La Rioja

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Fecha: febrero, 2016
Nuestro hombre en la barra: Manolo, el del Soldado
Jorge Alacid 27-02-2016 | 6:37 | 4

Manolo y Jacinta, en sus primeros años en El Soldado de Tudelilla

 

Érase una vez un hombre a una barra pegado. Érase una bodeguilla superlativa. Érase que se era El Soldado de Tudelilla, palabras mayores. Érase un bar castizo como pocos, miembro de la ilustre cofradía de locales logroñeses que honran al dios de los bares desde el ejercicio cabal de un oficio milenario. En el caso que nos ocupa, casi centenario: porque El Soldado de Tudelilla nació en su sede original en 1947, así que ya ronda el siglo. Algunos logroñeses aún recordarán aquel primitivo bar, ubicado como ahora en la calle San Agustín aunque en su tramo inicial: más o menos, donde luego se ubicaría el restaurante La Unión, junto a la desaparecida licorería de Ursicino Espinosa.

Aquella sede fundacional duró poco. Tres o cuatro años después, El Soldado emigró a la calle Laurel, donde alcanzó justa fama: era una bodeguilla como las de antes, como tantas repartidas por Logroño. Bancos corridos, mesas de mármol: allí se acodaba la parroquia, formada por un tipo de cliente ya en trance de desaparición, que se traía la fiambrera de casa y sólo requería que le despacharan vino.

Todo esto lo cuenta Manolo García Nájera, penúltimo eslabón de la cadena de El Soldado, mientras sirve unos cosecheros, despacha unas raciones de chicharrillos y prepara unos bocadillos de sardina con guindillas, especialidad de la casa entre tantas otras. «Es lo que más nos piden», confirma. No falta tampoco en su oferta los célebres tomates, esa ensalada cuyo secreto es… que no hay secretos. Aunque el periodista se malicia que Manolo se guarda alguno, el toque maestro. «No, qué va. Nada más que calidad: buenos tomates y buen aceite», garantiza. «Y mucho amor».

De amor anda bien nutrida la historia de este mítico camarero del Logroño de toda la vida. Amor desde luego a su ciudad, que conoce con la pasión del historiador; y amor al oficio, que aprendió muy pronto: con catorce añitos ya ejercía de recadero en el negocio familiar, el añorado Mere de la travesía de San Juan, que defendían sus padres, Manolo y Consuelo. Militaba la pareja en una conocida saga de hosteleros logroñeses, puesto que el abuelo Moisés había alcanzado celebridad al frente de La Chatilla de la calle El Peso, aunque cuando Manolo entra realmente en acción en el mundo de los bares es por la vertiente conyugal: sus suegros, Jacinta y Tomás, habían fundado en 1947 recién llegados de Tudelilla (donde a Tomás apodaban soldado: héte aquí dónde nace el nombre del bar) un almacén de vino en Murrieta y allí conoció nuestro hombre los pormenores de esta profesión que promete desempeñar durante largo tiempo: «Hasta que me corte la coleta».

 

Jacinta y Tomás, fundadores de El Soldado, en la sede inicial de San Agustín

 

Del almacén de vinos, su familia política pasó a defender la bodeguilla mentada en sus dos sedes y luego cedió el testigo a otros familiares, Julia y Andrés, a quienes los logroñeses que alguna cana peinen sin duda no olvidan. Ellos hicieron el tránsito desde Laurel a San Agustín hace 30 años y a ellos les relevó Manolo y resto de la prole. Era por supuesto otro bar, porque aquel era otro Logroño y otras las costumbres. La zona fetén de chiquiteo se beneficiaba de las cuadrillas formadas por operarios de los vecinos centros de trabajo (del cuartel a Tabacalera, pasando por Telefónica y Correos), de modo que eran habituales tanto la ronda matinal como la vespertina. Igual que era usual aquellas cuadrillas formadas por docenas de miembros, cuando los bares no cerraban al mediodía, tampoco había fiesta los domingos y el oficio de camarero algo tenía que ver con la condición de esclavo.

