La Rioja

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Fecha: abril, 2016
Damas de la calle San Juan
Jorge Alacid 30-04-2016 | 11:20 | 0

Alhóndiga y La Travesía, con las damas a sus puertas. Foto de Justo Rodríguez

 

Una sección que se llame Nuestro hombre en la barra como la que alberga estas líneas no sólo homenajea a nuestros camareros de confianza mientras le guiña un ojo a Graham Green y su inmortal novela ‘Nuestro hombre en La Habana’ con un tontorrón juego de palabras, sino que acoge en su seno a todo lo contrario: a nuestra mujer en la barra. Mejor dicho: nuestras mujeres. Con todos ustedes, improbables lectores, Jaque y Chus, Chus y Jaque, damas de la San Juan, ejerciendo un oficio antaño casi relegado al uso exclusivo de varones que en manos femeninas alcanza otro grado de excelencia. Con un toque fetén y distinto. El nacido en la gracia y viveza con que nuestras heroínas defienden su bar La Travesía desde hace 23 años. Un local vecino del recién nacido, el aledaño Alhóndiga, que luce su primer año de vida con una barra donde triunfa el bacalao en cualquiera de sus encarnaciones, entre otras golosinas.

A Jaque y Chus las conocerá la clientela fiel de tan castizo rincón logroñés, esa Travesía de la San Juan que el imaginario popular sitúa como prolongación de la calle central de esta inmemorial ruta del chiquiteo, por su feliz desempeño al frente del bar donde se han hecho célebres gracias al manjar delicioso, la espléndida tortilla que tanto recuerda a la original. Mismo bar, distinto nombre: se llamaba Ignacio, lo atendía caballeroso el señor Extremiana y su mujer se ocupaba de la sartén, el aceite, la patata… También hacía lo mismo que quienes les sucedieron: echarle huevos.

En todos sus sentidos. Porque se exigía cierta valentía en los albores de los 90 para tomar bajo su tutela un bar en una calle, la San Juan, que no es desde luego la vigorosa arteria de hoy. «Entonces estaba casi muerta», rememora Jaque, portavoz oficial del dúo de camareras. Un dúo devenido en trío, porque en la aventura del Alhóndiga les siguió Lucía, quien se inició en este oficio con ellas en La Travesía, el más conocido periplo de una singladura que para Jaque y Chus empezó antes, mucho antes: en La Zona.

Allí, en el Gabinete de la calle Fundición, ya derrochaban clase y simpatía poniendo copas a los trasnochadores oficiales de Logroño. Se habían conocido un poco antes, cuando coincidieron de camareras en el difunto Trazos de Jorge Vigón; hicieron buenas migas y se animaron a ser sus propias jefas, al frente de ese local que animó la noche logroñesa. La animó tanto que casi pudo con ellas, de modo que cuando vieron que el depósito de energía empezaba a menguar se decantaron por dar un volantazo a su trayectoria hostelera: pasaron de la noche al día, nunca mejor dicho. Le echaron el ojo a este bar del Logroño antiguo, tomaron lecciones de los dueños que lo traspasaban hasta dar con el punto al jugoso bocado llamado tortilla y lo dicho: le echaron huevos.

El resto es historia. Una historia logroñesa que se sigue escribiendo. Jaque y Chus aguantaron como jabatas hasta que lograron, en compañía de más gente audaz como ellas, poner de moda este itinerario por la San Juan convenientemente renovado y ganaron fama con esa tortilla cuyo secreto es sencillo: no lo hay. «Es tradicional, clásica», explican. Su maestría en la cocina y la barra contagió luego al resto de la prole de camareras que han surcado el escaso espacio de que dispone La Travesía, de donde nacen sin parar tortillas y más tortillas. No sólo las despachadas en formato pincho, o las que se consumen enteras tanto en la barra interior como en la exterior: también es habitual que trabajen de encargo y así ocurrió el día memorable en que recibieron un encargo que no olvidan, doscientas tortillas para una celebración.

