La Rioja

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Fecha: febrero, 2014
Bares color caqui
Jorge Alacid 28-02-2014 | 12:32 | 0

Bar Trompeta de Plata, en Logroño. Foto de Juan Marín

Recogiendo una amable invitación dedico esta entrada a rememorar los tiempos color caqui y los bares de semejante tonalidad que poblaron los alrededores de cuarteles en los tiempos inmemoriales del servicio militar, mili para el vulgo. Lo hago a partir de un caso bien logroñés: el bar Trompeta de Plata, cuya suerte quedó unida antaño a los avatares del vecino cuartel de Artillería, aunque no se encargara tanto del toque de diana como del toque de retreta.

Ocurre que así como solía haber un bar pegado al cogote de la redacción de cualquier periódico, cosa semejante ocurría en el universo militar. Eran locales que servían como extensión del cuartel y así acontece con el mentado Trompeta, que incluso contaba con taquillas para que los mozos dispusieran de ellas, una vez se cambiaban el traje de romano (o de bonito, que ambos términos existían en nuestra jerga) e ingresaban vestidos ya de civil en las calles logroñesas. Se dice Logroño como se puede citar cualquier otro rincón de España: el que conoció quien esto firma se anclaba en el barrio que llaman Campamento, mediado el camino que va desde San Roque a La Línea de la Concepción en el lejano Campo de Gibraltar, y era gemelo de nuestro Trompeta: mesas con perennes jugadores de cartas, imantados a la formica, barra especializada en la manofactura del plato único bautizado como completo y un breve biombo que hacía frontera con una suerte de vestidor, donde se ejecutaba ese rito de despojarse del traje de soldado y disfrazarse de paisano. A veces, tal bar ejercía de fonda: en los pisos superiores se arracimaban estancias repletas de camas, donde los privilegiados aprovechaban el pase pernocta. Las habitaciones reproducían la estética cuartelera, con la ventaja de que nadie exigía hacer guardia. Allí arriba tampoco existían las imaginarias.

Pero este tipo de bar, en sentido estrictamente hostelero, pasó a la historia por la dedicación infinita a la producción en serie de esos platos donde se despachaba la mercancía idolatrada por su clientela militar: dos huevos fritos, patatas igual de fritas y muslos de pollo o filetes de lomo a elegir como aporte cárnico. Contaban que semejante alimento formaba parte de la dieta casi única del boxeador llamado Urtain, mito de los años 70, y así se conocía en media España. En mi caso, usábamos una nomenclatura equívoca: le decíamos completo, polisémico vocablo que servía en alguna barra para ofrecer ese clásico de sobremesa compuesto de café, copa y puro. De modo que podía suceder que al primer completo le siguiera este segundo.

Pero como quiera que el servicio militar tenía la costumbre de enviar a los quintos indígenas lejos de su patria, el Trompeta fue una barra más frecuentada por forasteros que por autóctonos, salvada sea la excepción de los llamados voluntarios, mozos que optaban por quedarse en casa haciendo la mili a cambio de ofrecer al Ejército unos cuantos meses más de servicio. Así que uno tuvo que esperar a licenciarse para conocer el Trompeta y encontrarse con lo que no quería: el mismo bar de la misma mili, sólo que a diez minutos de casa. Idéntica monodosis de completos (a precios imbatibles, eso sí: la paga del soldado era exigua y los taberneros adaptaban a ella sus tarifas) y similar paisaje. Cortes de pelo uniformes, parecidos chistes y las dichosas batallitas que todos hemos contado tantas veces como oído. Así que no quedó más remedio que huir. Huir de La Trompeta porque una vez que has conocido el mundo caqui es lo único que debes hacer: huir de él. De hecho, pasan los años y veo que sigo huyendo de sus inverosímiles reglas, surrealistas escenas y demás  parafernalia. Confiesa el escritor Muñoz Molina que todavía hoy se levanta algún día sobresaltado de la cama pensando que sigue haciendo el servicio militar. Le juro a usted que no es al único que le pasa: esa trompeta no deja de sonar en alguna cabeza.

P.D. El planeta de bares de color caqui adquiere a las afueras de Logroño una tonalidad azul, propia del uniforme de aviador que colonizó los garitos del entorno de Recajo. Como muchos de ellos lucen a su entrada una luz roja y este blog puede ser leído por menores, no abundaré en tal cuestión. Y hablando de menores: para muchos de los púberes logroñeses Trompeta es hoy sinónimo de botellón, nuestro gran bar al aire libre, puesto que los jardines, parques y oscuros rincones al bar de la calle Trinidad son el escenario clásico para semejante práctica. El único modo de iniciarse en la ingesta de alcohol al que son ajenos los clientes conspicuos del Trompeta: aquellos soldados de mi quinta y alrededores a quienes hoy brindo esta entrada.

