La Rioja

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Fecha: diciembre, 2013
Bares y vino de Rioja: y el ganador es…
Jorge Alacid 27-12-2013 | 9:00 | 0

Lorenzo Cañas, en el cartel promocional de la oferta turística de La Rioja

Este blog despide el año con la tercera y última entrega (de momento) de la serie iniciada semanas atrás para repasar el trato que recibe en nuestros bares el producto más singular de esta tierra, el vino de Rioja. Para culminar esta serie de reflexiones, que no tienen ningún valor científico pero que pretenden contribuir humildemente a un debate abierto a la tertulia habitual entre la clientela, ofrezco dos ángulos para enfocar el tema en cuestión: por un lado, la opinión de un perito en bares, Eduardo Gómez; por otro, haremos recuento de las opiniones que han participado en el debate y elaboraremos un modesto palmarés.

Lo prometido. Aquí va lo que nos cuenta el amigo Eduardo, viejo conocido de este blog. “Logroño, haciendo gala de capital de una de las regiones más importantes en la obtención de vino de calidad, es pródigo en establecimientos donde poder degustar ese producto. Sin embargo, no se acompaña a ese irrefutable concepto, el de ser servido a tono con la calidad y el prestigio que merece. Nuestra experiencia al respecto se inicia cuando hace años había en nuestra ciudad bares y tabernas donde los vasos, toscos en su mayoría, los enjuagaban, después de ser usados, en el espacio creado en el mostrador donde corría el agua de pozo. El recipiente lo sacudían para eliminar las gotas de agua y servían el vino, habitualmente en botellas anónimas rellenadas anteriormente. Eso ya está olvidado. Pero se mantienen en gran número los vasos en lugar de copas. Se siguen complementando hasta alcanzar la cantidad ajustada con vino de otra botella. Se aceptan sin rechistar, especialmente en fechas de gran aglomeración, vinos servidos en vasos de plástico. Y resulta habitual que haya restaurantes donde no dejan al cliente el corcho de la botella que acaban de abrir para que, si lo desea, lo pueda observar y oler y en los que se cambia de vino y se siga utilizando la misma copa del vino anterior. Probablemente haya profesionales que conozcan esas premisas, pero existen obstáculos, especialmente económicos, que impiden desarrollarlas”.

Y la segunda promesa. Así queda esta improvisada clasificación de buenos bares para servir el vino de Rioja en Logroño, luego de conocer las preferencias de quien firma estas líneas, más cuatro expertos en estas cosas del vino: Alberto Gil, Toño del Río, José Ramón Jiménez y Chema Martínez Glera.
Bar Torres, 5 votos
La Tavina, 4 votos
El Rincón de Alberto, 3 votos
Sebas, 2 votos
Y con un voto cada uno, Tastavín, Taberna del Tío Blas, Murillo, Pata Negra y Vinissimo

Insisto en que esta clasificación carece de pretensiones, así que aprovecho para resumir en los bares citados una nota común de buen trato a nuestros vinos, para que aquellos locales que también se caracterizan por esta misma tendencia en la hostelería logroñesa se vean en ellos reflejados y, en consecuencia, reciban todos nuestras enhorabuenas. Ánimo: sus clientes no les olvidan.

P.D. Como colofón, dejo esta nota a pie de página con que Eduardo Gómez cierra su aportación, con un llamamiento a mejorar la temperatura de servicio de nuestros vinos. Esta es su preferencia en materia de vinos de Rioja: “Si hubiera que señalar algún establecimiento en nuestra ciudad que se acerca a un buen servicio del vino, ese sería el restaurante La Merced que capitanea Lorenzo Cañas Metola”. Que es el caballero que aparece en la foto que decora estas líneas, en una imagen de cuando ejerció de actor por un día. Al servicio del vino de Rioja.

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Los bares del Rioja
Jorge Alacid 21-12-2013 | 5:44 | 0

Fabiola Gil, Rioja y pinchos en La Tavina

Como decíamos ayer… Como decíamos ayer, el vino de Rioja recibe en nuestros días un tratamiento más adecuado y respetuoso en la hostelería logroñesa que antaño. Servicio más esmerado, referencias con mayor profundidad de banquillo, vajillas apropiadas: lo que tenía que haber sido norma desde siempre, pero que sólo es habitual de un tiempo, de un cercano tiempo a esta parte. De eso iba mi entrada anterior en el blog y de eso va esta nueva aportación: si antes pedí a Alberto Gil, periodista experto en el mundo del vino, cuáles eran sus tres bares favoritos de Logroño a la hora de tomarse un Rioja y yo mismo ofrecí mi propio sexteto de los muchos donde tengo puestas mis complacencias vinateras, ahora abro esta ventana para que otros tantos consumados catadores y amantes del vino de Rioja aporten sus propios puntos de vista.
Recuento de efectivos. Recordaré que mis elegidos fueron La Tavina, Sebas, Pata Negra, Murillo, Vinissimo y Torres , mientras que el señor Gil se decantó por tres de ellos: La Tavina, Sebas y Torres. (También incluyó su propia casa, aunque eso es otra historia). Ahora le pido lo mismo, que se mojen, a Toño del Río, José Ramón Jiménez (El Buscador de Vinos) y Chema Martínez Glera. Esto me contestan.

