La Rioja

img
Fecha: octubre, 2015
Calle Mayor, el regreso
Jorge Alacid 30-10-2015 | 10:52 | 0

Fachada del Guardaviñas, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez

 

Todo logroñés con cierta afición a ir de bares debe reconocer su deuda con la calle Mayor. Es mi caso, ciertamente. Porque no olvido la mágica noche en que me estrené como cliente del Bar Bilbao (servicio restaurante, como apostillaba la publicidad de Radio Rioja), puesto que fue un día pródigo en estrenos: mi primer mitin, mi primera cena de fin de curso, la primera vez que en consecuencia disponía de permiso familiar para llegar un poco tarde… El mitin fue en la plaza de toros y aquellos mocetes de 14 años acudimos como quien se apunta a un concierto de los Rolling: no teníamos ni idea de la letra, pero la música nos gustaba. La música se llamaba democracia y el protagonista parecía lo más cercano a Mick Jagger que nunca verían nuestros adolescentes ojos: Felipe González, que llenó La Manzanera. No recuerdo nada más. Ni lo que dijo ni lo que no dijo: efectos tal vez de la niebla que se avecinaba, disfrazada de vino con gaseosa hasta hartarnos en el mentado Bar Bilbao.

Frente al Bilbao se situaba El Relicario y un poco más lejos, la bodeguita de Bezares. Se trataba de un castizo itinerario para la ronda diaria formado por bares gemelos por su casticismo, su aversión a los cambios, sus clientelas imantadas a cada barra: como si la dirección de los bares colocara a sus parroquianos de buena mañana en los respectivos pasos de paloma y de noche los ocultara hasta el día siguiente en el cuarto donde guardaba los taburetes. No olvido tampoco la fonda Antón, bizarrísimo local junto a Sagasta: parroquia intimidante y barra presidida por un teléfono gigante, negrísimo, que funcionaba a pasos para que los hospedados en tal fonda llamaran a sus lejanos domicilios, lo cual procuraban no hacer jamás. Yo acudía a por vinagre de vino y luego salía huyendo, porque los mesoneros, siempre a falta de un afeitado, se incomodaban si algún cliente tenía menos de 70 años y lo hacían notar con cada gesto. Lenguaje corporal, lo llamaban.

Después frecuenté para las rondas alternativas a la Laurel los bares del extremo de Poniente de la Mayor. El Iturza en su anterior encarnación, con su frigorífico de manivela y su tapa estrella: el alucinante huevo duro, que se servía tal cual, sin concesiones. El Bretón, en cuyo interior dormía un pozo, desde donde llegaba un agua fresquita y sabrosa. El Cuatro Calles, que ofrecía encantos adicionales: el dueño era del Barça, cosa poco corriente entonces, se parecía al cómico Danny Kaye (o a Fernando Fernán-Gómez, ya no recuerdo) y servía unas estupendas cazuelitas a módicos precios, con viandas procedentes también de tiempos muy lejanos: asadurilla, por ejemplo.

En la misma época de aquellas incursiones casi cotidianas abrió La Costanilla, primer bar que llamaba a las puertas de la modernidad. Instaló un recio magnetofón que escupía los himnos de la época, servía una tapa digna de semejante nombre (milagro) bautizada como zapatilla (pan con jamón: un hallazgo) y sus dueños podían ser nietos de los camareros de la Fonda Antón. Quiere decirse que eran modernos, en efecto. El bar era amplísimo, dotado de mesas en varios niveles, y tenían la manía de la limpieza: estaba siempre reluciente. Un asco, vaya. Por eso preferíamos la oscuridad que garantizaban otros bares vecinos, ese submundo tan fascinante que proponían la bodeguita Montiel (en Santiago) o, en la misma Mayor, el Tigre y su fascinante gramola, el Tigre y su fascinante cabeza disecada.