No flaquearon. Salieron las doscientas tortillas en su punto, como en perfecto estado de revista mantienen tanto La Travesía como su hermano pequeño, ese barcito llamado Alhóndiga por el que hoy se desviven y que contribuye a configurar el rico entramado de bares que conceden su fisonomía singular a la San Juan. Una calle que, como la Laurel, es una y trina. Una calle donde cada día se forja un vínculo especial entre camareros y clientes, «que son más que clientes, son amigos», reflexiona Jaque. Y sale afuera del Alhóndiga a ver pasar la vida, mientras hila tertulia con un grupito de parroquianos, saluda a otros que pasan y mira hacia lo lejos. Que es como mirar hacia atrás y tropezarse con ella misma cuando, junto a Chus, imaginaron que tras la noche (tras las copas del Gabinete), vendría la luz del día que ahora derrama sus dones sobre sus dos negocios en la San Juan. Resumen: «Que les vaya muy bien a todos los bares, sobre todo a nuestros vecinos, porque eso nos favorece a todos». Y petición final: «Ojalá el día tuviera 48 horas».

P.D. Jaque, natural de Torrecilla, y Chus, oriunda de Matute, hicieron tal vez un pacto con el diablo para que el tiempo no pase por ellas: así se desprende de las fotos que conserva el archivo de Diario LA RIOJA, donde se las puede ver más o menos como ahora. Con más experiencia, desde luego, de modo que Jaque no le pide gran cosa al futuro: “Lo único que echo de menos es que era más joven”, se ríe. Y no pierde la sonrisa cuando se le pregunta por sus bares favoritos, esos adonde acude cuando no está defendiendo el suyo: “Mis favoritos son los de la calle San Juan, me gusta entrar en prácticamente todos”. Y entre ellos, dos debilidades: sus desayunos en el Umm y sus excursiones al Tastavín, que no perdona “porque me encantan sus pinchos y, sobre todo, porque somos muy amigas de Pedro y Anca”.

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Los Leones, un bar de cine (y IV)
Jorge Alacid 22-04-2016 | 9:58 | 1

Actores de Calle Mayor, en el interior de Los Leones

 

Como decíamos ayer…

Como decíamos anteayer

Como decíamos el otro día…

Este serial por entregas para recordar la legendaria vida de Los Leones concluye aquí, cuando, coincidiendo con la renovación del alquiler del establecimiento, Ricardo Bellido decidió limitar sus afanes empresariales al naciente Milán y dejó el bar de Portales en manos de una rama de la familia fundadora, los Barrenengoa. Aunque el negocio siguió abierto, sufrió desde entonces una rápida decadencia que todavía se acentuó cuando tomó su dirección un nuevo empresario, a quien le tocó la fatal suerte de expedir su certificado de defunción, en los primeros años 70.

Para entonces, Bellido ya había desaparecido también. Trágicamente, falleció en 1969 en un accidente de tráfico cerca de Aranda, un día invernal en que viajaba hasta Madrid porque quería poner en marcha en Logroño una academia de coctelería y pretendía pedir consejo al príncipe del combinado nacional, el inmortal Perico Chicote. Su viuda siguió al frente del Milán, pero ya nada era lo mismo. Tampoco Logroño, aunque algunas cosas nunca cambian. Afortunadamente. Maite recuerda cómo los contertulios de su padre en Los Leones, que le siguieron en su nueva aventura, acudieron en su socorro cuando tuvo que ayudar a su madre en el Milán y eran ellos los que se ocupaban de cerrar el bar cada noche, como si mantuvieran su propio código de honor con el camarada fallecido. Un gesto de caballerosidad extrema que sólo se explica por la profunda huella que en sus vidas había dejado la experiencia de ser los privilegiados clientes de Los Leones, cuando se abandonaban a la amabilidad y destreza de Ricardo Bellido, a quien su hija recuerda hoy tal y como era: gentil, discreto, serio, audaz. “Un hombre entrañable”, resume Maite, quien reserva espacio en su memoria para dedicarse a evocar uno de los momentos centrales: el homérico relato de cómo Los Leones se convirtió en un bar de cine.

