La Rioja
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Fecha: junio, 2014
Bares, el ruido y el frío
Jorge Alacid 28-06-2014 | 7:33 | 2

Música en un bar de cine, con los fabulosos Baker Boys y su fabulosa cantante

Quien escribe estas líneas es logroñés. Riojano. Habitante de la futura Ebrorregión. Lo cual significa que si puede expresarse a gritos, para qué va a hablar en voz baja. Como tantos paisanos, sigo esta tendencia en cada ocasión que me peta: saludando al conocido voceando desde el coche (opcional acompañamiento de bocina), hablando por el móvil hasta que reviente el medidor de decibelios y, por supuesto, vociferando en los bares y resto de locales del sector de la hostelería. Aunque debo confesar que, comparado con otros compatriotas peritos en la misma costumbre, mis gritos no son gran cosa: son multitud los riojanos que me superan en eso de expresarse a pleno pulmón, de modo que pese a los atributos arriba citados a veces parezco más bien escandinavo. En eso de hacer ruido en los bares, siempre hay quien te gana. Empezando por los dueños.

Un ejemplo. Estupenda mañana de primavera en Logroño, cafelito mañanero en una terraza con vistas al río. Se escucha el rumor del padre Ebro viajando hacia Zaragoza, la brisa acompaña la banda sonora matinal con un leve eco, los adictos al footing (ahora se dice running: mejor, muuuuuuuuucho mejor que decir corriendo en castellano, no vaya a ser que logremos entendernos) van echando el bofe sumando el sonido de sus pisadas a la polifonía general… Y de repente… De repente, sin que nadie lo haya pedido, desde los altavoces atruena el chundachunda de los 40 fundamentales. Horror. Bueno, un horror relativo: a nadie salvo al abajo firmante parece importarle. El resto de la parroquia hace lo habitual en estos casos: elevar a su vez el nivel del propio vocerío, de modo que poco a poco todos nos convertimos en cien por cien riojanos. Adiós a la plácida mañana de bar: ya estamos hablándonos a gritos para sobreponernos al ruido. Cortesía de la casa.

Yo me marché esa mañana, miembro de la cofradía de resignados ante el ruido que nos arrebata el placer de acodarnos a gusto en nuestra barra de confianza y preservar el rito sagrado de la tertulia. Sobre todo, porque he comprobado que sonorizar en condiciones un bar no es tan difícil. Sí que es caro, así que viene siendo habitual que se empiece a ahorrar en estos detalles y se acabe por pensar en el cliente como si careciera de los derechos propios a cada consumidor. Ya ni siquiera me extraña que no nos extrañe: nos hemos acostumbrado a ingresar en cualquier bar, sufrir la música que nadie ha pedido a niveles que harán feliz al otorrino de guardia y marcharnos a otro local. Con la música a esta parte: porque en el siguiente solemos padecer igual trato, con parecidos resultados. Desaparece la charla relajada y en tono confidencial, que se ve sustituida por ese griterío tan alarmante y no: no nos quejamos. Hay una ventaja: te acostumbras a hablar a gritos, sin escuchar a tu interlocutor, y ya te pueden fichar de tertuliano en la TDT.

El caso es que no nos quejamos, aunque dudo que podamos seguir así mucho tiempo, porque ya digo que no es tan difícil insonorizar bien un bar. Hace años asistí a la inauguración de un local en Logroño y por azar me tocó compartir mesa con el arquitecto autor del proyecto. El buen hombre me contaba cómo había desplegado su talento para convertir aquel espacio en un lugar cálido, agradable. A su juicio, la clave, oh sorpresa, era la insonorización: lo había forrado de madera. Autóctona, por cierto: madera de bosques riojanos. Siempre que vuelvo por allí, recuerdo esa conversación, porque es un raro ejemplo de local donde puedes hablar sin forzar la voz y el compañero de al lado, milagro, milagro, resulta que te oye. El prodigio se repite en sentido opuesto: te hablan y escuchas lo que te dicen sin que sufran las cuerdas vocales del vecino. En consecuencia, se genera un ambiente agradable, dan ganas de quedarse un rato más, pedir otra ronda. Te felicitas por haber dado con un espacio civilizado, donde no te sientes amenazado por el bafle. Un lugar donde la única música que quieres escuchar es el murmullo del vino cayendo sobre la copa y la charla de los amigos. Un lugar llamado bar.

