La Rioja
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Fecha: enero, 2016
Nuestro hombre en la barra: Colo Cortés, centinela de la calle Bretón
Jorge Alacid 30-01-2016 | 10:52 | 2

Colo Cortés, en una imagen antigua, en el Bretón

 

Centinela de la calle Bretón de Logroño, Colo Cortés y su café ejercen de faro de esa arteria principal de Logroño, cuya barra célebre pilota, así en su anterior ubicación como en su actual sede. A su condición de tabernero a la antigua (es decir, ese tipo de camarero que conoce por su nombre al parroquiano conspicuo y goza de visión periférica para atender con un ojo la terraza exterior, con el otro la barra indoor y con el sexto sentido, los veladores del piso superior), el profesional apodado Colo agrega su faceta como mecenas de la cultura local.

Así que larga vida al Bretón y larga vida por lo tanto a Colo, quien confiesa que ingresó en la cofradía de los bares hace 29 años. «Fue algo fortuito», admite. «En realidad, el Bretón lo montó el exmarido de mi mujer cuando ya llevaban dos años separados», prosigue. Y añade: «Le ayudamos en muchas cosas y le presentamos a su socio, pero luego tuvieron algunos problemillas entre ellos y nosotros lo solucionamos entrando de socios» del negocio. Era el 1 de enero de 1987. «Sin ninguna experiencia, Isabel y yo», rememora Cortés, «cogimos los mandos de la cafetera y la bandeja de servir mesas. Y hasta ahora».

Pasa el tiempo. El Bretón ve consolidarse su fama como referencia local, galvaniza a su alrededor a una pléyade de incondicionales que le reservan su más cálida lealtad y va navegando hasta hoy. «Siempre he sido propietario del negocio», recuerda Colo. «Primero, del propio Bretón, y luego, ya en 1998, del Tortilla Flat, actual Maltés, y dos años después, del Odeón». Desde hace dos años, a esa breve cartera de bares incorpora el Maravillas, también en la misma calle Bretón.

¿El secreto de tan feliz y ya longeva trayectoria? Colo lo tiene claro. El Bretón, alega, ha sido leal al ideal que pretendía implantar cuando tomó sus riendas. «Mantener en lo posible esa forma de trabajar de la hostelería de servicio rápido y agradable, un tipo de bar donde el cliente se sienta como en casa». Con los inconvenientes sobrevenidos, por supuesto, consustanciales al sector y propios de quien se toma el oficio con sentido de la profesionalidad. «La burbuja inmobiliaria», subraya, «afectó a la hostelería como a otros sectores». Con una particularidad: que los jóvenes ya no querían ser camareros, sino que preferían trabajar en la construcción «porque se ganaba más dinero». En conclusión, malas noticias para visitar los bares de confianza. «Sí, fueron años en que la profesión se resintió, tanto en la formación de los camareros como en los intereses de los empresarios». Años de plomo para la hostelería, cuando se convirtió en perversa tendencia la idea de «montar bares para luego traspasarlos». Una moda que repercutió de mala manera, en forma de alquileres cada vez más caros, traspasos a precios astronómicos y, en definitiva, con la entronización de un modelo de gestión que primaba «explotar la novedad al máximo en contraposición al empresario convencional, para quien su negocio debía tener largo recorrido», bares «con ambición de durar muchos años», como advierte Colo. Bares que se arriesgan a ser pulverizados por los que optan por durar poco y ganar dinero en escaso tiempo.

¿Aquellos años se fueron? Tal vez. El improbable lector no debe albergar grandes esperanzas de que mute el signo de los tiempos y en consecuencia los bares vuelvan a ser lo que fueron. Le quedará no obstante al cliente leal a su bar favorito alguna certeza, como la que dispara el ideólogo del Bretón: que en todos sitios de España, avisa, «hay buena hostelería y hostelería de batalla». La admisión de que, en efecto, «Logroño tiene sus calles de pinchos, pero otros lugares de España también». La certeza, en definitiva, de que «las grandes ciudades han perdido más» en materia de bares.
Concluye Colo sus cavilaciones aceptando una propuesta: que se imagine fuera del bar. Que piense en su propia experiencia como cliente. ¿Qué bar logroñés elegiría? Respuesta: «Solía ir al Junco de mi amigo Jesús hasta que falleció». Así que ahora barre para casa: cuando no acude al Tastavin de la calle San Juan, se inclina por el Dover. ¿Razón? «Es de mis hijos».