Cuando la calle se convirtió en destino predilecto de la generación posterior y se transformó en zona de copas (¡¡¡De copas!!!), quien esto firma optó por la retirada. Apenas vuelvo por allí; alguna visita al Iturza y pare de contar el improbable lector. Se entenderá por lo tanto mi entusiasmo cuando el otro día vi metamorfoseada en bar la antigua carpintería de Alfredo Rodríguez, que fue mi vecino y a cuya familia profeso sincero afecto; en contrapartida, su hijo Justo, compañero de fatigas en Diario LA RIOJA, nos regala esta estupenda foto. El local se llama Guardaviñas: coqueto maderamen, estupenda cocina y convincente servicio de vinos. Los dueños de la fonda Antón alucinarían si resucitasen y vieran que en la actual calle hay bares donde ya no sirven vinagre de vino. Sobre todo, les sorprendería ver qué hemos hecho sus descendientes con los teléfonos: aquel artefacto ha dejado de ser el bulto sospechoso que todos evitaban utilizar. Hoy es ese chisme alojado equidistante de la copa del vino y el pincho que empleamos para fotografiar los buenos ratos que nos regalan los bares. Mientras brindamos por la dicha de regresar a la Mayor y saldar la deuda que uno tenía con la calle y con sus bares.

P.D. Me sigue resultado extraño pensar en la calle Mayor como zona de copas. Cuando alguna mañana de fin de semana cruzo por allí y veo los estragos de la noche anterior, me parece que camino por otra ciudad: se trata de una enfermedad llamada melancolía. Añoro los tiempos en que la calle fue arteria principal de Logroño y por eso mismo me alucina y maravilla comprobar cómo resiste Primi, con su estupendo pan que tan feliz me hizo de crío. Cuando compraba siempre una barra de más porque mientras llegaba a casa me daba tiempo de zampármela.

Ver Post >
Nuestro hombre en la barra (II): Mariano Moracia
Jorge Alacid 23-10-2015 | 7:04 | 0

Mariano Moracia, de jovencito, al otro lado de la barra del Moderno

 

Nuestro hombre en la barra, la sección inaugurada en este blog el mes pasado con Francisco Martínez Bergés de protagonista, llega a su segunda entrega. En el capítulo anterior ya comentamos el origen de esta iniciativa: divulgar la semblanza de aquellos camareros que han ido ennobleciendo el oficio a lo largo de tantos años en los rincones más queridos de Logroño. Y de eso, de bares, del Logroño castizo y del oficio de camarero algo parece que sabe el protagonista de hoy: Mariano Moracia.

Que es tanto como decir Café Moderno. El popular establecimiento de Martínez Zaporta, que el año próximo cumple su primer centenario de vida, se encuentra ligado a la familia Moracia de un modo tan íntimo y prolongado que se hace raro ingresar en el local y no ver por allí bandeja en ristre a alguno de sus miembros. Antes era lo habitual tropezarse con su padre, ya fallecido; hoy, quien desempeña una misión semejante (atender a la nutrida clientela que tanta devoción le profesa) es cosa de Mariano, aunque ya se anuncia una nueva generación. Mariano recuerda en consecuencia que si mira hacia atrás se recuerda defendiendo el negocio familiar “desde niño”: “Llevo en el Moderno toda mi vida”, añade. Lo cual no implica que las enseñanzas que se desprenden del oficio hayan concluido ahora que peina alguna cara y el pelo se retira de la frente. “Nunca te sientes un buen profesional porque siempre tienes algo que aprender”, advierte.

A lo largo de todos estos años de dedicación al Moderno, Mariano, que nunca ha ejercido en otro bar que no fuera el de su familia, atisba ya a sus espaldas un panorama de cierta dimensión que le permite concluir que no: que los bares de Logroño, ay, no son los de antes. “Han cambiado muchísimas cosas”, reconoce. “No no tiene nada que ver la hostelería de hace treinta años con la de ahora”, añade. ¿En dónde reside la clave de esta metamorfosis? Mariano lo tiene claro: antaño, recuerda, “habia más relacion con el cliente”. Por el contrario, hogaño el parroquiano habitual se distingue por un perfil distinto: “Hoy el cliente sabe más lo que quiere y es más exigente”.

