La Rioja
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Fecha: mayo, 2014
Bares soñados por mí
Jorge Alacid 30-05-2014 | 7:44 | 0

Taberna La Tana, en el corazón de Granada

El otro día me ocurrió algo extraordinario en un bar. Llegué con un grupo de amigos y nos aventuramos a pedir un vino que ninguno de nosotros había probado hasta entonces. En vista de nuestros titubeos, la amable tabernera que nos atendía sacó una copa, derramó un poco de vino y nos regaló una sucinta pero esclarecedora explicación de sus características: variedades, sabor, aroma… Unos diez segundos. Le encargamos una botella y nos la bebimos asombrados por semejante detalle de cortesía.

No fue el único suceso prodigioso que sucedió esa noche en el mismo bar. Para trasegar la botella que nos bebíamos, el hermano de la camarera que defendía con ella la barra nos acercó un plato rebosante de tapas que ninguno le habíamos pedido: una rebanada de exquisito pan con tomate y un chorro de aceite por cabeza, acompañado de un generoso dado de tortilla. Como nos llevó un rato ‘conversar la botella’, hallazgo genial del escritor chileno Jorge Edwards que me apresuro a copiarle, de la barra salió mientras tanto otra jugosa oferta gastronómica: una fuente con su correspondiente dosis de panecillos con anchoas.

Se ve que la noche iba de milagro en milagro, porque nuestra siguiente parada acaeció en otro bar cercano y allí vivimos una maravilla similar. Pedimos nuestros vinos, ya a tiro hecho y por lo tanto sin degustación previa, y con la consumición los diligentes camareros de este segundo garito nos convidaron a una estupenda ración de albóndigas como tomate. No nos lo podíamos creer, pero insistimos por si era un sueño. Así que proseguimos ruta: cervecita en una terraza y platillo de aceitunas con media docena de tapitas, una caña (muy bien tirada por cierto) en un cuarto local llegó servida junto a una tostada de revuelto de trigueros y, mientras nos acomodábamos para picar algo en un quinto bar, el camarero nos sirvió la bebida junto a otras tapas de cortesía.

Lo juro. Juro por Baco y el patrón de los hosteleros que todo esto que cuento ocurrió tal cual la semana pasada. Ocurrió… en Granada. Ya lo advirtió en este mismo blog un corresponsal hace unas cuantas entradas, cuando reflexionamos sobre la razón de que esa costumbre de invitar a la tapa gratis no se haya implantado en Logroño. Hubo algún comentario que se tomó a mal la idea que lancé pero en general el debate que se abrió entonces fue bastante templado, animado por las pistas que fueron dejando unos cuantos corresponsales: con ellas elaboró el admirado Diego Ortega un mapa de Logroño donde un reguero de bares demostraba que esa idea no era tan descabellada. Que otros bares son posibles.

Hoy, vuelvo de Granada asombrado. No he visto tanta generosidad en el sector de la hostelería en ningún otro punto de España. Y eso que he pisado unos cuantos. Y eso que hay ciudades donde ese detalle lleva tiempo implantado con extrema dadivosidad. Me cuentan que por Granada se puede de hecho almorzar (sí, almorzar) sólo a base de los pinchos y las cazuelitas con que obsequian los bares a su clientela. Bares, por cierto, rebosantes de público: una noche de miércoles la zona más típica de tapeo presentaba un aspecto muy animado. Imagino cómo estaría a esas horas la calle Laurel: la visité hace poco un lunes por la noche y tropecé con que gran parte de los bares estaban cerrados. Porque no va la gente, supongo que pensarán sus dueños. Aunque la ecuación se puede invertir: tal vez no va la gente por los bares están cerrados. De hecho, la noche del viernes ya era casi una locura transitar por los distintos itinerarios de bares granadinos. Y aunque no sé si existe una conexión entre esas dos imágenes (la tapa gratis, el bar rebosante), lo quería mencionar aquí. Por si acaso. Por dar alguna pista.

