La Rioja
img
Fecha: febrero, 2015
Bares en serie
Jorge Alacid 27-02-2015 | 10:14 | 0

Lone Star

Recientes incursiones en el planeta televisivo me han removido el cacumen hasta retrotraerme al tiempo en que dediqué una entrada a los bares que vemos por la pequeña pantalla. Una nomenclatura que ya no tiene sentido: hay pantallas más pequeñas por todos los lados, incluido el hogar familiar, y la televisión es cualquier cosa menos pequeña cuando nos regala el talento que caracteriza a los grandes gurús de HBO y similares leyendas. Dicho lo cual, lo que ahora sigue es una reflexión sobre qué tipo de imagen proyecta el amigo americano en función de la serie que toque esta temporada.

 

the wire

The Wire, una ronda de café griego

Pocos bares, pero elegidos. Baltimore, otrora patricio enclave de la costa este, sirve como degradado escenario para unas atípicas aventuras de polis y casos, con la delgada línea de lo legal y lo moral tintineando como telón de fondo. De modo que esta serie oscila entre los garitos bien regados de alcohol destilado donde los buenos y los malos (sean quienes sean, que nunca queda claro) acaban su jornada laboral y un par de locales convertidos casi en un personaje más durante la segunda temporada: por un lado, el bar donde los estibadores del puerto tienen puestas todas sus complacencias, atendido por una dama que desde luego no estudió en Oxford (modales mejorables) y donde el pequeño Sobotka solía exhibir sus atributos (en sentido estricto). Un tugurio temible, aunque intimida más mi favorito: el destartalado bar donde, también en esa misma segunda temporada, el secundario llamado El Griego tenía instalada su oficina. Feo local, repleto de mugre, camarero con aspecto de expresidiario y un eterno café humeando junto al ventanal desde donde nuestro hombre ve corromperse el mundo. Si visita usted Baltimore, ya me contará si el garito merece la pena. Y recuerdos para Omar y para McNulty.

 

Homeland

Homeland, el hombre que bebía Rolling Rock

Las andanzas de los hombres y mujeres de la CIA por Washington y alrededores dejan escaso margen para la vida social, de modo que cuando los protagonistas del thriller más largo de la historia toman asiento en algún taburete y se relajan ante una copa… en realidad no se relajan: siguen trabajando. Así que los bares que aparecen en pantalla suelen ser espacios laborales: algunas confidencias imprescindibles para que progrese la trama suelen ocurrir en la barra de un hotel, uno de esas barras impersonales de hoteles impersonales que tanto abundan por el gigante yanqui. Con alguna excepción memorable: la familia Brody entregándose al mullido confort del mundo hamburguesa en un garito de Gettysburg, donde son interrumpidos por un coro de electores que quiere conocer al nuevo héroe americano (cuando el engaño aún persiste) y el propio protagonista concediéndose el capricho de una cerveza cuando comunica a su excompañero de armas y amante de su mujer que le deja con ella barra libre, nunca mejor dicho. Una charla que tiene lugar en el típico garito para la soldadesca, con su mesa de billar y resto de detalles característicos. Todo muy previsible, salvo un detalle: la cerveza elegida por Mr. Brody. Rolling Rock. Hermoso nombre para una marca muy poco conocida en España (al menos para quien esto firma), tal vez un mensaje en clave para los fans de Homeland, tal vez una pista falsa. Una de tantas pistas falsas.

 

True detective

True detective, el hombre que bebía Lone Star

De la cerveza episódica en Homeland a la cerveza protagonista en True Detective. Cerveza multiusos: el contenido se vierte metódicamente en el gaznate del amigo Matthew McConaughey (Rustin ‘Rust’ Cohle en la cinta) y el continente sirve estupendamente para que el personaje progrese en sus clases de pretecnología, como se advierte en la imagen. Una lata tras otra de Lone Star, un trabajo manual tras otro, el libreto avanza para pasmo del espectador, a quien se llevará de paseo por ese descenso a los infiernos que desvela lo de casi siempre: que el averno habita entre nosotros. Por ejemplo, en un bar de carretera poblado por moteros narcotraficantes, uno de los tremendos locales por donde el caballero Rust y su colega Martin Hurt (a quien encarna también formidablemente Woody Harrelson) van cabalgando sus noches, amamantadas de alcohol. Lo cual es muy pertinente con la idea central que anima estas líneas: conocimos al joven Woody al frente de la barra de otro bar de ficción, el televisivo Cheers, y en un bar acaba varado en True Detective el señor McConaughey. Un estrafalario garito, perdido en mitad de la nada: metáfora muy apropiada para atrapar la esencia de la serie, un largo viaje por la cara B del sueño americano. Que sabe a cerveza Lone Star.