¿Más cambios? Como ya hiciera Martínez Bergés, Mariano Moracia se suma al lamento generalizado por la “falta de buenos profesionales” que sufre el sector, aunque no todo son quejas. Los bares de Logroño, a su parecer, pueden presumir de virtudes que los hacen diferentes de la competencia diseminada por el resto de España. Se enorgullece, por ejemplo, cuando menciona los valores del vino de Rioja, tan apreciados por los forasteros, de esos que llegan a Logroño tan a menudo peregrinando hacia Santiago y se dejan caer por el Moderno. Y elogia también la rica gastronomía local como otro de los atractivos que forjan lejos de nosotros la imagen de una ciudad apetecible para esto de despachar tragos y bocados. Aunque, sobre todo, destaca una cualidad de Logroño por encima del resto: “Lo que más valora la gente que nos visita es nuestro carácter, porque es muy afable”.

De modo que Mariano se despide como los toreros caros: en corto y por derecho. Abandona la cháchara, se retira a los vastos territorios (el Moderno, que es uno y trino: café, sí, pero con restaurante y terraza) y confiesa que no es uno de esos camareros que predique con el ejemplo. Porque cuando se le pide que mencione qué otros bares de Logroño frecuenta o lleva más pegados al corazón, no recuerda otro que no sea su Moderno. “No suelo alternar”, confiesa. “Soy muy tradicional”, concluye

P.D. El Moderno protagoniza desde hace unos meses un serial que publica cada domingo Diario LA RIOJA destinado a festejar su centenario, que celebrará el próximo año. Gracias a la tarea recopilatoria de unos cuantos buenos amigos del venerable café, la ingeniosa pluma del periodista Luis Javier García regala a nuestros lectores un resumen de la biografía del Moderno, solapada con las vicisitudes propias de la vida en Logroño, La Rioja, España y el universo mundo durante todas esas décadas. Allí tropezará el curioso con la familia Moracia y allí verá a Mariano como lo ve en la foto que ilustra estas líneas: un chavalín. Un chaval al otro lado de la barra.

Ver Post >
Los años del posavasos
Jorge Alacid 16-10-2015 | 8:42 | 0

 

Una reciente expedición a tierras andaluzas me llevó a tropezarme con una especie que juzgaba extinguida del universo de bares, un elemento que sin embargo se hizo célebre allá en el pleistoceno, cuando quien esto firma perpetró sus primeras incursiones en los garitos de confianza en compañía de la mano paterna, que le guiaba hacia el maravilloso cosmos del posavasos. Como en aquellos tiempos a los niños todavía no se nos consentía todo (más o menos como ahora), todo lo que uno podía sacar en limpio de las paradas de sus padres para abrevar en Logroño o en tierra extraña era eso: el posavavos. De ahí que esa fuera la colección que nunca faltó en nuestras casas: la de posavasos. Hice esa colección yo e hizo esa colección medio Logroño, la generación precedente y tal vez la que nos siguió. Porque era un pasatiempo que tenía muchas ventajas, pero sobre todo una: que era barata. Bastaba con aguardar a que los mayores liquidaran la cocacola o el biter y ahí estaba, a veces los bordes mojados por el líquido recién servido: los posavasos.

Los posavasos que creía olvidados pero que el garito malagueño llamado Pimpi todavía frecuenta. Pida usted una ronda y ahí verá aparecer su copa, apoyada sobre este artilugio que evita manchar el maderamen de la barra y además le confiere a cada trago un toque pop. Un soplo de nostalgia.  Ocurrió que nada más regresar de esa visita al sur español, un lector de este blog, ignorante de tal anécdota, me invitó a dedicarle unas líneas… que son más bien una reflexión en forma de preguntas: por qué apareció el posavasos en nuestras vidas y por qué se retiró tan pronto. Tengo respuesta para las dos preguntas y es la misma: ni idea.