P.D. Escribo estas líneas inspirado por una reciente entrada en el blog de El Comidista, el muy interesante espacio que el hermano menos famoso de la familia López Iturriaga gestiona con olfato y mucha clase. Aquí os dejo un enlace para disfrutar con sus ocurrencias como he disfrutado yo http://blogs.elpais.com/el-comidista/2014/06/por-favor-disparen-al-pianista.html. A las que añado una advertencia: en verano, el ruido interior de los bares se traslada a las terrazas; adentro acecha otro enemigo temible: el aire acondicionado. Una muestra muy conseguida de hasta donde llega nuestra estupidez occidental, el derroche de energía sin sentido, la exhibición de opulencia que a mí me deja siempre cavilando: cómo es posible que en verano tengas que abrigarte para entrar en un bar. Cuándo nos volvimos todos tan locos.

 

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El primer bar de tapas
Jorge Alacid 20-06-2014 | 7:22 | 0

Rotulación del bar Victoria

El primer bar de tapas de Logroño para mi generación fue el Victoria. Me refiero al antiguo Victoria, el ubicado en la muy castiza calle de Carnicerías, que tan buenos recuerdos me trae: el afilador/paragüero encajado en el portal de una vivienda, la espectacular tienda de Rosi (Mantequería Suiza), la carnicería de Tere y Valentín y sus filetes de caballo (jugo incluido), La Tropical, la panadería de Garpesa… Hoy es una calle que apenas nadie pisa si puede eludirlo, porque se convirtió a la nueva religión de las copas del fin de semana, con el evidente deterioro: añada el improbable lector el feo aspecto del abandonadísimo solar que hace esquina con Zaporta para que se entienda que un logroñés conspicuo evite darse por allí un paseo.

Así que a los méritos propiamente hosteleros del Victoria habrá que añadir el buen ojo de sus dueños cuando se mudaron desde aquel emplazamiento hasta su actual sede en Víctor Pradera: atrás dejaban un enclave no especialmente apropiado para el tipo de local que defienden. Para mí fue sin embargo una desilusión: me había acostumbrado a iniciar la peregrinación por los bares del Casco Antiguo con una paradita en el Victoria, que solía presentar llenos multitudinarios y me obligaba a ejercitar los codos hasta hacerme con un hueco en la barra, salivar con sus golosinas y decantarme por mi pincho favorito: una tostada con queso rematada por un revuelto de ajetes. Suculento. Pero, sobre todo, era revolucionario: por primera vez un bar de Logroño aspiraba a parecerse a cualquiera de San Sebastián.

Porque en materia de tapas, hasta entonces lo habitual era la santísima trinidad de los bares logroñeses: o bien carecían de ellas y sólo despachaban bebidas, o bien ofrecían manjares poco atractivos casi por compromiso, o bien se inclinaban por la tercera vía, la vía de la tapa única, el monocultivo gastronómico. El Negresco tenía sus mejillones con tomate picante, el Soriano sus champis, el Jubera sus bravas, el Perchas sus orejitas, el Blanco y Negro sus anchoas…. Cada cual se había especializado en un bocado en exclusiva, de modo que las barras solían lucir bastante mustias. Nada que ver con la moderna polifonía de colores, olores y texturas que de repente desembarcaron en el Victoria: la comida entraba por los ojos, literalmente, de modo que empezó a ser habitual que cuando algún conocido recalaba entre nosotros le guiáramos de inmediato a la calle Carnicerías para presumir de bar.

