La Rioja
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Fecha: septiembre, 2015
Nuestro hombre en la barra: Francisco Martínez Bergés
Jorge Alacid 25-09-2015 | 8:20 | 0

Paco Martínez Bergés, en una imagen de archivo de sus inicios en el sector hostelero

 

Nuestro hombre en la barra nace hoy con la pretensión de convertirse en sección, mensual si es posible, dentro de este blog para rendir tributo a los responsables de todo esto: los camareros que han construido el edificio del Logroño hostelero. Iremos conociendo sus vidas y sus preocupaciones, empezando por (digamos) el jefe de todos ellos, el responsable de hostelería de la FER Paco Martínez Bergés, veterano del sector desde que se bautizó como camarero en la añorada Zona, entonces emergente destino de nuestros tragos favoritos, procedente de su Navarrete natal. Así lo cuenta el propio Paco: “Yo empecé en la hostelería en Navarrete con una discoteca que se llamaba Keoma, que puso en marcha mi familia. Luego abrimos también en Navarrete el bar Boston pero poco después terminé los estudios de Maestría y un pariente me aconsejó que adelantara la mili, porque a la vuelta tenía trabajo en la Electra”. “El caso”, prosigue, “es que en la mili coincidí en Mallorca con otro chico de Logroño, Alberto Ruiz Zaldívar, y a los dos nos encantó el mundillo de los bares de copas que descubrimos entonces”.

¿Resultado de aquel encuentro fortuito y militar? Que los dos compañeros de armas se licenciaron y desembarcaron en Logroño abriendo en la calle Labradores el célebre Tío Tito. Un bar que garantizaba llenos apoteósicos cada noche, sobre todo los fines de semana, gracias a un ambiente de envidiable confraternización entre la clientela, sabiamente empujada por los propietarios del local hacia algo parecido a esa felicidad propia de la escasa edad de sus parroquianos. Tío Tito fue un éxito tan abrumador que animó a los dueños, entre ellos el propio Paco, a expandir el negocio. De modo que nuestro hombre en la barra cita de carrerilla algunas de las aperturas que siguieron a aquel triunfo inicial con una envidiable memoria que abruma al periodista. “Apunta”, le dice. “Luego de Tío Tito monté Casablanca con otro socio, en la carretera de Laguardia donde está ahora el Señorío de Biasteri, y más adelante el Ópera de la calle San Antón. Un tiempo después me lo quedé yo solo y fui abriendo otros: el Habana de Marqués de Vallejo, donde está ahora el Gambrinus, el Itabo de Jorge Vigón, el Mojito en la calle Sagasta, el Ópera del Berceo, luego el Mulligan…”

Espera, espera. Afila el boli el perodista y sigue atendiendo el relato de Paco, quien confiesa que entre todos estos negocios citados tiene muy claro su favorito: “Hombre, mi referencia siempre será el Ópera, es mi corazoncito”. Allí lo pueden encontrar sus numerosos clientes, que han forjado con ese bar el tipo de lealtad que se consigue cuando uno de estos locales toca la fibra sentimental de su parroquia. “Ah, entonces daba gusto trabajar”, rememora. “Pese a las horas que metíamos, que eran todas, era un ambiente especial, muy distinto al de ahora”: ¿En qué ha cambiado la hostelería logroñesa? Paco lo tiene muy claro: en los hábitos de la clientela. “Antes se gastaba con más alegría y se gastaba todos los días, no como ahora, que los bares casi se quedan para el fin de semana”. Recuerda que era habitual que alguien se hiciera cargo de una ronda de cinco cubatas para convidar a sus amigos “mientras que ahora paga cada cual lo suyo, porque se ha perdido en parte ese espíritu festivo que había antes a la hora de alternar”. “Ahora todos van más a lo suyo”, se lamenta.