Creo recordar que los primeros posavasos que vieron nuestros infantiles ojos, y en consecuencia se convirtieron en los trofeos que estrenaron nuestras colecciones, se ofrecían en las discotecas que empezaron a menudear en los primeros 70. Tiene su lógica: eran los primeros locales donde se servían copas. Combinados, en la jerga de la época. Como un detalle hacia la clientela, aquellas discotecas colocaban primero el posavasos y luego el vaso, como hasta entonces sólo se hacía en casa. Porque el posavasos se veía confinado a la intimidad del hogar, uno de esos cacharros que no servían para nada, apenas se utilizaban y casi siempre se perdían… justo cuando llegaba alguna visita y más se necesitaban. Carne de lista de bodas, por lo demás. Y una tortura ocasional para la clase de trabajos manuales (también llamada Pretecnología, estupenda palabreja), donde resultaba habitual su aparición en forma de corcho que había que recortar, pegar, alinear… De esa masa informe tenía que salir luego el maldito posavasos. Sí, una tortura.

En realidad, más allá de las dependencias familiares y el adiestramiento en Pretecnología, un posavasos representaba una extravagancia propia de bares que aspiraban a una identidad propia. Un refinamiento que se fue poniendo de moda, al que, por lo tanto, le ocurrió lo que le ocurre a todo el mundo cuando eso sucede: que acaba pasándose de moda a la misma velocidad.  Según tengo observado, la ingesta de tragos posavasos mediante se reserva hoy para garitos donde aún se sirven pócimas como el Calisay o el Licor 43 y para bares bárbaros: bares extranjeros. Es común su empleo en los Estados Unidos de América, donde también resulta usual que la copa se acompañe de uno de esos palitos de plástico con que se agitan los ingredientes, tan caros a los guionistas de las malas series de televisión yanqui. Habrá contemplado el improbable lector mil veces la escena: rubia de lánguida melena que deja caer los ojos hacia el galán de turno desde el otro extremo de la barra, una vez que el camarero le ha puesto la copa y ella coquetea con el palito dichoso. Bingo: también juguetea con el posavasos.

Fuera de estos escenarios, y al margen de la querencia que aún acreditan por el posavasos las cerveceras y las cervecerías, el posavavos no existe. O casi. En este blog ha tenido su minuto de gloria ese mundillo tan atractivo de los bares de hotel, uno de los raros lugares de España donde todavía atienden al cliente como si éste fuera de verdad un caballero. Es una experiencia cada vez más anticuada que por eso mismo me encanta: la bebida se sirve en la cristalería adecuada, el camarero casi siempre te llama señor (me encanta), allega un platito de almendras para acompañar la ingesta y nunca te atiende sin pertrecharse antes de posavasos. Ah, los bares de hotel… Ah, los posavasos… Ah, mi colección…

Ignoro qué fue de ella. Recuerdo que contaba con piezas muy singulares, como una decorada por un melenudo afro que anunciaba… He olvidado qué anunciaba pero no olvido por el contrario su hermosa caballera a lo Julius Erving llamando a mi subconsciente con la promesa de lo prohibido, que entonces era casi todo. Sí, también como ahora, más o menos. Han ido desapareciendo de mis manos los posavasos que una vez oculté en los cajones del hogar familiar, aunque he comprobado que todavía tengo alguno por las vitrinas. Por ejemplo, el que ilustra estas líneas. Me llegó, como puede deducirse, desde Estados Unidos en compañía de cinco hermanos a los que jamás he recurrido. Ya ni siquiera me los llevo por la cara de los bares como antaño, porque hace mil años que se perdió esa emoción de la novedad y el posavasos se convirtió en invisible. De hecho, es posible que nos lo sigan ofreciendo y ni siquiera lo veamos, porque el recuerdo principal que nos dejó tiene forma de pesadilla: viernes tarde, años 70, semisótano del colegio San José… Regreso a las clases de Pretecnología…

 

 

P.D. Investigando para esta entrada en blog, me he encontrado con esta web que me ha tocado el corazón: todocoleccion.net. Desde ahí me llama el posavasos célebre del Robinson Pub, garito legendario al que debo unas cuantas líneas.