Manolo no añora esos años. Asegura que las cuadrillas actuales, más jóvenes, «son también muy educadas», aunque su rito chiquitero se limita al fin de semana. Con una peculiaridad:al cliente actual hay que preguntarle qué vino quiere «mientras que al de antes no había ni que decirle nada». Un tipo de parroquiano tan adicto al vino del año («El mejor para chiquitear», proclama Manolo) como al lema que firma el jefe de ElSoldado:«Que nos dejen como estamos».

 

Manolo, en una imagen más reciente

 

P.D. Cuando al amigo Manolo se le pregunta qué otros bares de Logroño frecuenta con más gusto, confiesa que se decanta por lo clásico. Ahí va su lista de los tres locales predilectos par demostrarlo: “El García de la calle San Juan, el Charro del Pibe de San Agustín y La Guarida, el antiguo Alejandro de la calle del Carmen”. Casticismo en estado puro. “Yo soy así, qué quieres: a mí déjame de reconstrucciones y deconstrucciones”.

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Tragos y trinos
Jorge Alacid 19-02-2016 | 11:35 | 0

Música en vivo en el Biribay. Imagen publicada en su web

Una reciente entrada a propósito de los pubs logroñeses y la conexión de ese universo con la música en vivo me condujo a recordar los tiempos en que uno, además de formar parte de la clientela de tales locales, se movía también en función de un elemento que aparece y desaparece en nuestra vida como parroquianos: la música. Versión en vivo. La música en directo guió allá en la prehistoria algunos de nuestros pasos por los garitos de confianza… que la verdad no eran tantos. La ordenanza municipal veta desde antiguo con tanto celo la posibilidad de acompañar cada trago con nuestros gorgoritos predilectos que son escasos (y heroicos) los bares que se deciden por acompañar su oferta estrictamente hostelera con una banda sonora propia.

De entre todos los bares que en Logroño han sido con más acendrada vocación musiquera, debe reconocerse que el llamado Biribay, de cuya actual encarnación no tengo el gusto, se aúpa al primer puesto. No olvido sus anteriores declinaciones: cuando se llamó La Enagua, por ejemplo, resultaba habitual la programación de los combos locales para amenizar la ingesta y el desparrame subsiguiente, lo cual era también una estupenda manera de galvanizar la máquina registradora gracias a esa misteriosa conexión emocional existente entre escuchar alguna tonada y póngame usted otra copa. Y un modo también fetén de demostrar que el empresario que regenta esa casa tiene su corazoncito: arriesga su pasta para sacar de su letargo a la escena musical logroñesa y aporta su cuota alícuota para que de paso mejore la oferta cultural. Enhorabuena.

Como decía en el párrafo anterior, el Biribay acredita una fama tan consolidada como local de conciertos que se prolonga en el tiempo hasta llegar a la fecha de su fundación, en los lejanos años 70, cuando era incluso complicado llegar hasta esa calle de Logroño cuyo nombre nada nos decía: Fundición. Con el nombre de Pat Garret empezó a funcionar no sólo como bar de copas cuando esta denominación ni siquiera existía, sino como insólito espacio para la música en directo: a sus gestores originales se debe por lo tanto el mérito de dotar al local de un breve escenario, suficiente sin embargo para que el músico de guardia se sitúe encima y amenice la velada.

Un modelo que pocos, muy pocos bares imitaron entonces. Un modelo que siguen hoy muy pocos bares logroñeses. Añada el improbable lector a las dificultades que impone la estricta normativa en materia de espectáculos las dudas propias que plantea a cualquiera empresario ceder su local para los trinos del grupo de moda o el cantautor que viene y agregue de paso la incapacidad material de algunos garitos para encontrar en sus escasos metros cuadrados algún hueco para micros, bafles y demás parafernalia y tendrá en consecuencia completada la fotografía que explica esa ausencia de banda sonora en nuestras vidas como clientes.

