La Rioja
img
Fecha: diciembre, 2015
Su Dickens, nuestro Dickens
Jorge Alacid 24-12-2015 | 10:50 | 0

Equipo de softbol del bar de Dickens

 

Cualquier aficionado a la literatura habrá conocido a lo largo de su experiencia lectora ese tipo de autores y de libros que cambian el curso de nuestra vida, porque la enriquecen. Porque la abrillantan, porque nos conducen hacia lugares que desconocíamos, algunos situados dentro de nosotros mismos. No son tantos, la verdad. Para llegar a ellos, muchas veces nos apoyamos en otros escritores y otros libros, lecturas menores que también logran conjugar ese verbo tan querido, el verbo entretener. Son escalas en nuestra trayectoria como lectores, como si supiéramos que para alcanzar ciertas cumbres necesitamos también este tipo de etapas intermedias, que en ocasiones resultan igualmente estimulantes. Son libros que se adhieren a nosotros con la calidez de una sonrisa, un beso o una caricia. Libros que nos desarman porque tocan una fibra interior emocional cuya existencia tal vez ignorábamos. Libros que nos hermanan con quienes los escribieron porque comprobamos que su mundo es nuestro mundo.

Viene a cuento esta digresión, poco pertinente en un universo temático dedicado a los bares, porque acabo de concluir un libro que me ha dejado conmocionado. Habla, en efecto, de bares. Y habla de ellos un poco como hemos hecho en este blog, como una excusa para hablar de nosotros mismos y de nuestros alrededores. La gente que los habita, los camareros memorables y, sobre todo, ese hábitat tan conspicuo que se genera en torno a una barra. Ese mundo de camaradería donde, si somos sinceros, hemos cimentado nuestra visión de la vida, porque hemos sido libres y felices. Libres sin grandes servidumbres. Felices sin grandes amarguras.

El libro, que aún no sé si es una novela, un gran reportaje, una autobiografía precoz o un diario, se titula ‘El bar de las buenas esperanzas’. Un nombre dickensiano, traducción bastante libre del original (‘The tender bar’, en inglés: tampoco está nada mal como título), que rinde tributo al rótulo que campeaba en el bar donde se desarrolla la acción, el bar que acaba convertido en el personaje central del libro. Un bar llamado en efecto Dickens, que con el tiempo adopta otras nomenclaturas en función de los cambios de humor de su propietario, el gran Steve. Luego se llamaría Publicans y ahora ejerce como tal con el nombre de Edison, siempre sin salir de la misma calle (Plandome Road) de Manhasset, pueblecito vecino a Nueva York, donde por cierto Scott Fitzgerald hacía deambular a sus personajes en ‘El gran Gastby’.

Lo cual es una atinada metáfora de las correrías del protagonista: J. R. Moehringer, un tipo nacido en los 60,  busca su propio sueño americano y sólo encuentra en su itinerario la barra de un bar donde trabaja (o algo así) su memorable tío Charlie, en compañía de una banda no menos inolvidable. Los personajes principales, los secundarios, las tramas y subtramas, la escritura graciosa y sencilla no menos dickensiana, un formidable y sutil sentido del humor… Todos esos ingredientes son lo de menos. Lo fundamental es atender la voz del autor, que resuena en ocasiones como si fuera la nuestra. Porque encuentra en su bar lo que cualquiera ha ansiado alguna vez: un lugar ideal. Un paraíso poco burbujeante. Un edén sólido, donde la vida se detiene para que la veamos pasar ante nuestros admirados ojos y sepamos su auténtica sustancia.

Si tuviera que resumir el libro, diría que habla del misterio de vivir, la perplejidad de vivir. Lo cual ya sé que no es decir mucho. Pero no se me ocurre nada mejor. En realidad, el protagonista navega hacia sí mismo empujado por las circunstancias (un padre ausente, una familia disfuncional, la precariedad como norma: la pesadilla americana) y va superando etapas asombrándose a cada paso, porque nada de lo que acaba haciendo formaba parte de su potencial futuro. El libro habla de béisbol, del campus de Yale donde se gradúa para estupefacción propia y ajena. Habla de inestables lazos familiares, del poderoso vínculo materno. Habla del primer beso y el primer polvo, habla de la clase de relaciones forjadas cuando se vive en una cierta intemperie sentimental, donde todo parece alucinante y alucinado. J. R. Moehringer comparte su admiración por la vida que acaba siendo suya con el improbable lector y eso es lo mismo que yo hago aquí: animar a mis propios improbables lectores a que acudan a la librería más cercana y se compren el libro. Que es también una declaración de amor hacia los bares y la literatura, dos mundos tan queridos, dos mundos tan cercanos.

