La Rioja

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Fecha: mayo, 2016
Tragos, rumbas y rocanrol
Jorge Alacid 31-05-2016 | 9:17 | 0

Nuria, en la puerta del Maltés. Foto de Justo Rodríguez

 

Un bar donde sonaran Los Ronaldos y Peret, por supuesto. Donde se profesara la devoción que merece Celia Cruz, desde luego. Un bar donde siempre se escuchara de fondo alguna tonada, donde la música naciera también del magín de sus clientes, quienes entregarían en la barra su botín en forma de cedés o casetes para construir una banda sonora colectiva a mayor gloria de la rumba y del rocanrol. Sería un bar pilotado por una maga, una hechicera. Una camarera que mezclara sutil en sus pócimas alcohol, sonrisas y un toque de pícaro misterio. Una camarera llamada Nuria que lleva en su corazón el bar que quería y lo comparte con quienes visitan estos metros cuadrados de armónica complicidad dispuestos en la calle Bretón: el bar se llama Maltés, ejerce de faro, guía y brújula como se exige a los mejores bares para noctívagos y resto de la fauna logroñesa que encontró hace 16 años en Nuria a su confidente favorita y en este bar, su bar predilecto.

Ocurrió en el año 2000, recuerda Nuria. Quienes hayan seguido sus sigilosos pasos por Logroño la recordarán en otras encarnaciones como camarera que ella recita como quien rememora una suerte de monopoly de bares indígenas donde prestó servicio. La Buhardilla, Plas, Isopo… Defendió también alguna barra en la calle Laurel, mientras se aventuraba en el territorio hostelero como una exploradora que busca su particular tierra prometida denominada trabajo por cuenta propia. Se topó con ese grial aquí, en este bar donde ahora echa la vista atrás y se reconoce en la chica que con 16 años menos aceptó el traspaso del Maltés de sus propietarios originales, quienes durante siete años habían intentado sin gran éxito incorporar al bar a la ruta de las grandes ligas logroñesas.

Nuria sí lo consiguió. Reina desde entonces en este breve espacio que dejó más o menos tal y como estaba el día en que puso aquí el pie, desparramó por la barra y la terraza su atributo esencial, la autenticidad, y adornó el conjunto con lo antedicho: buena música, buenos tragos. «Aquí se bebe de todo. Bueno, mis clientes en realidad se beben lo que yo les ponga». Primera risotada. Luego habrá más, alguna con un punto de emoción contenida, como cuando se le pregunta por esa extraña fraternidad alcanzada con su clientela y cita al célebre Walsky como su parroquiano preferido. «Me gustó este espacio desde el primer momento», reflexiona mientras esparce la mirada a su alrededor, en esta hora incierta del crepúsculo y asiente: en efecto, lo especial del Maltés es su atmósfera.

 

Poniendo música. Foto de Justo Rodríguez

 

Su atmósfera y su camarera. Reina de ese feudo donde los clientes han acabado por pertenecer a este bar «más que yo misma», como confiesa con ese punto ingenuo con que va hilando la cháchara. Porque se sorprende observando que su clientela «es más o menos la misma de cuando abrí el bar, aunque todos estamos algo más viejos, claro, porque la gente nunca se va, no sé qué pasa que dura mucho», igual que le llama la atención que, en realidad, a ese proteico grupo inicial se han ido sumando nuevas generaciones que encuentran en el Maltés lo mismo que sus mayores: tragos, rumbas, roncanrol. Atributos que son más que palabras: son una actitud, que Nuria defiende con vigorosa energía sobre todo en esos tramos finales de la noche, cuando hace magia de verdad. Cuando abre su circo de tres pistas: ajusta el volumen para que los bafles inunden de música la estancia, sirve el último trago al feligrés de turno, elucubra con el conversador infatigable del fondo, despacha tal vez a algún pelma que nunca falta.

