La Rioja

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Fecha: abril, 2014
A quien madruga
Jorge Alacid 25-04-2014 | 11:03 | 0

Bar Choca de Jorge Vigón, en Logroño, a primera hora

Cualquier logroñés puede haber observado cómo, entre las tendencias del comercio contemporáneo, resalta una bien llamativa: los horarios ya no son lo que eran. Ay. Es decir, que cada vez las tiendas abren más tarde. Una moda que alcanza al universo de los bares, de modo que casi han periclitado aquellos garitos tempraneros que ofrecían reparación en forma de cafelito o carajillo a los clientes más madrugadores. Sí, ya sé que todavía resisten unos cuantos. Pero observo que son mayoría los que se adaptan a las costumbres de su clientela, por lo general poco amiga del despertador en estos tiempos, aves nocturnas que sin embargo sí que suelen exigir establecimientos que prolonguen su jornada laboral hasta bien entrada la madrugada. De modo que los bares, como tantos negocios, cada vez se desperezan más tarde.

Lo cual complica sobremanera la ingesta del desayuno, pues resulta una moda creciente la de no administrarlo en casa y ganar ese tiempo precioso para concedérselo al mullido edredón. Así como es norma general entre ciertos bares levantar la persiana bien entrada ya la mañana o incluso al mediodía o a la hora del vermú, también es verdad que hay locales especializados en todo lo contrario: especializados en ser los primeros. Garantía de éxito en estos tiempos: cuando amanece, esos coches en doble fila tan logroñesa a la altura de ciertos bares enseñan al resto de mortales dónde se puede desayunar a esas horas que no son horas.

Así ocurre con el Zhivago de la calle Clavijo: un barrio de elevada densidad residencial, donde estos nuevos hábitos hosteleros han encontrado una clientela afín. Lo mismo sucede en Jorge Vigón, donde la chocolatería Choca (en la imagen a primera hora mañanera) congrega de buena mañana a un puñado de madrugadores que prefieren desayunar fuera de casa. No seré yo quien condene estos nuevos usos alimenticios: ya está el nutricionista de guardia avisando de la conveniencia de compartir bollería casera y tazón de leche con o sin colacao con la parentela cobijada por el mismo techo familiar. Pero crece el número de eso que llaman ‘singles’, otrora solteros, poco adictos al microondas y se comprueba que los bares que sí madrugan han encontrado en ellos y otras especies urbanas un nicho de negocio que antes disputaban con el resto del gremio.

Porque cualquiera que, como quien esto firma, haya protagonizado alguna excursión de sábado noche hasta hacer frontera con el domingo por la mañana observaría por aquellos tiempos (primera glaciación) que los bares ya estaban abiertos a esa hora intempestiva en que uno alcanzaba el hogar paterno. Hoy, sin embargo, resulta común lo contrario: que la hostelería calibre bien los hábitos de sus clientes, aquilate en consecuencia los gastos corrientes (la luz, el agua) y opte por abrir sólo cuando tenga más o menos garantizada cierta afluencia de parroquianos. Y aquellos que dejan de batallar en esa primera hora que no parece resultar decisiva para la máquina registradora, mantienen por lo tanto echada la verja hasta que ven llegada la hora en que sí entra en juego el sector del público al que se dirigen.

No, no madrugamos. Con alguna excepción: por ejemplo, los peregrinos. Logroño es de siempre hito del Camino de Santiago pero juro por el apóstol (con perdón) que yo nunca, nunca, nunca pero que nunca había visto tanto caminante hacia Compostela como en estos últimos tiempos. Y ahí emerge el empresario con olfato que algún hostelero siempre lleva dentro: me cuentan que en la plaza del Parlamento abre a esas horas tan intempestivas un local cuya clientela luce orgullosa en el pecho la venera. Su oferta, un contundente desayuno tarifado a precios razonables, resulta al parecer irresistible para quienes afrontan la dura caminata hacia Galicia. Son los que saben que a quien madruga, el desayuno ayuda.

P.D. Sé que muchos logroñeses se atribuyen el mérito de haber descubierto ese obrador de Pérez Galdós que defiende Garpesa para templar el estómago en la hora furtiva que limita con el momento de llegar a casa y/o prolongar la noche jaranera. Pero siento tener que comunicar que en compañía de otros señalados miembros de mi cofradía, fue servidor quien tropezó hace un millón de años con ese oasis reparador, animado por el olorcillo a cruasán que despedía. Una especie de flautista de Hamelín para la tropa noctívaga. Allá nos presentamos por primera vez y de casualidad cierta madrugada y allá sigue despachando su jugosa bollería, sin que sepamos todavía si su clientela es adicta a desayunar temprano o fanática de la recena.