P.D. Con este artículo inauguro una sección en papel que se podrá leer cada último sábado de mes en las páginas del suplemento Degusta que publica Diario LA RIOJA. Ahí nos veremos. Ahí, y donde siempre: en los bares.

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Mi amigo el pub
Jorge Alacid 22-01-2016 | 8:29 | 0

Rótulo del Robinson Pub

 

Debemos al extinto establecimiento bautizado como Robinson el descubrimiento entre los logroñeses de una voz por entonces (años 70) extraña para nuestra mentalidad celtibérica: la palabra pub. Hubo quien la pronunciaba tal cual, pero pronto llegaron gentes mejor informadas, adiestradas en el idioma de la familia Windsor, para avisarnos de que debíamos ajustar nuestros labios y pronunciarla como si fuera una bofetada: paf. Así que el Robinson Pub, el desaparecido local que tiene entre sus méritos haber dado nombre a una manzana entera de Logroño, inauguró una tipología de bares que ya dejaron de ser bares: eran pubes. O pubs. Eran pafs.

De repente, alrededor del mentado Robinson brotaron como champiñones bares que, en efecto, habían perdido tal condición. A menudo sólo abrían de noche, concentraban su clientela durante el fin de semana y hacían de la oferta musical una bandera, emblema de sus negocios, junto con un servicio que en origen aspiraba a cierta cuidada elegancia: servían incluso combinados. Aquellos bares eran pubs. ¿En qué se distinguían de la norma? Difícil precisarlo. Yo creo que se diferenciaban del bar de toda la vida en cierta vocación de estilo. Decorados casi todos a su bola, pero con mayor inteligencia y recursos económicos: como si fueran de Oxford Street. En realidad, se llamaban pubs porque carecíamos de una palabra que nos ayudara en el idioma nacido en San Millán para definirlos cabalmente. Porque desde luego no eran pubs al estilo inglés: es decir, ese garito tan propio para la monoingesta de cerveza, muy rico en maderamen, decorado en estilo british.

Desde luego el Robinson se ajustaba a esa imagen, pero el resto que fueron surgiendo formaban un cajón de sastre donde cabía todo: cabía por supuesto Mi Amigo, emplazado a espaldas del propio Robinson, deudor de la misma estética. Pero los locales que luego fueron surgiendo por ese dédalo de calles casi nuevas para un logroñés de toda la vida (Chile, Vitoria, Fundición) tenían su propia identidad.  El Rocky, por ejemplo, nada tenía que ver con el Celta, ni éste se parecía demasiado al Saxo. Sólo estaban emparentados en su condición de faros nocturnos: de haber nacido hoy les hubiéramos denominado como solemos, como bares de copas. Que es lo que eran.   Más o menos.

El pub reapareció en nuestras vidas mediados los años 90, ya con la personalidad más sólidamente construida: toda esa moda de bares temáticos, consagrados al golf, al viejo mundo ferroviario o al rugby, se sostenía sobre la parafernalia típica de los auténticos pubs ingleses, aunque los nuestros fueran de imitación. Brotaron también como setas: veinte años después, sólo unos cuantos han sobrevivido, como humildes embajadas británicas en suelo logroñés. Los originales también viven su propia decadencia: esta entrada nace precisamente alumbrada por la noticia de que el pub de siempre, el pub que nos apresuramos a conquistar en cada escapada a las islas, ha vivido días mejores. Así lo proclama este artículo publicado en The Guardian, que me invitó a poner en marcha la moviola y recordar la poderosa influencia que el pub ha tenido sobre nuestra vida como parroquianos de nuestros bares favoritos.

Así que yo confieso: del mismo modo en que la nueva hornada de pubs me dejan más bien frío porque no dejo de pensar en ellos como copias de los pubs conspicuos de Londres y alrededores, aquellos primeros pubs que en realidad no lo eran me tuvieron como leal cliente durante unas cuantas noches de sábado. Resultaba imposible entonces irse a dormir sin darse una vuelta por la Zona y apoltronarse en los garitos de guardia, donde uno alcanzaba esa aspiración tantas veces citada: que se estuviera mejor que en casa. Sonaba la música que queríamos, nos acompañaban las gentes más amigas y, sobre todo, metabolizábamos mejor la ingesta de distintos alcoholes, con un sentido de la deportividad que nos ha ido abandonando. El pub nos arrulló en los días de farra, nos inició precariamente en el idioma inglés y nos permitió descubrir que no todos los bares son iguales: que había bares más allá del Turismo, el Tívoli y el Moderno.

