La Rioja

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Fecha: enero, 2014
Un trago en la discoteca
Jorge Alacid 31-01-2014 | 12:09 | 2

Tony Manero, más conocido como John Travolta, a punto de descoyuntarse

Esta entrada es también, como tantas otras, una entrada dedicada. Dedicada porque me la sugirió una amiga cuando en una charla surgió la memoria de aquellos tragos que algunos (yo, muy pocos) consumieron no en su bar de confianza, sino en la barra de una discoteca. Porque de hecho hubo manadas de logroñeses en aquellos años (finales de los 70, primeros 80) convertidos más en parroquia habitual de las salas de fiesta (denominación propia de la época) que en clientes del resto del sector de la hostelería. Hay quien nunca pisó la Laurel (y perdón por la hipérbole) pero no salía jamás de Ramsés. Y perdón de nuevo por la nueva hipérbole.

Se ha citado Ramsés porque es la primera gran discoteca de Logroño que uno recuerda, a la que está sentimentalmente más unido: apenas aceché alguna noche por allí, pero resultó ser el lugar donde ejecuté mis primeros pasos de baile como recién casado. No he vuelto mucho más: ya digo que uno nunca fue carne de discoteca. Menos acudí a su gemela, llamada Clipper (me encanta esa nomenclatura setentera) y luego Sarao, que me cobijó como cliente sólo una vez: en mi despedida de soltero. Hasta aquí puedo escribir. En aquella época, Ramsés ya se llamaba Área 7, que fue el rótulo que franqueé en mi noche de bodas. Sigue abierta, bautizada como Concept en su última reencarnación, igual que Clipper hoy se denomina Suite.

Y fin de la historia. Porque si tengo que citar la madre de todas las discotecas de mi época con acné va a ser de oído: con ustedes, Valentino. Local ubicado en la calle Chile que imantó a toda una generación adicta a las cabriolas de John Travolta como Tony Manero, aquel bailarín suburbial que tanto daño hizo a la entrepierna de finales del siglo pasado. Pero yo jamás llegué a acudir a las famosas sesiones de viernes de Valentino, cuya fauna me limitaba a observar cuando la veía salir despachada de madrugada en la Zona. Ni siquiera acudí una sola tarde a los no menos célebres Jueves del Estudiante (sí, esta nomenclatura sí que mola) de la mentada Ramsés, que tanto contribuyó al apareamiento de púberes logroñeses en esa misma época.

Así que visto mi pobre bagaje como discotequero logroñés, yo confieso: tampoco fui uno de aquellos seguidores de los Bee Gees que peregrinaba por La Rioja de discoteca en discoteca en los tiempos anteriores a los controles de alcoholemia. Sé que por aquel tiempo Haro y su comarca gravitaban en torno a la sala llamada Planetarium, igual que hubo una juventud calceatense girando alrededor de Pinochio; no ignoro tampoco que los adolescentes alfareños sucumbían por entonces a los encantos de Crepúsculo, ni que toda Nájera y pueblos adyacentes debía caber en la sala Managua según cuentan las crónicas (exageradas, supongo). Ocurría que cada municipio de La Rioja tenía que contar en esa temporada con frontón e iglesia como era norma, pero también con su propia discoteca a poco que se fuera poblando de vecinos fanáticos del movimiento sincopado de caderas. De modo que Rincón de Soto tuvo su Macumba (tremendo garito que cuenta con su propia historia), Cenicero, su Estefer y…

Y lo siento. No recuerdo ninguna más. Y como este es un blog sobre bares, regreso sobre mis pasos: no creo que la ingesta de alcohol fuera el argumento central de aquellos garitos. Es decir, que su barra formaba más bien parte del decorado, atendida por el típico camarero que evitaba como podía que el trago degenerase en borrachera. No siempre lo conseguía; según compruebo cuando paseo por Duquesa de la Victoria entre orines y vomitonas, sus sucesores también fracasan. Lo cual no impedirá, me parece, que sus actuales usuarios entronicen estas discotecas igual que sus papás nunca olvidarán los nombres de Ramsés, Clipper y Valentino.