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A este lado de la barra
Jorge Alacid 18-04-2014 | 8:30 | 0

Clientes en un bar de la calle Laurel, a finales de los años 80

La lectura de una entrada que me pareció muy curiosa en un diario digital sobre nuestra condición de clientes me ha llevado a reflexionar sobre mi conducta a este lado de la barra: es decir, cómo nos comportamos cuando nos acodamos en el garito que toque y, pie en el estribo, pedimos una ronda. Concluyo que como parroquianos de nuestros locales de confianza obramos igual que como ciudadanos: con mucho, poco o mediano decoro. Depende. Ya sentenció el clásico que hay gente que tiene mucha educación… pero es porque no la usa. Y algo así ocurre en el universo hostelero: que la clientela deja (dejamos) también de desear demasiadas veces. De modo que me golpeo el pecho, me arrepiento y confieso: sí, como cliente también uno ha cometido sus pecadillos. El  más grave, cometido allá por la primera glaciación, algún que otro ‘sinpa’.

El ‘sinpa’, y que el dios de los bares me perdone, no me parece sin embargo el peor pecado en que uno puede incurrir. A fin de cuentas, cuando uno perpetraba tales pillerías de chaval lo hacía por dos razones: por divertirse, cierto, pero también por descuido. No olvido el más descarado que ejecuté: en un bar muy castizo de Laurel cuyo nombre no citaré, una noche de frío invierno, con una nevada que había despachado de clientela toda la calle, yo solito en la barra. Estuve hilando la hebra cháchara con el dueño del local, charla que te charla, comentando lo que salía por la tele y me piré sin pagarle. Sólo me faltó darle un abrazo. Hasta que un buen rato después, de regreso en casa, reparé en que me había ido sin abonar la consumición, tan fresco. En fin: que pido disculpas retrospectivamente, aunque sigo pensando que hay cosas peores.

Por ejemplo: comportarse groseramente con el camarero que, agobiado entre tragos, frituras y tapas varias, faena al frente de su barra. Exigir la consumición según se entra en el local, de malos modos. Reclamar airadamente, despreocuparse de los niños y que campen a sus anchas, molestar al resto de clientes incluso si no hay despedida de soltero de por medio… La lista es ancha: se puede incluir el uso inadecuado de mondadientes, el escupitajo de costadillo tan celtibérico y alguna otra grosería habitual. Porque si uno repasa la relación de diez reglas básicas para conducirse correctamente en un bar (según los camareros citados por elconfidencial en la información mencionada) y a continuación reflexiona consigo mismo sobre su conducta como parroquiano… Deberá concluir conmigo que nos comportamos de manera manifiestamente mejorable: por ejemplo, yo acepto que he cometido todos los pecados citados en esta relación, salvo uno de ellos, eso de pedir una ronda gratis. De hecho, siendo sincero, también en ese he incurrido aunque sólo sea de pensamiento. Lo cual, según recuerdo del catecismo, era igualmente pecado: muchas, muchas veces he pensado ante la tacañería exhibida por algún hostelero que tenía derecho a una ronda por la cara, aunque sólo fuera por mi fidelidad como cliente. Pero tomar la barra como perchero… Muchas veces. Pedir todas las rondas a la vez… También, muchas veces. Y eso de reclamar una consumición imposible… No tantas, pero alguna cayó: todavía recuerdo a un camarero de cierto bar de la calle Bretón que me contestó con mucha gracia bien cañí cuando, luego de un larguísimo rodeo, terminé de pedir lo que quería, una auténtica tontería: “No, si todavía me vas a volver loco”.

Le pido perdón humildemente a él y al resto del gremio. En justa correspondencia, ruego lo mismo: buena educación, esmerados modales, adecuada higiene, sentido del deber, profesionalidad y, de vez en cuando, una sonrisa. Porque lo de una tapa gratis todavía sigue sin cuajar por Logroño.

P.D. Aunque alguna vez habremos merecido un cero en conducta como clientes, también es verdad que son mayoría las ocasiones en que ocurre lo contrario. Confraternizamos con alto nivel de lealtad con nuestros camareros de confianza y alguna tarde incluso les echamos una mano si les veíamos desbordados. El bar, como extensión de nuestra casa, con sus virtudes y sus defectos. El bar donde los camareros parecían de la cuadrilla: como muestra, esta foto de finales de los 80. Y mis disculpas a los varones retratados: las damas seguro que están tan guapas como entonces.