P.D. Por cierto, el vino a cuya degustación nos invitaron era granadino. Apenas unas semanas antes me acababa de enterar de que también elaboraban vino en aquella provincia, no en grandes cantidades, desde luego. A mí no me pareció gran cosa, un tinto demasiado potente para mi gusto educado en la elegante finura del Rioja. De modo que sigue siendo mi favorito.

 

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El tigre del Tigre
Jorge Alacid 24-05-2014 | 8:03 | 0

Dibujo de un tigre que ilustraba el relato

Por el amigo Eduardo Gómez me entero de que reabren el bar Tigre de la calle Mayor, que frecuenté con asiduidad y gusto durante largo tiempo. Lo cual me permite recuperar aquí este cuentecito que publiqué en una de aquellas colecciones que editaba Diario LA RIOJA hace años, porque precisamente su protagonista era un tigre: el tigre del bar Tigre. Se titula ‘Come on’

“De la mujer que atendía la barra de El Tigre sólo sabíamos que era zurda y yo tuve un sueño en que además era tuerta, no, peor, llevaba un ojo de cristal en la cuenca izquierda y a veces se lo sacaba si secaba los vasos y le pasaba también la Spontex. Pero sólo fue un sueño. La camarera zurda servía tiroleses a las mesas del fondo, donde se jugaba al siete-catorce-veintiuno y mandaba apartarse a quienes utilizaban la gramola para apoyar el culo. Viva el pop, abajo el sistema, escupía entonces, y sólo los muy novatos no entendían la consigna. Los veteranos ahuecaban el culo para que el vetusto altavoz tuviera vía libre hacia la cabeza de tigre disecada que le miraba desde enfrente. Recién llegada del Sajarahuit, la gramola perdió en algún punto entre avenida de Colón y la Calle Mayor su magnética carga. De Queen, nunca más se supo. De Deep Purple, quién sabe. De la ELO, qué se hizo.

Un repaso a la oferta del último jukebox de Logroño incluía: Pablo Abraira, O tú o nada; Miguel Gallardo, Hoy tiene ganas de ti, Vicente Fernández sigue siendo el Rey, la trompeta de Herb Albert, Danny Daniel y Donna Hightower bailan el vals de las mariposas, éxitos anacrónicos de Luis Aguilé y Palito Ortega, Rocío Dúrcal canta a Juan Gabriel, Phil Trim, Abba, Juan Pardo (Juan más que Juan: Pardo, más que Pardo, añadíamos nosotros), el joven Perales, Ángela Carrasco como María Magdalena en Jesucristo Superstar, Ana y Johnny, Jaime Morey, Emilio José canta a Soledad, es muchacha primorosa, que vivió siempre en el trigo sola, no sabe de amor ni engaños. El dúo Bácara, en fin.

Como un diamante en el estercolero brillaba un sencillo de los Stones. Come on, un discurso breve, eso es el pop, sencillez, decía la camarera zurda. Abajo el sistema, viva el pop. Era una pieza sincopada y con contratiempos, oíamos decir, que se escuchaba de cara a la gramola y no de espaldas a ella como era norma con el resto de temas. Come on en los últimos días de la última gramola, come on a cada rato, come on que cantaban los Rolling, aunque luego supimos que era una versión de un viejo éxito de Chubby Checker o de Chuck Berry, siempre los confundo. Ese era su encanto, precisamente, que eran los Rolling pero no lo parecían, una canción no tan salvaje, más irónica, sardónica y melódica, una canción extraña en un bar extraño, que presidía una cabeza de tigre disecada, un pintoresco hito del camino de Santiago, como si los Rolling Stones animaran desde el jukebox al peregrino. Come on, come on hasta Compostela.