 

Los Pollos Hermanos

Breaking bad, menudo pollo

Porque el sueño americano, en efecto, suele adoptar a menudo la forma de pesadilla. Un finísimo trecho separa el canónico ‘way of life’ (casa con jardín delantero, familias de espléndidas dentaduras, piscina en la parte de atrás) de los atroces secretos que ocultan esos mismos unifamiliares de irreprochable césped, cuya piscina admite muy bien otros usos. El señor Walter White lo prueba: en apenas un parpadeo se ve embullido en una catástrofe de dimensiones bíblicas que por culpa del efecto dominó va llamando a más y más catástrofes. Una comedia en el sentido noble del término que se visualiza en ese universo tan caro a la América de la llamada basura blanca: subempleos, falta de líquido disponible a final de mes y, sí, muchos sueños rotos. Una hecatombe que desemboca en bares nada memorables, con una excepción: el nuclear y proteico Pollos Hermanos, un sitio (otro más) que tampoco es lo que parece, en cuyos fogones se cocina una de esas subtramas tan caras a los guionistas de la serie, quienes encuentran en estos afluentes del río madre una imaginativa manera de que progrese la acción. La receta del éxito: muslos de pollos con metanfetamina.

 

House of cards

House of cards, las mejores costillas de Washington

Del mejor pollo de Alburquerque a las mejores costillas de Washington.Y si Walter White casi siempre da pena y a ratos un poco de risa, con Frank Underwood sucede más o menos lo contrario: que da bastante miedito pero a veces también un poco de pena. El retrato de un dirigente sin escrúpulos que borda Kevin Spacey puede leerse como el reverso del presidente Barlett de El Ala Oeste que hubiera pasado por la banda de Tony Soprano y se pasea por los mismos bares de la capital del imperio que ya vimos en Homeland. Anodinos locales con camareros demasiado sonrientes, copichuelas con esos palitos que les gustan tanto poner por Yanquilandia y un pianista al fondo tocando piezas que nadie le ha pedido. Todo muy aburrido, lo cual encaja poco con el perfil del protagonista, el hombre que convenció a su mujer para desposarse con esta frase: “Conmigo nunca te aburrirás”. El espectador, tampoco. Thriller político de gran altura, interpretaciones mayúsculas (ah, esa Robin Wright, Lady Macbeth vestida por Armani)y un guión afilado que incluye algún área de descanso: son esos raros momentos en que nuestro hombre visita su garito predilecto y ataca su ración de costillas, las mejores de la ciudad. Un sucio bar que esconde un tesoro: vale como metáfora de la serie. La política como estercolero que a veces también oculta algún diamante.

P.D. Este repaso incluye también series como la fallida The Newsroom, ese artefacto de Alan Sorkin sobre la realidad del periodismo que no acaba de funcionar por exceso de almíbar. Le sobra el excesivo tiempo dedicado a explorar la veta sentimental, los idilios cruzados de los protagonistas, y le falta un buen bar: el único que aparece con cierta frecuencia es el garito adonde acuden los becarios del programa. Un garito sin ningún misterio cuyo mayor atractivo reside en su agresiva política de precios: las copas son muy baratas. Un argumento bastante pobre: para que nos cautive un bar, aunque sea de ficción, se agradecen coartadas más atractivas.