 

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Soria en sus bares
Jorge Alacid 21-02-2014 | 4:28 | 0

Puerta del bar Lázaro en Soria. Imagen de Tripadvisor

Nos vamos de excursión. Para esta visita fuera de Logroño a bordo de este blog, luego de aquellos viajes por Cenicero y Madrid, he elegido una población vecina que llevo muy dentro del corazón. Hablo de Soria. Así que andando, camino Soria, como dijo el cantante: porque superado Piqueras, su doble serie de seis curvas que murió a manos del túnel que hoy hace frontera, uno llega a la ciudad de los poetas y tiene donde elegir. Porque el soriano disfruta como cualquier logroñés de barra en barra, mantiene el rito del vermú con una fidelidad que ya quisiéramos por aquí y aprecia sobre todo la vertiente dominical de tal costumbre, ocupando los bares del centro en modo avalancha y sometiéndose también de paso a las ricas tapas que salen a su encuentro.

La tipología de los bares sorianos es variada según tengo observado, aunque predomina un tipo de local que podríamos denominar madrileño. Es decir, un bar de esos de toda la vida, por donde aún no han pasado los aires de modernidad que tanto daño han hecho a la España hostelera. El fanático de la terraza dispone de hermosos veladores la espléndida Dehesa y si toma el coche con destino al cercano Valonsadero, monumental parque medio urbano a las afueras de la ciudad, disfrutará del encanto de tomarse un trago al aire libre con mucho, pero que mucho, mucho aire. Y muy libre. Pero sostengo que la auténtica sustancia de los bares sorianos reside alrededor de la calle de El Collado, depositada por ejemplo en los garitos de la plaza de Herradores, donde tengo dispuestas todas mis complacencias en un bar de ambiente taurino y estupendos boquerones en vinagre: el bar Félix, algo desfigurado tras su última reforma. En este y otros bares se cumple una tradición también muy madrileña: tiran la caña a la perfección. Lo cual podrá comprobarse si seguimos ruta por El Collado e ingresamos en cualquiera de los bares del Tubo y del Tubo pequeño, que tanto recuerdan a nuestra calle Laurel.

Pero antes de penetrar (con perdón) en la esencia de los bares sorianos, hágame el improbable lector este favor: aléjese unos metros más allá de la plaza y por la calle Puertas de Pro alcance el bar El Silencio, local de nombre estremecedor donde hallará reparación para la caminata en forma de contundente tapa de atún en escabeche. Un taco delicioso, que sirve para reanimar el estómago y reanudar la marcha, ahora sí, en dirección los bares que festonean El Collado y vías adyacentes. Un desfiladero donde se honra a Baco y donde se degustan las especialidades de la cocina de la tierra, que para mí siempre tendrán la forma y el gusto del torrezno, encantadora golosina que habita en casi cada barra pero que disponen de manera fetén en dos de ellas según me parece: el Mesón Castellano y el bar Santo Domingo.

Dejo para el final mi favorito, la bodega Lázaro. Una taberna alojada en el arranque de El Collado, con su cortinilla de pedrería a la entrada que tanto me recuerda a la casa de mi abuela y su barra inmóvil, una foto fija en el tiempo de cuando este tipo de locales menudeaban. Hoy ejerce de último mohícano, despachando los mismos vinos dulces de siempre en los vasos de toda la vida, sembradas sus paredes de recortes de periódicos anteriores al off set y alfombrado el suelo de cáscaras de cacahuetes, bocado que sirven por doquier en sus impagables bandejitas blancas. El Lázaro, inmemorial almacén de vinos, es uno de esos bares que uno desplegaría en un imaginario paraíso habitado sólo por los garitos de confianza donde se consigue la hazaña de estar mejor que en casa: no son tantos y éste es uno de ellos. Un bar que hace bueno su nombre: su clientela resucita a una vida mejor cuando traspasa su puerta.

P.D. El improbable lector que llegue hasta el final de estas líneas y decida algún día darse un paseo por El Collado hará bien en detenerse mediada la calle y admirarse del bello inmueble donde se aloja una institución de esmerado pedigrí: el Casino de Soria. Si ingresa en su interior, seguramente se asombrará con la delicada decoración que le transporta un siglo atrás, cuando la ciudad se convirtió en destino de poetas, de Bécquer a Machado pasando por Gerardo Diego por citar sólo a los más célebres. A ellos está dedicada un rincón en los pisos superiores; a ras de suelo, y por eso aparece en este blog sobre bares, el Casino dispone de una elegante barra, bien surtida de pinchos, donde también se tira la caña con gran clase, que el cliente apura mientras ve pasar la vida tras los ventanales que dan a la calle. Un pasatiempo muy aconsejable.