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Bilbao en sus bares
Jorge Alacid 11-04-2014 | 3:35 | 0

El Iruña de Bilbao

La primera vez que entré en el Iruña de Bilbao (en la imagen, foto de El Correo) fue en el verano del 82, suceso que sigo sin olvidar. En honor a esa epifanía, procuro volver sobre mis pasos cada vez que visito el Bocho, lo cual hago con cierta frecuencia, incluso desde antes del Guggenheim. ¿Por qué me deslumbró? Bueno, cualquier cliente del popular café puede responder conmigo: porque el Iruña emana clase, estilo, distinción. Puro Bilbao, por lo tanto. La bella caligrafía de sus paredes tamizadas de cerámica, el laberíntico espacio que ocupa, rico en rincones ocultos a la primera mirada, su doble y elegante barra, que incluye un altillo en desuso donde el día de mi bautismo como parroquiano actuaba un trío de jazz, allí izado no sé cómo.

Curiosamente, el batería era un libanés a quien había tratado cuando manejaba las baquetas en un local logroñés ya difunto, alojado en el subsuelo de avenida de Portugal. Esa coincidencia acentuó mi amor por el Iruña, cuyos camareros me han despachado siempre con profesionalidad extrema, ese tipo de atención hacia el cliente fría y eficaz, sin grandes confianzas, de la que soy muy fan. Aún más lo soy del bar a la hora del vermú, que goza de un encanto imbatible sobre todo si la ciudad se desmiente a sí misma y en consecuencia luce el sol: el público invade entonces no sólo el interior sino la acera con vistas a los jardines de Albia, recoleto rincón bilbaíno que ni siquiera la severa sede del PNV logra afear.

Alguna vez tropecé con sus puertas cerradas porque tocaba descanso semanal. La dirección del bar compensaba mi decepción invitándome a acudir a su hermano pequeño, La Granja, en la vecina plaza Circular (antes llamada España), donde uno se encontraba un ambiente similar: hermoso maderamen, atención esmerada, clientela con ese punto tan british como sólo he visto en Bilbao en mis paseos por España (hoy llamada el Estado). Ambos locales, Iruña y La Granja, compartían propiedad con otro local fetén, el Bulevar anclado al otro lado de la ría. Garito también pródigo en atractivos, que completaba la triada feliz de mis paseos por el Bilbao hostelero, donde tengo puestas todas mis complacencias porque vengo observando que se honra desde antaño el feliz diálogo que algunos reivindicamos con nuestros bares favoritos, convencidos de que ese vínculo refuerza no tanto nuestra condición de consumidores como la de ciudadanos.

De modo que si hoy este blog vuelve a ignorar su titulo y viaja fuera de Logroño es para homenajear a una de mis ciudades favoritas, que tiene entronizados a sus bares mediante una tipología común que los hermana y sus clientes agradecemos: cuando ingresamos en alguno de ellos, una voz interior nos dice que en efecto ese bar es bilbaíno. Que ese bar sólo puede pertenecer a la misma ciudad que acoge a San Mamés, el puente de Deusto y el funicular de Archanda. ¿Qué los hace distintos? Ya se ha citado: sobre todo, clase. Mucha clase. Señorío. Profesionales de los de antes, barras con deslumbrante oferta gastronómica, clientela muy adicta al Rioja… Ese tipo de parroquia que sabe que como fuera de casa, en ningún sitio se está como en un bar, lo cual se refleja a toda hora aunque a uno le llama especialmente la atención que Bilbao siga siendo tan adicta al aperitivo, rito que se ejerce como a mí me gusta: en su versión larga. Es decir, estirándolo hasta las ocho de la tarde, trago arriba, trago abajo. Así que larga vida al Iruña, a La Granja y al Bulevar. Larga vida a las rondas por Pozas antes y después de que juegue el Athletic, larga vida al Colavidas, los bares de las Siete Calles y el Moyua, antaño Villa de Bilbao. Y larguísima vida a mi favorito, el coqueto bar que alberga el Frontón Deportivo, espacio que aconsejo visitar: lo más parecido a un club inglés que uno haya visto. Donde por lo tanto a uno le tratan como a un lord. Un lord de Bilbao.

P. D. Entre los encantos que custodia el Iruña figura su condición de pila bautismal de aquel célebre (bueno, célebre en época de mis abuelos) himno que hace un millón de años se entonaba para festejar lo mejor de la cocina española, a varias voces. Según relata su página web, la composición se data en 1927 y viene firmada por el sestaotarra Miguel Arregui, pianista del café por aquel tiempo, a quien auxilió Jesús Unzué, hijo del fundador que entonces ejercía de cocinero. Es ese canto famoso del “qué hay para hoy”, que el coro contesta de esta guisa: “Tenemos pollo asao, asao, asao, asao con ensalada, buen menú, buen menú, buen menú señor”. Postdata para curiosos.