Ver Post >
Los primeros chinos
Jorge Alacid 20-02-2015 | 8:13 | 0

Jugarse la ronda a los chinos

Entre las más acendradas tradiciones que el viento de la modernidad expulsó de nuestros bares figura una cuya ausencia clama al cielo: la tertulia. Quiere decirse que el bar no es sólo el lugar donde quedamos a tomar esa consumición frugal y si te he visto no me acuerdo, el cafelito vertiginoso, un vino y vamos al siguiente, una cerveza y para casa. Antaño, el bar era un lugar donde apalancarse un rato largo, tal vez porque había más tiempo y más tiempo que perder, expresión que me encanta porque encierra una profunda sabiduría. Perder el tiempo suele ser una manera elegante y sabia de ganar algo: ganar conocimiento, capacidad para la empatía, habilidad para el duelo dialéctico… Todos esos valores sí que se han perdido, incluyendo cierta predisposición a atender lo que otros tienen que contarnos. Que en eso consiste la tertulia de toda la vida, no la actual, dominada justamente lo contrario. Hoy, un tertuliano es más bien alguien que aburre al otro con su palabrería y la tertulia, una confrontación de monólogos.

Encuentro que de un tiempo a esta parte, sin embargo, hay alguna posibilidad de redención. Tropecé la otra tarde con un reportaje de la revista Vanity Fair donde precisamente se anotaba el regreso de la tertulia, asociado al universo hostelero. En unas cuantas ciudades menudean locales, al estilo de los clubes ingleses, donde se resucita el noble rito de la conversación distendida, la posibilidad de arreglar el mundo a partir de la educada cháchara de unos y de otros, la esgrima en el debate como una de las bellas artes puesto que requiere ingenio, alguna erudición, sentido del humor y capacidad de encaje. Virtudes hoy en retirada que deberíamos sin embargo preservar. Y no es casualidad que reaparezcan al calor de los bares: la moderada ingesta de alcohol e infusiones suele contribuir a abrillantar lenguas y caletres, de modo que desde antiguo se asocian ambas vertientes. La de hablar por hablar y la de beber por beber.

En el Logroño actual apenas unos par de bares fomentan estas dos gimnasias, según tengo observado. El Moderno y el Bretón. Ninguno de los dos, sin embargo, en la misma proporción que cuando uno gastaba pantalón corto y observaba a sus mayores discutir largas horas al pie del estribo en su bar de cabecera o sentados en los butacones arracimados por el local. Así recuerdo por ejemplo el antiguo La Granja, con sus tertulianos atacando y defendiéndose desde primera hora de la mañana mientras sorteaban los cruasanes del camarero Santos. Eran diatribas inofensivas, que casi nunca pasaban a mayores, engarzadas por un argumento de peso: la amistad. Aquellas gentes eran amigas o al menos camaradas, que no es lo mismo pero que a veces resulta una condición de más largo alcance. Solían acabar sus coloquios en franca armonía, establecida a partir de un rito que no admitía discusión: jugarse la consumición. A los dados o a los chinos.

En una reciente necrológica publicada en Diario LA RIOJA observé cómo el elogio del finado incluía la añoranza de los tiempos en que, en efecto, los dados culminaban el encuentro con los amigos en muchos bares logroñeses. En este caso particular, se anotaba que el fallecido guardaba un completo registro de todas esas partidas que se ha llevado el tiempo: quién ganó, cuándo, con qué jugada… Maravilloso. Y con los chinos, otro tanto: así entró en nuestro diccionario juvenil aquella voz, chino, hasta entonces restringida a las películas de Fumanchú y al cocinero de la familia Cartwright, dueña del rancho Bonanza.

Ya nadie juega a los chinos, con una esplendorosa excepción hasta donde uno conoce. Me reencontré con ella recientemente y fue como volver a la infancia. En la cafetería del Carlton, a media mañana, se reúnen todavía (¡Todavía!, qué envidia) los Ciriza, Pedrosa, Zueco, Alloza, Conde-Pumpido y compañía. Por esas cosas de la biología van desapareciendo de la antigua tertulia muchos de sus miembros más veteranos, pero al menos estos cinco resisten. Resisten en plena forma: hablan, se permiten algún chiste, alguna confidencia, arreglan el mundo y al mediodía se marchan por donde han venido. Engrasan el valor de la palabra y el valor de la amistad, dos virtudes en retroceso que merecen que alguien se tome la molestia de perpetuarlas como este quinteto. Y como además pervive en sus tertulias el juego de los chinos, pienso si no habrá llegada la hora en que el Ayuntamiento les preserve a ellos como lo que son: los caballeros de un tiempo en vías de extinción que se han ganado el respeto de sus convecinos. Al menos, el de quien esto firma.

