La Rioja
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Fecha: marzo, 2016
Del Ibiza a Los Leones
Jorge Alacid 29-03-2016 | 7:55 | 0

Un grupo de amigas, de merienda en Los Leones. Foto tomada en los años 50

La pasada semana, fruto de la amabilidad de los nuevos propietarios, publiqué en Diario LA RIOJA un artículo que representaba la continuidad de otro escrito meses atrás, donde daba cuenta de la reapertura del Ibiza que ya se avecina. En esta segunda pieza, aprovechaba para ofrecer más información y situar la inauguración del rejuvenecido local allá por junio. Se tituló ‘Próximo verano, destino Ibiza’. Lo comparto ahora con los improbables lectores.

La nueva vida del Ibiza, la popular cafetería de El Espolón, tardará en hacerse realidad unos meses, algún tiempo más de lo previsto inicialmente. Ocurre que el proyecto para resucitar la desaparecida cafetería, que cerró sus puertas el año pasado luego de una azarosa etapa final, ha acabado por alcanzar una ambición que va más allá de la idea programada por sus promotores. Quienes haya desfilado estos últimos días por delante de sus puertas lo habrán podido comprobar: apenas queda nada del anterior negocio. El Ibiza, fiel a su condición camaleónica, se prepara para reinventarse. De nuevo. ¿Cuándo abrirá con su rejuvenecido aspecto? David Houngbeme, joven empresario logroñés responsable de la iniciativa, se resiste a ofrecer una fecha concreta. Le gustaría que pudiera recibir de nuevo a la clientela en junio, aunque prefiere extremar la cautela: “Es mejor abrir cuando lo tengamos todo listo que precipitarnos”. Así que, salvo contratiempo mayúsculo en las obras de reforma, este verano los logroñeses ya podrán retozar por el Ibiza, incluyendo su célebre terraza.

El cambio más acusado lo encontrarán los parroquianos en el interior: la barra de siempre ha desaparecido, mientras los operarios que se ocupan de la remodelación van y vienen por un espacio completamente diáfano que cobrará actividad a medida que culminen los actuales trabajos de saneamiento e infraestructuras, “que nos han llevado más tiempo de lo que pensábamos al principio”, reconoce Houngbeme. Con la esperanza de que esta fase intermedia de la obra concluya en breve, los promotores del nuevo Ibiza insisten en su idea de modificar algo más que la piel del venerable bar. Su intención es que su proyecto hostelero preserve el espíritu del Ibiza de siempre pero adaptado a las exigencias de los nuevos tiempos: por ejemplo, recuperar su actividad de café cantante, una condición que los logroñeses más veteranos recordarán del antiguo local.

Porque el nuevo bar contará con su escenario para actuaciones; de hecho, la insonorización de sus paredes ha representado uno de los trabajos más arduos para los promotores, quienes han tenido que asumir un considerable aumento de su esfuerzo inversor a medida que las obras de reforma avanzaban y veían que se podía perfeccionar su idea inicial, incorporando de paso algunos adelantos tecnológicos y hosteleros. Houngbeme confiesa que esta pretensión de incluir espectáculos musicales en directo tiene que ver con sus propias aficiones, pero también con el hecho de que exista en Logroño con mayor vigor un público potencialmente interesado en estas actividades y que, además, encajan con la historia propia del Ibiza. En realidad, la reforma del local se basa sobre dos principios en principio contradictorios: cómo preservar su legado, incluyendo algunos aspectos de su imagen de marca tan enraizadas en Logroño, e incorporar a la vez un aspecto más acorde con la época actual. Así que todavía aguardará al futuro cliente alguna sorpresa más, habida cuenta lo magnífico del espacio disponible: unos 200 metros cuadrados en la planta baja, a ras de calle. Una superficie que crece en el semisótano, puesto que incluye también el tramo de acera de Muro de la Mata y mordisquea incluso el espacio superior donde se disponen los veladores con vistas a El Espolón. En el subsuelo no habrá actividad hostelera: será una zona reservada para servicios, aseos, cocinas y resto de necesidades propias del negocio. Y esas mencionadas sorpresas.