Toño del Río.

-El bar Torres de la calle San Juan, una sensacional aparición de los últimos tiempos. Tratan el vino como se trata a una enamorada. Buena oferta y buenas iniciativas.

- El Tastavin. Justo al lado. Impagable variedad y trato delicado. Vajilla a tono.

- El Rincón de Alberto. En la calle San Agustín. Su pasión por el vino es inversamente proporcional al tamaño del lugar. Para perderse.

José Ramón Jiménez.

“Para mi lo más importante no es que un bar tenga cientos de referencias, sino que las que tiene las cuide”, me explica. “Con cuidar no me refiero solo a tener una buena nevera para atemperar los vinos o un buen almacén, buenas copas y todo el instrumental necesario para el servicio del vino: con cuidar me refiero a que las personas encargadas de servirlo lo hagan con cariño, que sepan lo que están sirviendo y den confianza al consumidor de que la elección ha sido la correcta”, añade. Y concluye: “Formar a la plantilla de camareros me parece fundamental para conseguir un perfecto servicio”. Y esta es su apuesta:

1. Rincón de Alberto en la Calle San Agustín: tanto en comida como en referencias de vinos, Alberto ha sabido cuidar mucho el detalle a la hora de atender a sus clientes. Un bar pequeño con una calidad altísima de atención y de vinos.
2. La Tavina: aquí no solo juega la atención y el buen servicio que te ofrecen sino el concepto en sí del local. Tener la opción de elegir tu vino entre muchas referencias tanto nacionales como internacionales es una verdadera gozada.
3. La Taberna de Tío Blas en Laurel y El Torres en San Juan: buenas referencias, muy buenos pinchos, pero sobre todo, una atención espectacular, algo que, como he dicho, para mí es de lo más importante.

Chema Martínez Glera.

La Tavina. Sin duda alguna, la oferta más amplia de vinos, en especial en la planta Vinoteca, donde también se puede disfrutar de sus botellas.

El Rincón de Alberto. El vino como capricho. Desde un Rioja hasta alguno de los más grandes de Francia.

Torres. Cada vino tiene su explicación. Formación al otro lado de la barra, conocimiento y amabilidad.

P.D. Esta posdata va también de vinos. Está protagonizada por Fabiola Gil, feliz acreedora de uno de los premios que sorteamos en este blog en comandita con tres bares (Tastavin, Taberna de Tío Blas y La Tavina) por su primer aniversario. A Fabiola le invitaron hace una semana la buena gente de La Tavina a una ronda doble con pinchos incluidos y aquí está la foto que lo atestigua. Muchas gracias a todos.

 

 

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El Rioja en tus bares
Jorge Alacid 13-12-2013 | 10:45 | 6

Brindando con vino de Rioja en la calle Laurel. La foto es de Enrique del Río

 

Comentaba de pasada en una reciente entrada en este blog el caso de un negocio llamado Vinoteca que instaló en Juan XXIII allá por los años 80 un hijo del llorado Pepe Blanco. Fue la primera vez que oí esa palabra: vinoteca. Por entonces, esa enfermedad de la ignorancia que yo padecía (de la que uno nunca termina de sanar) era bastante común. Quiere decirse que el vino, incluso el servido en esta tierra que lo glorifica o precisamente por eso, era metódicamente maltratado en nuestros bares. El Rioja parecía un producto más valorado fuera que en casa. Como el vino de cosechero campaba a sus anchas por toda la región, y Logroño no era una excepción sino la regla, lo habitual era que se ofreciera en nuestros bares del siguiente modo, y que me perdonen los hosteleros más veteranos: lanzado más que depositado, preferiblemente en vaso (nunca en copa, que es conquista reciente) y según la ley del mejor postor. Es decir, cuanto más barato, mejor para quien lo expedía, puesto que la clientela se tomaba lo que le pusieran. Nulo nivel reivindicativo como bebedores de Rioja.

El resultado se ha comentado ya aquí en entradas anteriores: aquel vino de sabor más bien ácido, sin ninguna gracia, sólo favorecía los colocones propios de la Laurel y resto de templos. La feligresía aceptaba cualquier trago que se pareciera remotamente al vino, incluso si acababa por motear los labios sospechosamente de color morado, prueba fehaciente de que había tongo. Era un vino de matute. Sospecho que ni siquiera hubiera aprobado el examen del Consejo Regulador.