P.D. Coincidiendo con este revival discotequero, compruebo que la mentada Pinochio de Santo Domingo vivirá el suyo propio el próximo día 15. La iniciativa se llama, en efecto, Pinochio Revival Memorial Emilio Moreno y los organizadores animan a la antigua clientela desbravada por los acordes de Abba y Phil Trim a participar en esta efeméride que tendrá lugar en sesión continua desde las 20.30 horas en el Casino calceatense. En esta página web (http://www.pinochiorevival.com/) explican de qué va esta historia y animan a apuntarse, a dejar sus fotos y a reivindicar aquellos años. Aquellos maravillosos años.

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Tu camarero favorito
Jorge Alacid 23-01-2014 | 10:35 | 4

Laura Martínez, del Robusta. Foto de Justo Rodríguez

La última entrada del blog, dedicada a fantasear sobre la identidad del mejor camarero de Logroño, disparó una serie de comentarios en las redes sociales y en mi callejeo por los bares de la ciudad que no me resisto a compartir aquí. Resumo a continuación por lo tanto los mensajes que buenos amigos me fueron dejando, confesando sus preferencias en esta materia, y añadiendo yo el ejemplo de unos cuantos profesionales logroñeses a quienes no cité en la primera entrega y cuyo recuerdo me ha ido viniendo luego a la memoria.

Allá vamos. Noemí Iruzubieta, Merche Cerrolaza y Eloy Madorrán se decantan por Basi, del Museum, aunque no se ponen de acuerdo en cuál de ellos, si el senior o el más joven.  Además, Noemí aporta otro nombre: Rafa, del Anticuario. Martín Schmitt añade a Colo del Bretón, quien ya protagonizó una entrada del blog (y yo agrego al resto de camareros presentes y pasados de ese café, empezando por Sergio); el hombre de Colo surge igualmente a través de Nuria Estefanía, quien incorpora el de Ángel, del Dover. Teresa Lapresa menciona a Rubén del Odeón,  Vicky Pujades apuesta por Cuchi del Junco, Fabiola Gil se acuerda de Esteban del San Millán 22 (formado en el Ibiza), Alfredo Daroca se decanta por Nuria, del Maltés, y Julia Baigorri, aunque incluye a Hilary del Porto Vecchio como ejemplo de profesional en activo, también tira de moviola y me da pie, citando a Arturo del desaparecido Milán (hoy en reconstrucción), para recordar por mi parte a unos cuantos fantasmas que ahora paso a invocar.

Fantasmas no porque nos hayan dejado, aunque en algún caso sí han pasado a mejor vida, sino porque han abandonado la profesión. Por ejemplo, Ángel Martín Vitores, que tanto hizo por derramar armonía en la redacción de Diario LA RIOJA y una distinguida consideración por su clientela desde el México; citaré también a María Luisa, estupenda camarera que derrochaba cariño y mano izquierda desde La Universidad de la calle Laurel. Y un recordatorio también para Concha, aquel bellezón canario que nos entretuvo tantas noches en la desaparecida La Enagua de la calle Fundición, para José Mari del bar homónimo de Colón, para Emiliano del llorado Tívoli, para José Luis Langarica, alma del bar de Cantabria que se nos marchó hace nada, y para Vicente: imposible pensar en Cibeles sin su figura menuda al otro lado de la barra. Como imposible me resulta pensar en el Porto Novo sin incluir a Miguel en esta lista, algo semejante a lo que me ocurre con el Blanco y Negro y el incombustible Julián o con el Negresco ya pericilitado, castizo local asociado para siempre en la memoria popular a la figura de Luis Santos, jubilado pero no olvidado.

Más nombres, éstos todavía vigentes. Muy vigentes. Chus y Jacque, las chicas de La Travesía jóvenes aún pero ya veterana en estas lides. Mariano Moracia, que custodia con fidelidad a su profesión el legado del Moderno, el inquieto Alvaro (para mí Alvarito, sorry) que hoy defiende Bococa, David (un descubrimiento reciente) también lo dignifica desde el Asterisco de avenida de Portugal y es proverbial la simpatía de la buena gente de la Taberna del Tío Blas (con reconocimiento especial para Cristian). Acabo este recorrido pidiendo perdón de antemano por los olvidos en que haya incurrido tanto en esta entrada como en la anterior e incluyendo, a petición propia, a Candi del bar Torres de la calle San Juan: me hace ver, no sin razón, que se merecía alguna mención aunque sólo fuera porque lleva desde los 15 años al pie de la barra. Petición cumplida: en su trayectoria pueden verse también reconocida la carrera de tantos profesionales de la hostelería que se destetaron al frente del mostrador y ahí siguen, con tanta pasión por su oficio como el primer día.