Y, de repente, la cabeza de tigre disecada que te mira desde un stand del salón de anticuarios. Este año, los años cincuenta son la estrella del salón. Como si deambulara por el decorado de la serie Embrujada, tropiezo con batidoras color cobalto, molinillos de café verdes pistacho, las primeras olivettis, las primeras planchas, las primeras aspiradoras y las viejas secadoras hoy misteriosamente desplazadas de nuestros hogares, estilizadas cafeteras italianas, pick ups de maleta. Se trata de adquirir un magnífico ejemplar de radio, marca Tombstone, año 1933, para un coleccionista italiano o griego que llega cada verano a Cadaqués, pero la oferta es muy limitada. El viejo arcón estilo castellano sigue siendo el rey, como Vicente Fernández, hay también falsos iconos y falsas antigüedades góticas y un tipo aún más falso haciendo como que sabe al frente del stand. “Ah, la vieja Tombstone, hemos tenido unas cuantas, pero ahora mismo, es que no… Cada vez se cotizan más  altas. Nosotros, es que eso no lo tocamos. Lo nuestro es otra cosa. ¿Ve aquel tríptico? Es del legado de Erik el Belga, de una ermita de Lérida nos ha llegado. Viene muy, pero que muy bajo de precio. Pero, no. La vieja Tombstone, no. Quizá después de comer.

Después de comer, no estaba ni la vieja Tombstone ni el falso vendedor falso. Comparece en su lugar una joven de mirada huidiza, bizca tal vez, media melena estilo Verónica Lake, que ignora todo sobre lo que la radio Tombstone supuso para los hogares europeos de la posguerra, de cualquier posguerra. La vieja cabeza de tigre vigila nuestra conversación, también un poco bizca. “De los años cincuenta, tenemos poca cosa. Casi nada. Lo nuestro es el arte medieval. Trípticos, ya sabe usted.

–              ¿Y esa cabeza?

–              Nuestra mascota. Un recuerdo familiar. Nos trae suerte.

–              No parece muy a gusto aquí.

–              ¿Quién? ¿Yo?

–              No, la cabeza. Tiene cara de haberlo visto ya todo.

–              Estará aburrida. Son muchos años viniendo a este salón.

De la Tombstone, ni rastro. Ni siquiera en el stand vecino, repleto de electrodomésticos, otro paseo por el decorado de Embrujada, con la suegra aquella moviendo la nariz y su hija, la anoréxica Samantha Eggar, moviéndola también. Batidoras y exprimidoras en toda la gama de colores acompañan al visitante en su recorrido por los primeros años de la tele, cuando se cubría el aparato con sus hermosas fundas de ganchillo. Aquellos perritos que movían la cabeza desde el asiento de atrás del coche y llevaban el compás del traqueteo, ahora llega un bache y digo que sí, ahora una cuesta y digo que no. La cabeza de tigre no dice nada. Su mirada oblicua es definitivamente la misma que me dirige la Verónica Lake que dirige esta tarde el stand cuando me hace señas con un brazo. Con el izquierdo.

–              Me he acordado de repente. De los años cincuenta no tenemos nada, pero tenemos varias flipper de un poco después. Los primeros sesenta. Son americanas, un poco caras.

Le acompaño a la trastienda -el trastand, propiamente- y tropezamos con un parapeto de flipper, que divide estratégicamente la mercancía: hacia aquí, el lado ye-yé. Al norte, reinan el falso Erik el Belga y sus falsos epígonos. Las flipper, no están mal. Fundida la más atractiva y coja de una pata la más conocida, la que yo más recuerdo, la menos sensible a la falta, se le podía golpear en cualquier costado, especialmente, el derecho a la altura del mando, sin riesgo de que se apagaran los fusibles y la bola se resignara a regresar a la cueva donde vivía con sus hermanas, un lóbrego viaje, una peregrinación fatal. El percutor del saque venía muy flojo, era difícil ajustarlo para que la bola golpeara hasta el infinito en los bloques de arriba y acumulara puntos y más puntos antes de que el jugador entrara realmente en acción. La flipper trípode no está nada mal, pero el coleccionista de Cadaqués probablemente no sabrá valorarlo.