 

Otra escena de Calle Mayor rodada en Los Leones

 

Semejante prodigio tiene que ver con su conversión en plató cinematográfico con ocasión del rodaje de Calle Mayor, la monumental cinta de Juan Antonio Bardem a mayor gloria de Logroño, sus vecinos y su memoria. Ocurre que entre las localizaciones que eligió el cineasta para documentar esa tragicomedia de la vida en provincias, junto al café Moderno y la biblioteca del instituto, se decantó también por Los Leones. Su propia condición de espacio cinematográfico, con esa sucesión tan teatral de escondites, recovecos y laberintos, se lo puso muy fácil a Bardem, que encontró en una superficie muy condensada lo que estaba buscando: el café. El café, esa institución tan española, muy enraizada en la vida de una ciudad como Logroño: eso era Los Leones, eso supo ver el buen ojo del director de Calle Mayor y eso fue lo que apareció en la pantalla, para solaz de Maite Belllido, puesto que no sólo apareció en la inolvidable película en su papel de niña postulante, sino que vivió el rodaje como una aventura interminable.

Calle Mayor, rodada en 1956, permitió a la familia Bellido convivir con la fiesta del cine vista desde sus entrañas. En Los Leones se rodaron unas cuantas escenas imprescindibles, porque al coro de holgazanes bromistas les venía muy bien ese café a la antigua como escenario de sus pillerías de brocha gorda. Así que la familia del cine se instaló en el bar de la calle Portales e hizo que brotara la magia, con tanta intensidad que Maite todavía sigue sin olvidar multitud de anécdotas: tenía 9 añitos entonces, la edad en que la vida te empieza a sorprender y se fija por lo tanto con mayor determinación cada recuerdo en tu retina. Sobre todo, si tienes un memorión como el de ella, capaz de desgranar casi fotograma por fotograma la película 60 años después.

Aquella Semana Santa memorable, con José Suárez disparando suspiros entre las damas de Logroño a su paso por Portales, la sonrisa de Betsy Blair imantando la pantalla, el enorme talento de figurantes como Manolito Alexandre, la pura magia del cine chocando contra la propia magia encerrada en el blanco y negro de las calles logroñesas… Todo ese equipaje inmemorial que Maite Bellido va recitando mientras no deja de recordarse caracterizada para su papelito en la peli: con su uniforme de la Compañía de María, gorrito incluido, y el chicle bazoka haciendo pompas mientras pide una ayudita hucha en ristre a la pareja protagonista. Una figurante con chicle, como figurantes fueron (bien que con frase) otras vecinas de Logroño (la Bruna, la Peña) en la mítica cinta de Bardem, alumbrada en Los Leones cuando Los Leones simbolizaban todo un mundo: cuando todo un mundo cabía en un café.

Cuando todo un mundo cabía en la calle mayor de cualquier ciudad de provincias.

P.D. Postdata final. Como dejé sentado al comienzo de esta serie de entregas dedicadas a Los Leones, me siento en deuda de gratitud con Maite Bellido por la generosidad con que me fue regalando sus recuerdos de cría en el querido café de Portales. Y ado también la estupenda contribución del caballero Santi de Santos, quien me envió otras de las fotos que ilustran estas líneas, y la aportación de Eduardo Gómez, en este artículo que me sirvió de inspiración. Y por supuesto con mi señora madre, que activó mi interés por Los Leones cuando recopiló para mí el puñado de fotos donde aparece con sus amigas de jovencitas (guapas y elegantes todas: Mari Paz, Rosi, Mari Tere) y en una Nochevieja con mi padre y el matrimonio Somalo, la querida Mari Ángeles y el llorado Alberto. Así que lo dicho: muchas gracias a todos. Los Leones se despiden de ustedes.