P.D. Decidir quién es el mejor camarero de Logroño me parece misión imposible, como alertaba en la anterior entrada del blog. Hay, sin embargo, quien intenta establecer una clasificación: son los responsables de concurso de baristas, feísima palabra (espero que no cuaje). El caso es que repasando la última convocatoria, que distingue a los más duchos en el arte de manejar la cafetera, me ha parecido pertinente rescatar aquí el nombre de su última ganadora en la edición del 2013, cuya imagen ilustra estas líneas: Laura Martínez, garantía de éxito desde el Robusta de la calle Doctor Múgica, quien merece ese título aunque sólo fuera por su pericia poniendo café y sirviendo esa fantástica y multipremiada tortilla de patatas.

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El mejor camarero de Logroño
Jorge Alacid 17-01-2014 | 8:45 | 0

Invitación del Tastavín para Elena López Tamayo

Un anuncio reciente me invita a volver sobre mis pasos y recordar una entrada antigua, cuando confesaba mi predilección sobre quién era mi camarero favorito: Tío Pío. No era de verdad, sino de ficción: un actor, un figurante de enorme talla que se adueñaba a ratos de una de mis pelis más queridas, Gilda. El anuncio citado me informa de que comienzan las pruebas para elegir al mejor camarero de La Rioja; hay otro certamen similar en danza que emplea una palabra que juzgo desafortunada (barista) para lo mismo: para designar a ese hombre o esa mujer que nos guía desde el otro lado de la barra con diligencia, eficacia y cariño.

Digo cariño porque los clientes, pienso yo, exigimos una mano de afecto cuando ingresamos en cualquier bar. Idéntica ambición nos conduce cuando penetramos en un comercio: ser atendidos por alguien que interactúe con nosotros. Un poco de empatía. De lo contrario, bastaría un robot o una máquina expendedora. Eso sí: buscamos algo de afecto, pero sin pasarse. Que no somos de la familia. En particular, aborrezco ese tipo de camareros confianzudos, que parece que anoche cenaron con uno y yo sin enterarme. El tuteo es hoy una plaga tan abrumadora que desisto de plantear batalla porque sale el abuelo Cebolleta que (ay) empiezo a llevar dentro. Ahora te llama de tú cualquier chiguito, tratamiento que antes se reservaba sólo para los conocidos. Pero eso es lo de menos: lo fatal para un cliente conspicuo es comprobar cómo ha decaído el ejercicio de este oficio tan necesario para algunos de nosotros. Sobreviven, cierto, unos cuantos profesionales que honran su trabajo y el legado de sus antecesores: pienso en Tere y Ana, que lo ennoblecen mientras defienden la barra del Donosti, tan suculenta. Juanito, su anterior responsable, puede estar orgulloso de ellas.

No son los únicos ejemplos que mencionaré. Ahí van unos cuantos: echo de menos (segundo ay) a Javi gritando las bondades de La Simpatía, al anciano Maisi, que subía la empinada cuesta del Tívoli para atender su terraza con ese aire de escepticismo propio del camarero que ya lo ha visto todo y que me resulta tan caro. Pienso en otros camareros cuyos fantasmas aquí hemos convocado alguna vez: Santos y Dámaso de La Granja, Sebas del bar homónimo, los hermanos García también del homónimo bar de la calle San Juan, Manolo de El Soldado (y resto de la parentela), Alfonso Soldevilla, a quien resulta difícil ver ya a ese lado de la barra… Añada el improbable lector a quienes vea dignos de su confianza y comprobará conmigo que la suerte de muchos bares, creo que de casi todos, se decide no en su oferta de bebidas y comestibles, que también. Tampoco en su decoración o limpieza de los aseos, que también. Tampoco en su emplazamiento, aunque también. No: el éxito o el fracaso de un bar están históricamente unidos a la simpatía y profesionalidad de sus dueños y camareros.