–              ¿Y gramolas?

–              Gramolas, tenemos varias, pero más estropeadas todavía que las flipper.

Limitando con la sección de iconos falsamente bizantinos, aún más falsamente rusos, dos gramolas vigiladas entre las cortinas por la cabeza de tigre dormitaban desconectadas. La primera anodina, con el cargamento de discos en el bajo vientre y los títulos de las canciones pintados a boli, Bic probablemente. La otra, un auténtico jukebox, con tracción mecánica para elevar el lote de singles y una pesada colección de títulos de los Beach Boys y la Motown, algún éxito de Dean Martin incluido y la hija de Frank Sinatra cantando estas botas están hechas para montar. Viva el pop, abajo el sistema. Trae también el Money, money y al enchufarla la muchacha bizca con melena a lo Verónica Lake -me mira ya sólo con un ojo- se enciende un carrusel de colores, una noria fluorescente sube y baja y la voz de Nancy Sinatra llega desde muy lejos, desde un punto situado entre Las Vegas y la primera parte de El Padrino, desde aquellas radios Tombstone que surgen del decorado de Embrujada a través de un televisor modelo Zenith o Telefunken, aún en blanco y negro. De la otra gramola llega un rumor seco, aunque más cercano, como de un manantial que ya no fluye, el sordo eco de una edad que el coleccionista de Cadaqués ya superó, como ha ido superándolo todo. De la vieja gramola llegan los discos de Hispavox que perdió sus tesoros en el traslado desde el bar Sajarahuit y ha ido soltando lastre desde entonces. Come on, cantaban los Rolling, come on en la trastienda donde la joven bizca ya no bizquea, tal vez sólo era zurda y parece que envía esa mirada esquinada por su melena a lo Verónica Lake. Tal vez el que bizquea es el tigre. Ella, simplemente, es zurda y se ríe de mí de medio lado. “Abajo el sistema, viva el pop”.

P.D. Espero que los nuevos dueños del bar sean congruentes con su historia: es decir, que por favor recuperen la cabeza del tigre y decoren con ella el local. Pedir que recuperen la gramola ya sería demasiado.

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Están ustedes excusados
Jorge Alacid 16-05-2014 | 4:51 | 0

Gracias a la amiga Julia Baigorri, que incluyó en su perfil de facebook una divertida reflexión a raíz de un incidente en los lavabos de un bar, he decidido dedicar esta entrada a ese oscuro rincón que llamamos retrete, voz que prefiero al eufemismo excusado. Prometo no caer en la escatología, pero es que siempre recuerdo la máxima de un buen amigo según la cual puede colegirse la calidad de cualquier establecimiento hostelero visitando antes que nada sus váteres: así he caído en la cuenta de que este blog no había reservado ni una triste línea a tan trascendental cuestión.

¿Qué contaba Julia? Pues su extrañeza seguida de una cuantas dudas y cavilaciones cuando acudió al lavabo de cierto bar recientemente y tropezó con que en lugar del caballero y la dama habituales para distinguir con sus dibujitos una puerta u otra, las imágenes eran de… un volcán y una luna. Bonito acertijo. Lo cual es últimamente tan usual que casi se ha convertido en tendencia, como si los dueños de cada garito desistieran colocar las sencillas letritas de antaño (la c de caballeros, la s de señoras) y le hicieran un guiño a su clientela en plan te vas a enterar de los modernos que somos. Como cualquiera, yo también he visto crecer ante nuestros ojos esta manía funesta. Y digo funesta porque de suyo, cuando uno visita el lavabo, las prisas por aliviarse casan mal con tener que previamente solucionar un crucigrama, resolver un sudoku o despejar una ecuación. Que tales son las proezas que con frecuencia se nos plantean en la antesala del mingitorio, con un grado de dificultad que yo he decidido solventar a la bravas, perezosamente, mediante dos atajos.