De modo que aquel empresario logroñés que un día decidió rendir tributo al Rioja y nos inició en el vocabulario hoy tan en boga, repleto de retrogusto, aromas a regaliz y frutos rojos, que ha popularizado voces como las hermosa denominaciones de nuestras variedades (mi favorita es la palabra viura, aunque garnacha tampoco está mal) ejerció como adelantado de su tiempo: acertó con veinte años de adelanto, que es una manera segura de equivocarse. El negocio cerró, pero no en mi memoria: cada vez que entro por la puerta de su sucesor, el templo de las chucherías llamado El Ángel, le rindo un imaginario tributo y le doy las gracias.

Le agradezco que nos enseñara una lección que progresivamente sus colegas de gremio han ido aprendiendo: no se puede maltratar al vino. Menos, al vino de Rioja. Y mucho menos en La Rioja. No recuerdo qué bar impuso la moda pero enhorabuena: el vino se ha ido glorificando entre nosotros, alcanzando el estatus que siempre debió tener, un sitio de privilegio en la oferta de nuestros locales que hoy compiten en servirlo con garantías, incluso con mimo… hasta llegar al extremo contrario: antes no llegábamos, ahora nos pasamos. Nos pasamos de listos, de pijillos. Ya sabemos que en torno al mundo del vino se han popularizado los usos y costumbres del nuevo rico, lo cual abre la posibilidad de que surja ese tonto que todos llevamos dentro.

No obstante lo cual, prefiero mil veces este tratamiento que hoy merece el Rioja entre nosotros que el arriba citado. Que yo sepa, hay dos bares en Logroño cuya columna vertebral es precisamente el vino y por eso se llaman vinotecas, como aquel que abría estas líneas. La Tavina de la calle Laurel y Crixto 14, de la calle del Cristo. Y es también habitual que la oferta en vinos sea el gancho con que otros locales nos atraen a los clientes: el Sebas, por ejemplo, será para mí siempre el bar de una de mis tortillas favoritas, pero de paso rinde tributo al vino de la tierra con tanto esmero como variedad. No es el único; cada cual tendrá sus favoritos, pero aquí citaré algunos de los míos: la bodega Murillo de República Argentina, el Pata Negra de la mentada Laurel y el Viníssimo y el Torres de la San Juan.

Todos ellos son, tal vez sin saberlo, pequeñas vinotecas. Y le dan la razón con varias décadas de retraso a quien tuvo la bendita idea de pensar que en la tierra de los mil Riojas nos merecíamos algo mejor que aquellos vinos que sabían precisamente a eso: a tierra.

P. D. Esta entrada continuará próximamente con otra sobre esta misma cuestión, puesto que el vino de Rioja lo reclama y merece. Como despedida, he pedido a mi compañero en Diario LA RIOJA Alberto Gil, gran periodista y excepcional conocedor del mundo del vino, que me cite sus tres bares favoritos a la hora de tomarse un vino en Logroño. Ahí va lo que me cuenta:

“1. Por supuesto, el Sebas, especialmente por la oferta de vino joven que ha escaseado históricamente y sigue siendo un grave defecto generalizado en la hostelería logroñesa.

2. La Tavina, porque, después de disfrutar con amigos durante años en San Sebastián y otras ciudades de vinos que no podía pagarme en solitario a precios de vinoteca, pagados a escote y sentado en un sitio agradable con algo de picar a precios razonables, ha abierto, por fin, esa posibilidad en Logroño (en casa del herrero siempre cuchara de palo).

3. Mi casa, aunque está cerrada al público. Por dos razones básicas: yo soy de botella más que de copa y, en segundo lugar, porque con la hostelería que, en términos generales, tenemos resulta que con la supuesta cultura del vino que le ha entrado de repente, chatear de vinos supone pagar unos márgenes del 300, 400 ó 500 por cien a unos tipos que ni cultivan la uva ni pagan por ella a los viticultores, compran las botellas de dos en dos (individuales no cajas) y si sacan más rendimiento a la birra ya le pueden ir dando por culo al vino de Rioja y a la madre que lo parió como históricamente han hecho. Es decir, que acepto de buen gusto pagar un 20, un 30, un 40 ó un 50% de margen a quien se lo curra, invierte, cultiva, elabora y vende el vino que al espabilao de turno que ha ido al IKEA a comprar unas copas y gana lo que no está escrito sin riesgo alguno.

(P.D.: si hay que decir un tercer bar, me gusta también el Torres, en la calle San Juan).”