No es la única queja. En nombre del sector al que representa, menciona los conocidos problemas generados por la fiscalidad que juzga abusiva, los elevados costes laborales, “las rentas leoninas” y se detiene también en añorar otra pérdida: la desaparición en buena medida de la figura del camarero profesional. “Antes, cuando yo empecé en esto, era normal que estuvieras tres meses sólo mirando, aprendiendo de los veteranos. No te dejaban ni preparar un café”. “Ese tipo de profesional estaba más cuidado que ahora”, reconoce, aunque también advierte que no todos son males en el panorama de los bares logroñeses: “Los clientes que vienen de fuera se marchan encantados porque les llama la atención nuestra hospitalidad, les gusta hablar con el camarero, que vaya todo más despacio”.

Ventajas de vivir en una ciudad pequeña. Ventajas de ir de barra en barra por Logroño. Ese Logroño en sus bares que se resiste a desaparecer y que mantendrá viva su esencia mientras lo permitan los administradores y mientras los administrados sigan encontrando la deseada complicidad al otro lado de la barra en hombres como este Paco Martínez Bergés cuya máxima sigue siendo la misma: “Que cuando entre el cliente en nuestro bar sea el sitio en donde esté más a gusto”.

P.D. Con las aportaciones de Paco y quienes le sigan en esta serie vamos a ir elaborando una especie de mapa que podría titularse así: ‘Los bares de los bares’. Es decir, cuáles de ellos son los favoritos de quienes se dedican a este oficio. Así que cuando responde a la invitación de citar a sus tres bares predilectos, Paco lo tiene claro: “El Olympia del parque del Carmen y dos de la calle Laurel: el Muro y el Soriano”.

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Porrones mateos
Jorge Alacid 18-09-2015 | 8:15 | 0

Porrones en el bar Wine Fandango de Logroño

 

Ingenioso artilugio diseñado para la ingesta de vino y otros alcoholes, el porrón ha ido desapareciendo de nuestros bares con la misma contundencia con que antes los dominaba. Repaso en mi memoria alguno de esos bares y la verdad es que están indisolublemente unidos a este caprichoso invento que garantizaba tragos cortos y algunas risas cuando no atinabas y el líquido que contuviera corría gracioso por el pescuezo hacia el escote (tenía más gracia, por lo tanto, si lo empuñaban manos femeninas). Quien menos ducho se mostraba en la práctica contaba con la alternativa de retirar el tapón del chorro grande y beber por allí o verter en un vaso la pócima que lo llenara, provocando entre el resto de la parroquia algún abucheo y nuevas risas. Beber en porrón era por lo tanto divertido y casaba muy bien con el espíritu festivo que se supone debería dominar cada incursión por nuestras barras favoritas.

Entre los porrones que han dominado mi experiencia como parroquiano citaré dos referencias logroñesas. El bar de Cantabria, por supuesto, donde recuerdo que además de la consumición había que abonar un peaje que te era devuelto cuando también tú devolvías el preciado botín: se ve que algún artista optó en su momento por llevarse el porrón a casa. Con la imposición del sistema de canje se procuraba que el manazas de turno tuviera más cuidado de no romperlo y en consecuencia no pudiera trocar luego por efectivo la chapita que nos daban Emiliano (primero) y José Luis (después), cuyo precio he olvidado aunque me suena que era una tarifa intimidante. Vaya, que había que andarse con ojo para no perder la citada chapa ni romper el mentado porrón, cuyo contenido era como la España de entonces: bipolar. O vino con gaseosa o cerveza también con gaseosa: ahí acababan nuestras opciones. Era habitual que la ronda se pagase en función del resultado con que se saldaran las partidas de mus o tute disputadas en las mesas vecinas y era no menos habitual que más que porrón hubiera porrones. Porque los perdedores reclamaban la revancha, pedían otra ronda y… Porrón y cuenta nueva: lo que empezaba como una tranquila mano de naipes se podía convertir en un maratón de órdagos, trago va y trago viene.