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Los Leones, un bar de cine (III)
Jorge Alacid 15-04-2016 | 8:19 | 0

Clientes de ficción en Los Leones: son los actores de Calle Mayor

 

Como decíamos ayer… Como decíamos anteayer…

Bajo la dirección ya en solitario de Ricardo Bellido, llega el gran momento de Los Leones, los años que no olvidan los logroñeses que fueron sus clientes fieles. Con esa clase de lealtad hacia el bar que les trataba mejor que su propio hogar, con la clase de vínculo que se forja cuando entre quienes habitan a ambos lados de la barra nace ese algo tan parecido a la amistad o la camaradería. “Había clientes que eran como de la familia”, confirma Maite Bellido. Las sesiones de baile, con el pick-up de maleta que adquirió su padre como banda sonora cuando no reclutaba músicos en vivo, marcaban el calendario de Logroño, esa secuencia de bailes jueves/sábado/domingo que no convenía perderse si uno quería saber entonces qué se cocía por la ciudad, porque por Los Leones acababan desfilando todos: los indígenas, por supuesto, pero también los forasteros. Comerciantes de paso y mozos de reemplazo, alguno de los cuales abonaría una anécdota asombrosa: cuando Aurora, la hija de Maite, se fue a vivir a Barcelona mucho tiempo después, acabó en casa de un matrimonio… que se había conocido bailando en el café familiar, mientras el caballero cumplía el servicio militar en Logroño.

Casualidades de la vida. La vida, sí. Ah, la vida. La vida tiene cosas que la razón no entiende, como alertaba el bolero, de modo que se comprenderá que a Maite se le nuble a ratos la vista mientras abre su corazón para que bombee esos recuerdos condensados durante tantas y tantas tardes en el negocio de la calle Portales, atenta al discurrir a los clientes, dando cháchara a las parejas más conspicuas, preparando con su padre el cotillón de Nochevieja. “Desde un mes antes”, rememora, “ya le decían: ‘Ricardo, resérvame una mesa’. Y mi padre hacía un plano con las mesitas, les iba poniendo nombre, preparaba las bolsas con los bigotes de pega, el confeti y los matasuegras”.

Aquellas noches de Año Nuevo, la plantilla de Los Leones se quedaba dentro del bar cuando cerraba su puerta (su hermosa puerta giratoria) y prolongaba el festín con su particular recena, hasta bien entrada la madrugada… mientras Maite, entonces una pequeñaja, se tenía que conformar con marcharse a casa de sus primas nada más comer las uvas, imaginando cómo sería la juerga que se avecinaba en su ausencia, sintiendo esa punzada de envidia que todos alguna vez hemos sentido cuando no nos dejaban jugar con los mayores, un sentimiento teñido hoy por la melancolía de saber que aquellos fueron buenos tiempos de verdad.

 

Celebrando una Nochevieja en los años 60

 

Los Leones, años 60. Retrato de grupo

 

Porque mientras repasa los pormenores de su privilegiada vida como vigía de aquel mundo feliz, Maite va desgranando los asombrosos detalles que cabían en Los Leones. Cabían desde luego las veladas sabatinas, comandadas por los famosos ‘Fernandos‘ de Radio Rioja y su no menos célebre programa ‘La sonrisa de los niños’ y cabía por supuesto la pléyade de queridos camareros cuyos nombres va recitando, desde Vicente y Benito, los recordados jefes de barra, hasta el trío formado por Martín, Arturo y Moreno, pertrechados de uniforme (uno en invierno, otro en verano), y el mariscal Calatrava, as de la amabilidad, al igual que sus compañeras de oficio. Porque otra de las novedades que incorporó el bar fue contar con mujeres defendiendo una profesión en teoría de hombres en aquella elegante y enorme barra de Los Leones, más de veinte metros de longitud donde, en efecto, cabía todo un mundo. Defendiendo todos, plantilla, clientes y propietarios, un modo distinto de sentir el negocio de los bares, asomados por lo tanto a los prodigiosos ventanales con vistas a Portales, que entonces era como asomarse a Logroño entero. Orgullosos de participar de la magia contenida en Los Leones, su caprichosa rotulación, su graciosa imagen de marca cuando ese concepto ni siquiera existía.