P.D. Este artículo se titula como se titula porque a las peripecias del Ibiza, próxima su resurrección, quiero añadir un aviso: a partir del próximo viernes aprovecharé para experimentar una idea que se me ha ocurrido a propósito de otro histórico café logroñés, este ya desaparecido: Los Leones. Fruto también de la gentil predisposición de Maite Bellido, hija de sus históricos propietarios, me dio por imitar a los revisteros antiguos y dedicar un mes a una entrada por entregas. Nada menos que cuatro, que ocuparán esta semana y las tres siguientes. Espero que el resultado esté a la altura no sólo de mis expectativas, sino de la majestuosidad del añorado establecimiento de la calle Portales, que dio nombre cuando fue demolido al pasaje que conecta con Hermanos Moroy, donde por cierto aparecen sentadas las gentiles damas que ocupan la foto: entre ellas, mi señora madre, a quien dedicaré la serie de reportajes. A ella, a toda la clientela que tuvo y a la amabilidad de Maite, que me procuró fotos, datos y, sobre todo, sentimientos. El viernes, lo dicho: primera entrega.

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Nuestro hombre en la barra: Juan, el heredero del Sebas
Jorge Alacid 26-03-2016 | 9:40 | 0

Juan, viendo pasar la vida desde el Sebas. Foto de Juan Marín

 

¿Se puede ejercer como faro y guía de la calle Laurel sin alojarse en ella? La respuesta es sí. Como algún otro bar ubicado en la Travesía o en la calle Albornoz, el bar Sebas, el entrañable bar Sebas, demuestra desde hace casi 60 años que los locales cuya sede no se sitúa en el espinazo central de la Laurel forman parte cabal de ella, porque las alberga el imaginario popular. Porque quien refresque su memoria logroñesa, deberá aceptar que el Sebas quedó sellado a sus correrías por la Laurel desde antaño, igual que otros bares de esa misma estirpe: los clásicos de la Laurel. Los clásicos que siguen en manos de la familia fundadora.

No hay tantos. Y uno de ellos es el Sebas, desde que hace 59 años Sebas y Juani abandonaran su Hormilla natal, sopesaran alguna alternativa a su espíritu emprendedor y finalmente se decantaran por abrir en el antiguo bar La Pepita un establecimiento que llevara su propia firma. ¿Cuál? Su hijo Juan lo tiene claro: «Mi padre aportaba su simpatía natural, era el mejor relaciones públicas que podía tener el bar. Y mi madre, Juana, tenía muy buena mano para la cocina». Lo reflejan las golosinas que alumbra la cocina del primer piso, conectada con la planta baja (en total, no más de 60 metros cuadrados) por el legendario ascensor que no deja de subir y bajar con las comandas. Pinchos como su insuperable tortilla de patata, cuyo secreto traspasó Juana cuando se jubiló a las cocineras que ahora custodian ese legado, un recetario formado por otras viandas vinculadas sentimentalmente al Sebas: el hígado, las lecherillas, los pimientos rellenos o las orejitas. Gollerías que antes se despachaban en casa pero que ahora hay que buscar en las barras de confianza.

 

El fundador del Sebas, en una imagen antigua

 

Ocurre en este ámbito de la cocina lo que Juan tiene observado desde hace años: que la Laurel ha perdido su carácter familiar. «Yo me lo pasaba mejor antes», confiesa mientras atiende a la clientela madrugadora. Porque ese es otro hábito que ha ido mutando: el Sebas abre nada menos que a las nueve y media de la mañana para satisfacer el apetito de los adictos al almuerzo del mediodía, pero sólo El Soldado de Tudelilla le imita. El resto de bares va abriendo a medida que avanza la mañana, nada por lo tanto que ver con aquellos años en que la calle Laurel formaba una alegre cofradía de distintas sagas al mando de sus respectivos bares. «Ni siquiera había camareros, salvo Felisín, el del Buenos Aires», rememora. Antaño, la calle era cosa de las familias que defendían sus negocios y la clientela se repartía durante toda la semana, mientras que hogaño el rito del chiquiteo se ha trasladado a viernes y sábado, igual que ha dejado de ser un hábito propio de los indígenas para abrirse a los forasteros. «Empezó a pasar cuando el Logroñés estaba en primera», reflexiona, «y ahora ya es una moda: nos conocen en toda España y los turistas, ya se sabe, son de fin de semana».