Mi otra experiencia porronera favorita se sustanciaba en el viejo Soldado de Tudelilla, en su antiguo emplazamiento de la calle Laurel. En este caso, el porrón venía en formato minimal. Pequeños porroncitos ideados para la consumición individual, despachados a los solitarios clientes que se arracimaban en sus bancos corridos con vistas al tragaluz de la calle Bretón para acompañar la merienda. Eran los mismos porrones, supongo, que servían para arrojar vinagre de vino a las ensaladas, los mismos porrones que luego peregrinaron a la nueva y actual sede de San Agustín, donde también fue común que ejercieran de aceiteras. Recientes disposiciones legales en materia de consumo hostelero han vetado su empleo en esta curiosa función, una nueva muestra de la saña burocrática con el universo de los bares: sospecho que el burócrata de guardia tenía mejores cosas donde ocupar su tiempo. Pero en fin…

Estos pequeños porrones serán probablemente los únicos que hayan conocido las nuevas generaciones de clientes porque eran los empleados para arrojar un golpe de vino blanco al caldo invernal, ese clásico logroñés. Y poco más puede anotarse sobre su actual vigencia, aunque observo que el Wine Fandango ha decretado su reaparición para esparcir entre la clientela novedosos tragos con toque vintage. Es decir, el porrón de toda la vida admitiendo nuevos usos según la pócima con que haya sido rellenado. Lo cual me parece fetén . Tan fetén que fue el detonante de esta entrada, destinada a rememorar los tiempos en que el porrón habitaba entre nosotros con frecuencia indesmayable, sobre todo en épocas como ésta en la que entramos: por San Mateo era habitual que cada bar logroñés presumiera de elaborar el mejor zurracapote y lo pusiera de matute a disposición de sus parroquianos, porrón mediante. Una feliz costumbre que ya está tardando en regresar.

P.D. Se pone uno a escribir sobre porrones y de repente todo conspira para que semejante ocurrencia tenga sentido. Lo prueba esta noticia recién encontrada por la red: la aparición por Madrid de un bar denominado nada menos que El Porrón Canalla, estupendo nombre que merecerá una visita de quien esto firma en cuanto se dé una vuelta por el foro. Así que no parece nada marciana mi idea de que vuelva el porrón si hasta tanto moderno de los Madriles  apuesta por su reaparición para servir cerveza y vino (vaya, como el bar de Cantabria hace mil años) o sangría, el zurracapote nacional. Así que servirlo por San Mateo en los bares de Logroño no parece tan descabellado. Y de paso, sirve para felicitar las fiestas a indígenas y forasteros. Justo como hace este blog. 

 

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A las cinco en Chevalier (Relato corto)
Jorge Alacid 12-09-2015 | 9:59 | 4

Chevalier

 

El amigo César Cantabrana se dirigió al guardián de este blog meses atrás, animado a compartir aquí sus reflexiones a partir de una mención entonces reciente al bar Chevalier, garito ubicado en avenida de Colón allá en el Pleistoceno. Como me encantó lo que escribió, le propuse publicarlo aquí, cosa que aceptó encantado. Así que allá va, con mi agradecimiento. Seguro que quienes lo lean disfrutan tanto como yo. Sobre todo, si conocieron el Chevalier en su época de mayor esplendor.

“Entraron los cuatro amigos riéndose a carcajadas, dándose empujones como los borricos, vamos como cada sábado por la tarde en la que, después de ver la serie Heidi, quedaban a las 5 en punto en la puerta del Chevalier. Nadie entraba hasta que el último amigo llegaba para pasar todos juntos una divertida tarde de sábado. El Chevalier era una cafetería que se inauguró algunos años antes con muchas pretensiones y que, pasado el tiempo, no había sido capaz de cuajar entre la gente mayor y bien de Logroño que seguía prefiriendo los viejos establecimientos instalados en el Espolón como el Ibiza, el Ringo o el Noche y Día, en la calle Sagasta La Granja, el mítico Los Leones en Portales o las nuevas propuestas abiertas en Gran Vía o en Avenida de Portugal como el Alevi o el Llacolén.