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Incondicionales de Laurel
Jorge Alacid 05-04-2014 | 8:35 | 0

Gonzalo, Torres y Nicolás, longeva cuadrilla de la calle Laurel, retratados por Víctor Rubio en el Sebas
Supongo que por estas fechas en el Ayuntamiento logroñés empiezan a darle al caletre (también llamado magín o cacumen) para acertar con los destinatarios de las insignias que suelen imponerse por San Bernabé entre personas o instituciones que más se hayan comprometido en la defensa y el cariño hacia su ciudad. Viene esta digresión a cuento de que  como aquí somos apóstoles del periodismo llamado de servicio, se le ha ocurrido al autor de estas líneas ayudar a sus munícipes y sugerirles que este año piensen para tal reconocimiento en aquellos paisanos que honran nuestra más acendrada tradición: irse de vinos. Irse de vinos cada día desde el comienzo de los tiempos. Son los que llamo incondicionales del Laurel, a quienes considero merecedores de ese detalle del Ayuntamiento y de cuantas otras distinciones ciudadanas se nos ocurran. Eximirles del IBI, por ejemplo.
Porque entre los distintos méritos que adornan sus trayectorias figura en puesto destacado haber contribuido con las generosas y cotidianas donaciones de sus billeteras a sufragar unas cuantas hipotecas a sus camareros de confianza, pagar los estudios de los chavales del dueño del bar de turno y contribuir a la segunda residencia de aquellos privilegiados hosteleros que hayan accedido a ella. No es su única aportación gloriosa y digna de premio: acudiendo día tras día, así en el frío invernal o en las nevadas noches, así cuando llueve a cántaros o abruma el sofocante calor, esta bendita legión de chiquiteadores natos preserva el rito logroñés por excelencia y permite entregar el relevo a las siguientes generaciones. Yo conozco a unas cuantas de estas cuadrillas y cuando me cruzo con sus miembros (con perdón) dan ganas de aplaudir, porque observo que en esta querencia hacia su calle favorita se encierra también un extraordinario cariño hacia su ciudad, que ellos manifiestan mediante la ingesta del vino de la tierra y las golosinas que aguardan en sus barras predilectas.
Antaño yo fui uno de ellos. Recorría esta calle en cualquier condición atmosférica, inasequible al mal tiempo, pero los hábitos que se van adhiriendo con la edad imponen cierto alejamiento de esta ruta, al menos diariamente. Así que yo confieso: siento una punzada de envidia cuando contemplo a las cuadrillas que sí mantienen esta tradición y compruebo además que la tozuda manía de ingresar cada tarde en la Laurel tiene efectos secundarios positivos. Porque algunos de los más conspicuos aficionados a esta costumbre frisan la condición de octogenarios y oiga usted: parecen chavalillos cuando van de ronda en ronda. Me cuenta los hermanos Rubio (Víctor y Eduardo, a quienes tanto debo) que alguna de estas cuadrillas de seniors opera como un reloj: sus integrantes empiezan en El Soldado y van luego enlazando un bar tras otro, siempre los mismos y en el mismo orden, de modo que quien se ha perdido la primera visita ya sabe dónde encontrarlos y reanudar la marcha otra vez prietas las filas. Ahí va la alineación: Gonzalo, Torres, Nicolás y Cengotita (este último causa baja últimamente, cosas de la edad).
También por el Bretón me confirman que cuentan con su propia e inveterada cuadrilla, adicta al mismo rito que ejecutan en parecidos términos. Veo chiquiteadores solitarios que rápidamente encuentran refugio en algún grupo de conocidos para arreglar con ellos el mundo cada tarde entre trago y trago y veo parejas con quienes uno ya compartía la misma calle y la misma afición de chaval que todavía hoy mantienen la fidelidad a Laurel, lo cual me parece que es una manera de honrar a quienes les precedieron en tan civilizado hábito. Por ejemplo, a don Eduardo Gómez, veterana presencia en este blog, adiestrado desde cadete en la certeza de que formar parte de los incondicionales de Laurel es una de las mejores maneras de ser logroñés y en consecuencia de merecer la medalla del Ayuntamiento. Como la que él ya tiene.
P.D. Se ha citado Laurel como epicentro de las andanzas de estas tribus urbanas de chiquiteadores pero a uno le vale cualquier otra calle, porque cualquiera habrá observado que semejante rito se perpetra también por la San Juan, que cuenta con su propia legión de adictos, por los bares de República Argentina y su entorno o por el recorrido que proponen otros locales de cada rincón de la ciudad. Las cuadrillas que nunca fallan merecen desde luego el reconocimiento del Logroño de siempre; espero que también merezcan algún detalle de los establecimientos que frecuentan, porque la economía riojana no se puede permitir el lujo de prescindir de esta aportación diaria al mantenimiento del consumo doméstico y familiar. Porque hoy, irse de vinos en España es una demostración de patriotismo.

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