No siempre había sido así. Mis primeros recuerdos del Victoria me remiten a un bar como tantos otros, con sus mesitas a la derecha según se entraba, poca iluminación y los mismos clientes repetidos una y otra vez.  Un bar que de repente se iluminó, como se iluminó España entera a mediados de los años 80: la modernidad había llegado y en el caso del Victoria se materializó en forma de gollerías de diseño, que en los 90 se mudaron con el propio bar frente a los juzgados. Este otro Victoria lo he frecuentado menos. Ignoro la razón, porque cuando me he acodado en su barra me ha deslumbrado como al resto de la clientela tanto buen gusto en su oferta gastronómica. La misma que hoy, luego de su transformación, sigue despachando a ritmo sobresaliente, con la particularidad de que a diferencia de otros bares históricos cuya metamorfosis ha resultado, hum, mejorable (La Granja, Ibiza) el nuevo Victoria me parece que mantiene intacto el espíritu anterior, pero perfeccionado: la hermosa tipografía empleada para rotular la puerta de acceso, la decoración interior, la cocina a la vista según es moda reciente… Metales y maderas para recordar que hubo un Victoria anterior, al que rindo hoy sentido homenaje: aquel de Carnicerías que para toda una generación fue su primer bar de tapas.

P.D. El nuevo Victoria, fiel a su origen, reivindica sus raíces colgando de sus paredes una hermosa colección de fotos antiguas que emocionarán a cualquier logroñés sensible a la historia que segregan sus bares. Como nos tiene contado el gran Eduardo Gómez, el local se alza en Víctor Pradera desde septiembre de 1991. Hasta ese emplazamiento lo llevaron Mario y Olga, que han dejado el testigo en manos de Iván, Sonia y Olga, a quienes acompañan ahora  esas imágenes en blanco y negro que recuperan la esencia del bar original, el ubicado en Carnicerías. Imágenes que nos devuelven al tiempo en que reinaba en su barra el popular camarero llamado Ojitos . Imágenes que, ay, me temo que ya no volverán.

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Laurel, al filo de la medianoche
Jorge Alacid 13-06-2014 | 7:56 | 0

Vista de la calle Laurel. Foto de Miguel Herreros

El pasado 9 de junio, Diario LA RIOJA regaló a sus lectores un espectacular suplemento que pretendía retratar (más o menos) la vida en nuestra región durante 24 horas. Me tocó recorrer un rincón muy sensible de nuestra tierra: la calle Laurel durante un sábado por la noche. Me ha parecido oportuno rescatar aquí el reportaje de mis andanzas.

Uno lleva cerrados unos cuantos bares de la calle Laurel. A medianoche, en el eterno invierno logroñés, descendíamos hacia el Tívoli cuya luz ejercía como imán para la última ronda (la espuela, que le llaman) y a sus dos flancos nos saludaban los bares a punto de echar la persiana, iluminados por el lánguido fluorescente. Camareros fregando vasos y echando un ojo al Telefunken, en la triste compañía de los clientes habituales al filo del cierre: bebedores furtivos, dipsómanos habituales, una pareja de mirada turbia que renuncia a regresar a casa, un viajante despistado. Con el buen tiempo, nos resignábamos a las mismas escenas cuando asomaba la medianoche. Quiere decirse que Laurel siempre fue una fiesta para los sentidos, cierto, pero entonces carecía de su polifonía actual, esa paleta muy rica en colores con que ha ingresado en el siglo XXI. En la centuria pasada, hacia las doce de la noche los bares llevaban tiempo recogidos y la calle muerta. Sólo quedaba la última ronda en el Tívoli con su vinazo servido en duralex y el recuerdo de esas imágenes persiguiéndonos de vuelta al hogar familiar, los bares mustios y la clientela solitaria. La Laurel, siempre a mitad de camino entre Hopper y Azcona.

Así que uno, que ha cerrado unas cuantas noches la Laurel solo o en compañía de otros, piensa que le acaban de hacer un obsequio invitándole a que relate, en este poema colectivo que significa retratar el alma de su tierra natal durante 24 horas, qué misterio anida entre los bares de esta calle y su parroquia un día cualquiera sobre la medianoche. Y elige para ejecutar su plan un sábado, que no es un sábado cualquiera: es el 17 de mayo y el Atlético de Madrid se ha llevado la Liga, suceso que uno quiere anotar aquí porque esa noche Logroño está poblado de camisetas rojiblancas. Sospechosamente poblado: uno lleva aquí toda la vida y creía conocer por su nombre a todos los hinchas logroñeses del Atleti, que cabían más o menos en un taxi.