El primer método, cuando no acierto a concluir cuál de las dos puertas es la mía, es echar un vistazo dentro, luego de asegurarme que no hay inquilinos en el interior, y comprobar si está dotado de urinario de caballeros, ese tótem empotrado en la pared que disipa no pocas dudas. Si falla este primer acercamiento, hay plan b: esperar. Esperar a ver si entra alguien más avispado, lo que en mi caso es fácil, y dilucida por mí la cuestión. Perruna y borreguilmente, me limito a copiar lo sus movimientos.

Como se deduce, incómoda tesitura la que atraviesa la parroquia en un momento clave, cuando no estamos para solventar enigmas y además no llevamos a mano las gafas de cerca, pero en fin: tendrá que ser así, aunque tanta modernidad nos acaba haciendo añorar, quién lo hubiera supuesto, los viejos y cutres váteres de nuestra mocedad, incluidos aquellos que el vulgo denominaba a pedales, que antaño colonizaron los bares de Logroño y alrededores. Poco a poco, aquellos infectos espacios que ayudaban fortalecer nuestras pantorrillas y adiestrar nuestra puntería, fueron reemplazados por relucientes sanitarios de la omnipresente marca Roca, pero algunos resistieron durante largo tiempo, inmunes tanto a la modernidad como a las más elementales normas de higiene. Ah, el váter del Tívoli, donde en los años de plomo podías tropezarte con los primeros yonquis logroñeses. Ah, el inodoro del Villarica, que ponía contumazmente a prueba nuestras pituitarias. Ah, el excusado favorito de tanto adicto a la Laurel, el del Bambi desaparecido: puesto que se situaba en el breve patio del bar, en invierno garantizaba alguna meada bajo cero. Pero eso sí: nunca por entonces nos confundimos de puerta. Quien se equivocaba, lo hacía a propósito.

Aunque esa es otra historia

P.D. Leyendo la peripecia de la Baigorri, he recordado la primera vez que me sucedió algo así: eso de no saber hacia qué taza tenía que apuntar. Ocurrió en Londres, en el muy pijo barrio de Chelsea, durante la visita al no menos pijo garito llamado The Botanist que recomiendo visitar. Al grano, que me paso de pedante: en la antesala del lavabo, dos puertas decoradas con sendos dibujos representando a una mariposa y una serpiente. Adivina, adivinanza: dónde estará mi váter. Y otra adivina, adivinanza: en cuál de ellas entró servidor. Y en cuál de ellas hubieran entrado mis improbables lectores.

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Los camareros furtivos
Jorge Alacid 09-05-2014 | 5:05 | 0

Noemí Iruzubieta, a ese lado de la barra

Repasando antiguas entradas en torno al fascinante mundo de los camareros, reparo en que este oficio se ha ayudado a menudo tanto de manos aficionadas como de profesionales. O casi. Cualquiera puede comprobar que a su alrededor menudean los casos de amigos/parientes/conocidos que cierta vez saltaron al otro lado de la barra y desempeñaron, con más voluntad que eficacia al igual que quien esto escribe, tan digna profesión. ¿Quién no ha puesto una copa alguna vez, servido un vino, despachado un cafelito? Que levante la mano.

Para corroborar esta intuición, he pedido a unos cuantos compañeros de Diario LA RIOJA que confirmaran que, en efecto, todos fuimos una vez camareros. Furtivos, pero camareros. Y esto me responden mis amables interlocutores, a quienes agradezco el detalle de confesar sus delitos como camareros en este blog que también es su casa. Ahí vamos.