Un paraíso. Un paraíso para Maite, que notó clausurarse una etapa de su vida a los 17 años, cuando cerró el bar que fue su casa. Ricardo Bellido, que ya había abierto en Vara de Rey un bar igualmente inolvidable, el Milán, se confesó incapaz de seguir el ritmo de trabajo que exigía desdoblarse entre esos dos negocios, a los que añadía en verano la gestión de otra cumbre del Logroño hostelero, el Bolo Pin Club de Calvo Sotelo, sala de fiesta con encanto chic y bailes al aire libre.

Llegaba el adiós a Los Leones: aunque esa es otra historia.

Continuará.

P. D. El Bolo Pin Club ha aparecido ya alguna vez por estas esferas del ciberespacio: una sala de fiestas al aire libre, que por lo tanto abría sólo en los meses de verano, ubicada en Calvo Sotelo frente a los Maristas, que visité con alguna asiduidad de niño acompañado por la mano paterna. No tengo sin embargo ningún recuerdo de su gemelo, el llamado Jardín Victoria, con el que competía el Bolo Pin Club, donde trabajó algún tiempo mi querido tío Javier. Al Bolo vuelvo siempre que puedo en uno de estos viajes memorísticos: lo recuerdo como un acabado ejemplo de aquellas salas que aparecían en las comedias de Hollywood, con las parejas bailando los ritmos yeyés, un elegante emparrado, la barra coqueta al fondo. Retazos de un mundo que se perdió.

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Los Leones, un bar de cine (II)
Jorge Alacid 08-04-2016 | 2:22 | 0

Orquestina Maipú, que actuaba en Los Leones (foto cedida por el blog Recuerdos de Logroño)

 

Como decíamos ayer…

Los Leones era más que un bar: era un casón majestuoso, donde hoy se levanta el edificio al que aún da nombre, convertido en pasaje en aquellos años 70 que tanto daño hicieron por la memoria de Logroño. Aquel Los Leones, fundado por la familia Barrenengoa al estilo de los grandes cafés centroeuropeos, con su acabada estética ‘fin de siècle’, protagonizó un prodigio inaudito para los logroñeses: de la mano de los Bellido, supo preservar ese legado en los detalles de su elegante decoración (un poco al estilo del cine Diana, como apunta juiciosa Maite Bellido), mientras abrazaba la modernidad mejor entendida gracias a la sabiduría del decorador Arturo Menac, protagonista indispensable de esta historia. Parece un actor secundario, porque se limitó a redecorar el local, pero acabará convertido en actor principal, como ocurre en las mejores películas. Menac aportó su ingenio para que Los Leones se convirtiera en una cafetería a la americana sin borrar nunca de sus espaciosos salones ese perfume a la antigua. Un mismo bar, dos almas: ahí residía probablemente el encanto que todavía atesora en la memoria de los logroñeses más veteranos, como observa la propia Maite cuando tropieza en sus andanzas por la ciudad con algún antiguo cliente y entabla tertulia como si Los Leones siguiera abierto. Como si se hubiera cerrado ayer.

Amplio, elegante, coqueto. Los Leones triunfó porque al olfato de Bellido para el negocio hostelero que había interiorizado en el Victoria de la calle Carnicerías cuya familia regentaba se sumó el buen gusto de Menac para los detalles mayores y menores. Bellido, en compañía de sus cuñados Dionisio, Carlos y Domingo Ochoa, se mudó en los años 50 al café de la calle Portales, que transformó a su gusto. Impuso el concepto de café restaurante, toda una novedad para la ciudad y para la época, y dispuso un auténtico teatro de operaciones ocupando casi la totalidad del edificio. Porque ahí radicaba, como subraya su hija Maite, uno de los misteriosos encantos de aquel bar: que, en efecto, era más que un bar, prácticamente un edificio consagrado a la hostelería. Un entramado muy rico en vericuetos, por donde Maite se recuerda jugando de cría con sus amigas, aprovechando la taquilla para estudiar o la cocina con vistas a la barra para asomarse al mundo de los mayores que le fascinó desde muy cría.