 

Ahí me esperaba también el del Zona Cero, local vecino del Robinson, también desaparecido. Y desde ahí me saluda el posavasos del Golden, santuario que fue de mi devoción en los primeros 80. Quedaba enfrente de casa, en Portales, y fue durante largo tiempo escenario del cafelito de media mañana. Así que para algo todavía sigue sirviendo el amigo posavasos: para ejercitar la memoria. Para volverse a verse de jovencito atacando el cortado matinal, servido con gentileza. Servido con posavasos.

Ver Post >
El bar de la Hípica
Jorge Alacid 09-10-2015 | 10:00 | 2

Imagen reciente del bar de la Hípica, recogida en una publicación de la propia sociedad

 

Nosotros éramos de Cantabria. Cuando digo nosotros me incluyo a mí, al resto de mi familia y a diez mil personas más, lo cual abarcaba al universo de los llamados veraneantes: gentes llegadas en general del País Vasco, en busca de un clima más seco para mejorar de sus diversas afecciones, que se encontraban en las piscinas de la llamada Sociedad Recreativa como el resto de socios, es decir, como en casa. O mejor que en casa, que al menos la mía carecía de piscina, frontón, tostadero y pistas de tenis. También carecíamos de Tomasa, la célebre encargada del guardarropa de mujeres, un as de la megafonía: “Ángel Nieto, que salga a retirar la moto, que la tiene mal aparcada”. Cantabria incorporaba a su irresistible oferta canicular, cuando los veranos duraban no menos de tres meses, bares de distinto signo: el central, ubicado en el corazón de su casa social y defendido por Emiliano y los Langarica (que ya han aparecido aquí unas cuantas veces), así como otro más pequeño que duró poco, vigilando la piscina denominada de niños, y algunas casetas distribuidas aquí y allá. Por ejemplo, junto a la piscina mixta: entonces, las piscinas tenían sexo. Cosa que también ocurría con los frontones.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que fue habitual la doble militancia: se podía ser de Cantabria y de la Hípica a la vez. De modo que se soslayaba así la curiosa rivalidad que existía entre ambas instalaciones, porque lo usual era lo contrario: que unos y otros asegurasen que la suya (su piscina) era la mejor y por lo tanto vetasen su ingreso en la piscina rival, competencia que se ampliaba también a las fenecidas piscinas del Cayaks allá por Los Lirios, con una cuarta variante que recuerdo más minoritaria: el Adarraga. Con los años, hubo que decantarse y algunos tuvimos que renunciar a la felicidad que nos embargaba cada vez que cruzábamos el Ebro, íbamos a la Hípica y nos bañábamos en sus piscinas, aunque lo mejor de esas incursiones era su bar: el bar de la Hípica.

Escribo el bar de la Hípica y me suena una frase rara. Para los logroñeses menos veteranos, una explicación previa: la Sociedad Hípica Deportiva Militar era y es una instalación ubicada en el norte de Logroño, colgada sobre el río, propiedad entonces del Ejército y, en consecuencia, destinada en teoría a albergar sólo a quienes tuvieran algo que ver con la milicia. Ocurría que, por el contrario, hacerse con su carné de socio resultaba bastante sencillo para la tropa civil, aunque se tenía que superar la extrañeza de ver por allí a los mozos vestidos de caqui formando parte de la plantilla. Otra extrañeza, que sin embargo tenía bastante sentido visto su origen militar, era que la Hípica tenía de jefe superior a un mando del Ejército, pero así eran las cosas por Logroño (y España entera, creo): todo era muy raro.

De modo que ya estamos puestos en situación: servidor se desplaza con el resto de la prole hasta la Hípica, juega un rato al tenis en aquellas pistas lentísimas de tierra batida y decide refrescar el gaznate. Ahí lo tienen ustedes: el bar más bonito del mundo. O el bar de piscinas más bonito del mundo, mejor dicho. Al menos, así nos lo parecía. Porque el club social era como todos, más o menos, sin grandeza alguna, pero resulta que algún alma inquieta y talentosa decidió incorporar al edificio central un ala que penetraba en su entorno, dotarla de barra y servir los tragos y bocados a la clientela que se arracimaba en bañador, al aire libre. Lo cual, como sabe bien quien haya probado esa experiencia, representa el edén para el cliente conspicuo y veraniego: hacerse con su sitio en la barra chorreando aún el meyba, atacar el porrón de cerveza con gaseosa una vez recibido el permiso paterno y otear la magnífica vista que desde allí se obtenía, con las congéneres del otro sexo deambulando igual que uno, con el sucinto bañador por toda vestimenta.

