La Rioja
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Fecha: diciembre, 2014
El último bar
Jorge Alacid 26-12-2014 | 5:08 | 1

 

Muere el año y entre mazapanes y zambombas, la avalancha de nostalgia que todo lo invade se apodera también del espíritu de nuestros bares y desemboca por lo tanto en este blog. Me preguntaba cómo cerrar este 2014 al que también hemos sobrevivido y caí en la cuenta de que son fechas propicias para compartir con el improbable lector una costumbre que uno lleva observando largo tiempo y que resulta ser un hábito común a unos cuantos logroñeses: eso de reunirse con los amigos para despedir el año con un brindis previo a la ingesta de marisco y espumosos, tanto antes de Nochebuena como antes de Nochevieja.

Se trata de un hábito que, en efecto, puebla los bares del centro y del extrarradio, en función de las querencias propias de quienes protagonizan la última ronda, el último trago de cada año, la visita al último bar. En mi caso, acostumbro a acudir para tales fines a la zona antes conocida como Tontódromo, que ya ocupó aquí alguna entrada y reaparece de vez en cuando: el Paseo de las Cien Tiendas, le llaman. Se trata de una zona que frecuento escasamente durante el año, así que concluyo que si regreso una y otra vez a estos lares para la apoteosis navideña debe ser porque, como los asesinos, yo también vuelvo al lugar del crimen. En consecuencia, quedo en paz con mi psicólogo, si lo tuviera, y en este retorno a la edad del pavo me suelo citar con las amistades en el Amalys de Ciriaco Garrido, local que tanto frecuenté de mozo. A continuación, la ruta nos lleva por los bares arracimados a su alrededor. Los antiguos y los nuevos: entre los primeros, Cibeles, que alguien llamará Cacao; entre los recién llegados, hay de todo: antaño, cuando al grupito se le agregaban los críos que hemos ido criando, se requería un local de anchuroso espacio para acogernos a todos, requisito que no cumplen tantos bares de los allí alojados.

Era por lo tanto habitual acabar en el bar del Círculo Logroñés, castizo recinto que no dudo en recomendar. Pero también el Marbella nos aceptó alguna noche de frío helador, como el Vinnone o el Napoli. Repaso mentalmente la lista de los bares de esas céntricas manzanas y concluyo que prácticamente acabamos ingresando en todos ellos, alguna que otra vez. El Magyk, el Cóndor (hoy Continental), el Café Crema… Y mientras veo las fotos que en ocasiones memorables nos tomaron (eran los tiempos anteriores al selfie), noto que, en efecto, el aluvión de nostalgia es imparable: se ve uno envejecer, cierto, pero también contempla cómo los niños de entonces son hoy casi veinteañeros o sin el casi. A todos les deseo que dentro de unos años repasen su propio álbum de fotos (o lo que venga después del selfie) y comprueben que el paso de la vida se saborea mejor… en la mejor compañía.

De modo que así se garantizarían que esta travesía en pos del último bar del año seguirá siendo un rito que seguramente compartirán con otros logroñeses. La Navidad, que provoca no escasos males y amenaza con temibles derivadas que no citaré, reúne también otros méritos que se arriesgan a pasar desapercibidos: entre ellos, no resulta para mí el menor la posibilidad de concederme un oasis entre el ajetreo diario para recuperar un rato de sosiego y entretenerme con la cháchara que ofrecen amigos y conocidos. Porque otra de las vertientes de esta costumbre de peregrinar de bar en bar antes de las cenas familiares es corroborar lo arriba citado. Que otras cuadrillas de generaciones vecinas (año arriba, año abajo) practican la misma tradición, de modo que uno aprovecha para saludar a esas buenas gentes a quienes apenas ve durante el resto del año, incluyendo en semejante costumbre a esa especie de logroñés trasterrado que nos visita sólo durante estos días y que nos mira como nosotros le miramos: viéndonos como los chavales que siempre fuimos.