La gentil Noemí Iruzubieta, que aparece así de guapa en la foto que ilustra estas líneas, nos cuenta esto de su experiencia como camarera: “En mi caso, más que segunda ocupación, fue la primera. Trabajé siete años en un bar de copas de Nájera y en decenas de fiestas de los pueblos en chiringuitos con música pachanguera, garitos de bakalao, barras universitarias, bares de pueblo poniendo vermús y el clásico café, copa y puro… Eso sí, estaba muy bien pagado y se bebía gratis”. Y añade: “Entre las miles de anécdotas: bronquillas con algún listillo que quería hacer un ‘sinpa’, ligoteos con clientes, grandes amigos, mucho colgao gracioso y, sobre todo, muchas risas”. ¿Cualidades del buen camarero? “Paciencia, buen humor, empatía, rapidez y un punto de bordería”. Conclusión: “Mi reflexión es que el oficio de camarero engancha”.

Toma ahora la palabra el amigo y célebre bloguero Teri Sáenz. Estas son sus reflexiones: “El Boogaloo no era entonces un bar escondido al final de la calle Santiago, sino el lugar de peregrinaje en el que siempre empezaba y acababa todo. Además de dueños, Kike y Raúl tenían (tienen) la condición de amigos, de forma que la barra era una línea difusa en la que yo pasaba dentro alguna vez y ellos se acodaban fuera para tomar un respiro hasta que la noche entraba y el local empezaba a poblarse. Cuando la clientela se apretaba, los ratos al otro lado se prolongaban a cambio de alguna ronda gratis y la oportunidad de pinchar esos vinilos con las carátulas humedecidas que la aguja se sabía de memoria. Eran aquellos tiempos memorables. Años de humo en que aún se servían medios cubatas y Los Ramones todavía conservaban algún miembro vivo. El día que traspasaron el negocio mutilaron mi incipiente carrera de camerero-diyei, que luego prolongué en fines de semana esporádicos y fiestas de guardar para pagarme mis propios discos en bares ajenos plagados de despedidas de soltero/a en los que sólo sonaba como un bucle Follow de leader. Misteriosamente, Kike y Raúl aún no me han borrado de su catálogo de amigos. Y lo más intrigante: cuando vuelvo al antiguo Boogaloo las paredes me guiñan el ojo como si me conocieran de algo.

Y concluimos con la experiencia que acreditan las canas tiñiendo las sienes del caballero Del Río, José Antonio para el mundo, Toño entre estas cuatro paredes que nos albergan, que se nos ha ido arriba. Quiere decirse que escribe largo pero bonito. Ahí queda eso:  “En 1981, el que suscribe andaba lidiando con el COU en el desaparecido colegio Valvanera de la calle San Agustín (ya, entre bares bares). Compartía aula por primera vez con el género femenino y entre sus preocupaciones -además de driblar esa amenaza oscura por nombre Selectividad que nos esperaba a vuelta de hoja de calendario-, se había instalado ya definitivamente la de ganar algún dinerillo para sus cosas. Era el imperativo del ocio adolescente, de la súbita irrupción del otro género que les contaba y del formar parte de una buena familia numerosa. Y si cuando el ocio pasaba por salir, comer, beber y viajar era indubitablemente oneroso, cuando se le sumaba el efecto sexo opuesto, qué les voy a contar. Eran los primeros 80 y pese a lo raquítico de nuestras  economías, tratábamos de mantener con cierto garbo el espíritu de gilipollas orgullosos pagafantas. Qué le vamos a hacer.

Fue de esos polvos -en la primera acepción del término que contempla el diccionario, mire usted- de donde surgieron los lodos de mi temprana relación con el mundo (o el submundo) de los bares al otro lado del mostrador.