Lo cual es una pena. Más allá de que la historiografía del rock reserve ancho espacio para relatar cómo se convirtieron en leyendas aquellos mocosos que se destetaron como músicos en el bar de la esquina, no está nada mal disponer de una jugosa panoplia de garitos donde acodarte mientras ataca el micro el grupo que toque esta semana, aunque luego no llegue a la altura de los Rolling Stones ni de Los del Río. No son tantos en Logroño: la amiga Noemí Iruzubieta, que algo sabe de tragos y de trinos como corrobora su recomendable blog, me dice que según sus cálculos la oferta global resulta más bien escasa: “Hay conciertos cada fin de semana en el Biribay y Single Rock y, de vez en cuando, en el Stereo, MaldeamoresRoom de Luxe y en el Menhir” Y más allá de los bares, añade dos salas, la Sum y el Concept.

Eso es (casi) todo, amigos. Salvo que alguien considere que su afición al karaoke merecería integrar esta lista mientras ataca para nuestra desgracia el último hit de Perales.

Pero esa es otra historia.

P.D. Entre los garitos ya periclitados que en Logroño dedicados en algún momento de su trayectoria al nobel arte de la música y sucedáneos, debe anotarse el glorioso local llamado Teorema. Alojado en Calvo Sotelo, donde hoy tiene su sede el bar Magyk, su estética ibicenca imantó a su barra a unos cuantos devotos. Fueron también legión los clientes aficionados a las butacas del fondo, una zona de semipenumbra muy propicia para ciertos menesteres. Entre ellos, no seamos malpensados, la música: alguna vez compareció por allí el cantante de turno, apenas una esporádica presencia. Tan esporádica que tal vez sólo yo y alguna otra calamidad logroñesa lo recuerde.

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A la rica patata frita
Jorge Alacid 12-02-2016 | 8:57 | 7

Ración de patatas fritas gratis en El Flechazo de León

 

Cuando uno era crío solía, como los de su quinta, acostumbrarse con poco, entre otras cosas, porque no había alternativa. La resignación era tendencia nacional: más o menos, todo el mundo se conformaba con casi nada. En materia de bares, por ejemplo, valía con una tostada en La Granja repartida en plan asambleario con el resto de la prole para recompensarnos, bastaba una coca cola compartida en La Rosaleda también entre varios morros, un Cacaolat si era fiesta, pero fiesta grande… La consigna era no importunar a los mayores ni a sus bolsillos, doctrina que juzgo desaparecida: ahora se ha implantado la dictadura infanto-juvenil con aquiescencia generalizada, entre el beneplácito común. Una moda tan extendida, que si cuentas como me dispongo a hacer que hubo un día en que un humilde cucurucho de patatas fritas colmaba tus expectativas parecerá que retrocedo al pleistoceno. Lo cual por cierto es verdad.

Ese añorado cucurucho se servía en la churrería emplazada durante largos años en el tramo inicial de Portales, aunque entonces la calle se llamaba General Mola y era en realidad el tramo final: por aquella época se contaba desde Murrieta. Con ocasión de alguna efeméride, la familia caminaba hasta sus puertas y se procedía al convite anhelado, que en la mayoría de las ocasiones tenía de protagonista al querido churro (y no los habrá probado usted mejores, oiga), pero que en fechas menos señaladas se dedicaba a su hermana menor, la patata frita. Patata frita de churrería, vianda exquisita. Servida en efecto en cucurucho, como los propios churros, que íbamos saboreando como si fuera Beluga de regreso al hogar. Tampoco las he probado mejores. Patatas leves, incandescentes, pero sabrosas, siempre al punto de sal. Patatas fritas que se resquebrajaban al mínimo contacto con la dentadura y formaban un riquísimo puré pajizo, inolvidable. Desde entonces tengo para mí que las patatas fritas constituyen la prueba del nueve de cualquier bar, junto con el estado de sus aseos: si superan ambos requisitos, es que el cliente está en buenas manos.