El permiso paterno era importante, trascendental, para esas tomas de decisiones, porque en realidad toda la familia viajaba hasta la Hípica guiada, en efecto, por el jefe de la casa: a mi padre le gustaba más Cantabria, pero encontraba que esta barra que ilustra estas líneas gozaba de un encanto supremo. Nos transmitió su encendida predilección por ella con tanta pasión que empezó a hacerse habitual que en cuanto poníamos un pie en la Hípica, lo primero era pasar por su barra exterior, hasta el punto de que he olvidado si alguna vez estuve dentro del bar. Supongo que sí, pero no importa: Logroño en sus bares le debía una visita a aquel paraje por donde no he vuelto a acercarme desde hace tiempo y porque así reivindico de paso la importancia que los bares de las piscinas tuvieron en nuestras vidas.

Unas vidas muy distintas a las de ahora. Uno sigue siendo socio de Cantabria, pero apenas asomo por allí y desde luego que el bar actual ya no es el que era porque no es el que recuerdo, el que me conquistó el corazón. En Las Norias han tenido incluso problemas algún año para dar con un abastecedor que se hiciera cargo de su bar, porque se ve que allí ya no se detecta el mismo negocio que había antes. Los hábitos pasan, las modas se suceden, cambian las pautas de consumo. Sospecho que compartir con quienes nos preceden la extraña belleza que caracterizaba a esas barras de las piscinas donde nos salieron las primeras espinillas supone un vano intento. Pero también habrá quienes se pasearon algún día por la Hípica y su barra exterior igual que quien esto firma, para ver pasar la vida. Y habrá quienes tampoco olvidan aquel mágico barullo (medio pop, medio camp) donde confraternizaban mayores y pequeños. Y habrá quienes piensen como yo que alguna vez en ese bar se detuvo el tiempo.

P.D. Apenas he vuelto a la Hípica desde los primeros años 70. Mis visitas se han limitado posteriormente a quehaceres profesionales (la cobertura de su concurso hípico, infanta Elena incluida, en su etapa preMarichalar), que no exigían superar la barrera de entrada. Una mañana en que lo intenté, el soldado de guardia vetó mi acceso, cosa que entendí. Entendí menos que no le conmovieran mis explicaciones: intentaba hacerle ver cuán hermosa era la barra que aguardaba el fondo, la importancia que había tenido en mi mocedad, las ganas que tenía de volver a acodarme en ella. Inmutable, me enseñó la puerta de salida: su dedo señalaba hacia el bar de Julio. Lo cual no era mala opción. Aunque, desde luego, se trata de un local que carece de esa barra de la Hípica donde la adolescencia local y sus mayores pudieron contemplar el mundo en bañador. Un mundo donde los tragos sabían a cloro.

Ver Post >
En torno al casticismo
Jorge Alacid 02-10-2015 | 8:31 | 0

Barrio Bar, en la calle Menéndez Pelayo de Logroño. Foto de Miguel Herreros para Diario LA RIOJA

 

San Mateo, exterior día. Intento ingresar (miedoso) en el renovado Perchas y… Y confirmo mis peores temores: el bar, ay, ya no es lo que era. Ojo, que me parece fetén: porque el caso es que, frente a lo sospechado, el garito ha vuelto a la vida luego de esos meses de actividad paralizada y cuenta con el favor de la parroquia, agolpada a sus puertas, llenando el escaso espacio disponible. Pero no es el mismo Perchas: aunque sus orejas célebres se dispongan en la barra al antiguo modo, la decoración ha cambiado de manera tan radical que al cliente conspicuo le resulta imposible reconocer al Perchas de toda la vida. Aquel bar con aspectos, ejem, mejorables, pero dotado de esa autenticidad tan castiza que confiere el paso de los años. Un factor, ese de la autenticidad, que juzgo en retroceso al menos en Laurel y aledaños, donde el progreso de la llamada ‘donostización‘ se va interiorizando en perjuicio de la tipología más bizarra.