De modo que me permito discrepar de la prensa inglesa y desmentir sus profecías: el pub habrá vivido días mejores, pero su defunción me parece lejana mientras perviva en nuestra memoria tan logroñesa y en los hábitos tan británicos, donde es usual que sirva como el bar de la esquina, institución española que por el contrario sí parece en trance de periclitar. Porque aunque algún día desaparezca, siempre nos quedará su recuerdo. Conclusión muy a la inglesa: el pub ha muerto, viva el pub. Larga vida al pub.

P.D. El pub no sería lo mismo sin su contribución a un apartado clave en nuestra experiencia como clientes: la música. De la fusión de ambos elementos nació aquella aberración ochentera conocida como disco-pub. Una desafortunada mezcla que no empaña sin embargo la entronización del pub como refugio para cantantes y grupos en busca de una oportunidad: así nació el pub-rock, institución inglesa donde algunos teóricos detectan el alumbramiento del punk. Puesto que los dueños de los locales descubrieron que crecía la ingesta de cerveza si se acompañaba de aquellos añorados alaridos, en el entorno del londinense Regent Park surgió a mediados de los años 70 un circuito de pubs donde los músicos tocaban a cambio de pintas. Un movimiento alternativo y contracultural que sirvió para que se foguearan eminencias como Elvis Costello o Joe Strummer. Otra razón estupenda para proclamar la vigencia de los garitos donde un día se mezclaron con inteligencia y pasión la espuma de la Guiness y los himnos de los Clash.

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Bares del fin del mundo
Jorge Alacid 16-01-2016 | 11:35 | 2

Barra del bar de Caracena

 

La carretera lleva hacia ningún lugar. En medio de la nada, rodeados por un paisaje inhóspito de profunda y rara belleza, los amenazantes cortados desplegados alrededor como una promesa intimidante, dejamos el coche al pie de la hermosa ermita de San Pedro y pedimos la llave en el bar vecino. Atiende Antonio, el pequeño de los hijos de Santiago y María de los Ángeles, quien avisa a su hermano mayor, licenciado en Historia que prepara su doctorado en la casa familiar. Logroño en sus bares se ha ido de excursión: apenas dos horas de viaje le han llevado lejos. Muy lejos. Un fin del mundo cercano.

El pueblo de Caracena forma parte del rosario de poblaciones diseminadas por Soria, un magno territorio cuyo interior posee ese atractivo hipnótico que caracteriza a las grandes regiones desérticas. Es un paisaje adictivo si te gustan los paisajes extremos: el frío y el viento baten la vega del río, bautizado con el mismo nombre del pueblito, habitado por apenas una decena de almas según informa el propio Sergio mientras los visitantes recorren el breve y bello templo, admirados ante su pórtico, tan parecido al de la ermita de Canales de la Sierra. Luego, Sergio conduce al grupo hasta la otra iglesia de Caracena, a través de una calle por donde hace siglos que se detuvo el tiempo. El viajero que llegara aquí hace doscientos años tropezaría más o menos con la misma imagen. Pulcras viviendas, hermosos edificios (incluida la vieja cárcel, de misterioso encanto) y un silencio infinito. Al final de la calle principal, la cuesta leve nos devuelve al calor del bar familiar, donde sigue aguardando el pequeño Antonio, quien nos informa de que acude al colegio próximo de San Esteban de Gormaz mientras sirve el suculento refrigerio. Tenemos de aperitivo salmuera: palabras mayores.

A quien escribe le emociona la capacidad del ser humano para desafiar los elementos y ponerse en pie cada mañana. El bar de Caracena admite muchos adjetivos (digno es el primero que se me ocurren) pero el que mejor le encaja es el de homérico: hay hazañas prodigiosas que me parecen menos asombrosas que el coraje que debe reunir día tras día una familia entera para abrir la puerta, tener la barra en perfecto estado de revista, poner en marcha los fogones (de donde se anuncian otras glorias benditas: carrilleras escabechadas, orejas en salsa, anchoas con tomate) y esperar.