De modo que me resultaría imposible participar de jurado en un certamen que eligiera al mejor de Logroño. Supongo que se valorará su pericia administrando líquidos, la rapidez con que gestiona el cafelito, la limpieza pilotando la barra o vaya usted a saber qué. Pero un juicio más detallado exigirá tiempo, tanto tiempo que resultaría inviable. Tiempo para saber si posee la destreza mental del citado Santos, quien te ofrecía el cruasán aunque no lo hubieras pedido (sabía que lo querías), la maestría del mencionado Javi contando chistes malos, la gracia de las mentadas chicas del Donosti echando con una mano a los pesados mientras con la otra sirven a la vez cincuenta vinos y otras tantas raciones. Tiempo para discernir si los candidatos se parecen al actor apodado para el cine Tío Pío, aquel sentencioso Séneca con chaquetilla blanca. Tanto tiempo que es preferible tirar por la calle del medio: mi camarero favorito sería el resultado de sumar las virtudes de los arriba citados. Y de nombre, insisto: a ese camarero imposible le llamaría Tío Pío.

P. D. Ilustra estas líneas la imagen de la tercera y última entrega del relato con los premiados en el concurso ideado aquí para celebrar el primer año del blog. Envía la foto Elena López Tamayo, quien brindó con vino de Rioja y un pincho por gentileza del Tastavín de la calle San Juan, a cuyos responsables incluyo en mi particular panteón de buenos camareros logroñeses: servicio ágil y cortés, sentido del humor, sin afectaciones, con generosidad. Para ellos, mi felicitación y mi gratitud por participar en el concurso, que alcanza también a Elena.

 

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Riojanos de bares por Madrid
Jorge Alacid 10-01-2014 | 9:24 | 4

Entrada al bar Museo del Jamón, en Madrid

La anterior entrada dedicada a Madrid y sus bares derivó en una interesante aportación de los lectores del blog, cuyas sugerencias sirven para dibujar una especie de mapa de bares madrileños que los riojanos tenemos entre nuestros  predilectos a la hora de acodarnos en sus barras y aposentarnos en sus veladores. De ahí que ahora prosiga por el mismo camino: de paso, incorporo otras referencias que quedaron olvidadas en la anterior entrada.

Por ejemplo, sus cafés. Los míticos cafés de Madrid, con el Gijón como emblema de aquel pasado tan rico que hoy apenas sostienen este garito y el Comercial de la Glorieta de Bilbao. Del resto (Pombo y sus hermanos), no queda ni el polvo que regó sus mesas en la larga noche del siglo XX. Una pena, porque en los dos supervivientes se obra el milagro de imaginar cómo fue aquel tiempo en que los parroquianos vivían (literalmente) en el café, útil para refugiarse de la intemperie y entregarse a la gran afición española: la charla, también llamada tertulia. Pero la lista de garitos madrileños donde uno también se siente como en casa es todavía más larga: incluye cervecerías como la Alemana de la plaza Santa Ana o tabernas como La Venencia, bar de difícil catalogación. Ubicada en el Madrid castizo (calle de Echegaray), la Venencia parece una suerte de local amish, como si sus dueños desconfiaran de todo cuanto sucedió de 1970 a esta parte: allí el tiempo se paró más o menos por esa época, de modo que franquear su puerta supone ingresar en el mundo de los bares que conocieron nuestros abuelos. De paso, la parroquia se entera de qué cosas no les gustan a los propietarios: no les gustan las fotos, ni las cervezas (tampoco los refrescos) ni las propinas. Sí les gusta seguir anotando con tiza la cuenta sobre la barra de madera y servir los vinos andaluces que  monopolizan su oferta a precios comedidos. Cerca de la Venencia, anoto otros bares fetén y castizos que me han tenido alguna vez como cliente: Viva Madrid y La Trucha.