P.D. Los chinos, según cuenta el periódico ABC, son un invento español. Concretamente leonés y datado en el siglo XVIII, cuya nomenclatura se debe a que en el interior de la mano de cada jugador se ocultaba una china, esto es, una piedra pequeña. De china a chino, el juego alcanzó ancha notoriedad en la España de los años 60, llegando a disputarse incluso campeonatos y otorgándole una fama que nace de su idoneidad para mejorar la destreza de quienes lo practican en el cálculo rápido y el juego estadístico de posibilidades. José Antonio Hidalgo, biznieto que dice ser del fundador de este popular pasatiempo, don Felipe Valdeón, recuerda que su antepasado era pastor de oficio, lo cual ayuda a comprender cómo se le ocurrió la idea: como si fuera un solitario. Un entretenimiento para combatir las interminables horas de guarda y custodia del ganado, de donde saltó al resto del orbe patrio hasta triunfar en un escenario insólito: los bares de carretera, lupanares o como quiera el lector denominarlos. Los clientes se jugaban las rondas con las chicas y de ahí la popularidad que alcanzó y se acabó extendiendo en aquella España del blanco y negro. Una popularidad que cesó de súbito: si usted tropieza hoy con alguien jugándose la consumición a los chinos, es que está viendo Cuéntame.

 

 

Ver Post >
Al calor del amor en un bar
Jorge Alacid 13-02-2015 | 8:02 | 1

Portada de El Hortelano para Gabinete Caligari

Alguna vez me he preguntado (supongo que en pleno aburrimiento) cuándo nacen los logroñeses. Es decir, en qué época del año es más común que se abarroten los paritorios del San Pedro igual que antes fue hora punta en el San Millán. Tengo una cierta sospecha: me malicio que nueves meses después de San Mateo o de Nochevieja suele haber noticias de la cigüeña. La ingesta masiva de alcohol y el desparrame generalizado contribuyen al intercambio de fluidos y… Etcétera, que no hace falta dar muchos detalles. De donde se deduce que si mis cálculos van en la buena dirección, allá por junio tiene que ser época de intensa actividad para ginecólogos y comadronas, fruto de los desmadres mateos. Y tres meses después, otro tanto: toca recoger las consecuencias de la noche más larga del año.

Viene esta digresión a cuento de que muchos de esos encontronazos amorosos suelen tener como escenario nuestros bares. Al calor del amor de los bares se forjan amores sin cuento, romances eternos, noviazgos furtivos. Y puesto que este fin de semana entramos en territorio San Valentín, parece un escenario propicio para reflexionar sobre esa vertiente poco explorada de nuestros bares favoritos: su condición de nido para tortolitos. Para los primeros escarceos, especialmente. De modo que esta entrada en el blog es más bien una invitación, a ver si alguien se anima a contar todo lo que se pueda contar sobre en qué bar logroñés conoció a su pareja, cosa que ocurre probablemente más veces de las pensamos.

El que suscribe habla con feliz conocimiento de causa: para servidor, el bar que ejerció de Cupido fue el venerable Taza de la calle Laurel, hoy en trance de resurrección. El Taza ofrecía una ventaja para estas lides que también caracterizaba al vecino Tívoli: un ventanuco con asiento, estupendo paso de paloma para semejantes ejercicios. De modo que siempre que vuelvo a pasar delante de su puerta y veo tanto el bar en sí como el ventanuco citado, me pongo de buen humor. Rejuvenezco incluso.

No será el mío el único caso. Porque los bares representan una extensión del hogar tan conseguida que sirven como escenario para todas aquellas maniobras que en la casa familiar no pegan demasiado. Huyen desde antaño las parejitas al bar de confianza para alejarse del escrutinio paterno y trenzan entre consumiciones su idilio, así que cualquiera puede hacer ese mismo ejercicio de memoria sentimental y enlazar unos bares con otros pespunteando su propia trayectoria sentimental. El Taza, el difunto Capri, el antiguo Cibeles, el Torres anterior a su actual reencarnación… Bares y más bares como depositarios de un contenido emocional que hermana a una generación con otra. La de nuestros padres se sirvió del Ibiza, La Granja y similares para construir sus largos domingos de noviazgo, con frecuencia acompañados de esa figura llamada carabina que las promociones más jóvenes desconocen: dícese de la persona, generalmente mujer, que vigilaba en la España del NO-DO que las manos de ambos miembros de la pareja estaban a la vista, encima de la mesa. Quien evita la tentación, ya sabemos: evita el peligro.

