, sin embargo, apenas se mantenía cierta fidelidad a la gastronomía mediante el recurso que acreditaron algunos bares de ofrecer ese monumento al ingenio que a mi juicio representa el humilde pincho llamado gilda, como la célebre película, a la que debe precisamente el nombre. ¿De qué estamos hablando? Pues de ese combinado de anchoa, aceituna y guindilla, que añade a veces pepinillo y forma una asociación a mi juicio imbatible como aperitivo. Ensartados sus ingredientes mediante el bizarro palillo, el resultado se denomina así, gilda, porque sus creadores pensaban en la mismísima Rita Hayworth cuando idearon este manjar: como la protagonista de la famosa peli y receptora de la no menos legendaria bofetada, esta banderilla es “salada, verde y un poco picante”, según informa la Wikipedia. Y no seré yo quien lo rectifique: salada, verde (ejem, un término ya un pelín pasado de moda) y picante era la protagonista de aquel film que sigo venerando, y salada, verde y picante es la tapa que desde hace décadas se distribuye ya elaborada en conserva. Amortajada: como la propia Hayworth, que en gloria esté.

La propia Wikipedia me recuerda un dato que alguien me mencionó algún día y ya había olvidado: que la gilda nació en un bar de San Sebastián, Casa Vallés (calle Reyes Católicos, 10, donde aún aguanta), a cuyo propietario se le ocurrió pensando en algún bocado que animara a la ingesta de vino. Lo cuenta en su blog con todo lujo de detalles (incluido un paseo por los vinos de Rioja) el caballero apodado Apicius Apicio, cuya entrada recomiendo leer. Como los encurtidos excitan los jugos gástricos con una eficacia inigualable, la gilda se entronizó en los bares de la España del siglo pasado y ahí la tienen ustedes, resistiendo el avance de las tropas de Ferrán Adriá muy gallardamente. De hecho, todavía ahora, cuando tropiezo con esa tapa en algún mostrador, siento como un escalofrío, porque regreso con ella al pasado y temo que en cualquier momento vuelvan también el tapete de hule, las mesas de formica y otros rancios atributos de los tiempos de Cuéntame. Porque la gilda apenas ha evolucionado desde aquellos lejanos años en que se hizo presente (hay quien le añade huevo duro, ingrediente que a mi parecer desvirtúa el hallazgo original) y esa perseverancia en mantenerse fiel a la tradición la hará siempre muy atractiva a mis ojos. Tan atractiva como la propia Hayworth con quien tantas cosas comparte. Ya lo sabe usted, improbable lector: salada, verde y un poco picante.

P.D. La foto que ilustra estas líneas está tomada en el venerable Ibiza pero la gilda se encuentra aún en numerosos bares logroñeses, con frecuencia los más castizos. Admite distintas preparaciones, como el citado detalle del huevito duro de codorniz, pero las fuentes consultadas coinciden en señalar al bar La Hez de la calle Laurel como el templo de la gilda entre nosotros. Así que larga vida a la Hez y larga vida a la gilda.

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