De modo que voy concluyendo. Hace un par de días me sumergí en esta costumbre con ocasión de la Nochebuena y no se me ocurre nada mejor que reincidir en la última noche del año. Quedaré por lo tanto con los amigos, me resignaré al barullo de villancicos que algunos paisanos perpetran con más voluntad que acierto, me tropezaré con esas caras que nos parecen conocidas desde el tiempo en que las canas eran una perspectiva lejana, comprobaré que, como el turrón célebre, todavía siguen quedando logroñeses que vuelven a casa por Navidad y brindaré por un 2015 mejor que el 2014.

No será difícil que así sea. El año entrante promete emociones fuertes, igual en la vida que en los bares. Tres elecciones se aproximan en el horizonte (locales, regionales, nacionales) y nuestros asombrados ojos volverán a ver cosas que no creerían. Lo cual será objeto de comentario lejos de aquí: en este blog sólo se habla de bares. De bares y alrededores. En consecuencia, si reviso lo acontecido en el viejo 2014, dictamino que para Logroño fue un buen año: abrieron bares con muy buena pinta (incluyendo las reaperturas de Tívoli y Las Cañas, éste como Wine Fandandgo), no cerraron demasiados (el Perchas sea excluido) y el sector logró al menos lo que deseamos todos: sobrevivir. Pedir más resulta excesivo. Como le contestó Bogart a una camarera de su bar en Casablanca cuando le preguntó qué iba a hacer esa noche: “No hago planes con tanta antelación”.

 

Marián, con Tere en el Donosti

 

P.D. Ya han empezado a recibir sus premios los afortunados con el sorteo de una ración doble en los bares de confianza que se ofrecieron generosamente a colaborar con este blog. Aquí aparecen Marián y la compañía cuando se dieron una vuelta por el Donosti y Tere les obsequió su proverbial hospitalidad. También Carmen Torres se pasó por… el Torres, claro, pero ni siquiera pudo hacerse una foto que lo atestigüe de atestado que se encontró el bar y agobiados a sus responsables. En cualquier caso, a todos muchas gracias. Y un dichoso 2015: nos vemos en los bares.

 

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Navidad en Logroño: el bar favorito de quienes viven fuera
Jorge Alacid 19-12-2014 | 9:04 | 1

Interior de la Chocolatería Moreno, cerrada en Logroño desde hace años. Foto de Juan Marín
Llega la Navidad, los buenos deseos se apoderan de nosotros (o hacemos como que se apoderan) y los bares se preparan para esos momentos en que la máquina registradora hace tilín. Días propicios para pensar en quienes están lejos de nosotros, días propicios por lo tanto para que unos cuantos de ellos se asomen a este blog y escriban desde la distancia un nuevo capítulo en nuestra búsqueda del bar favorito de los logroñeses. Habrá que recordar lo de siempre: que esta encuesta no tiene validez científica alguna. Que está construida a partir de las sensaciones, de los recuerdos y añoranzas. Y que por lo tanto es más bien un mapa sentimental de las emociones que se nos disparan cuando alguien nos pregunta por nuestro bar favorito. Dicho lo cual, allá van las ocho respuestas de otros tantos paisanos a quienes invitamos a contestar a tal pregunta a través de las redes sociales.

Ramón Gil nos manda un abrazo desde el envidiable paraje de St. Thomas (US Virgin Islands) y nos cuenta lo que sigue: “Cuando el amigo Jorge Alacid me pide que le cite tres bares de Logroño, asumo que es tarea imposible. Cómo puedo citar sólo tres, si había y hay  tantos y tan buenos. Pero sólo había que pensar un poco y era fácil. Todo logroñés somos de hacer los bares en ruta y en compañía. Por tanto como todo tiene un comienzo, un entretiempo y un final, y en mi caso eran siempre los mismos, problema solucionado. Empezábamos en el Tívoli a las 8. Mientras íbamos a la zona,  Mesón del Rey, y el remate siempre en La Taberna del Irlandés”.