Avenida de Colón no había sido una buena elección. Pero lo que los dueños no habían previsto es que iba a ser tomada, literalmente, por bandadas de adolescentes del colegio de enfrente. Aunque mayoritariamente la grey era de los hermanos Maristas, rápidamente se incorporaron al local las cuadrillitas de niñas de colegios próximos y algunos chavales de Escolapios y otras bandas rivales de los temidos Jesuitas. El orgullo de pertenencia a un grupo estudiantil, la rivalidad deportiva, la presencia de jóvenes pollitas y los ardores guerreros propios de adolescentes hormonados hacían del Chevalier, en aquel sábado del 77, un polvorín apunto de estallar. Pero no. Por aquel entonces, los chicos de colegio bien dirimían sus conflictos no en peleas tabernarias si no sobre la arena o el barro de los campos de fútbol donde podían clavarse a placer los tacos en las espinillas o gemelos, darse unos buenos codazos en la cara o un buen rodillazo en la rabadilla. Estaba permitido: estaban jugando al fútbol y por aquel entonces la masa de enfebrecidos padres aún no habían llegado a los campos del anexo de Las Gaunas, a los del Loyola, Balsamaiso, Berceo, Atlético Riojano, La Unión en el barrio de Ballesteros, Villegas o el del Yagüe, cuyo equipo estaba formado por los más temidos camorros de Logroño. Era su guerra y allí, en el rectángulo de juego, cada mañana de domingo ardía el hacha. Luego, una pasada por la enfermería, la ducha y a casa cojeando, pero satisfechos.

Los amigos, que hacía poco habían cumplido los 16, pidieron la cerveza con gaseosa de rigor y se sentaron en su mesa. Porque tenían la mesa del rincón del fondo, al lado de la máquina Juke Box, en propiedad. Era una cuadrilla curiosa y un poco a contracorriente formada por un marista, un jesuita y dos hermanos que vivían desde hacía ya algún tiempo en Pamplona pero que no dejaban de volver a Logroño cada viernes después terminar sus labores escolares en el colegio claretiano. Esa cuadrilla era la más guapa, la más chula, la más lista y la más fuerte. O eso les parecía a ellos. Los cuatro eran amigos desde que abrieron los ojos ya que tres de ellos en tercera generación, ya que sus padres y abuelos también lo eran. En aquel tiempo, en una pequeña ciudad de provincias, no resultaba raro. Y eran amigos a muerte, con todas sus consecuencias. Desde el punto de la mañana hasta las diez de la noche, en que tenían que volver obligatoriamente a sus casas, estaban juntos. Se les veía pasear por Logroño con las sempiternas bolsas de deporte Adidas Munich 72 ya que entre la gimnasia del colegio, el fútbol en el Logroñés Junior con sus entrenamientos, ligas y torneos, la bicicleta, tenis, natación y piraguas en la Hípica no había día al año que las dejaran descansar.

Los sábados por la tarde quedaban muy prontito y se iban a motear por el camino viejo de Lardero hasta el monte La Pila donde apartados de miradas indiscretas encendían unos celtas cortos y sin boquilla. De vuelta a casa, a cambiarse y al Chevalier donde ya estaría el grupito de chavalas con las luego darían unas vueltas por el ‘tontódromo’ oficial de la ciudad, marcándose delante de las pandillas rivales. El ruido del Chevalier era a todas horas ensordecedor, las risas, los gritos, las llamadas de mesa a mesa.. Tan solo alguna vez la ruidos muchachada, como por encantamiento, se callaba para escuchar la música que salía de la juke box. La vieja máquina de discos del Chevalier era uno de los últimos ejemplares que aún quedaban en los bares de Logroño. Aún se podía encontrar a alguno de esos dinosaurios musicales como en el bar Bambi y en el Torrecilla de la Laurel. Máquinas que todavía cumplían su labor y que por un pavo los tipos más duritos podían escuchar el Hurricane de Bob Dylan o el I´m you de Peter Frampton y las chicas más románticas el Linda de Miguel Bosé o El jardín prohibido del empalagoso Sandro Giacobbe.