Luego, cuando baja la persiana, hay veces en que Nuria no se marcha. Se queda como de guardia, de tertulia en la puerta, apurando la noche. Siente que el día ha valido la pena cuando logra sumar a la
parroquia de confianza «a esa gente nueva que de repente viene y consigo que se quede». Rodeada de fulgencios y mangoleles, Nuria sospecha que antes que un bar, el Maltés es «como una burbuja, como un agujero negro», apreciación corroborada por las afiladas plumas que visitaron un día sus dominios y se alistaron en su club de fans. «Tanto doy a mis clientes, tanto dan ellos» dispara como un eslogan posible para el Maltés.

–También es un oficio ingrato.

–También, pero yo lo veo más como algo divertido. Mi único deseo es seguir divirtiéndome. Y mientras mis clientes me sigan acompañando, yo sigo.

P.D. Cuando Nuria deja su puesto avanzado de centinela en la calle Bretón y se sitúa a este lado de la barra, confiesa su predilección por unos cuantos bares logroñeses, entre los cuales cita tres: el de Manuel en la calle Albia de Castro, el Villarreal del parque del Carmen y, sobre todo, el Moderno. Un clásico en permanente renovación. Un posible modelo para el Maltés.

 

Moderno

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Bar Iturza, nueve letras
Jorge Alacid 20-05-2016 | 7:18 | 0

Rótulo pintado del bar Iturza, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace unos cuantos meses, recibí el encargo de colaborar con una publicación que pretendía reflexionar sobre el impacto que generan en Logroño algunos indómitos rótulos de comercios muy característicos. Espigué la lista de potenciales candidatos y me decanté por escribir sobre el bar Iturza, cuya rotulación tanto me ha intrigado desde antiguo. El caso es que el tiempo iba pasando, el proyecto no terminaba de cristalizar y hace unos días recibí de su promotor la noticia de que en efecto la publicación no verá la luz, al menos de momento. De modo que me ha parecido oportuno recuperar en esta entrada las líneas que en su momento puse en limpio sobre un bar muy particular y un rótulo no menos fetén.

 

Ahí va el artículo:

El neón de los bares, la lírica callada de la tipografía, acompañan los pasos ciudadanos desde que el azar nos deposita en el mundo. Mundo Logroño. Así como el bar nos sirve de brújula, el rótulo es nuestro faro. Trepa la niebla desde el río, pero al fondo del Espolón parpadea la cegadora luz que nos avisa: estamos llegando a Ibiza, playa bajo los soportales. A lo lejos luce como un reclamo otro heraldo familiar: Samaray, hermoso nombre. Y sabemos que nos acercamos a casa cuando lo anuncia La Granja, que ilumina la calle Sagasta con una deslumbradora potencia de fuego, formando una nebulosa que se parece bastante a una pesadilla. Es una fantasía animada de ayer y de hoy, porque se nutre del rico catálogo donde bullen otros rótulos imperecederos: Pingouin Esmeralda, La Gaceta del Norte, Orive, Henry Colomer… Vecinos, el cartel de La Numantina, que todavía resiste, y otro ya olvidado: el del Instituto Nacional de Previsión, nomenclatura que haría feliz a Kafka.

Carteles que enmarcan la clase de democracia favorita de los logroñeses, la mesocracia, y que también contribuyen a su ceremonia civil preferida: irse de bares. Una iglesia laica que se anuncia de mil maneras, entre el neón y la brocha gorda, devota de un tipo de letrero que debe su fama al pintor que pinta con amor esas palabras donde día tras día se reconocerán varias generaciones: Bar Iturza. Nueve letras. Nueve, el número bíblico, el número del Espíritu Santo, lo cual resulta pertinente con la atmósfera ambiente del local de la calle Mayor, templo espiritual y dipsómano, adicto al misterio llamado gamba a la gabardina, suculento bocado y poderosa imagen que tal vez bautizó Ramón Gómez de la Serna.