Desde el foro capitalino, el amigo José Luis García Íñiguez se confiesa: “Mis bares favoritos son el Soriano, el (antiguo) Casablanca y el Café Bretón. Al Soriano porque su actitud ante la vida es envidiable: abre cuando le da la gana. A mí me gustaría alguna vez dedicarme a eso, a trabajar cuando me salga de las narices. Luego ya podemos hablar de su sencillez y de que siempre lo recomiendo a los forasteros que me piden consejo. Al Casablanca, antes de su última reforma (le pusieron esos sofás que parecen tronos, cuando allí ya nos trataban como reyes sin tanto boato), pertenecen algunas de mis noches más espirituosas. Incluidos cánticos desgarrados al borde del cierre. También allí coincidí una noche con la que hoy es mi mujer, aunque entonces ninguno nos percatamos. No era el momento. A mí entonces me tocaba cerrar bares y luego discotecas y luego algún kebab. En el Café Bretón quise ser escritor y terminé haciendo guardias frente al juzgado por el Logroñés. Las cosas no siempre salen como uno desea. Siempre me siento bien allí, como uno de los rincones reconocibles de mi Logroño. Bien sea en la terraza con un gintonic o en la sala con un café con leche o un batido. Por no hablar de sus premios de literatura. En los últimos años, dos joyas: el Manu de Jabois y el Escrito en negro de Martín Olmos”.

Y de Madrid, al Golfo Pérsico: allí reside la risueña Gloria Martín, quien deja el siguiente mensaje: “Después de vivir cuatro años en Dubai, donde todo es de diseño y un tanto superficial, aprecio más que nunca lo auténtico. Así que elegiría el Soriano en la Laurel, porque nunca quemarte la boca con el aceitillo recién salido de la plancha fue tan gustoso. También el Bretón, porque es el primer bar que me viene a la cabeza cuando hay que quedar a tomar un café con las amigas después de meses sin vernos. Y por último el Moderno, porque tiene solera y porque no he sido capaz de explicar fuera de nuestras fronteras lo que significa el momentazo ‘Fibra de pájaro’: es de esas cosas que hay que vivir”.

Próxima parada, Londres, desde donde Mikel Lotina responde lo que sigue: “ Mis favoritos son el Soriano, en el que tengo recuerdos desde muy niño. Iba los domingos a comerme el pan con la salsa solo y ver con mis padres la hoja con todos los resultados de fútbol. Segundo, el Edén, donde he pasado media infancia, y el tercero el café bar Parlamento, que me encanta: nos tratan como en casa y voy cada vez que estoy en Logrono”.

Saltamos el charco. Por el Cono Sur anda la colega Inés Royo, sabia parroquiana logroñesa como se aprecia en su contestación: “El Dominó: por la atención de Dori, por la rapidez de dicha atención, por la terraza en plena avenida de Portugal en la que saludas a 100 personas por hora, por sus copas con mucho hielo y puestas como dios manda, por su cercanía a la Laurel (para la cañita de antes) y a los bares de la Mayor o la Plaza del Mercado (para la copa de después). El Pata Negra: el producto que más echo de menos fuera de España es el jamón. Hay sitios en los que venden algún sucedáneo, pero no es lo mismo, algunos me dan jamón ‘proscuitto’ como si fueran a darme jamón-jamón, otros me cobran un jamón de hembra como si fuera de Salamanca y en otros sitios directamente no saben lo que es un jamón “crudo”, como se llama aquí, en condiciones. Así que el jamón es una de mis obsesiones y guardo los paquetes de jamón envasados al vacío que me traigo de España “para ocasiones especiales” como si fuera oro en paño. Me gusta el Pata Negra por el jamón, porque siempre hay gente, porque amo la Laurel y porque esa esquina es estratégica, aunque desde que abrieron el otro y han juntado con mi producto estrella el segundo producto estrella de la lista (el huevo frito) la elección es cada vez más difícil. Y pondría también el Café Madrid porque fue “mi primer bar” donde siempre, tronara o nevara, nos juntábamos con mis amigas, el primer lugar donde nos tomábamos unos cafés que tenía más leche condensada que café, donde engordábamos cada fin de semana dos kilos y medio de tanto “viaje” a la máquina de chucherías del fondo y donde llegó un día en el que pedí mi primer gin-kas, pagué 3,60 euros, y fue un punto de no retorno. Pero es más melancolía que preferido. De hecho ahora cuando pasamos todas por ahí miramos de reojo “el Madrid” pero no nos atrevemos entrar de nuevo: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, que decía Sabina. Y no volvemos. Entre otras cosas, porque nos da miedo darnos cuenta de que estamos cerca de los 30”.