 

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Bares de todo el mundo
Jorge Alacid 05-12-2013 | 7:37 | 10

Nieves, en su restaurante de Logroño. Foto de Sonia Tercero

En el principio, fueron los chinos. Quiere decirse que los primeros garitos regentados en tierra logroñesa llegaron de Oriente, como los Reyes Magos. En su caso, cambiaron el oro, el incienso y la mirra por el chop suey, las setas con bambú y el rollito de primavera. Y como les ocurre a tantos extranjeros que aterrizan por La Rioja, pronto muchos de ellos se integraron entre nosotros. Amigos para siempre: aquí vemos, en la foto de Sonia Tercero que ilustra este comentario, a la emblemática Nieves, cuyo restaurante chino ejerce desde antaño como faro para toda esa comunidad de nuevos logroñeses. Hay restaurantes de esa denominación de origen por cada barrio de Logroño; yo confieso que mi primera vez (me refiero a cenar en un chino) ocurrió en una casa de comidas ubicada en Pérez Galdós, ya desaparecida. Luego frecuenté esta costumbre en una rica panoplia de ellos, desperdigados por toda la ciudad: ya no había que viajar a Madrid para practicar el uso de esos demoniacos utensilios que llaman palillos.

Si reflexiono hoy sobre el desembarco en Logroño de los sabores del resto del mundo, es porque de la restauración hemos pasado a la hostelería. No sólo los chinos; hermanos rumanos y sudamericanos, sobre todo, defienden una rica variedad de barras repartidas entre nuestras calles, con un aliento distinto en cada caso que, sin embargo, se resiste a iniciarnos del todo en los aromas de sus orígenes. Carecemos por lo tanto de la cultura gastronómico/alcohólica de que sí gozan en otros lares, sobre todo extranjeros, lo cual suele constituir un aliciente festivo y turístico de primer orden del que aquí carecemos. Una pena: porque se pierde la contribución de ese ejército de camareros llegados de medio planeta y de las manos extranjeras que se ponen al frente de estos negocios. Ya se ha dicho que los hay regentados por rumanos, como el Rincón de las Tapas de Jorge Vigón, y con el dulce acento español de las Américas, como el Mamá Inés; y también los hay, gran novedad más o menos reciente, con orientación china. Sí, china. Porque desde aquel restaurante de Nieves y compañía, hemos pasado al bar y yo me malicio que aunque ahora mismo las muestras de esta tendencia son escasas, todo se andará: primero fueron los restaurantes, luego los bazares, más tarde las tiendas de ultramarinos… La hora de los bares tenía que llegar. Y ya ha llegado.

¿En qué se diferencian estos bares de los bares logroñeses de toda la vida? A simple vista, en nada. Yo observo algunos de ellos con frecuencia y nada en su aspecto exterior ni en el corazón de su barra los distingue del resto del parque autóctono. De hecho, mantienen incluso la misma decoración de la propiedad anterior cuando asumen su traspaso, hasta el punto de que te enteras de que han llegado los chinos porque alguien te lo dice y porque si te fijas, en efecto, ves a estos caballeros y damas asiáticos al frente del mostrador, dispensando… Dispensando la oferta habitual en el resto de bares, salvo una leve variación que tiene su importancia: el precio. Intuyo que van hallando su nicho de mercado gracias a tarifas más comedidas de lo habitual, que despliegan con gran alarde tipográfico en las pizarras que saludan a la entrada. Cafés (y cañas) a un euro encierran hoy su mejor reclamo: el improbable lector los divisará desplegando esta táctica en el café Gran Vía, por ejemplo, o en el Punto de avenida de Colón. Cito los que conozco; ignoro si hay más y desconozco también si su parroquia está contenta. Todavía no he entrado en ninguno, pero las referencias que me llegan de clientes asiduos me invitan a pensar que están aquí para quedarse: que son una competencia seria para los bares de toda la vida, a quienes les empieza a brotar una china en el zapato.

Y perdón por este chiste tan malo.

P.D.  Las primeras noticias de inmigrantes en nuestros bares nos llegaron no tanto gracias a los bares que han fundado sino merced a su presencia como profesionales al servicio de jefes indígenas. Eran aquellos años anteriores a la crisis, cuando nos volvimos locos: una manifestación de nuestra paranoia fue que nos volvimos ricos de repente, de modo que los oficios más sacrificados no encontraron mano de obra local y pasaron a ser desempeñados por extranjeros. Al principio, te hacía gracia ver su impericia tirando una caña; hoy, los que resisten son profesionales tan capaces como los de toda la vida, con quienes tiendo a simpatizar de modo natural: basta pensar en los avatares que habrán sufrido hasta buscar entre nosotros su lugar bajo el sol. O a ese lado de la barra.

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