Un edificio con bodega en su vientre, con tostadero de café en la planta superior, con pasillos que podían acabar con el piso donde se ubicaba el Club Deportivo Logroñés o el recodo donde tenía su sede el Club Taurino o la esquina donde se alzó el Hogar Navarro. Un pequeño laberinto asomado a un patio central de mayúsculas dimensiones, puesto que contaba incluso con una pileta donde Maite se bañaba, en cuyas aguas recuerda la presencia sorprendente de una familia de carpas. Un bar pionero en tantas cosas: allí se instaló la primera cámara frigorífica con que contó Logroño, donde se elaboraba tanto la leche merengada como la leche helada, prodigio de cuya existencia servidor no tenía noticia. Allí se aposentó el primer mostrador de que dispuso la marca Frigo para sus helados, allí vivía (bien que en uno de los pisos superiores) la familia fundadora y allí acabó montando el añorado Manolo Iturbe su primer obrador y su primer despacho de pasteles, recién desembarcado desde Haro.

Se comprenderá por lo tanto el impacto que tuvo para Maite el negocio familiar y se comprenderá también cómo Logroño se fue adaptando a tantas novedades al ritmo que marcaba la familia Bellido, con Ricardo al frente y la madre, Teresa Ochoa, gobernando desde la cocina. Hacia 1954, el resto de los Ochoa habían tomado bajo su dirección el entonces emergente Bahía, bar recién abierto en la cercana Marqués de Vallejo, así que Ricardo y su familia se quedaron solos al frente de Los Leones, apareció el citado Arturo Menac y entre todos hicieron magia: un truco de prestigitador convirtió el ya célebre café en algo distinto, más ambicioso, más memorable. Un bar que fuera icono de Logroño. Con la reforma, la zona del restaurante se convirtió en cafetería y brotó también una sala de baile, según la moda que empezaba a enseñorearse de otras ciudades de España. O, mejor dicho, dos salones de baile: uno se situaba en la zona superior, destinado a los precios más populares, al que se accedía desde Hermano Moroy; el otro, más chic, congregaba a la naciente clase media logroñesa que tal vez aún no sabía que lo era, pero que se permitía ya alguna alegría en forma de bailes de salón, amenizados casi siempre por la misma orquesta, la legendaria Orquesta Azul, cuya alineación Maite todavía recita de memoria. “Creo que alguno todavía vive”, aventura.

Continuará.

P.D. A lo largo de estas líneas que ya avanzan por su segundo capítulo ha aparecido alguna vez el legendario decorador Arturo Menac, cuya aparición por Logroño allá en los años 50 y 60 galvanizó la escena de los bares locales, donde concentró gran parte de su talento, ingenio y buen gusto. Yo así recuerdo Los Leones, como una meca del lujo aplicado al sector hostelero, pero luego he ido conociendo otras de sus inolvidables hazañas: a su mano se debió, también aliado con los Bellido, la decoración del Milán y de su olfato nacieron el Ibiza, Las Cañas, La Granja… No sigo, que se me saltan las lágrimas: acabo de citar alguno de mis bares favoritos. La mayoría difuntos.

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Los Leones, un bar de cine (I)
Jorge Alacid 01-04-2016 | 8:34 | 0

Entrada por Portales a Los Leones, durante el rodaje de Calle Mayor

 

Cuando uno pasea en Logroño la mirada por la nostalgia, sus pasos le conducen hacia la misma conclusión: lo que pudo haber sido. Lo que pudo ser esta ciudad si sus vecinos y dirigentes hubieran mostrado algo más de amor por su pasado, más cariño por sus calles, más afecto hacia sus rincones más entrañables. Una desolada visión que vale también para el universo de los bares, porque Logroño acoge un cementerio consagrado a la memoria de los locales difuntos, algunos de los cuales han tenido ya espacio en este blog.