Pero resulta que se equivocaba. Resulta que esta marea que desciende hacia Gallarza engulle a los feligreses de Simeone sin hacer distinciones, porque el hechizo de la Laurel radica en su acusada vocación democrática. Aquí nadie es más que nadie: el jovencito con la camiseta sudada cuya espalda dedica a Diego Costa convive con una pareja de matrimonios de-Logroño-de-toda-la-vida, cuadrillas que se desperdigan y se reagrupan según el viejo y asombroso protocolo que todos hemos practicado alguna vez, despedidas de soltero de diseño, hum, discutible, extranjeros (me adelantan dos italianos justo a la altura del Villa Rica, a cuya puerta permanece anclado un grupito que se entiende en inglés) y la clientela habitual: los de siempre, vaya.

Los de casi siempre esperan también al otro lado de la barra. En el Calderas aguardan las botellas puestas a refrescar en su manantial infinito mientras la Laurel, que es una y trina, va despachando una larga jornada viendo desfilar por dos veces en un minuto a un coche de la Policía Local, que pasa de largo hacia Portales. Dan las doce en el reloj de Ibercaja y uno, que ha cerrado la calle unas cuantas veces, no deja de preguntarse dónde reside el encanto de este rincón de Logroño que para tantos ciudadanos ejerce como una especie de segundo hogar.

Es una pregunta que se contesta sola a poco que te regales una pausa, mires a tu alrededor y anotes qué ves. ¿Y qué ves? Ves a Inma y Rubén, que pasan la noche picando de bar en bar con unos amigos, al veterano José Luis de tertulia con los amigos, a Nano y familia, a quien hace tiempo que dejó de frecuentar . Ves a un grupo de mozos llegados desde Vitoria que confraterniza con unas chicas de Pamplona mientras despiden la soltería de una de ellas. Ves a otros veinteañeros santanderinos pedirse unos cubatas (¡cubatas en la Laurel!), ve aterrizar a otro clan de chicas recién desembarcadas desde Vitoria. Ves a Urko, Ander y Ángel, un trío de Hernani que apura el último vino. Y ves a Yerma, festejando los 25 años de su promoción con su cuadrilla de antiguas condiscípulas, que llevan todo el día de aquí para allá, pero que a última hora han rematado la fiesta en la Laurel. Supongo que arrastradas por la magia que contiene la calle incluso cuando hace frontera con el domingo.

Se apagan las luces del sábado. David, amable camarero, calcula que habrá servido unos 900 vinos. Ofrece la cifra entre sudores, porque cuando la clientela se marcha el trabajo continúa a ese lado de la barra. Así que, como han hecho tantos camareros a esa hora bruja con quien esto firma, me ruega que le deje en paz mientras concluye su tarea. Y uno, que tantas noche cerró la Laurel, vuelve a verse a sí mismo en cada etapa de su vida pisando las baldosas de esta prodigiosa calle. La calle Laurel, donde todo cambia para que todo siga igual. La Laurel, cuyo secreto salta a la vista: su secreto es la gente. La hermosa gente.

P.D. La foto que ilustra estas líneas fue tomada por Miguel Herreros en el angosto desfiladero que distingue al tramo inicial de la calle Laurel, antes de alcanzar Albornoz. Cualquiera habrá podido comprobar cómo la calle se repliega en ese punto sobre sí misma, lo cual garantiza estupendos embotellamientos en los días señalados como el retratado. Hasta el punto de que ese punto es como nuestro río Jordán: uno se bautiza como logroñés el día en que atraviesa tal fielato y alcanza el otro lado manoseado, sudado y dichoso.

 

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Los bares que vienen
Jorge Alacid 06-06-2014 | 4:28 | 0

Obras del nuevo local que abrirá en el antiguo Las Cañas. Foto de Díaz Uriel

Durante años, Diario LA RIOJA tomó la costumbre de publicar en los días previos a San Mateo un artículo firmado por el amigo Eduardo Gómez donde el maestro relataba las aperturas de bares que se avecinaban. Se ve que el sector hostelero pensaba, con razón, que las fiestas representaban un pico en el consumo familiar y por lo tanto el logroñés y sus huéspedes derrochaban esos días con cierta alegría entre barra y barra. De ahí que fueran numerosas las inauguraciones de garitos luego históricos que se anunciaban por esas fechas. Y todavía hoy observo que es una tradición que se mantiene: como si el nuevo empresariado honrase a sus antepasados aquilatando negociaciones con los gremios y derramas con el banco para que el calendario de apertura desemboque de manera natural a mediados de septiembre.