En sus páginas hallará quien se anime joyas como algunas de las frases que he ido anotando: “Cada libro es un milagro. Cada libro representa un momento en el que alguien se sentó en silencio (y ese silencio forma parte del milagro, no te engañes) e intentó contarnos a los demás una historia”. “La cerveza es maravillosa. Nutritiva. Medicinal. Es una bebida, sí, pero también un alimento”. “En esta vida solo hay tres cosas seguras: la muerte, los impuestos y los camareros”. “Me iba al Dickens en bicicleta, sin dejar de observar a quién entraba y salía, sobre todo a los hombres. Ricos y pobres, arreglados y decrépitos, en el Dickens entraba toda clase de hombres, y todos entraban por la puerta con paso cansado, como si cargaran con un peso invisible. Caminaban como caminaba yo cuando llevaba la mochila llena de libros de texto. Pero cuando salían, lo hacían flotando”. Y la frase inaugural del libro, que sirve como cebo a potenciales lectores en el paratexto de la solapa: “Íbamos para todo lo que necesitábamos. Cuando teníamos sed, claro, y cuando teníamos hambre, y cuando estábamos muertos de cansancio. Íbamos cuando estábamos contentos, a celebrar, y cuando estábamos tristes, a quedarnos callados. Íbamos a buscar amor, o sexo, o líos, o a alguien que estuviera desaparecido, porque tarde o temprano todo el mundo pasaba por allí. Íbamos, sobre todo, cuando queríamos que nos encontraran”.

En fin. Que el bar se hizo carne, carne literaria. Me gustaría pensar que alguien leerá un día ‘El bar de las buenas esperanzas’ y que disfrutará tanto como lo hecho yo. Lo recomiendo a todo aquel que alguna vez haya sentido algo indescrifable cuando se dejaba llevar por la atmósfera tan particular de su garitos predilectos, sin saber muy bien la razón: aquí la encuentra. Y lo recomiendo a futuros periodistas, esos a quienes ahora amamantamos como si tuvieran doce años en lugar de 20 cuando aparecen por la redacción y los sobreprotegemos como es norma: el autor acabó trabajando de reportero en el New York Times y la descripción que hace de sus días de meritorio, un novato que sólo se encargaba de las fotocopias y de llevar el café a los veteranos, me parece la mejor escuela de periodismo de la que yo tenía noticia.

Y lo recomiendo sobre todo a los dueños de bares, a los que me tuvieron de antiguo como cliente y a los que espero seguir frecuentando. Les pido que hagan realidad la frase definitoria que hallarán en la página 372: “A veces el bar me parecía el mejor sitio del mundo, y otras creía que era el mundo entero”.

 

Interior del bar Dickens, luego llamado Publicans Imagen extraída de youtube

 

P.D. ‘El bar de las grandes esperanzas’ está editado por una pequeña editorial, Duomo Nefelibata, y vertida del inglés por Juanjo Estrella. Su lectura me ha recordado algunas noches pasadas en nuestro propio bar Dickens, un coqueto garito deudor de la estética del pub inglés, alojado hace un par de glaciaciones en la esquina de Juan XXIII con Jorge Vigón. Lo recuerdo más que pequeño, mínimo. Por lo tanto siempre lleno, con un sospechoso humillo flotando hacia el techo y colándose por la puerta al exterior, como si fuera un reclamo. Era un bar atractivo, al que sigo añorando. Aunque yo era más asiduo del vecino (y algo más amplio) Wellington, de parecida tipología, el Dickens fue un bar muy adictivo en el Logroño de los 80 para unas cuantas cuadrillas de mi generación. Tan adictivo, que si cierro los ojos creo ver todavía a unos cuantos de ellos sentados, unos encima de otros, en el minúsculo silloncete de la entrada. Era su propio Dickens: ignoraban que en este otro Dickens, al lado de Manhattan, sus sueños también se estaban haciendo realidad. Y que también se estaban estrellando contra la realidad.