No se trata del único rito que se va perdiendo, aunque Juan no admite grandes concesiones a la nostalgia. Aprendiendo de sus padres, desde que a los diez años empezó a echarles una mano, ha ido aplicando su propio ingenio al oficio de camarero: por ejemplo, mejorando la oferta de vinos hasta alcanzar ahora las 150 referencias, con predilección por el Muñarrate o el Murmurón entre los vinos jóvenes. «Tengo buena relación con muchos bodegueros de Rioja», admite Juan. Y lo confirma mirando el reloj: le aguarda Remírez de Ganuza en su bodega de Samaniego.

 

Juani y Sebas, en una foto reciente

 

Así que la charla va concluyendo. Se arraciman en la barra esos logroñeses conspicuos que no perdonan un tentempié a media mañana y Juan abrocha la conversación mirando hacia el ventanuco desde donde ve pasar la vida. Lleva sirviendo vinos y pinchos y manejando el ascensor desde hace 22 años. Hoy tiene 49 y aspira a jubilarse aquí, adaptándose a la lógica de los tiempos que hace años aconsejó prescindir incluso de un elemento central en cualquier bar: la cafetera. Y entregado a su afición favorita: observar. Observar a la clientela, a la competencia. «Se aprende de todo el mundo», advierte. «Y yo todavía sigo aprendiendo», concluye. «Porque la calle Laurel tiene mucho futuro».

P.D. Cuando Juan tiene que contestar cuáles son sus tres bares favoritos de Logroño, resopla primero y luego responde: “Uf, me pones en un compromiso”. “Es que hay tantos”, alega. Así que se toma unos segundos, medita y propone estos tres locales, todos en el corazón de la ciudad: el Soriano y sus champis, La Abuela Encarna y sus arroces de la calle San Agustín y otro clásico de Laurel, La Fontana.

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¿Perros en los bares?
Jorge Alacid 18-03-2016 | 11:50 | 23

Un perro en un bar de Zaragoza. Foto de El Periódico

 

Hace un millón de años, me impresionó toparme en mis correrías por la calle Laurel con una parejita que intentaba ingresar en el Blanco y Negro con un enorme cochecito de niño. Me froté los ojos y comprobé que, en efecto, ese era su propósito: miré al interior del vehículo y comprobé que desde luego allí viajaba un bebé. Calculé que neonato o casi: miré estupefacto a sus padres, preguntándome qué tipo de progenitores considera adecuado para sus vástagos recién nacidos una incursión de ese calibre, en un bar atestado de humo y vapores de todo tipo. Yo, que me consideró tan logroñés y tan adicto a la Laurel como cualquiera, me hubiera tentado un poco la ropa antes de protagonizar una experiencia de ese tenor, pero luego he ido comprobando que, como sospechaba, me he quedado anticuado. Proliferan desde entonces los niños de pecho por la calle Laurel y los chiguitos en edades también muy tiernas: se veía venir que cualquier día compartiéramos espacio con el reino animal.

Ese día ha llegado. Nada tengo contra el mundo perruno, sino más bien a favor: sobre todo, con las especies más maltratadas por la vida. La vida perra. Me parece estupendo que cada cual adopte la mascota que prefiera y comparta con ella sus días. Hay quien incluso peregrina con su perro en la ronda habitual de chiquiteo, cosa que me llama la atención, aunque no tanto como cuando entras en el bar de confianza y te encuentras allí con la pareja: el perro y su dueño. O los perros y sus dueños, que de todo hay.

Como mi asombro iba en aumento y no conseguía discernir por mi cuenta si esa tendencia ya tan habitual contaba o no con el plácet legal, consulté con dos personas: una, el propietario de un castizo local logroñés cuyo nombre no citaré. Otra, un experto jurídico. El primero, el dueño del bar, me respondió que no tenía ni idea de si podía permitir la entrada de perros en sus bares, pero que se había impuesto la norma que sigue: “Si me lo piden con educación, les dejo. Pero también les aviso de que si empiezan a molestar a los clientes, a la calle”. Cosa que por cierto me aseguró que alguna vez había ocurrido.