Porque la vida en Soria y en otros tantos parajes de la España rural creo que consiste en eso: en esperar. En saber esperar. Nuestra visita, un frío sábado otoñal, les parecerá a los habitantes de Caracena casi el mismo milagro que para nosotros encierra tropezar con un bar con tanta clase en nuestro itinerario. Un único cliente despacha un plato de cordero guisado; entre bocado y bocado, nos regala un castellano transparente como el cielo de Caracena, un español de otro tiempo, lleno de elegancia, un punto mordaz. La dueña del bar acaba de aparecer desde la cocina con la ración prometida y recibe los parabienes con una humildad nada fingida, mientras se disculpa porque tiene que atender al panadero que aguarda afuera con su furgoneta. Es un día de trajín en el pueblo: dos coches en apenas una hora. La charla se hace sólida, va madurando. Fruto de la lentitud con que pasan aquí las horas, el tiempo parsimonioso: la sabiduría de quien está habituado a esperar.

Hubo un tiempo en que el concepto de humildad explicaba al conjunto de España. No había nada malo en ello. Se estiraba lo poco que había con sentido del decoro. No se transformaba ni enmascaraba la realidad para hacerla más digerible. Por entonces, la humildad venía acompañada por otro elemento que se ha evaporado: la idea de conformarse. Conformarse con lo que había, con lo que hay. Manteles de hule, una pizarra donde la oferta del bar se pintaba a tiza y las viandas sabían a lo que se prometía. La tertulia con el camarero mantenía un cierto nivel de distancia  y las horas, en efecto, transcurrían despacio. Cuando todos esos ingredientes se reunían; cuando tras la ventana amenazaba el frío, crepitaba la hoguera y el calor de las brasas animaba la conversación, reinaba la magia de las pequeñas cosas.

Hoy, para encontrarse con esos y otros placeres, debemos peregrinar al fin del mundo. Dejar atrás la Siberia soriana, apreciar el encanto sigiloso de pueblos como La Rasa, Fresno de Caracena o Carrascosa de Abajo, donde el tiempo viaja desde luego muy lento. Encontrar como en un cuento infantil una luz encendida, una puerta abierta al final de la calle y tropezar con un heroico bar que dignifica el trabajo del resto de sus hermanos en esa meritoria cofradía de sacar adelante un negocio que vive de los cuatro vecinos que le visitan con frecuencia, las cuadrillas de cazadores, los grupos de domingueros más o menos despistados que nos despedimos con la promesa de volver. La promesa que nos gustaría materializar antes de que todo este mundo que también fue el nuestro desaparezca.

 

Comedor del bar de Caracena

 

P.D. La excursión desde La Rioja hasta Caracena es harto recomendable. El paisaje asombroso, el pueblo alucinante, con sus dos iglesias a cual más coqueta, el bar recoleto… presidido por un póster de Titín. Como si estuviéramos en casa. Sí, el viaje merece la pena. Su castillo, el cercano Burgo de Osma, las otras localidades vecinas depositarias de su propio legado histórico y artístico. Y, sobre todo, la sensación de regreso a una especie de Arcadia donde las cosas saben a lo que sabían antaño. Incluida la deliciosa salmuera.

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El bar en casa
Jorge Alacid 09-01-2016 | 12:36 | 0

 

Llega la cuesta de enero (que ahora dura todo el año), el bolsillo flaquea y en consecuencia nuestras tropas deben permanecer en retaguardia durante unos días sin asaltar sus barras predilectas, contritas porque les domina cierto sentimiento de culpa respecto a los dueños de los bares de confianza, quienes por su parte ven estos días cubrirse de telarañas la máquina registradora. Procede por lo tanto refugiarse en el confort hogareño, si tal prodigio es posible, y encontrar reparación a nuestras incursiones fuera de casa en cuanto ofrece nuestro propio bar: bienvenidos al mueble bar.