Bar Iturza, la palabra pintada. Dos palabras para ti. Y entre las dos palabras, un registro azul eléctrico aporta el dato prosaico a la desteñida poesía que encierran los cuatro colores del letrero pintado contra la pared, cuya hechura imperfecta remite al día olvidado en que el pintor recibe el encargo y se pertrecha de pinceles. Cuando izado a la escalera perpetra esta manifestación de arte cotidiano y decide en honor de aquellos otros pintores logroñeses que le precedieron en el escalafón recurrir al marrón sutil, festonear de blanco las nueve letras y decantarse por el rojo como color dominante que nada domina, mientras al fondo brilla un azul inesperado ejerciendo de sombra. Cuatro colores al servicio tanto de la parroquia conspicua como de la recién llegada, una coalición de modernos de última hora, parvenus que todo lo ignoran sobre la dramaturgia del huevo duro, antaño divisa del Iturza cuando se traspasaba esta puerta presidida por los cuatro colores que la decoran.

Sucede que el cliente penetra ya en el bar sin ver el letrero, que tal es la hazaña máxima a que aspira cualquier artista: ser invisible. O al menos que lo sea su estilo. Alcanzar por lo tanto ese edén en que el artesano tipógrafo deviene en maestro pintor. Porque pinta con amor. Amor, diosa de los bares.

 

P.D. El artículo transcrito me permitió irme de excursión por los confines de la memoria y trazar ese itinerario de rótulos que he ido citando, donde reparé que exigen capítulo propio aquellos bares con más bellos letreros. Incluyo otro aquí que no aparecía en el texto: el Tívoli, que sus actuales regentes han tenido a bien recuperar en la remodelación todavía reciente. Una pena que por el camino se hayan extraviado otros no menos hermosos: Capri, Dickens, Turismo, Chevalier…

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Doblón, Doblón
Jorge Alacid 13-05-2016 | 7:32 | 0

Bar Calenda, antes Doblón. Foto de Justo Rodríguez

 

Como mis padres eran de La Granja, yo me marché a Doblón.

Alcanzaba entonces la adolescencia, esa tierna edad: cuando uno empieza a reivindicar su propio espacio y huye por lo tanto de cuanto le puedan enseñar sus mayores porque ya lo sabe todo de la vida y no admite lecciones. Así que una de las primeras señales que envié a mis progenitores respecto a mis particulares gustos tuvo que ver con una trascendental elección en materia de bares: acababan de abrir una elegante y espaciosa cafetería enfrente del hogar familiar, lo cual representaba toda una invitación a abandonar la tutela paterna (las tertulias de La Granja) y decantarme por mi propio universo, donde pronto encontré recompensa. No había dudas: con la impertinencia propia de mi condición juvenil, deserté de los hábitos conspicuos de las generaciones anteriores y opté por trazar mi itinerario personal. Tendría unos 15 años cuando tomé tal decisión: ya no volvería a La Granja. Ah, la edad: cuántas estupideces… Pero esa es otra historia.

Yo adopté semejante renuncia no sólo porque uno estuviera más a gusto lejos del radar de sus padres, consumiendo sus propios tragos (el cafelito del mediodía, por ejemplo) lejos de ellos, sino porque topé con aquel bar donde aguardaba otro par de alicientes: por ejemplo, la consulta metódica de la prensa diaria sin abonar ni un céntimo, más o menos como ahora sigue siendo tendencia, y la atención gentil con que me obsequiaba cierto camarero a quien todavía sigo viendo por ahí y a quien poco después conocí vestido de civil, sin el uniforme de barman, al frente de una proteica banda logroñesa llamada Fríos, calculadores y distantes.