Como se deduce, la hostelería no sabe muy bien cómo conducirse en estos casos. ¿Pueden los perros y otros animales de cuatro patas entrar en sus bares? El citado experto me sacó de dudas. La respuesta es muy clara. La respuesta es no. No pueden. Ni siquiera vale que al dueño de tal o cual garito no le moleste esa costumbre o incluso le guste: no puede tomar esa decisión por su cuenta. Debe aplicar la ley, igual que en otros apartados de su vida empresarial. Y el marco legal, como me advierte el mentado experto, es muy preciso. Artículo 6.2 del Real Decreto 3484/2000 de 29 de diciembre, por el que se establecen las normas de higiene para la elaboración, distribución y comercio de comidas preparadas: “En los locales donde se realicen estas actividades, no se permitirá el contacto directo de los productos alimenticios con el suelo, ni la presencia de animales”.

Clarinete. Una ordenanza municipal que regulara estas actividades no podría imponer un criterio distinto al fijado por un Real Decreto, documento de orden jurídico superior. Otra cosa es la fuerza de la costumbre en los usos hosteleros, cuestión que sin embargo no afecta a lo esencial: la obligación de cada bar de velar por la higiene de los alimentos que se consumen en un local y, en consecuencia, por la salud de los clientes, que debe ser su objetivo central. Si al dueño le gustan o le molestan los animales, es cosa distinta. El marco legal le prohíbe como se ve aceptar su entrada y eso no es negociable: pero como estamos en Logroño, paraíso de la doble fila y otras calamidades, también esta prohibición nos la saltaremos con el habitual desenfado.

P.D. Que esté prohibido entrar con la mascota en un bar no implica que no esté ocurriendo. Coincide además esta tendencia con una serie de movimientos de amigos de los animales, que promueven iniciativas en distintos puntos de España para que se les permita echar un trago con el perro al lado. Así lo evidencia la foto que ilustra estas líneas, tomada por El Periódico de Aragón, y otras referencias que se encuentran rastreando por internet. Que uno sepa, todavía no se conoce una pretensión similar por Logroño. Aunque todo llegará.

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Pongamos que hablo de Laurel
Jorge Alacid 11-03-2016 | 9:43 | 8

Vista antigua de la calle Laurel

 

Una reciente incursión a una hora bastante temprana para los usos habituales en la Laurel me permitió conocer una calle distinta: eran las once de la mañana y sólo estaban abiertos el Sebas y el Soldado, como me corroboró el propio Manolo en esta última parada de semejante viacrucis. Acudí a entrevistarle para una entrada recién publicada en este mismo espacio y acabé entablando tertulia improvisada en torno a la calle Laurel, su vida y sus milagros. Sobre cómo era antaño, cómo se ejercía en consecuencia el rito del chiquiteo. Porque mi propia experiencia apenas es nada comparada con la suya. Mis primeros recuerdos llegan de finales de los años 70, cuando la calle ya era otra, no la fundacional que sí conoció el jefe de El Soldado. “Para esa época, esa calle Laurel ya era más o menos la Laurel actual, la que hemos ido conociendo”, me informó Manolo.

Así que le pedí un ejercicio de memoria que puede también perpetrar cualquier logroñés que peine alguna cana. Porque, según sus estimaciones, en realidad la costumbre de las rondas por Laurel son recientes, en términos históricos. Quienes homologaron esa costumbre por las calles de Logroño destinadas a tal cometido lo solían ejecutar por la Mayor, cuyos bares fue recitando el amigo Manolo con precisión… y con ayuda de un caballero, de quien no tengo el gusto, que acodado en un extremo de la barra iba apuntando aquí, añadiendo allá, recuperando de la memoria algún nombre perdido en el tiempo o confirmando los datos que iba desgranando nuestro legendario camarero logroñés.

De modo que anote el improbable lector. Los pioneros del chiquiteo por Logroño deambulaban por el tramo superior de la calle Mayor entre el Cuatro Calles, el Bretón de Ventura, el Iturza todavía vivo, el Racimo de Oro y el Govi ya periclitados… Superaban el Tigre y la Fonda San Antón, regateaban la bodega Montiel de la cercana calle Santiago y embocaban en el tramo inferior, donde disfrutaban de otro buen rosario de locales de confianza: Bilbao, Relicario, Cosecheros, El Cortijo, Pedro el Riojano, Cuatro Vientos, 600… Estaban también el bar de Chasco, otro garito de nombre olvidado propiedad al parecer de un boxeador, algún local con misteriosa luz roja a la entrada y, finalmente, el Canarias.