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Los bares raros
Jorge Alacid 14-02-2014 | 12:53 | 0

Bar llamado cabin, típico de Londres. El de la foto se ubica en el barrio de Hampstead

España es tierra de bares y La Rioja, otro tanto. Así que hay bares de todos los colores y estilos sin ir más lejos que paseando por Logroño: repaso la lista de los más raros que he frecuentado en esta ciudad desde mi lejana mocedad y me salen unos cuantos. Los hay raros por su emplazamiento: qué pinta un bar en un hospital, por ejemplo. Pero como todos los hospitales que conocemos en estos pagos cuentan con su hermosa barra, sus banderillas y su tinto de la casa, pues no le damos importancia. Por no citar otra rareza máxima, los bares de tanatorio. Abstenerse chistosos.

Culpo de esta entrada a Toño del Río, que me recordaba hace tiempo la costumbre juvenil que adoptó con su cuadrilla de incluir en su ronda una visita al bar de la extinta Policlínica Clavijo, hoy residencia de ancianos. ¿Qué les atraía de tal escenario? Se ignora. Yo pienso que uno toma esas decisiones tan extravagantes por aburrimiento. Es lo que tiene Logroño, que te acabas cansando de las mismas rutinas y te decantas por la primera originalidad que sale a tu encuentro… aunque tú mismo no sepas muy bien la razón. En mi caso, confieso que durante una breve temporada me aficioné a una barra muy opaca. Se escondía en el seno de una dependencia policial, entonces ubicada en Murrieta, frente al Hospital Militar hoy en trance de reconversión. Unos oscuros hangares donde un grupo de agentes de la Policía Nacional (los grises, sí) se refugiaban del frío durante el retén de guardia y se hacían fuertes parapetados tras una barra breve, cuyo único encanto residía en los competitivos precios que acreditaba: el botellín de cerveza, a 15 calas (últimos años 70, primeros 80). En realidad, para su conspicua clientela su atractivo era otro: poder contarlo. Poder contar a la salida el bar raro, rarísimo, del que veníamos.

Ese tiempo de bares raros me temo que cesó. Con el tiempo, nos hemos ido convirtiendo en clientes más formalitos y más exigentes, incómodos con las extravagancias. Recuerdo que antaño el bar de la Residencia Sanitaria, en los años en que el Hospital San Millán se llamaba así, también tenía su punto. Un no sé qué, un qué sé yo. La cafetería del San Pedro carece sin embargo de este singular encanto: parece más bien una estancia del propio hospital, con ese aire aséptico e impersonal tan frío: casi un quirófano. También han desaparecido alguno de los bares que poblaban los institutos de nuestra adolescencia: el del D´Elhuyar está cerrado, según creo, aunque sobreviven el del Sagasta y el de la Escuela de Arte. Aunque me parece que el bar más raro, tal vez el único de esta tipología que resiste en Logroño, anida en un supermercado. Nada menos: ahí lo tienen los curiosos, entrando en el Sabeco (que otros llaman Simply) que tiene acceso por Calvo Sotelo. Una breve barra que dispone de una clientela fiel, dispuesta para alargar la tertulia. Un bar raro, en efecto, aunque no tanto como éstos: los recopilados por el Huffington Post en sus viajes a lo largo y ancho de este mundo. Como el Capitán Tan.

P.D. Deambulando por Londres hace unos veranos, me llamaron la atención unas extrañas casetas ancladas en alguna acera que se abría sólo de vez en cuando. Nunca llegué a pillar qué horario seguían. Se solían plantar delante de una parada de taxis; de repente, se abrían y en aquel minúsculo espacio resulta que cabía una especie de minibar. Apenas servía cafés y esos engrudos que los británicos llaman comida, imposibles de aceptar para un estómago pelín refinado. El tipo lo cerraba en cuanto podía, taxistas y resto de gremios que operaban por su alrededor se marchaban tras el frugal almuerzo y la caseta, que por allí llaman ‘cabin’, se cerraba. Lo digo como idea para Logroño: es el único tipo de bar que echo en falta.