Ver Post >
Qué fue del CCR
Jorge Alacid 18-12-2015 | 8:18 | 4

Entrada al CCR, en la calle Mercaderes de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

La primera vez resultó un desastre pero, como tal cosa me ha sucedido tantas veces en tantos órdenes de la vida, preferí no darle mayor importancia. Le concedí unas cuantas nuevas oportunidades pero aquello acabó derivando hacia el desastre, así que me decanté por hacer una de las pocas cosas para las que sirvo: escribir sobre ello. A ver si ayuda de algo. Me refiero, como es lógico, al CCR, siglas del edificio pomposamente llamado Centro de la Cultura del Rioja. Un estupendo proyecto que merecería mejor suerte.

El compañero Marcelino Izquierdo ha compartido en esta casa que con tanta paciencia nos acoge sus reflexiones en torno al CCR. Resumiendo: le apena el resultado de tantos desvelos. Un lamento que comparto, aunque añado una cavilación propia: el proyecto adolece de lo principal cuando se acomete una iniciativa de tal envergadura. Esto es, saber desde el primer minuto qué queremos hacer con el edificio luego de rehabilitarlo. Que nazca dotado previamente de un programa digno de tal nombre, no de esa etérea promesa tan española de ya veremos, ya veremos… De lo contrario, como ha ocurrido, se convierte en otro de tantos artefactos muy propios de la época en que fue concebido, los años en que enloquecimos: aeropuertos sin aviones, polideportivos como el de Sojuela varados en mitad de la nada, Centro de la Cultura del Vino casi sin cultura y casi sin vino…

De modo que entre cierta tirria detectada en el actual Gobierno logroñés hacia todo aquello que oliera a bipartito y que el tal bipartito lo puso muy fácil reconstruyendo un edificio tan chulo pero olvidando por el camino qué quería hacer con él, el CCR se convirtió en un buque fantasma hasta que, luego de múltiples contratiempos, el Ayuntamiento logró que su gestión quedara en manos privadas. Una parte del inmueble se destina a usos de promoción del vino de Rioja pero el corazón del CCR pertenece al objetivo central de este blog. Es un bar. Un bar extraño, pero un bar, como tantos otros que gestionan también manos privadas en propiedades municipales. No hay nada raro en eso, en consecuencia. Lo raro, lo auténticamente raro, es la experiencia de convertirse en cliente del bar durante un rato.

Pongo por caso mi última incursión, que anoto aquí por una razón central: que ese bar es un poco de todos los logroñeses, puesto que se construyó con fondos públicos. Si fuera un negocio privado en su totalidad, no me ocuparía de él: pero como se trata de una dotación nacida del bolsillo de los logroñeses, he ido tomando nota. Léase, por ejemplo, cómo en el hermoso patio central, merecedor de usos muy mejorables, las sillas y mesas se alineaban aquella noche en formación bodega. Se ve que un grupo iba a cenar allí esa noche y la dirección del CCR optó por el formato merendero, tan riojano. Primer escalofrío. Luego habrá más, que sintetizo para no hacer demasiada sangre. Del bar salen en ese momento los integrantes de una despedida de soltero, clientela que no parece el destino natural de un bar de este tipo, menos de una concesión pública. Han dejado un magnífico rosario de copas vacías en el mostrador… que ninguna de las seis camareras (seis) se molesta en despejar.   Bonita imagen. Cuando por fin reparan en que hay parroquianos esperando a ser despachados, tropezamos con lo siguiente: un par de vinos servidos en pequeñas dosis (la más mínima que uno recuerda en toda su vida, lo cual es mucho decir en mi caso), tarifados a 2,40 euros (lo repito: casi quinientas de las antiguas pesetas cada vino), un bocadillo espachurrado y curiosa ausencia de servilleteros. Para limpiarnos el morro, nos ofrecen una servilleta tipo restaurante que espera mejor suerte en una de las mesas vecinas donde nadie se sienta.

Miento. Finalmente aparece una pareja, de-Logroño-de-toda-la-vida, con quienes me tropiezo al día siguiente. Sin preámbulos, me asaltan a preguntas, alucinados aún por su particular peripecia vivida la noche anterior. Tampoco ellos salen de su asombro: habían ido a conocerlo porque querían organizar un encuentro profesional pero ahora prefieren cualquier otro sitio antes de llevar allí a las decenas de visitantes de fuera de La Rioja a quienes pretendían obsequiar. Su testimonio coincide con el mío: ah, qué fue del CCR. Un local con extraordinarias posibilidades, una potencial catedral del Rioja, una perfecta opción para tomarse un vino… tal vez en otra vida, supongo que pese a los desvelos del Ayuntamiento, gestores y plantilla. En el actual CCR prometo no entrar de nuevo. Aunque si empiezan por quitar esa triste pizarra que a la entrada anuncia su oferta culinaria como si fuera una cantina de la antigua Renfe, igual me lo pienso y le doy una nueva oportunidad.