Y las quintas más recientes tendrán seguramente sus locales de confianza para perpetrar la misma gimnasia de las parejitas que les precedieron en tales artes. Ve uno a los jóvenes enamorados pelando la pava tras los ventanales del garito que hayan elegido, dirigiéndose miraditas al aroma del cafelito y comprueba que, en efecto, el bar posee un alto poder simbólico para las artes amatorias que pasa demasiadas veces desapercibido. Como forma parte natural del paisaje de nuestras vidas, no reparamos en la importancia que ha tenido y tiene para nuestra educación. También para la educación sentimental, objetivo irrenunciable de este blog.

De modo que el improbable lector queda avisado: llega San Valentín, una excusa tan buena como cualquier otra para celebrar la vida donde solemos los logroñeses, en nuestros predilectos bares. Si además sirven para otras prácticas al margen de tragos, bocados y tertulias, mucho mejor: por aquí somos partidarios de la felicidad en cualquiera de sus manifestaciones. Y aunque el santo de los enamorados traiga de antiguo esa molesta sensación de venir apadrinado por El Corte Inglés e inventos semejantes, también supone una coartada estupenda para ponerse cursis y tener algún detalle con nuestros corazones, que diría la Igartiburu. De paso, se contribuye a dinamizar la actividad del sector hostelero, que ha encontrado en esta y otras efemérides la excusa perfecta para abrillantar la máquina registradora. Así que como sentenció Gabinete Caligari, cuyo estupendo disco con estupenda portada debida al genio de El Hortelano ilustra esta entrada, este fin de semana llega la hora de abandonarse al calor del amor en un bar. Y hasta lueguito, corazones.

P.D. Por contratiempos de salud felizmente superados no pude acudir el miércoles a la celebración de los 30 años del Café Bretón, aniversario convertido en una suerte de homenaje a su ideólogo principal, el caballero Colo Cortés. Así que no pude brindar por otros 30 años de exitosa vida ni incluir mi rúbrica en el libro de firmas creado a tal efecto, laguna que espero subsanar cualquier tarde de éstas. De modo que aprovecho esta entrada para sumarse a los unánimes parabienes para festejar la dichosa trayectoria de un bar que ha aparecido ya unas cuantas veces en este blog. Entre otras, cuando se le concedió el título oficioso de mejor bar de Logroño.

Ver Post >
El bar de barrio
Jorge Alacid 06-02-2015 | 8:05 | 2

Bar Piqueras, en el barrio logroñés de La Estrella. Foto de Justo Rodríguez

Recientes incursiones por el barrio de Madre de Dios me animan a reparar en una tipología de bares que apenas ha atendido este blog pero que merece una mirada más detenida: el bar de barrio. Del que conocemos abundantes testimonios por Logroño, del que todos hemos sido alguna vez clientes, del que nutre cualquier análisis sociológico que pretendamos construir sobre nuestra experiencia urbana. Un análisis que resulta pertinente incluso en una ciudad como la nuestra, donde el concepto de barrio, entendido como un enclave dotado de acusada identidad propia, no tiene demasiados seguidores. En mi mocedad, allá en el Pleistoceno, ese concepto casi se circunscribía a los extramurales: Varea (que es más bien una entidad local), Yagüe y La Estrella. Con el paso del tiempo y el crecimiento urbanístico, los tres se han integrado (más o menos) en Logroño, de modo que la conciencia de barrio se ha ido diluyendo, a lo que contribuye que felizmente los tres han ido mejorando sus dotaciones, de modo que el carácter reivindicativo que habitaba hace unas hace décadas en cualquiera de esos rincones también ha desaparecido. Sí sobrevive, sin embargo, la especial configuración que tienen los bares allí radicados.