También por América, pero más al norte, anda dando raquetazos Nico Jubera, cuya respuesta es así de sintética: “Sin duda el Tío Agus. Los pinchos son exquisitos. Y las patatas bravas del Jubera”.

Vamos concluyendo. Desde el continente hermano, estacionado en Chile, Luis Calvo también exhibe su añoranza de un clásico, El Perchas. Cuando contestó a la encuesta, desconocíamos ambos que el bar se disponía a cerrar, pero su respuesta sigue teniendo sentido: “Cuando tengo la gran suerte de ir a La Rioja a reunirme con los míos, siento una necesidad imperiosa de ir a la calle Laurel. Consciente de que puede parecer poco innovador, para mí lo de toda la vida no defrauda. Si me preguntas por un bar en especial, lo tengo claro, y es que no hay nada como El Perchas, pues desde que tengo uso de razón, ha sido mi bar favorito. Es difícil que incite a los paseantes a entrar; sin embargo, los que somos de Logroño sabemos que dentro encontrarás la mejor oreja de cerdo que hayas probado. El Perchas sabe encandilarnos, pues a todos los visitantes que he llevado han acabado repitiendo tajada. Y es que, como les digo yo, lo clásico en Logroño no falla”.

Cerramos con María Malo, que envía desde Alemania este singular recordatorio. “No soy de Logroño y además vivo fuera de La Rioja desde hace unos cuantos años, así que no estoy muy al día de las tendencias y pinchos de los que disfrutan los logroñeses. Por eso me decanto más por la tradición y el recuerdo de etapas pasadas. El lugar al que más cariño le tengo, por desgracia, cerró hace unos años. No hay riojano que no haya pasado una tarde (o una mañana) disfrutando de una buena taza de chocolate con churros en la Chocolatería Moreno. Estaba situada en la calle El Peso, junto a la Plaza de Abastos, lugar tradicional de compra de alimentos por antonomasia para cualquier logroñés. En Moreno siempre nos trataron con mucho cariño. Mi padre nos llevaba (a mi hermano y a mí) a desayunar cada vez que visitábamos la capital riojana. No recuerdo en qué momento decidimos que la mezcla de un vaso de leche con churros era el desayuno perfecto. Lo normal hubiera sido cambiar aquel color blanquecino con un sobre de Colacao o, en su defecto, pedir un chocolate. Para nosotros, aquella mezcla de sabores, el de la leche blanca y sin azúcar, y el de los churros cubiertos de ella, era especial. O eso, al menos, nos parecía a nosotros. De mis visitas a aquel lugar han pasado más de quince años. Por ello, y lamentándolo mucho, soy incapaz de recordar el nombre del señor mayor que hacía los churros. O de su nuera, una señora rubia con coleta, que siempre nos recibía con una sonrisa en la boca y nos preguntaba por el frío que hacía en la sierra. Recuerdo que una de las últimas veces que acudimos a desayunar, la “señora rubia y con coleta” atesoraba un recorte de periódico que llevaba semanas guardando: era la foto de nuestra comunión, que se había publicado en el Diario La Rioja. La última vez que fuimos nos encontramos con la puerta cerrada. Alguien nos comentó que habían tenido que cambiar el horario y abrían sólo por las tardes. Poco tiempo después, echaron el cierre de manera definitiva”.

P.D. Como epílogo de esta entrada, sirvan estas líneas que la propia María Malo añade a su relato, porque me parece que sirven como resumen bastante cabal de lo que expresa el resto de encuestados. Así que allá va la despedida: “Algo que hago siempre que voy a Logroño y quedo con amigos es ir a la calle Laurel y a la San Juan. Sé que puede parecer típico de turistas y guiris, pero desde que me fui a vivir a Alemania así era como me sentía cada vez que volvía a la madre patria. No puedo elegir uno de esos bares, pequeños, castizos y tradicionales, y descartar al resto. Así que la clave siempre estaba en planificar una ruta por sendas calles. Mis pinchos favoritos: la zapatilla, el champi, el matrimonio, el cojonudo, el roto y el baco. Y voy a dejar de escribir, que se me está haciendo la boca agua y no es que me pueda escapar y darme un homenaje”.