Yo desconocía gran parte de ellos, sobre todo los citados en último lugar. Sí que he frecuentado algunos otros, pero la verdad que el chiquiteo mentado, con esa ronda casi infinita, pertenece al universo de mis abuelos según mis cálculos. Más me sonaba la otra serie de garitos donde aquellas cofradías empalmaban su itinerario por la Mayor, puesto que sus pasos les llevaban también por la calle San Juan que entonces todavía no era la que hoy conocemos, aunque algunos bares aún resisten. Es el caso de La Esquina o del Regio (hoy, García), y también del Torres y el Samaray, pero ya han ido falleciendo otros como el Noche y Día y el Mere de la Travesía. Sobrevive el Ignacio en esa misma calle con otra denominación y dijimos también adiós a otros como El Quijote. La ronda por San Juan, aclara Manolo, contaba con una particularidad: que era más precoz. “Los bares, no sé la razón, abrían antes y también cerraban antes”.

Ya estamos allí donde queríamos: en la calle Laurel que conocieron nuestros antepasados. Poco que ver con la actual, aunque algún viejo bar permanece más o menos incólume. En aquel tiempo, recita Manolo, estaban el Taza, Achuri, Torrecilla, Donosti y Buenos Aires; seguimos subiendo la leve cuesta y tropezamos con el Sebas, el Bambi, el Calderas… Y allá al fondo vemos el Blanco y Negro, el Perchas al doblar la esquna y ni siquiera asomaba entonces el Soriano: eran los tiempos anteriores a su fundación, cuando aquella casa se llamaba Gabasa… Poco más. Habrá algún bar que se le olvide a Manolo y se me olvida a mí, así que mil perdones por adelantado. Desde luego estaba El Soldado, a caballo de San Agustín y Laurel, y por supuesto que la ronda era otra: el vino del año era el rey, las tapas ni siquiera existían como concepto y la actividad chiquiteril se prolongaba durante toda la semana, con familias enteras viviendo casi dentro del bar y un febril dinamismo comercial, porque la calle contaba con su buen racimo de tiendas, adosadas a las peripecias propias de los logroñeses que allí también tenían su domicilio.

Porque cuando hablemos de la Laurel, pongamos que hablamos de una calle distinta para cada generación. La mía se hizo mayor en alguno de esos bares citados pero añadió otros (La Mejillonera, los dos locales de la inolvidable gallega, el Bambi, el Páganos) y quienes nos siguieron en semejante práctica habrán añadido los suyos. Como la historia se estudia por capas y siempre es pendular, será curioso saber cómo se reirán nuestros nietos de las andanzas laurelianas de sus abuelos. Sin caer por supuesto en la nostalgia: ya sabemos que todo tiempo fue anterior.

P.D. San Agustín, la vecina calle que a menudo se confunde con la propia Laurel porque forma parte de ese universo uno y trino que incluye también a Albornoz y la Travesía, tampoco ofrece hoy la imagen de antaño. Rememora Manolo los tiempos en que, además de El Soldado, allí apenas se alojaban Las Cubanas, el Florida, Baigorri y el Carabanchel, con los añorados Moi, Nicolás o la Banda Dominguera. Hoy, como entonces, la calle es un estupendo escenario para atender el consejo que nos legó precisamente el santo al que da nombre: porque, como decía San Agustín, “una vez al año es lícito hacer locuras”.

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Bares: el secreto del éxito
Jorge Alacid 04-03-2016 | 8:58 | 1

Bienvenidos a La Guarida. Foto de Justo Rodríguez

 

 

Hace unas semanas, el maestro Eduardo Gómez, perito en bares, se preguntaba en Diario LA RIOJA sobre el misterio que encierra el éxito que caracteriza a algunos bares. Una pregunta que yo también me hago a veces. Gómez aludía al caso reciente del local llamado La Guarida, en la castiza calle del Carmen. El ejemplo venía muy bien a colación: el bar no presenta grandes alteraciones respecto a su encarnación anterior, apenas ha recibido algún retoque bajo la nueva dirección y registra llenos clamorosos de costumbre, con la clientela pugnando por entrar en el breve espacio de que dispone y a menudo apalacanda en el exterior, allá penas si diluvia o hiela.