Se trata de una reflexión compartida: curiosamente, mis cavilaciones en torno a esta cuestión coinciden con un estupendo reportaje con que Sergio Moreno abrillantó hace unas semanas el suplemento Degusta que publica cada sábado Diario LA RIOJA. Contenía una reflexión semejante en torno al universo de los bares característicos de uno de esos barrios, La Estrella. Y concluía que siendo iguales a otros alojados en el resto de Logroño, esos bares son distintos. Si el improbable lector se pregunta como yo la razón de tal diferencia, deberá aceptar conmigo que el elemento distintivo es uno: su clientela. Porque su oferta en tragos y bocados, la decoración que le caracterice o cualquier otro factor que se nos ocurra puede ser consustancial al bar de barrio o del bar del centro. Pero una feligresía que los visita con ese tipo de fidelidad que recuerda a otros tiempos, que con metódica lealtad acude diariamente al cafelito, al vermú o la ronda vespertino/nocturna, se da en muy pocos casos. Y la mayoría de ellos tiene lugar en el bar de barrio, al que ayuda otra condición intangible sin la que tampoco se puede entender su linaje: su condición de faro ciudadano.

Porque en realidad el bar de barrio al bar que más se parece es al bar de pueblo, lo cual tiene sentido: qué otra cosa sino un pueblo, con su personalidad indómita, es el barrio de una ciudad como Logroño. Y que otra cosa es su bar que plaza pública, ágora, foro para la tertulia y la rumorología, el salón de plenos donde se arregla el mundo cada día. Lo cual incluye a los bares de los tres barrios antes citados pero también a aquellos que enclavados más cerca del corazón de la ciudad se consideran dotados de singularidad, como el mentado Madre de Dios. Ocurre que su configuración actual, con las todavía recientes promociones asentadas donde antaño sólo había huertas y territorio sin explorar, han llevado hasta esa esquina logroñesa a nuevos inquilinos carentes por lo tanto de conciencia barrial. De modo que la parroquia que acude regularmente al bar de confianza suele peinar ya unas cuantas canas: son los mismos que mantienen el mismo hábito de cuando Madre de Dios, o el barrio de que se trate, era de hecho Madre de Dios, el de toda la vida. Un dictamen que vale igual para la Zona Oeste o cualquiera de los enclaves en que Logroño se distribuye con una división más artificial que real. Con una excepción: Cascajos.

Siempre me ha parecido que Cascajos, al contrario que otros barrios, sí que tiene una vida interior tan propia que le invita a independizarse cuando le dé la gana. Atribuyo ese estatus más autónomo a dos circunstancias: por un lado, su localización, a espaldas de la ciudad, fruto de la configuración tan especial que exigía el paso de la vía férrea hasta su soterramiento. Cascajos carecía hasta hace poco de las conexiones con la ciudad propias de otros sectores, lo cual era una desventaja pero también ayuda a ofrecerle una personalidad única e intransferible. Por otro lado, Cascajos se urbanizó más o menos de golpe, lo cual favoreció que el paisaje humano fuera bastante uniforme: parejas jóvenes, con hijos o en vías de traerlos al mundo formaban la mayor parte de su población, confluyendo naturalmente en aficiones comunes, ocupaciones coincidentes, reflexiones más o menos concomitantes… y también en la demanda de una fértil panoplia de bares. De bares de barrio, dicho sea sin ánimo peyorativo. De hecho, los allí ubicados plantean una oferta bien atractiva, por las exquisiteces que despachan y porque forman una paleta muy rica para que las necesidades de la vecindad queden satisfechas sin necesidad de emigrar más allá de la estación de tren, frontera con el resto de Logroño. Porque entonces serán bares, en efecto, pero nunca serán esos bares de barrio que tantos logroñeses llevan en su corazón.

P.D. Como avisaba al principio, esta entrada nace de mis últimos paseos por Madre de Dios, de modo que parece pertinente anotar aquí una serie de bares de dicho barrio, cuya relación me facilita gentilmente el gran Eduardo Gómez. En el listado falta uno difunto, que resulta ser mi favorito: el añorado Ramitos. Dicho lo cual, allá van algunos de esos bares que son o han sido eso: bares de barrio. Virunca, Danubio, Ubago, A Tutiplén, La Antigua, Atlantis, Manhattan, Olimpo, Venus, Nobu, Dalma, Bécquer, Caracol…

Ver Post >