 

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¿Hay muchos bares en Logroño?
Jorge Alacid 07-02-2014 | 11:30 | 0

Vista de la calle Laurel (foto Juan Marín)

Buena pregunta. ¿Hay muchos bares en Logroño? ¿Escasean, tal vez? ¿Suficientes, acaso? La respuesta puede provenir de distintas fuentes, empíricas o científicas. Entre las primeras predominará la disparidad de opiniones: habrá quienes piensen que cualquier cantidad se les hace poco y quienes se escandalicen por lo contrario, por la abrumadora presencia de barras de toda índole diseminadas entre nosotros. Así que acudiremos a análisis más rigurosos, estadísticos. Si nos ponemos en manos de la Caixa, por ejemplo, cuyo servicio de estudios edita anualmente un anuario convertido en una especie de enciclopedia sobre los hábitos de consumo de los españoles, sabremos con precisión suiza en qué escenario nos movemos: su último recuento anota 985 bares en Logroño. Salimos a 6,4 por cada mil habitantes.

Extraigo la cifra de un reportaje recién publicado en El Periódico, en cuya web encontré esta perla: un mapa interactivo que desglosa el número de bares por habitante, municipio por municipio. Al menos eso decía la propaganda, que contenía sin embargo mucha letra pequeña: resulta que no, que no están todos. Yo lo he comprobado rastreando los resultados de distintas poblaciones vecinas a Logroño, cuyos datos no aparecen. Me interesaba esa búsqueda por aquello de establecer una comparativa, única manera fiable de medir una estadística; sí que puedo aportar algunos datos de capitales españolas que nos permitirán enfocar mejor la pregunta con que arrancaba esta entrada. ¿Hay muchos bares en Logroño? Bueno, pues en Santander todavía hay más: tocan a 7,5 por cada mil habitantes, un promedio al que se acerca Bilbao (7,3), encabezando un grupito de ciudades que también superan a la nuestra: San Sebastián tiene 6,6, el mismo coeficiente que Barcelona. La capital catalana supera a Madrid (5,3) y distancia también a Valencia, que cuenta con 5,8. Por aquello de completar la radiografía y hacernos una idea más fiel incorporo el registro de una pequeña capital de provincias, Guadalajara: se queda en apenas 4,3 bares por cada mil habitantes.

Así que volvemos sobre nuestros pasos y concluimos que la pregunta se contesta encogiendo los hombros: ni muchos, ni pocos. Una saludable zona media de la tabla acoge a Logroño en esta clasificación, frente a la opinión generalizada que uno habría firmado también: parecía que había más bares, la verdad. Uno suponía que éramos la avanzadilla hostelera de España y resulta que unas cuantas capitales que nos rebasan. Incluso si reparamos tan sólo en los datos de las localidades de la región que aparecen en el mapa, llegamos a una conclusión parecida: ni pocos ni muchos. Nájera (8,1), Santo Domingo (7,8), Haro (6,9) y San Vicente de la Sonsierra (6,9) superan a la capital de La Rioja, pero Arnedo (3,2), Alfaro (3,8), Calahorra (5,2) y Fuenmayor (5,3) todavía tienen menos bares per cápita. Otro dato arroja más luz: la vecina Viana se dispara hasta los 11,9 bares por cada mil habitantes. Y Laguardia, hasta los 26,5.

También hay localidades riojanas que mejoran ese récord: como advierten los autores del estudio, esta estadística prima a aquellos municipios turísticos, cuyo exiguo censo exige sin embargo un alto número de establecimientos para acoger a quienes les visitan en temporada alta o disponen allí de una segunda residencia. Por ejemplo, la localidad oscense de Sallent de Gállego, sede de la estación de esquí de Formigal, es el municipio con más actividades de restauración de España: 40,3 bares cada 1.000 habitantes. Así que era fácil rastrear por el buscador en demanda de un dato riojano semejante: cualquiera podría adivinar en consecuencia que el ránking regional estaría liderado por… Ezcaray. La hermosa villa (también al pie de una estación de esquí) cuenta con 18 bares por cada mil habitantes. Y de elevada calidad, por cierto. En Ezcaray sí puede aceptarse que tienen muchos bares. Pero en Logroño… A la pregunta de si hay muchos me temo que habrá que contestar con otra: seis bares y medio por cada mil habitantes, ¿son pocos o muchos?

P.D. El escenario de bares logroñeses tiende a verse revolucionado en pocos meses, si se confirman las aperturas anunciadas al calor de la reciente abolición de la norma que lo impedía en función de las distancias entre garito y garito. Llega por lo tanto la hora del empresario, del emprendedor, del hostelero que tanto logroñés lleva dentro. De modo que cuando la Caixa vuelva a hacer recuento dentro de un año, es plausible que sus resultados arrojen otro panorama. De lo cual uno se alegra, porque pienso que esa normativa carecía de sentido y así lo dejé escrito en otra entrada anterior. Y porque pienso que un poco de agilidad burocrática puede contribuir a reanimar el escenario económico local. Que falta hace.

 

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