Misterio, en efecto. En su apariencia de antaño, La Guarida se llamaba bar Alejandro, garito del que fui devoto allá en mi mocedad, cuando con otros coetáneos buscábamos lo que nos garantizaba: una oferta culinaria despachada a módicos precios, acordes por lo tanto con nuestra economía de guerra. Entre las viandas que expedía, el Alejandro nos convencía con aquel manjar llamado bocadillo de panceta frita, despachado en generosa proporción y, por supuesto, tarifado a la medida de los sueldos de aquel país que aún no se había vuelto loco. El Alejandro, con bocatas como aquel y otras gollerías, reunió a su alrededor a una parroquia fiel y conspicua, que a veces abarrotaba por supuesto su céntrica sede, aunque lo habitual era dotarse un rosario de clientes, que se arracimaban en su barra por el método usual del goteo.

Desde luego, en aquel tiempo no se regaban clientes a manta como ahora sucede con cierta frecuencia. Yo alguna noche he desistido de ingresar en su interior, intimidado por la elevada población que ya se había hecho un sitio dentro y el alto número de potenciales clientes que aguardaban puertas afuera. Cuando por fin me he hecho un sitio, también me he formulado la misma pregunta que se hacía Eduardo Gómez y que abría estas líneas: dónde reside el secreto de este éxito abrumador.

Me respondo lo siguiente: el secreto, casi siempre, es que no hay secreto. Anote el improbable lector unas cuantas razones se me ocurren, las cuales justifican muy bien el imán que La Guarida representa hoy para la feligresía logroñesa. Por ejemplo, lo razonable de sus precios, lo suculento de algunos de los bocados que ofrece (el bacalao o el bocata de sardina con guindilla, mi favorito por cierto), una estética que no abruma sino al contrario… Uno entra en La Guarida como entraba a cualquiera de aquellos bares de su juventud (La Simpatía, Villa Rica o el Taza), atraído por esa especie de confort bizarro que garantizaba una decoración austera, que en el caso presente agrega algún guiño divertido, como ese altarcillo kitsch edificado en la pared del fondo. El servicio es eficaz, el cliente puede reconocerse en el resto de parroquianos sin esa sensación de haber invadido algún misterioso espacio exterior (lo cual acrecienta la idea de bienestar compartido) y el boca a oreja hace el resto: la gente va donde va Vicente, ya sabemos.

La otra noche, mientras me zampaba el mencionado bocadillo en La Guarida, afuera arreciaba la lluvia. Apenas un puñado de parroquianos nos reconfortábamos en el interior, de modo que pude echar un vistazo al bar con mayor detalle y, en efecto, comprobé que las virtudes arriba mencionadas explicaban que le haya puesto eso que solo los malos dueños de bares desean: que se pongan de moda. Porque las modas son en esencia efímeras y por lo tanto conviene huir de ellas. Es preferible reforzar la oferta construida por sus evidentes valores y perseverar en ellos: no volverse locos. Si en La Guarida cambian un día el modelo de bar que ha desentreñado el secreto del éxito, habrán incurrido en el peor de los pecados. Modificar su estatus pensando que además de la clientela actual atraerá a quienes ahora pasan de largo. Error. Porque el auténtico secreto del éxito de un bar reside en atrapar ese intangible que nos resulta tan difícil definir. Un yo qué sé, un qué sé yo: imposible de describir, en efecto. Pero creo que todos sabemos de qué estamos hablando: se llama magia.

 

Al rico caldo en La Guarida

 

P.D. Entre los curiosos motivos decorativos de que dispone La Guarida para entretener al cliente entre trago y trago, me llamó la atención un cartel que me había pasado desapercibido: ese rótulo que figura sobre estas líneas, que me resulto tan misterioso como el éxito del propio bar. Un camarero me informó amablemente de que sí: que el caldo se sirve previo pago de 0,3 euros. Esto es, 50 de las añoradas pesetas. Con una particularidad: que si alguien comparece con esas monedas de la vieja moneda desaparecida porque se encuentra con ellas en el neceser de la abuela, se las aceptan. Ya están ustedes tardando.

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