Lo cual, ay, no suele suceder. Las patatas fritas de churrero pertenecen a otra glaciación, aunque ahora se reediten en formato bolsa: una imitación que sólo en contadas ocasiones recuerda al original. Si traigo a colación este fino manjar tan caro a los bares de nuestra infancia es porque acabo de probar unas de aquellas patatas fritas que me conquistaron de chaval. Bueno, casi: no son las mismas, pero las expedidas bajo la marca Pafritas, casa por cierto de raíz riojana, conservan el aroma y sabor de mi infancia. No tengo el gusto de conocer a sus ideólogos ni más pistas que las proporcionadas mientras me las zampo, aunque, de repente, brotan en cada lineal del supermercado y las  veo ofrecerse en unas cuantas barras de confianza, en distintas encarnaciones. Mi favorita, por si le interesa al improbable lector, llega manchada de pimentón. Un juguetón toque picante que le añade atractivo.

Porque lo habitual es lo contrario. En los muy contados bares logroñeses que se inclinan por obsequiar a la parroquia con algún detalle, es norma que ese obsequio adopte la forma de patata frita. Muchas gracias: visto el paisaje general, poco dado a este tipo de convites, a mí ya me sirve. Pero si además las patatas que se sirven tuvieran alguna gracia, el cliente sería casi feliz del todo. Es usual sin embargo que el platillo donde se ofrecerán las patatas ingrese vacío en un bolsón gigantesco, oculto bajo la barra, y reaparezca lleno de un fruto… Ejem, mejorable. Como si nos diera por masticar una servilleta.

Con lo fácil que sería lo contrario. Hacerse con unas patatas fritas de confianza y regalar una ronda a la clientela. Incluso tengo observado que no resulta tan extraño que el propio bar las manufacture: así ocurre en el maravilloso local llamado muy apropiadamente El Flechazo, a las puertas del Barrio Húmedo de León. Un bar que dispara directamente al corazón de sus parroquianos cuando les invita a generosas raciones elaboradas en la freidora donde suda que te suda el dueño del establecimiento mientras las va alumbrando en su punto, estupendas de sal, diabólicas de picante. Un lujo, como se aprecia en la imagen. Un lujo a nuestro alcance… pero sólo el dichoso día en que nuestros admirados hosteleros se dejen contagiar por estas muestras de magnanimidad y se marquen uno de estos lujos.

Hasta entonces, toca resignarse. Esperar que en la ronda habitual nos encontremos con las mentadas Pafritas o hermanas de semejante calidad para acompañar los tragos o que se eleve el nivel de las que ofrecen de regalo en los bares más hospitalarios. También cabe hacer como servidor cuando iniciaba estas líneas: cerrar los ojos, imaginar Logroño a finales de los años 60 y regresar al calor de la querida churrería de Portales, para saborear de nuevo aquellas patatas fritas memorables. Patatas fritas que saben a infancia.

P.D. La costumbre frecuente en otros pagos de la tapa gratis motivó hace tiempo una entrada en este blog y alguna crítica de hosteleros. Nada tengo contra ellos, como se habrá observado. Más bien al contrario. Hubo también quien opinó que semejante práctica se podía imponer en Logroño y desde entonces observo que poco a poco algunos bares la van implantando. Humildemente. Para mí, suficiente. Porque de momento no aspiro a beneficiarme de la generosidad acreditada por los bares de estas ciudades que recopila este enlace.  Doy fe que en tres de ellas (Granada, Ávila, León) uno se marcha a casa almorzado a base de tapas gratis.

 

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“Camarero, no me ponga un Artadi”
Jorge Alacid 05-02-2016 | 8:21 | 12

Copa de Artadi, antes de irse de la DOC Rioja

 

Un viernes cualquiera en Logroño, hora del aperitivo. En un bar cuyo nombre evitaré mencionar, célebre por su acrisolada oferta en vinos, comparece un matrimonio. Piden sendos vinos a la camarera, quien se dispone a cumplir su cometido cuando, atención, el caballero salta de su taburete y clama, llamando la atención del resto de parroquianos: “No me pongas Artadi, por favor”. La camarera alega que no: que no le va a poner vino de esa marca, sino de otra de nombre parecido que también evitaremos mencionar. El cliente se tranquiliza y entabla con su pareja la tertulia de rigor. Quienes contemplamos la escena nos sonreímos entre nosotros. La camarera también sonríe: algo nos dice que no es la primera vez que vive una anécdota semejante.