Seguimos ruta, pero lo hacemos a bordo de las sugerencias dejadas aquí por los corresponsales del blog. Mónica Orduña apunta el Jurucha de la calle Ayala, que yo desconocía hasta que una expedición reciente al foro me ha permitido salvar ese error. Le agradezco el consejo: es un bar de Madrid, en efecto, de los de toda la vida. En esa misma zona del barrio de Salamanca, César Cantabrana registra otros locales: Casa Poli, El Lago de Sanabria, Sakuskiya…  Y luego toma carrerilla y despliega su sabiduría por toda la ciudad: Alarcia de la plaza Salvador Dalí, Riaño, Palacio del Vermú (los dos en Cea Bermúdez), el Cantábrico de la calle Padilla, el Txangurro de Doctor Fleming, la Cruz Blanca de Goya esquina a Alcalá

Guillermo Sáez, actual vecino de la Glorieta de Bilbao, aporta sus propias preferencias de esa zona: Las Nieves, Las Hoces del Duratón y La Fábula. También recuerda un reportaje publicado en Diario LA RIOJA por Teri Sáenz contando las hazañas de otro garito cañí, el Casa Julio de la calle Madera, cuyas croquetas cautivaron a los mismísimos U2. No es extraño: sus propietarios provienen de La Rioja, de modo que son gente diestra en el manejo de los fogones. Y la gentil compañera Noemí Iruzubieta nos recuerda un descubrimiento en La Latina: el Museo de La Radio.  Concluyo este itinerario improvisado con la recomendación que nos deja Víctor Rubio, glosando las grandezas de Casa Ciriaco, el favorito de Tierno Galván y Julio Camba.

Son sólo unos ejemplos seleccionados de las miles de opciones que depara Madrid a cualquier aficionado a eso de trasegar en buena compañía. Hay muchísimas más, como es obvio: empezando por uno de mis favoritos, el Museo del Jamón, cuya fachada me sirve para ilustrar estas líneas. Porque en locales como éste se depositan las virtudes de tanto bar anónimo.

Bar Los Rotos, en la calle Infantas de Madrid

P.D. Hablando de bares, de riojanos y de Madrid, es de justicia recordar que también hay garitos que cumplen esas tres exigencias. Son riojanos, son bares y están en Madrid: el bar del Centro Riojano, por ejemplo, de gran éxito en su sede de la calle Serrano. O las franquicias que bajo dos advocaciones (Drunken Duck o Los Rotos, cuyo local de la calle Infantas aquí aparece) ha abierto el gran Alfonso Soldevilla en la capital del Reino. O el local que están a punto de inaugurar la gente del Porto Vecchio en la calle Orense.  Seguro que habrá unos cuanto más como ellos, pero uno tiene sus limitaciones: no conoce todas esas pequeñas embajadas de la patria riojana cuya irresistible oferta compite con las grandes ligas de la hostelería madrileña.

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Madrid en sus bares
Jorge Alacid 03-01-2014 | 7:39 | 4

Interior de la cervecería Santa Bárbara (foto de la web del local)

Año nuevo, entrada nueva. Con novedad incorporada: el blog se marcha de viaje fuera de La Rioja. Por primera vez nos alejamos de nuestra tierra, protagonista hasta ahora de todas las entradas, con Logroño en primerísimo plano y una escapada furtiva a Cenicero, donde tengo (más bien tenía) puestas tantas complacencias en materia de bares. Por aquello de ser coherentes, es natural que esta incursión como visitante tenga Madrid por escenario: salvada sea la ciudad donde nací, el foro representa mi segundo destino favorito como cliente de esta o de aquella barra. Con una particularidad: que en Madrid se rinde culto desde antiguo a un tipo de bar castizo y retrechero como un chotis al que reservo sincera y emocionada devoción.