Recién nacidos los 80, en Logroño había tres tipos de bares: las añosas tascas del Laurel, San Juan y Mayor; los de cada barrio, que se atendían en familia; y ese invento casi recién importado, el pub, que se reproducía como los champiñones en Autol en las calles Chile, Vitoria y aledaños a la sombra de los pioneros Robinson, La Taberna, Mi Amigo y el Pat Garret de la vecina Industria. Por su novedad, caí, caímos, por allá primero en furtivas visitas vespertinas y más tarde ya en la noche porque salir era La Zona o no era salir. Rober, Sub o el recordado ¿Mimos? de la calle Chile (que murió por el sobrepeso de los besos y magreos acumulados en aquel altillo oscuro como un pozo)… Y Lorca, el Lorca primigenio, el Lorca granadino con estética de rancio patio andaluz aunque había sido parido poco antes por Nacho, un armador de Ondárroa con ya entonces ocho apellidos vascos o más. Lorca fue mi/nuestro  primer destino laboral. ‘Nuestro’, escribo, porque trabajamos en equipo, como las cuadrillas de los vendimiadores que se reparten a demanda de la necesidad. No me pregunten por qué, pero de una tarde a la siguiente nos vimos del otro lado de la barra sirviendo cervezas en botellines de un tercio a 50 pelas la ración, cubalibres de Bacardí a 100 y tónicas con MG, o con Larios o con Gordons todo lo más a 125, quiero malrecordar. Todo en vaso alto, tres cubitos y media rodaja de limón; sin más mariconadas. Y el personal triscaba trago tras trago, copa tras copa, sin solución de continuidad para mayor gloria de la caja que no dejaba de sonar, clin, clin, clin, hasta que sobre las tres tocaba echar el cerrojo porque los Harrelson, que eran ¡mucha, mucha Policía!, andaban al acecho y la municipalidad no se andaba con los remilgos de ahora a la hora de la multa o el cierre circunstancial.

El curro, para alguien que apenas acababa de estrenar la mayoría de edad, era casi más que otra cosa un divertimento de 7 a 10 y de 11 a 3; un divertimento saneado  a razón de cinco o seis mil pesetas la noche de fin de semana. Cinco o seis mil el viernes y otro tanto si se terciaba el sábado. Total, sume usted, diez o doce billetes verdes, en negro, lo que hoy, treintaytantos años después, serían 60 o 70 euros de vellón. Un pastizal, vamos.

En Lorca aprendimos lo que pudimos de asunto el copeo del perpetuo Vicente, que ya allí estaba cuando llegamos y aún sigue hoy en la versión Poeta en Nueva York; aprendimos de Mani, entrañable personaje que compartíamos con el vecino Sub; de un Alfonso del que nunca volví a saber… Como aprendimos después de Paco y de Tasio Bergés en el cercano Tío Tito, adonde también nos condujo la necesidad de un local hasta la bandera en sesiones de tarde y noche de los tiempos en que salir en Logroño era La Zona o, simplemente, no era salir.

Aquella nunca pretendida vocación me alegró la economía y las pulsiones juveniles los dos años siguientes en estos y en otros bares, detrás de esas y de otras barras cada fin de semana cuando me lo permitían mis obligaciones universitarias, que fue de muchas veces, las más. Hasta que llegó el periodismo y las prácticas y el trabajo. Pero esa es otra afección. Crónica esta vez”.

P.D. Lo dicho, que muy agradecido al trío de colaboradores. Y que si alguien se anima, lo de siempre: que está es su casa.

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Interés (personal) en la Laurel
Jorge Alacid 02-05-2014 | 4:30 | 0

Entrada a la calle Laurel, vista por Justo Rodríguez

La madre de todas las calles para los bares de Logroño está de enhorabuena: es de interés. De interés turístico, lo cual es como descubrir América: así lo acaban de sancionar las autoridades competentes (riojanas, por supuesto) pero así lo sabía ya el pueblo soberano, tanto indígena como forastero. Bajo esa apabullante distinción de oscuro sentido se oculta sin embargo algo serio: una suerte de compromiso generalizado en defensa del corazón de Logroño, puesto que el sello de calidad obliga no sólo a la mentada calle, sino a la adyacente San Agustín y a la muy vecina San Juan. Y porque no sólo exige un esfuerzo al cliente, que hará muy bien en observar una cierta cortesía en su conducta como parroquiano, sino que sobre todo reclama más dedicación, gusto por los detalles e imaginación a los dueños de los bares, los más directos beneficiarios del título recién adquirido.