Dícese del mobiliario viejuno que en una anterior glaciación estaba dotado de los siguientes elementos: botella de ginebra Fockink, útil como remedio casero para el dolor de muelas y otras calamidades; botella de Licor Valvanera; botella por supuesto de Licor 43; botellita de anís Marie Brizard, que en domicilios más castizos se sustituía por la de Anís Castellana (“Su presencia siempre agrada”: maravilloso eslogan), la cual disponía entre otros usos de la capacidad para transformarse en instrumento musical, especializada en folclore castellano; botella de coñá, pero coñá del de antes (Soberano o Fundador), bebedizo propio de estómagos recios; botella de Calisay, potinge que desapareció de nuestras vidas en la misma época en que también dijimos adiós al querido Cointreau, licor que tanto hizo por dotar de sabor la macedonia materna; botella de Martini, lujo casi asiático que se bebía casi con dosificador para que no pusiera en peligro la economía doméstica…

No sigo. Añada el improbable lector cuantas otras marcas de añejos destilados se le ocurran y completará un acabado mapa de nuestra infancia y adolescencia, una fotografía del mueble bar familiar que guió nuestros primeros tragos, muy distinta por cierto a la imagen que hoy depara el mismo aparato. Yo repaso los líquidos que contiene el mío y reconozco que soy hijo de mi tiempo. Ginebra (desde luego, no Fockink), malta, vermú (riojano, por supuesto… con alguna aportación italiana), pisco chileno y otros bebedizos cuya relación exhaustiva podría aburrirme incluso a mí mismo. Así que resumo: antaño gozábamos de mayor imaginación. Más variedad.

Lo cual casa muy bien con los hábitos consagrados de un tiempo a esta parte. Así como hace años era habitual esa cosa tan curiosa de visitar a la gente en su casa, ahora me parece que prevalece la ingesta en dominios extraños: antes se entraba, hogaño se sale. De modo que los tragos caseros lo suelen ser casi en solitario o, como mucho, en compañía de los integrantes del entorno más inmediato salvo con ocasión de alguna celebración. Resulta por lo tanto inevitable sentir el escozor de la nostalgia cuando reparamos en aquellos lejanos momentos en que el mueble bar casero se abría para obsequiar a las visitas y a los más pequeños de la casa se nos servía un dedal de anís o pócimas semejantes (todavía no se había inventado el pacharán). Ah… Melancólico se pone uno cuando se recuerda viendo por la tele de crío a los protagonistas de cualquier película de los 60 (sobre todo, yanqui) o seriales televisivos manejando con destreza la coctelera para agasajar a sus invitados, sobre todo, si eran féminas: allí Dean Martin era un maestro, precedente gamberro de Don Draper… Segundo ah… La envidia que nos daban aquellos combinados de nombres impronunciables puesto que encerraban una suave cuesta abajo por donde el galán conseguiría deslizar a la chica, luego obsequiada con el final conocido.

El mueble bar como tal acabó desapareciendo. Fue relevado por otro curioso admíniculo hoy también en retirada, el carrito de las bebidas. Ahora me entero por casualidad de que podemos estar asistiendo a su discreta resurrección. Marcas tan cañís como el mentado Licor 43, la ginebra Larios o el icónico Tío Pepe preparan una renovación de su imagen que los dispone adecuadamente para brillar en el mueble bar casero como ocurrió allá en el Pleistoceno. Así que habrá que apoltronarse de nuevo en el sofá, acercarse a los labios una copa de Ponche Caballero e imaginarse que vuelven los años 60: cuando se inventó la temible cuesta de enero que ahora regresa como siempre, llenándonos de frío, aligerando la billetera y condenándonos al dulce placer de beber en casa. Porque cuando despertamos de la siesta, el mueble bar estará ahí.

P.D. La elegante imagen que ilustra estas líneas es una pieza incluida en una exposición sobre art déco que ocupó las madrileñas salas de la Fundación March el año pasado. Obra de Jean-Maurice Rothschild, retrata en un carboncillo datado en 1930 la estupenda pinta que tiene el bar de Monsieur Coste, a quien no tengo el gusto: el estilizado bar que yo metería en mi casa si pudiera. Una preciosidad. Hasta que llegue el día de dotarme de semejante barra, habrá que conformarse con el mueble bar al que ahora mismo acudo a regalarme un trago y desear al improbable lector un feliz 2016.

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El mejor bar del mundo
Jorge Alacid 02-01-2016 | 11:09 | 0

Bar Savoia, en la localidad italiana de Amalfi

 

Muere el año, llegan las listas: tradición navideña que este blog no puede ignorar. Aunque será una lista heteredoxa: en la búsqueda del mejor bar del mundo, procuraremos no salir de Logroño. Porque esa clasificación que cada año elabora no sé quién (y elige en el primer puesto al bar Artesian, de Londres: no tengo el gusto) suele tener en cuenta aspectos que (me parece) nada tienen que ver en que este bar y no otro nos lleguen al corazón o nos dejen indiferentes. Se suele valorar dos aspectos que a mí me dejan frío: las elevadas tarifas concentradas en su lista de precios y ese tipo de lujos contemporáneos que quienes hemos sido educados en el añorado y confortable universo de cabezas de gamba y serrín en el suelo ignoramos con educada gentileza.