Pero esa esa otra historia. Lo realmente fetén de aquella cafetería era no tanto su mejorable denominación (Doblón: parecía que sonaba el cencerro de una vaca) como lo antedicho. Una elegante y sinuosa barra, un estupendo servicio de camareros, una cierta sofisticación que nacía (supongo) del alto número de periódicos que se ofrecía para su atenta lectura a la parroquia; entre ellos, una anomalía: el lunes, cuando estaba prohibida la publicación de prensa diaria en España, sólo se aceptaba por parte de la autoridad competente (militar, por supuesto) la impresión de aquellas hojas del lunes cuya gestión se encomendaba a las asociaciones provinciales de la prensa. De modo que en Doblón tropezaba uno con la Hoja del Lunes de San Sebastián, botín negado en otros bares que allí se nos regalaba para acompañar el café con los pormenores de la actividad pública, sobre todo deportiva: era curioso observar las penurias del amado Logroñés a través de las crónicas de la difunta agencia Mencheta. Pero esa es otra historia.

El bar garantizaba otras alegrías, pero debo aceptar que mi predilección por subirme a sus taburetes y dedicar un rato largo a la lectura de prensa nacía de la evidencia de que por allí era difícil que apareciera el fiscalizador ojo familiar. Podías quedar con la novia, inmune a esa rara sensación de que alguien te observara por la espalda, y pelar la pava sin prisas. Y podías en consecuencia abandonarte al placer de observar la fauna local, sabiendo que por tu temprana edad no ocurría lo contrario: de adolescente eres más o menos invisible, así que podías concederte el placer de ver sin ser demasiado visto.

De modo que por esos años vi alzarse ante mí a un público que hasta entonces no aparecía en la vida cotidiana de Logroño: llegaban los 80 y algunas cosas iban a cambiar. El comercio de Portales y alrededores, hasta entonces icono de la ciudad, empezaba a mutar su piel, el centro se trasladaba hacia el sur y los santos patrones de Logroño, esas familias que tendían a dirigir la vida de sus congéneres para imponer su santa voluntad al resto de paisanos, tampoco eran ya lo que fueron: misterios de la neonata democracia. Pero esa es otra historia.

Doblón se convirtió desde luego en mi cafetería favorita durante una larga temporada y no sólo por sus atributos hosteleros: también encarnaba un tiempo nuevo que a mí me sorprendió acodado en su majestuosa barra, haciéndome pasar por un logroñesito más mayor de lo que en realidad era, distraído en las peripecias del Logroñés y otras calamidades, como las protagonizadas por el Barcelona. En realidad, estaba esperando la hora divina en que por fin pudiera entrar en el Merlín vecino. El bar que sí que lo cambió todo.

Pero esa también es otra historia.

P.D. El viejo Doblón se llama ahora Calenda. No tengo el gusto. Me ocurre con este bar como con otros locales de Logroño resucitados: declino visitarlos porque me incomoda el recuerdo de lo que fue, puesto que mi visión melancólica del enigmático pasado suele derrotar a la pura realidad del presente. En su piso superior, la cafetería albergó dos negocios no menos gloriosos: el restaurante Machado y su sucesor, el Marón. En ambos tuve el gusto de disfrutar de sus mesas, muy bien dispuestas de golosinas de todo tipo, lo cual añade un punto de acerada nostalgia a estas líneas.

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Bares con denominación de origen
Jorge Alacid 06-05-2016 | 5:11 | 0

Mapa de La Rioja. Así éramos

 

Hace unas cuantas semanas, cayó por mi jurisdicción una suculenta vianda de la que no tenía noticia: una estupenda morcilla, elaborada en Anguiano según me comentó la amable carnicera mientras me la expedía, prometiendo un gozo infinito cuando me la zampara. Llevaba razón la buena mujer: la recomiendo desde aquí… si tiene usted la suerte de encontrarla en algún bar de Logroño. Yo desde luego no he tropezado con ella por ningún lado, lo cual me ha hecho recordar un comentario que me hizo llegar hace ya tiempo la amiga Tere, a quien puede encontrar usted simultaneando simpatía y profesionalidad así en La Taberna de Baco como en el Donosti.