Eran tiempos de cambio, el anciano general había muerto hacía muy poco pero ya se podían escuchar los ritmos frenéticos del after punk de los Ramones o el propio punk, que los más adelantados traían, o hacían traer de las misteriosas islas británicas, vinilos calentitos de grupos de los más raro, como los Smiths. Tiempos de transición musical en los que convivían Manolo Escobar con su Que viva España y los Sex Pistols con su God save the Queen. Los cuatro amigos apostaban decididamente por la música americana de los Chicago, Boston, Supertramp, Simon&Garfunkel, Pink Floyd y, por supuesto, los Eagles, modernos donde los hubiera. En sus míticos guateques a oscuras en la bodega de la calle Mayor era lo que se escuchaba los domingos de 5 a 8.

El Chevalier servía como base de operaciones donde las amistades y los primeros amores se fraguaban en las atestadas mesas entre montones de cáscaras de pipas, ceniceros llenos de colillas y vasos vacíos de Coca Cola. La tarde salía barata en el Chevalier, unas 20 pelas a escote, 15 más en la obligada salida al Nico a jugar al futbolín y algunas pesetillas extra si comprabas algunos ducados por unidades. Tardes en las que muchas parejitas salieron de la mano pensando que su amor duraría toda la vida y casi todas no llegaron ni al final del curso. En esos tiempos las parejas las juntaban los amigos, es decir, a un chico le gustaba una chica de la cuadrilla de niñas de la mesa de enfrente, se designaba un portavoz que hacía las labores de celestino con una de las amigas de la novia, generalmente la más fea porque hacía con sus amigas las labores de consejera o madre. Ésta pasaba el recado a la interesada que veía en la mesa de enfrente al pollo colorado como un tomate y decidía que sí o que no, entre las risas histéricas y codazos de sus amigas. Si la respuesta era positiva, ya podían empezar a salir agarrados del Chevalier con su recién conseguido status de novios oficiales.

Así pasaba una generación, la mía, la vida en aquellos años adolescentes de finales de los felices años 70 cuando todo era pura emoción, alegría, risa, primeros cigarrillos y la música de vinilo en las inolvidables tardes de sábado que empezaban, obligatoriamente, a las 5 en Chevalier”.

Fin
Junio 2015

A la memoria de Richard y Alvarito, dos de los cuatro magníficos, que subieron al cielo antes de tiempo.

P.D. Reitero mi agradecimiento a César, fiel seguidor de este blog. Y animo a quien quiera seguir su ejemplo a, si lo desea, ponerse en contacto con servidor y enriquecer este blog que no sería nada, literalmente nada, sin la generosa colaboración de sus improbables lectores.

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Réquiem por Las Escalerillas
Jorge Alacid 04-09-2015 | 10:01 | 0

Aspecto que presenta el antiguo edificio de Las Escalerillas.

 

Cuando este blog inició su andadura, aproveché para proclamar mi devoción incondicional por el desaparecido bar Pachuca, cuya imagen me sirve como emblema (foto cortesía de Justo Rodríguez). El Pachuca era un bar alojado en Marqués de Vallejo como podrá observar cualquier logroñés que descienda hacia Portales y detecte su elegante rótulo saludando entre Ollerías y Hermanos Moroy. Un bar que me tuvo de cliente de muy niño. Tan de niño que mis recuerdos son más bien vagas fantasías, inconcretas. Se trata en consecuencia no tanto de un bar como de un Grial, un ensueño al que agarrarse cuando repasas tu historia sentimental de bebedor de fondo y compruebas que pasan los años. Y que cuando despiertas, el Pachuca sigue ahí.