Así que olvidando lo que cuenten los gurús de este negocio, aporto mi propia lista. La suma de todas entradas debería formar el mejor bar del mundo, pero tampoco de eso estoy muy seguro: a veces el orden de los factores altera el producto final. Porque falta lo esencial: falta la magia. Y ese es un componente intangible que suele aparecer cuando no se le convoca… aunque yo no dejo de llamar a su puerta. Porque pienso de verdad que el mejor bar del mundo debería tener:

La barra de La Granja. Hermosa curva que dispara nuestros recuerdos al territorio de la nostalgia. Yo era un crío que se pedía una tostada con mantequilla, manjar consumido en el silloncito situado a la entrada, bajo la imperial escalera. Vale también la barra del Ibiza. Abstenerse los amantes del bar low cost.

La terraza del Tívoli. Veríamos aparecer a Maisi bandeja en ristre, lentísimo: procurando que la cerveza llegara siempre caliente. Y resucitaría Anita con sus pipas horneadas en la locomotora de juguete. Tratantes de ganado, abstenerse.

El camarero Santos. Regresamos a La Granja para homenajear a los camareros de antigua estirpe, profundos conocedores del oficio. Serviciales pero no serviles, discretos pero no olvidadizos: ese tipo de camarero que te despacha lo que tú quieres sin necesidad de pedirlo. Abstenerse tiquismiquis.

La gramola del Tigre. En el mejor bar del mundo sólo suena la música que tú quieres: algo demasiado importante para dejarlo en manos de los dueños. Sonarían los Rolling y Adriano Celentano, Paolo Conte y Las Grecas, Antonio Machín y Marvin Gaye, Los Amaya y Los Ángeles, Tom Jones y Suzy Quatro. Horteras, abstenerse.

Los pinchos del Pachuca. Honor a quien creó el universo de la tapa antes de que el concepto tapa existiera. Gloria por lo tanto al inventor del tentempié, concepto fetén y cañí al que tanto debe nuestro corazón tan logroñés: los calamares del Moderno, los ajos del Florida, las ensaladas del Soldado, los champis del Soriano y la tortilla del Sebas. Abstenerse finolis.

Los vinos del Turismo. Tinto con paracaidas, por favor. Y salvar el lumpen de la entrada, ignorar a la clientela bizarra apoltronada en las mesas de formica, la condescendencia del camarero de guardia, alguna lumi abandonada en una esquina de la barra. El mejor vino del mundo te tiene que dejar los labios desbordando melancolía. Brigadistas del ejército de salvación, abstenerse

Las copas del Saxo. Suenan los Smith por la megafonía y todo es perfecto: la compañía, sobre todo. Abstenerse fans de Pink Floyd. Y de ahí al Abraxas.

El espíritu de Cantabria. Y su bar, y el bar de la Hípica, las excursiones a La Pepa, el Joto y Los tres marqueses (ojo: en su anterior encarnación), y Las Losas de Oyón, y los huevos duros del Iturza, las cazuelitas del Cuatro Calles y la bodeguita Montiel, la infinita barra del Continental, la clase de Las Cañas, todas las declinaciones del Bretón, el alma resurrecta del Ibiza y la interminable cristalera del fenecido Capri por donde veíamos anochecer, en todos los sentidos. Forasteros, abstenerse.

P.D. La imagen que ilustra estas líneas pertenece al bar Savoia de Amalfi, donde recalé este verano. Me pareció que condensaba el encanto que uno busca en sus bares predilectos. Humildad pero grandeza, sabiduría y contención. Mucho estilo, incluyendo camareros insomnes apalancados en la puerta rascándose la cabeza, reluciente el mandil. De modo que me desmiento a mí mismo y decido viajar fuera de Logroño: el mejor bar del mundo debería incluir toda esa mentada lista de elementos logroñeses, depositarlos luego en el Savoia amalfitano y lanzar los dados para ver si surge la magia reclamada, con el Mediterráneo al fondo. Ese bar sí que sería perfecto.

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