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Los bares del Logroñés
Jorge Alacid 13-12-2014 | 3:20 | 0

Antigua alineación del Club Deportivo Logroñés, en un póster publicado por el diario AS

 

Hace unas semanas surgió la autorizada opinión del amigo José Luis Ouro en las entrañas de este blog y, como el santo Pablo camino de Damasco, gracias a su aportación yo también me caí del caballo. Su comentario en torno a los pósters del Logroñés que sobreviven en un puñado de bares  me invitaba subliminalmente a redactar esta entrada, porque coincidió con una visita al nuevo Las Gaunas, uno de los campos de fútbol más feos que uno ha visto en su vida (y ha visto unos cuantos), acompañando a unos amigos a su inesperada cita con el fútbol de segunda B: ir ese domingo por República Argentina fue como desayunar la magdalena de Proust. Un emocional regreso a la infancia y la adolescencia que me invitaba a esta reflexiones que comparto aquí con quienes, como el arriba firmante, han visto unirse en su corazón dos amores tan esquivos: los bares y el Logroñés.

La imagen que ilustra estas líneas resume a la perfección el equipaje sentimental del que hablaba: veo ese cartel que publicó en su día el diario As y me dan ganas de llorar. Por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Lo que fue: una alineación que me conduce a mis años de chaval, cuando peregrinar a Las Gaunas significaba cruzar ante la puerta de unos cuantos locales que me siguen sonando a fútbol. Tucumán, Mar de Plata, Cinco Pesos: la trilogía de garitos que rendía tributo con su nombre a la calle que les acoge, llamada en consecuencia República Argentina. En el último de ellos se despachaban incluso entradas: era un estupendo modo de adquirir una de infantil cuando se llegaba a la edad de cadete y una de cadete entrada en la condición de juvenil, estratagema que funcionaba peor en la taquilla del añorado Las Gaunas (el auténtico) por el celo del taquillero pero que menguaba la derrama exigida para ingresar en nuestro particular teatro de los sueños.

En realidad, la travesía dominical se iniciaba antes, mucho antes: era frecuente quedar con los amigos en algún bar a medio camino entre el hogar familiar y el campo de fútbol, lo cual también resultaba consecuente con la propia historia del club de nuestra devoción, muy ligada al mundo hostelero local. Al Logroñés, en efecto, lo conocí cuando tenía su sede en un desaparecido bar de la calle Bretón, llamado Alfred´s (nomenclatura muy setentera). Por otro lado, su eterno presidente, el recordado Césareo Remón, era un prohombre de la hostelería local, con mando en plaza en el hoy resucitado Las Cañas, así que todo alrededor de los colores blanco y rojo apuntaba hacia el objeto de este blog, los bares. Los bares eran también, por cierto, la salida natural para muchos futbolistas cuando se jubilaban y en los bares era costumbre encontrarse con ellos cuando aún ejercían como tales, matando el tiempo entre partidas de cartas y ligoteo con camareras y clientas: no sé la razón pero desde antaño un tipo de esmerada planta y buena billetera ha atraído al género femenino con una facilidad envidiable. La verdad es que no me lo explico.

De hecho, las andanzas empresariales de unos cuantos exblanquirrojos cuando abandonan el fútbol ya fueron materia de una entrada en este blog. Si hoy vuelvo a explorar esa veta es porque me apetece ir un poco más lejos: pensar qué bares se vinculan en mi memoria con la trayectoria del Logroñés. Y habrá que citar por lo tanto todos cuantos rodeaban el viejo campo de fútbol igual que ahora se asocia al nuevo estadio con los locales surgidos a su alrededor, donde se mantiene la fidelidad a ese rito del café, copa y puro clásico del prepartido. En mi caso, esa cita tenía como escenario el fenecido Wellington de Jorge Vigón, donde uno se aprovisionaba de la cuota de líquido disponible para afrontar el duro trance de aposentarse en la grada de general durante el frío invierno.