P.D. El CCR ha sufrido entre sus avatares los derivados de la pugna entre partidos. Lo cual tiene su lógica, porque ese tipo de controversias contribuyen a animar la agenda política logroñesa y engordan el orden del día de los plenos. A ningún contendiente, ni al Gobierno ni a partido alguno de la oposición, se le ha escuchado decir qué hubiera hecho con el CCR. Cuál era su auténtico plan. El del Gobierno se ha limitado a quitárselo de encima en cuanto ha podido, incapaz de idear alternativa alguna. La oposición, luego de las críticas, tampoco sabe muy bien qué hacer con la vieja Casa de la Virgen. Algún edil se ha limitado a quejarse de que se hubiera acabado por convertir en un bar; cuando lo oí, pensé para mí: ojalá fuera al menos un bar. Pero uno de los buenos. 

 

Ver Post >
Nueva vida para el Ibiza
Jorge Alacid 11-12-2015 | 10:49 | 0

El Ibiza, en Muro de la Mata. Foto de Juan Marín

 

La vida, que va y viene, clausura unos comercios, reabre otros y concede una nueva oportunidad a los que la merecen, depara una alegría al castigado centro de Logroño: buenas noticias, reabre el Ibiza. El popular establecimiento, que contribuyó decisivamente a la forja de una identidad colectiva en su condición de faro de la ciudadanía logroñesa (“¿Dónde quedamos?” “En el Ibiza”), cerró sus puertas en verano luego de una azarosa última etapa, desbordante de contratiempos. Como ya informó Diario LA RIOJA, el Juzgado de Primera Instancia Número 6 de Logroño –y de lo Mercantil– declaró a finales de julio el concurso consecutivo voluntario abreviado de acreedores solicitado a instancias de parte de la propiedad, dando inicio a una fase de liquidación ante la situación de insolvencia del negocio.

Aquella medida judicial significó el último adiós del Ibiza… hasta ahora. En los últimos días, un joven empresario logroñés se ha hecho con el emblemático local, donde prevé desplegar un proyecto también hostelero, que preserve su espíritu pero lo adapte a las exigencias de los nuevos tiempos. Y entre sus propósitos, corroborados ayer a este periódico, figura devolver la perdida actividad de café cantante, fruto de la afición por la música que confiesa su promotor, David Houngbeme, quien se reconoce “muy ilusionado” con el desafío de devolver al Espolón logroñés uno de sus iconos.

Sus pretensiones pasan por reabrir el Ibiza en una fecha sin concretar, que podría fijarse hacia la próxima Semana Santa, plazos que no obstante pueden sufrir alguna variación en función de cómo avance la reforma del local. De momento, la nueva propiedad todavía está culminando la fase de tramitación burocrática, sin que hayan comenzado las obras de adaptación del establecimiento a sus nuevos usos. Entre ellos, figura también su intención de dotar al local de una identidad gastronómica propia a partir de una mejora en la oferta de pinchos y tapas. “No será un restaurante”, subraya. Lo que no tiene intención de cambiar es el nombre, avisa Houngbeme: “Se seguirá llamando Ibiza, por supuesto”. “Cambiarle el nombre sería un error”, añade. También pretende Houngbeme conservar la terraza bajo los soportales del Muro, dentro de un proyecto que confía en que devuelva al Ibiza “todo su esplendor”. Lo merece un bar con casi ochenta años de vida, sus clientes de siempre, los que se animen a serlo a partir de su reapertura. Y lo merece el corazón de Logroño, tan necesitado de alegrías. “¿Dónde quedamos?” “En el Ibiza”.

P. D. La noticia de que reabre el Ibiza, adelantada este viernes por Diario LA RIOJA mediante el artículo aquí reproducido, me llegó cuando indagaba sobre la historia del querido establecimiento para un encargo ajeno a la rutina periodística. Casualidades gozosas. Así me enteré de que había un proyecto fraguándose alrededor de su reapertura, que el propio David me confirmó gentilmente. Procuraremos ir ofreciendo más detalles a medida que el proyecto avance. De modo que como solían concluir sus artículos los gacetilleros antiguos, no me resisto a concluir esta entrada con la frase famosa: seguiremos informando.