Como este no es un blog de vinos, sino de bares, declino profundizar en la penúltima polémica asociada a los vericuetos de la DOC Rioja y sus bodegas. Hay voces muchísimo más autorizadas que la mía, así que recomiendo a los improbables lectores que si quieren forjarse una opinión sobre ésta y otras controversias acudan a la oferta de opiniones recopiladas en la web de Diario LA RIOJA, empezando por la de mi compañero en esta casa Alberto Gil. Yo me limitaré a observar los efectos que para el consumo de una determinada marca de vinos puede tener la decisión (legítima, claro) adoptada por sus responsables de abandonar el Consejo Regulador y envolverse en la ikurriña, versión alavesa.

El mandatario de la bodega argumenta que tomó tal decisión amparado en factores puramente vinícolas. No conozco al caballero, pero vale: me lo creo. Me creo menos que haya sido ajeno al revuelo político organizado alrededor de su abandono de la DOC: supongo que, como cualquiera en su pellejo, aprovechará para pescar en aguas revueltas y extraer los beneficios que pueda para su bodega de su deserción. Menos en serio me tomo un par de coartadas que le he leído en las entrevistas que va concediendo desde que hace poco más de un mes abandonó Rioja: la primera, su frase de que Álava es Álava y La Rioja es La Rioja. Por supuesto. Imposible estar en desacuerdo: y Castellón es Castellón y las Islas Vírgenes, otro tanto. Pero ocurre que, salvo algún nacionalista recalcitrante, cuando el consumidor pide un vino de Rioja no suele reclamar que proceda de una subzona concreta. Porque, entre otras cosas, qué tiene que ver una bodega de Álava como Artadi con otra de esa misma provincia como Faustino. Y porque además resulta que algunas uvas con que tales vinos se elaboran proceden, en efecto, de viñedos alaveses, pero resulta que otras llegan de cepas riojanas. Y me malicio que ni el catador más reputado sabrá confesar cuando saborea alguno de estos vinos de nuestros amados vecinos si detecta el ADN vasco en el fruto que procura esa gloria que llega a nuestros gaznates.

Segundo desacuerdo con el bodeguero: le he leído que Álava respira vino por los cuatro costados. ¿Seguro? Porque yo algo conozco esa tierra, a la que me siento unido de corazón, y el vino sólo surca sus venas de la sierra de Cantabria a esta parte. Vastas regiones de la provincia permanecen ajenas a la cultura de la vid, de donde concluyo que, como ocurre siempre que la política se inserta en cualquier debate, todos acabamos siendo rehenes de nuestra tendencia a la hipérbole.

En resumen: que me intriga saber si algún otro cliente riojano ha vetado en su itinerario chiquitero los vinos de Artadi como observé en la anécdota con que arrancan estas líneas. Uno, nada amigo de boicoteos porque es tanto como escupir al cielo con las consecuencias conocidas, admite que siente curiosidad sobre el auténtico impacto que opera esta deserción en la ingesta diaria de nuestros vinos favoritos en las barras de confianza. El Rioja, con todas sus imperfecciones y necesidad urgente de mejoras, sigue jugando en las grandes Ligas. Y la jugosa oferta que uno encuentra en los mejores bares de Logroño evita tener que pronunciar la frase que encabezaba estas líneas porque resulta innecesario sortear a las bodegas desafectas. Las que se quedan nos ofrecen vino suficiente y de garantías. Vinos extraordinarios.

P.D. En Artadi aseguran que venden ahora más vino que antes; de lo cual me alegro sinceramente. Y les felicito: tienen suerte de que haberse encerrado en Álava para proteger a sus vinos de la maléfíca influencia riojana. Porque si hubiesen hecho el recorrido contrario, abandonar la subzona alavesa para cobijarse bajo el exclusivo paraguas de Rioja, me temo que eso de ‘Camarero, no me ponga un Artadi’ tal vez hubiese sido petición corriente… en las queridas barras de nuestros vecinos del norte.

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