Otros hinchas disponían de su campamento base en otros bares, pero todos teníamos algo en común, creo: acudir tras cada tarde en Las Gaunas al Carabanchel o al Negresco, para observar en sus monumentales pizarras (precursoras de internet sin saberlo) los resultados del resto de equipos competidores. Y una segunda coincidencia: cuando tropezábamos con el póster del Logroñés en cualquier bar, de modo automático ese bar se convertía en ‘nuestro’ bar. Así que el improbable lector de este blog puede practicar ahora el siguiente rito: cierre los ojos, ingrese en el desaparecido bar La Simpatía y contemple el póster que aquí adjuntamos, similar al que allí existía. Y recite conmigo: de pie, Belaza, Marín, Álava, Corcuera, Cenitagoya (sin bigote) y García Fernández; agachados, Hernáez, Luisi, Ortega, Berasategui e Iriarte (con pelo). Al fondo, la grada de un estadio abarrotado (sí, más o menos como ahora), que no era Las Gaunas pero que se parece en su humilde y venerable aspecto: tribuna sin asientos, rótulos muy años 70, ausencia de cuarto árbitro así como de otras tonterías recientes. Ah, y ese público que se protege del sol con sombreros de papel: ese público que si fuera de Logroño vendría de tomarse su carajillo en el Mar de Plata, de fumarse una faria en el Tucumán o de comprar su entrada de cadete en el Cinco Pesos para engañar al boina que custodiaba la entrada a Las Gaunas. Pensando que toda la vida sería así de feliz.

P.D. Decía que ese póster con las leyendas en blanco y rojo de mi mocedad me disparaba la emoción… por lo que pudo haber sido. Es decir, qué hubiera pasado con el fútbol en Logroño de no incurrir en el rosario de tropezones y fiascos que hemos ido conociendo, sobre los que no abundaré. Es una página tan dolorosa, por absurda, que prefiero olvidarla. Prefiero quedarme con lo bueno. Los bares y el Logroñés, el viejo Las Gaunas… con sus propios bares: los ambigús de General y Preferente (donde era tan fácil irse sin pagar) y los camareros ambulantes, cuya letanía todavía me parece escuchar: “Hay Kas Limón, Kas Naranja, Kaskol, esquisoles…”

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El Perchas, en torno al casticismo
Jorge Alacid 09-12-2014 | 8:02 | 2

Entrada al bar El Perchas, foto de Justo Rodríguez

El logroñés trasterrado que vuelve a casa por vacaciones observa distintos ritos de reinmersión en su tierra natal, que suelen manifestarse en directa proporción a la personalidad de quien se trate: habrá quien refresque su abono para ingresar como de crío en las piscinas de Cantabria, habrá también quien tome asiento en las veladas veraniegas del Espolón para asistir a los conciertos de la Banda Municipal y habrá quien si regresa al hogar familiar por Navidad aproveche para discutir si era mejor Iberpop que Actual, uno de esos temas de conversación tan apasionantes y tan caros para Logroño. Lo que es seguro es que unos y otros acabarán dando una vuelta por la calle Laurel, leales a sus bares favoritos. Y también casi seguro que uno de ellos será El Perchas, con sus orejitas y sus banderines del Atlético de Madrid. Bueno, pues hay malas noticias para ellos y para los indígenas: si el dios de la hostelería no lo remedia, esta será la última Navidad con El Perchas, sus orejitas y sus banderines de Atlético de Madrid.