¿Qué bares quedan que todavía profesen devoción a la imagen que de ellos tiene su clientela desde hace décadas? Los hay, los hay. El Soriano (desde luego), el Soldado (por supuesto), el Sebas (quién lo duda, incluido su misterioso ascensor)… Pero así como antaño esta era la forma habitual que adoptaban nuestros bares favoritos, un sencillo recuento a toda prisa desvela que ahora son más bien una minoría. Gana peso el bar muy rico en iluminación, decorado igual que tantos otros, barra estilo San Sebastián (es decir, ajena al modelo de pincho único) y camareros/as jovencitos/as a quienes aquella vieja calle Laurel no les dice nada.

A los veteranos, por el contrario, fue aquella Laurel la que nos amamantó como clientes y a la que aún rendimos pleitesía, al menos en la memoria. Nos hemos ido acostumbrando, qué remedio, a las novedades que se van incorporando y las honramos como merecen: porque está muy bien eso de que te pongan un vino (de Rioja, si es posible) en condiciones, en una copa en condiciones y con tapas en condiciones. Pero no sé, no sé… Me malicio que a medida que las nuevas generaciones vayan tomando a su mando cada negocio de sus predecesores, será inevitable ver cómo perecen los bares de siempre. Los castizos. Los que no necesitaban más decoración que un banderín del Atlético de Madrid para conquistarnos. Los que podían haraganear en materia de higiene pero aseguraban fidelidad a los viejos tiempos, lo cual es a menudo todo lo que necesitamos de nuestros garitos de confianza.

Para mi sorpresa y alegría, mientras los bares más veteranos de la Laurel empiezan a batirse en retirada, aprecio en otras esquinas de Logroño un movimiento de parecida intensidad pero en dirección opuesta. En garitos como La Guarida de la calle del Carmen observo esa lealtad hacia la tipología clásica del bar logroñés, un concepto que también hace suyo el Barrio de Menéndez Pelayo, donde sirven un estupendo vermú (preparado) y ofrecen una rica paleta de humus y otras gollerías… en mesas de formica, mobiliario cuya reaparición en nuestras vidas me consuela y reconforta, como reconforta la alegre imagen que regala el local, debida al ingenio de Jordi Frías, Mangolele para el mundo (en la foto que ilustra estas líneas).

En general, los bares de la calle citada (Menéndez Pelayo) tienen algo de territorio comanche: una especie de reserva donde es posible coincidir con miembros del Gobierno de La Rioja disfrutando del aperitivo (milagro, milagro). Bares que nos recuerdan cómo eran los bares de nuestra mocedad, tal vez menos pródigos en modernidades (ya saben, tipo piruleta de foie a la miel de Cameros sobre lecho de escarola de Varea), pero más ricos en encantos. En esa clase de encantos intangibles que, valga la paradoja, son muy tangibles: porque nos tocan el corazón.

P.D. Los bares más auténticos nos tocan más el corazón… y menos el bolsillo. Porque la modernidad ha traído al sector hostelero tarifas tan desconcertantes que exigen continuas derramas para proseguir la ronda. Será que los bares, a medida que dejan de ser auténticos, se convierten en más caros, siguiendo una juguetona e inexplicable ley nacida hace ya demasiados años, cuando nos volvimos locos de repente, euro mediante. Asi que a nadie le extrañe que el éxito creciente de los bares mentados (y de otros tantos: Copas Rotas, La Gitana, El 77, que ni siquiera necesitan ser auténticamente longevos) porque ejercen como una especie de parque temático: nos devuelven al Logroño de hace unas cuantas décadas. Cuando lo auténtico era también barato.

Ver Post >