Quiere decirse que si el Gobierno regional proclama que el itinerario turístico-gastronómico que forman las tres calles queda declarado de interés turístico regional, deberá en consecuencia preservarse la calidad de los ingredientes que se sirven en los bares allí alojados, así los comestibles como los bebibles. Uno piensa que además se aprovechará para perfeccionar la profesionalidad con que se desempeña el oficio en cada local de dicha ruta, que se mejorarán los elementos decorativos (desde el diseño de los propios establecimientos, tanto interior como exterior, hasta la rotulación y resto de factores añadidos), que las administraciones velarán para que se cumplan las ordenanzas en materia de higiene y buenas costumbres… Uno incluso espera, porque es así de ingenuo, que esas muestras de escaso decoro y falta de buen gusto bautizadas como despedidas de soltero, especialmente las que más público convocan, serán por lo tanto expulsadas al extrarradio, pero me temo que no van por ahí las intenciones de la Administración. Incluso sospecho que más de un bar que ha encontrado ahí un filón de clientela preferirá que semejante tradición, por muy chabacana que resulte, se mantenga bien musculada. Aunque haya que mirar hacia otro lado: todo sea por el bien de la máquina registradora.

Son sólo deseos, esperanzas vanas tal vez. Lo que realmente me ha interesado de esta distinción que acaban de recibir las calles más castizas de mi ciudad es que me invitan a revisar mi propia biografía y preguntarme cuándo las declaré yo de interés personal. De interés personal. Y en el caso de la calle Laurel, concluyo que fue hace mil años: yo tendría diez o doce cuando mi padre me llevó junto a mi hermano a dar por allí nuestra primera vuelta. Nuestra primera ronda, nuestra primera vez. Fue poca cosa: ingresamos en un bar cuyo nombre no recuerdo, que luego fue tienda de restauración y ahora se llama La Ribera. Nos pidió un par de emparedados vegetales que servían a la plancha sin acompañamiento de bebida alguna, nos supieron a gloria y regreso a casa. No he vuelto a entrar al citado bar, ignoro la razón. Lo cual no evita que cada vez que cruzo ante su puerta mire hacia dentro por si se obra el prodigio y veo materializarse ante mí a aquel chavalito que fui. De momento, sin suerte. Me consuela pensar en ese emparedado como si fuera la magdalena de Proust. Y me consuela pensar que no estoy solo: que para muchos logroñeses habrá habido también una primera vez en la Laurel.

Así que si alguien más se anima… Si a algún improbable lector le apetece relatar su bautismo como miembro de la cofradía del santo chiquiteo, ya sabe que esta es su casa.

P.D. Repasando mi ingreso como cadete en la calle Laurel, he caído en la cuenta de que era más propio de aquella época (primeros 70) acompañar a la tribu familiar de peregrinaje por los bares de una calle hoy en plena decadencia: Ollerías, donde tengo puestas algunas esperanzas. Se me ocurre que es una calle muy recuperable para ir de bares… en cuanto abran alguno. De momento, sólo figura como puerta de atrás de Los Rotos de la calle San Juan, cuando en esa época que cito era todo lo contrario, una calle en ebullición hostelera muy apropiada para iniciarnos en esa costumbre tan logroñesa: ir de bares. En busca de los champiñones de Paco, por ejemplo, o recalando en el resto de locales que completaban el recorrido: Sergio, Chistera y El Trece, según me recuerda el amigo Eduardo Gómez. Ollerías fue en realidad la calle que sirvió para caerme del caballo. Mi camino de Damasco.

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