Disgusto, decepción, dolor incluso: así son las reacciones que uno contempla a su alrededor, cuando comenta con amigos y conocidos la noticia de la próxima defunción de uno de los bares más peculiares del Logroño bizarro. Disgusto, decepción y dolor así en los que viven trasterrados, en efecto, como entre quienes son habituales a la ronda diaria o semanal por la calle Laurel. Apenas hace unas semanas comentábamos por este blog la difícil supervivencia que acecha a los bares cariñosamente llamados viejunos, entre los cuales El Perchas ocupa lugar de honor. Bueno, pues la supervivencia es más que difícil: para algunos es imposible, pero ahuyente el improbable lector cualquier asomo de lágrimas. Aunque la noticia nos hiele el corazón a sus devotos, en realidad llega la hora de celebrar este adiós que se avecina: cuando concluya diciembre, un matrimonio de esforzados trabajadores logroñeses se acogerá a la bendita jubilación. Y ambos podrán comprobar si como cuentan jubilación viene de júbilo.

En su caso, yo creo que sí. Seguro que quienes nos han alegrado las incursiones en la calle Laurel desde que éramos unos mocosos se han ganado el derecho a procurarse unos años más tranquilos. Sin que les incordie el borracho de guardia, sin los sofocos que exige atender una barra tan solicitada, sin la esclavitud que significa un negocio donde se produce el contrasentido de que unos trabajan para que otros disfruten. El Perchas es todo eso, cierto, pero también mucho más: uno de los escasos testigos del tiempo en que todos (repito: todos) los bares de Logroño eran más o menos así.

¿Y cómo eran? Fieles a sí mismos. No había música atronando por los bafles, las referencias de vino de Rioja eran las justas y las necesarias y el mismo decorado heredero del tiempo de su fundación seguía recibiendo a la parroquia, que entraba en el bar habiendo alcanzado uno de los propósitos que se forja uno cuando practica semejante tradición: el cliente sabía a lo que iba. Sabía a lo que iba a El Perchas. No había sorpresas, alabado sea Logroño.

Porque el cliente venía a eso, al monopincho. A por la orejita. ¿Despacha otras tapas el Perchas que no sean sus orejitas? Yo diría que no, pero la verdad es que lo ignoro. El simpático cerdito que saluda a la entrada eclipsa cualquier oferta que no sea la habitual: engullir una de las orejas que sus hermanos habían perdido para que fuera rebozada en la minúscula cocina donde tan felices nos han hecho. Sé que habrá entre nosotros y entre quienes nos visitan desafectos a la causa de la orejita; ellos se lo pierden, porque se trata de un bocado singular por lo exquisito: porque en esa escasa superficie delicadamente rebozada cabe un sugerente mundo gastronómico, cuyas completas virtudes no citaré. Me limitaré a reivindicar la que me pareció siempre más atractiva: su textura. Esa textura pringosa, esa primera capa un punto viscosa que a menudo resulta tan complicado despegar de los dedos, esa cualidad gelatinosa que se combina sabiamente con el crujiente secreto que aguarda adentro, el suculento cartílago cuyo chasquido sabe a gloria.

Sí, El Perchas quedó asociado oreja mediante en nuestra memoria igual que el Soriano con sus champis o el Moderno con sus bocadillos de calamares. Quienes nos sucedan en esta práctica de corretear por los bares encontrarán si no han encontrado ya sus propias referencias, que les inundarán de nostalgia dentro de unas décadas. Pero sería una pena que las siguientes generaciones se pierdan los tesoros que alegraron las tardes de quienes les precedieron, para quienes casi la orejita era lo de menos. Lo importante era ingresar en El Perchas como quien entra en el túnel del tiempo. Un viaje en torno al casticismo al que Logroño no debería renunciar. Porque la calle Laurel quedará mutilada, perderá encanto, será otra sin El Perchas. Sin sus orejitas y sin sus banderines del Atlético de Madrid.

P.D. Cuentan mis confidentes de confianza (valga la redundancia) que hay una esperanza a la vuelta de Navidad: que fructifiquen las negociaciones emprendidas por los actuales titulares de El Perchas con algún interesado en perpetuar el negocio. Ojalá. Ojalá sea cierto, aunque uno se lo creerá sólo cuando lo vea: cuando vea que le sigue saludando el cerdito de la entrada. A cambio, aceptaría incluso que el nuevo dueño cambiara la decoración para desearle larga vida a El Perchas, a sus orejitas y sus banderines del Atlético de Madrid.

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