¿Qué me contaba Tere? Que en la mentada Taberna de Baco procuran como norma que sus productos tengan denominación de origen riojano. Cuando me lo dijo, caí en la cuenta de que ése era un flanco todavía sin explorar del todo entre los bares logroñeses: no porque no hagan como Tere, puesto que seguro que tienden a abastecerse en las firmas más cercanas, sino porque no explotan como debieran su vocación por las materias primas de casa. Nunca he entrado en bar alguno de Logroño donde haya tropezado con un argumento de esa consistencia tan prometedora, que encierra el compromiso de distinguirse de los demás. Hacer marca, en definitiva, que dirían los expertos en mercadotecnia que tanto abundan: bares, en efecto, donde las mercancías lleguen desde manos próximas, desmarcándose por lo tanto de la competencia con ese sello de calidad autóctona.

Insisto. Seguro que la mayoría de bares se proveen de materias primas en Logroño y alrededores, pero sí así se comportan, luego hacen algo muy mal visto en estos tiempos en que no sólo hay que ser bueno, sino parecerlo. Darlo a conocer, hacer bandera de esa tendencia a recurrir a los proveedores de su entorno. Que se entere en consecuencia toda tu clientela de que esa morcilla que llega desde la plancha es de Anguiano. O de Foncea, por ejemplo, donde también las elaboran con semejante mimo y estupendos resultados. Que los huevos vienen de esas gallinas felices que pululan por Arrúbal gracias a Rosalinda o del resto de granjas hermanas de esa dichosa cofradía. Que los embutidos provengan también de amigos indígenas, que los pimientos sean de Tormantos (o de Leiva, sin salir de esa esquina fronteriza con Burgos) y los tomates, de Zarratón. Que el queso sea de Cameros (aunque la factoría radica en Haro y me tiene entre sus fans) y los champiñones y setas, huelga decirlo…

Y que La Rioja se ofrece incluso como improbable puerto de mar y en consecuencia los calamares vienen de Tricio. Lástima que cerrara la planta de anchoas de Albelda: sigo sin encontrar otras mejores. Pero la lista que voy aquí medio improvisando puede prolongarse hasta cuanto quiera el improbable lector. Añada en consecuencia aquellos víveres que le resulten más familiares y ofrezcan mayores garantías, reclame que también el pan (ojo con el pan: alimento básico como pocos que merece por sí mismo una entrada cualquier año de estos) salga crujiente de los hornos de confianza y por supuesto, por supuesto, por supuesto: que los encurtidos patrios exijan en nuestras barras favoritas el papel protagonista que merecen. Un chorro de aceite riojano de cualquiera de los trujales que recorren la geografía regional completaría la foto: ahí tiene usted la carta más autóctona y fetén para un posible bar con denominación de origen.

Pero sobre todo, que el dueño del bar nos lo recuerde. Que toda-toda-toda la cartelería avise al cliente indígena que se encuentra como en casa porque le rodean alimentos amigos. Y que el aproveche para darle un bocado a esta tierra en sus incursiones entre nosotros y luego ejerza como el mejor divulgador de nuestros encantos.

Es sólo una idea. Una idea que regalo, con la promesa de que si algún día semejante bar se levantara ante nuestros ojos, me tendría entre sus clientes. Y me malicio que alguno más me seguiría.

P.D. Sobra recordar que cuando uno ingresa en cualquier bar logroñés, espera topar en materia de vinos con aquellos que despachan las bodegas riojanas: ahí sí que la denominación de origen se da por supuesta. Aunque viene siendo habitual encontrarse con marcas de otras denominaciones, lo cual a mí me parece bien: estoy en contra de cualquier forma de papanatismo. Me contaba el dueño de un prestigioso bar que su oferta de tintos se limita a Rioja, pero que en blancos le suelen pedir sus clientes vinos de otras denominaciones y señalaba hacia la pizarra, donde aparecían en efecto unas cuantas nacionales e internacionales. Al lado, por cierto, de la oferta en cerveza también escrita a tiza: cerveza riojana, que desde luego la hay. Igual que hay otros licores, del vermú al pacharán, nacidos aquí al lado. Sin necesidad de remontarse la añorada y muy bizarra ginebra Poldark, ‘made in’ Albelda.

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