Sirva este preámbulo como antesala de las líneas que se disponen a honrar a uno de los más hermosos bares que acogió Logroño, hermoso desde su misma nomenclatura: Los Leones. Un establecimiento heredero de una tipología muy cara a la vieja Europa que dejó sin embargo escasos ejemplos entre nosotros: el café. El gran café. Eso era Los Leones. Un gran café, el mejor de su género con que contaron los logroñeses del siglo pasado para emplearlo en lo que se emplean este tipo de garitos: para ver pasar la vida. El cliente deviene en observador atento de las cuitas de su ciudad, anota en su caletre las variaciones que observa tras los ventanales, registra el movimiento del resto de parroquianos y confraterniza con los dueños del local tanto como con sus camareros, que acaban formando parte de su propio paisaje vital.

Para que semejante suceso acontezca, se requieren algunos requisitos que Los Leones superaba con excelente nota. Un céntrico emplazamiento (la calle Portales), un espacio majestuoso (y majestuoso era como se observará en las imágenes que ilustran esta entrada), un servicio que garantizase que el cliente se sintiera allí mejor que en casa… Los Leones era eso y era mucho más, porque al crío que uno era entonces, cuando lo frecuentaba guiado por la mano paterna, le impresionaba lo grandioso del escenario y todavía le  emocionaba más saber que sirvió como improvisado plató para la película Calle Mayor, como atestigua gentil Maite Bellido, convertida en amable cicerone para el autor de estas líneas en su condición de fedataria de Los Leones, el café donde ejerció de princesa.

Porque Maite es hija de Ricardo Bellido, dinámico empresario hostelero a quien la memoria popular asociará siempre con el desaparecido local, y a ella le debo los datos que a continuación desgrano sobre la historia de la cafetería, así como algunas de las fotos que ilustran estas líneas. Gracias a su testimonio confirmo lo que sospechaba: que a veces, la historia de una ciudad entera puede condensarse en un breve apunte biográfico, en la mínima peripecia de uno de sus vecinos, en la trayectoria leve de sus rincones más castizos. En ellos está representada la vida entera de esa ciudad, que a menudo se pespuntea como es norma en el caso de Logroño contra el telón de fondo de sus bares. Sobre todo, cuando sus bares alcanzan una fama que trasciende sus avatares: cuando se transforman en icono local, faro y brújula.

Ese el caso de Los Leones, que no siempre se llamó así. Maite recuerda que cuando su padre, Ricardo, tomó posesión del emblemático establecimiento todavía se llamaba Los Dos Leones. Ocupaba el mismo emplazamiento, tan cañí: en efecto, ubicado en la calle que fue central de Logroño, tenía también salida hacia Hermanos Moroy, lo cual justificará algunos divertidos enredos que Maite irá contando a lo largo de la conversación que aquí resumiremos.

Así que como en las novelas por entregas, ahí va la famosa palabra: continuará.

Juan Antonio Bardem y José Suárez, con otros clientes de Los Leones

 

P.D. Por primera vez, una de las entradas de este blog tendrá vocación de serial. Lo merece la altura y prestigio del local que protagoniza estas líneas y lo merece el abundante caudal de información que con amabilidad y asombrosa memoria me regaló Maite Bellido. Lo merece también la deuda que uno tiene contraída con aquellos espacios que habitó de crío, donde quedó atrapada una parte de nuestra memoria: me recuerdo de niño, acudiendo a buscar a mis padres, que fueron clientes fieles del café, para subirme a sus rodillas o los de sus colegas de tertulia mientras me invitaban a un chocolate. Sólo el de Moreno me supo alguna vez tan rico.

 

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