Señalé entonces al Pachuca como el bar que yo abriría en Logroño si un día los astros se aliaran para permitirme semejante ocurrencia. Ahora añado otra, de parecido destino: irrealizable, me temo. Recientes expediciones nacionales e internacionales me invitan a concluir que hay un tipo de bar que merece su propia resurrección, porque engarza con una línea de garitos que menudean lejos de nosotros, a los que Logroño ha ido renunciando. Otro local al que conceder una nueva vida: Las Escalerillas. Garito castizo y fetén, bizarro como ninguno, pereció hace ya unos cuantos años aunque preservó durante un tiempo la fachada intacta, como ofreciéndose para una improbable reapertura que nunca llegará. Porque si su cierre tuvo algo de tragedia logroñesa, el fatal desenlace que aguardaba a la vuelta de la piqueta tiene toda la pinta de ser una enfermedad. Grave, mortal. La enfermedad que se llevará de nuestro equipaje emocional el Logroño inmemorial a medida que sus vecinos vayamos tolerando desaguisados semejantes.

 

Vista del desaparecido inmueble desde la calle Carnicerías

 

Porque la piqueta, en efecto, arrasó con el edificio donde se alojaba el peculiar asador de cuyos fogones salieron algunos de los mejores corderos nacidos para ser sacrificados en Logroño. Otro tanto sucedía con un bocado célebre en mi mocedad, que yo adoraba aunque ahora admito que genere más bien… ¿Asco? Tal vez. Me refiero a las cabecillas, jugosas viandas que me tuvieron entre sus más fanáticos degustadores y que han ido retrocediendo en nombre de la cocina políticamente correcta. Cabecillas en Las Escalerillas, local muy adecuadamente bautizado porque se emplazaba precisamente en ese tramo de Carnicerías que ingresa en la plaza del Mercado peldaños mediante y que conoció sus mejores años en los años 70. Mesas corridas, manteles a cuadros y una oferta gastronómica que apostaba por el monocultivo de carne asada, piezas que salían perfectas de punto, excelsa gloria para los paladares. Ensaladas de lechuga, cebolla y aceitunas completaban el festín. Una cocina auténtica, virgen, pura. Una cocina que ya no volverá.

 

Interior de la antigua casa de comidas

 

Y  sin embargo… Sin embargo, quien esto firma observa que locales de semejante índole sobreviven con muy buena pinta fuera de Logroño y piensa por lo tanto que si el dios de la hostelería logroñesa le concediera un día un segundo deseo, luego de reabrir el Pachuca para servir de nuevo sus pachuquitas, uno elegiría sin duda Las Escalerillas como el local que volvería a poner en marcha. Olvidaría la mejorable presencia que ofrecía en sus últimos días y recuperaría su espíritu, tan cañí. Derramaría otra vez magia desde sus fogones, despachando sólo corderos, cabritos y cabecillas, qué pasa. Mantendría la liturgia de las ensaladas sucintas y encargaría renovados manteles de cuadros. Conservaría desde luego los bancos corridos, ejemplar modo de atacar la ingesta de calorías que en otros pagos cuenta con una fanática feligresía. Procuraría, por supuesto, modernizar la gestión de higiene y limpieza a costa de perder autenticidad (qué le vamos a hacer). Y enseñaría que otros bares son posibles: son los bares de antes. Los bares de siempre, merecedores como sus clientes de una vida mejor.

 

Degustando cordero en Las Escalerillas

 

P.D. Un par de las fotos que acompañan este post recuerda los últimos días de Las Escalerillas y otro par refleja cómo la incuria municipal permitió, como suele ser norma en Logroño, el derribo del edificio en cuyos bajos se albergaba Las Escalerillas. Un desdén sólo equiparable al desinterés también municipal cuando pasado el tiempo se comprueba que ese agujero se mantiene intacto en el corazón de Logroño. Es también equiparable al pasotimos vecinal, que tolera como también es norma entre los logroñeses esa fea fachada desdentada cuya sola visión causa grima y desazón. Así que el sueño de recuperar Las Escalerillas con que retomo este blog luego del descanso agosteño deberá esperar a que antes se haga realidad otro sueño, otra fantasía: que los bárbaros que fomentan tales estropicios deserten de la manía que le han cogido a Logroño. Y que dejen de maltratarnos a los logroñeses.

 

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