En general, no obstante, veo que se imponen nuevos usos. Quiere decirse que cada cual abre el bar donde ha puesto sus complacencias cuando quiere, de modo que por esas curiosidades que tanto nos alegran los días resulta que ahora en Logroño coinciden una serie de proyectos con muy buena pinta, algunos de los cuales comparten una peculiaridad: rescatar de las catacumbas del olvido una serie de locales de siempre, para otorgarles una nueva vida. Será en consecuencia una alegría ingresar una de estas noches en la Laurel y ver que desde Gallarza nos saluda de nuevo el Tívoli: pasé la otra mañana delante de su puerta, que permitía ver los trabajos de reforma ya muy avanzados, con la nota singular de que la barra se levantará para su resurrección a mano derecha, en paralelo a la calle Bretón. Ah, el Tívoli amado, sobre el que ya emití aquí alguna entrada. Ese día, por un momento creí ver tras la mentada barra a Emiliano, su último dueño, pero falsa alarma: sería un bajón de azúcar. Aunque entre las brumas de esas fantasmagorías me asaltó una duda: cómo se llamará el nuevo bar. Yo, desde luego, pienso seguir llamándole Tívol. Y que sus nuevos propietarios me disculpen.

La otra gran reapertura histórica me esperaba unos metros más allá, recién cruzado el Espolón. Ah, la querida cafetería Las Cañas, protagonista de una anterior entrada  en este blog, donde la familia Remón derramaba hospitalidad y bastante clase al frente de uno de esos bares difuntos que uno también hubiera resucitado. Se me han adelantado sus flamantes dueños, a quienes deseo las mejores venturas y ruego humildemente que preserven  el espíritu del anterior local. Mejor dicho, del penúltimo: nada tengo contra las hamburguesas franquiciadas, pero aquel episodio no se recordará desde luego entre lo mejor del Logroño hostelero. (Por cierto: por una pirueta del destino, acaba de reabrir el segundo Las Cañas que los Remón pusieron en marcha, esto es, el bar ubicado en la vecina plaza de la Paz, llamado Mow hasta hace nada).

El rosario de aperturas alcanza otros rincones del Logroño castizo. Me cuentan que el Café del Mercado, izado en la esquina de Portales donde yo sigo viendo la abrumadora oferta de calzado que expedía la familia Ochoa, se reconvierte uno de estos días bajo nueva fisonomía. Un prodigio similar aguarda no lejos, en otra esquina emblemática: la que forman la calle San Juan y Marqués de Vallejo, donde hace apenas un rato despachaban sus anteriores propietarios tortillas y más tortillas de patata. La casa Umm, que sienta sus reales en el nuevo Logroño al sur de la Circunvalación, plantará en tan céntrico emplazamiento un gastrobar: es decir, esa tipología dominante en el sector que procura acompañar los tragos con tapas y pinchos denominados ‘de autor’, bares de los que soy devoto. Todo lo que sea mimar a la clientela, devanarse los sesos pensando en el confort de la parroquia e idear un espacio amable donde aposentarse para un rato ameno cuenta con todos mis votos. Igual que los otros tres a punto de inaugurarse: prometo que contarán conmigo a este lado dela barra.

P.D. Supongo que en el conjunto de Logroño habrá estos días movimientos similares, aperturas que se me  escapan, remodelaciones tan atractivas como la recién ejecutada por el Victoria (Mi aplauso por esas fotos históricas recuperadas). Pido disculpas por los olvidos en que haya podido incurrir. Traigo los cuatro ejemplos relatados como esperanzador emblema de que,  tal vez, algo se mueve en el sector de la hostelería, uno de tantos golpeados por la crisis voraz. Ojalá sean heraldos todos ellos de que vamos sacando el cuello. Porque más abajo ya no podíamos caer.

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