Se trata del bar español de-toda-la-vida. Es decir, barra de mármol con barandilla de latón y estribo, a cuyo pie solía estar acodado un caballero con un palillo en los labios chupando cabezas de gambas que escupía con bastante estilo por las comisuras hacia el suelo… El suelo: el suelo era otra historia. Este tipo de bar solía alfombrar el suelo de serrín, costumbre hoy en retirada, lo cual garantizaba un barrillo muy  gracioso en la suela del zapato en cuanto caían cuatro gotas en el exterior; junto al serrín, brillaban alguna servilleta, cáscaras de cacahuetes y también alguna de mejillón, junto a un surtido de mondadientes que la parroquia sorteaba como podía en dirección hacia ese punto donde en cualquier bar madrileño había sitio: el fondo. Al fondo siempre había sitio y allí se acomodaba uno igual que se acomoda ahora, a ver pasar la vida, la fauna fascinante que entra y sale, mientras un profesional de la hostelería (chaquetilla blanca, botonadura dorada) con más mili que el palo de la bandera tira con gran estilo la caña y llama caballero a los varones y señoras a las damas. Ese tipo de bar, ay, me temo que sólo existe ya en la imaginación y en alguna barra veterana, que parece montar este teatrillo sólo para turistas.

Así ocurre por ejemplo en uno de los locales que tengo en más alta estima, el llamado Casa Labra, de espléndido maderamen junto a la Puerta del Sol y no menos espléndidos buñuelos de bacalao, donde se preserva un ritual antes muy típico y que hoy reaparece: me refiero al reparto de tareas según el cual un camarero te atiende, otro te acerca la consumición, un tercero te cobra parapetado tras una caja registradora de la época de Manuela Malasaña… Digo que reaparece porque veo comportarse de tal guisa a los nuevos garitos franquiciados, donde imponen la misma norma, como en el juego de los cinco deditos: este te atiende, este otro te lo sirve, este tercero te lo cobra… La diferencia es que en Labra, como en otros locales de tradición cañí, la tropa de camareros interpreta esta coreografía como quien lava, sin el aire marcial propio de ciertos garitos cuyas barras defienden unos recién llegados a la profesión: como si en Labra y compañía cada camarero hubiera heredado de los veteranos de su oficio una manera de ejercerlo con garbo muy airoso. Con pasmosa fidelidad a los tiempos en que Madrid todavía exhibía sus bares enmoquetados con serrín.

Eran otros tiempos. Lo entiendo. Como advierten los propios dueños de Labra en su web, el local que defienden en el corazón de Madrid (calle Tetuán) sirve para dar fe de los años en que la ciudad disponía de 1.500 tabernas, allá por el año de 1900. Hoy es una tipología en desuso porque el trago, ya lo sabemos, se ha globalizado y tendemos a esperar como clientes el mismo trato, el mismo servicio y hasta idéntica decoración en cualquier local de cualquier confín del planeta. De modo que con las viejas tabernas han desaparecido también otros clásicos bares madrileños, vulgo la cervecería: en la imagen que adorna estas líneas aparece mi favorita de Madrid, la de Santa Bárbara (ubicada en la plaza homónima). Lujosos metales, bello suelo de damero y una barra donde nunca falla otro clásico de la capital del Reino: los boquerones en vinagre, Ana Botella los bendiga. Con una particularidad: que en Madrid se rinde tributo a lo grande a esta muestra de cortesía comentada otras veces en este blog consistente en la oferta de una banderilla gratis con cada consumición. De modo que el improbable lector de este blog considerará justificado por lo tanto esta excursión por los bares ubicados alrededor del kilómetro cero español: cómo no enamorarse de ellos si te obsequian con una tapa, tiran la caña como nadie, te tratan de usted y te llaman caballero. Esos bares de Madrid donde al fondo, en efecto, siempre hay sitio.

Barra del café La Giubbe Rosse, en Florencia (Italia)

P.D. En la tradición de regalar un bocado junto al vino o la cerveza, Madrid experimenta hoy con una tendencia observada fuera de España. Concretamente, en Italia: esos bares que disponen en una mesa (situada al fondo, donde siempre hay sitio) una variada oferta de bocados. Gratis total. La clientela los va liquidando con la consumición y a medida que desaparecen los dueños los van reponiendo. En algún garito italiano he encontrado ensaladas, distintos platos de pasta, emparedados de diversas clases… La foto que ilustra este caso fue tomada este verano en Florencia (en el hermoso café Le Giubbe Rosse) e ilustra esta moda que como advierto ya empieza a imponerse en Madrid. Tal vez algún día llegue a Logroño. Tal vez.

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