Ver Post >
Nuestro hombre en la barra (III): Míchel, el del Calderas
Jorge Alacid 04-12-2015 | 10:43 | 0

Míchel, defendiendo de crío la barra de su popular bar Calderas

Míchel: uno de esos camareros de confianza, de los de toda la vida, a quienes se conoce por su nombre de pila. Y es suficiente. Tanto, que para preparar estas líneas le tuve que preguntar por su apellido, cuestión que yo ignoraba como supongo que desconocen muchos de cuantos una vez fueron sus clientes y le visitaban en el legendario Calderas. Ahora no es tan común verle al frente de la barra, pero hubo un tiempo en que ejercía de faro y brújula para quien esto escribe, integrante de una pequeña multitud que solía detenerse en su barra para asistir al asombroso fluir del agua en su mítica pila donde refresca las bebidas. Una pila patrimonio de la humanidad logroñesa. Míchel protagoniza la tercera entrada de la sección Nuestro hombre en la barra, dedicada a relatar la historia de nuestros camareros más conocidos. Y lo hace confesión mediante: “Realmente, yo no tenía ninguna gana y menos interés en trabajar de camarero”. “A mi padre”, recuerda, “le dio por comprar un bar en la calle Laurel, el Calderas, así que dejó la carretera y allí nos fuimos la familia”. Míchel era entonces un chavalín de apenas 10 años, que seguía estudiando como corresponde a esa edad aunque de vez en cuando echaba una mano a la familia, como se observa en esta imagen. No era una ocupación rara para él: su abuelo era propietario del Chiqui en Colón, de modo que no puede extrañar que con el paso de los años acabara por tomar las riendas del negocio familiar y dedicarse totalmente a la hostelería.

Fueron grandes tiempos, reconoce. Míchel añora aquel pasado, no tan lejano, en que los hábitos de consumo en materia de bares eran radicalmente distintos a los de ahora. La propia calle Laurel también era harto diferente, en efecto: qué se hizo, se pregunta, “de aquellas cuadrillas que se pasaban el día entero en la calle Laurel”. “Quedaban a primera hora de la mañana un domingo, tomaban unos ‘revueltos’ , vermús, vinos, banderillas, café torero, copa, puro, medios cubatas… Y vuelta al vino, banderillas, café… Era cuando los bares no cerraban a mediodía”, rememora. Cuando los horarios eran otros, desde luego: es que los bares casi no cerraban nunca, carecían sus dueños de vacaciones y entre semana, por supuesto, la calle Laurel ofrecía otro aspecto, menos sombrío que el actual, al menos en los días de labor.

Una impresión que corrobora el propio Míchel: “Creo que la mayor diferencia hoy en día es la distancia que se ha creado establecimiento y cliente”. Una impresión que desgrana con estas palabras: “Se ha perdido aquella relacción entre dueños y clientela, aquella complicidad, buen rollo, amistad incluso: había alguno que cuando venía al bar, en realidad venía a su casa, entraba a la cocina, estaba un rato hablando… Clientes que te contaban su vida, hasta el punto de que cuando se ponían enfermos o tenían un accidente, ibas a verlos al hospital”, relata. El paso del tiempo también deja alguna reflexión positiva, concede el dueño del Calderas: “Hombre, el gremio ha evolucionado, igual que todos hemos ido para adelante en este país, unos más y otros menos, cada uno en la medida que ha podido”. Y añade: “Sí que hemos empeorado, creo yo, en el exceso de oferta: es difícil ahora tener esa misma relación con los clientes con tantos y tantos bares”.

Así que Míchel concluye sus palabras regresando al territorio de la nostalgia, propio de quien prácticamente se ha criado en la calle Laurel. “Mis libros del ‘insti’ olían a cocina”, advierte. “Quedamos sólo unos pocos que hayamos visto repartir las bebidas en carros tirados por caballos o que hayamos probado la zarzaparilla”, confiesa. Resumen final: “Podría estar tres días seguidos recordando aquellos años y aquellas cosas con mucho cariño. Creo que daría para un libro”.

 

Mïchel, con Miguel Herreros en el Calderas

 

P.D. Cuando a Míchel (que por cierto se apellida Perella Ambrosi, “presunto italiano”, aclara) se le pide que mencione sus tres bares favoritos de Logroño, contesta así: “Resaltar tres bares son muy pocos para mí, porque tengo bastante recorrido. Y si doy nombres seguro que me dejaría alguno y me dolería, porque en muchos tengo muy buena relación. Prefiero decir que en la calle hay tres, que no me gustan nada, no por los establecimientos en sí, sino por quienes los dirigen”.

 

Ver Post >