La Rioja
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Fecha: noviembre, 2016
Qué hay de nuevo, Ibiza
Jorge Alacid 28-11-2016 | 3:57 | 0

Inauguración del Ibiza, esta mañana en Logroño. Foto de Juan Marín

 

Hubo un tiempo que recordarán los logroñeses más veteranos donde el sol no se ponía en los bares del Espolón. Quiere decirse, hipérbole mediante, que la gavilla de negocios hosteleros arracimados
alrededor de la céntrica plaza permitía a un hipotético cliente no abandonar ese entorno y regalarse unas cuantas visitas a sus locales predilectos sin dejar de pisar las mismas baldosas. No hacía falta peregrinar a la cercana San Juan ni a la vecina Laurel: el Espolón se bastaba para satisfacer las necesidades de los logroñeses incondicionales de la ronda eterna.

Fueron los años del Ringo o el Aéreo Club, a los que siguieron los del inolvidable pub Duque; los años de Las Cañas, por supuesto, cuyo vacío ocupa ahora Wine Fandango. Y, desde luego, los años del Ibiza, inmemorial faro, guía y brújula para varias promociones de logroñeses. Que encontraban en el bar ahora recuperado el lugar donde quedar para esto o aquello: para las gestiones bancarias, el itinerario por la Plaza de Abastos o la línea de salida en su ruta hacia el vermú que invitaba a recorrer los bares aledaños. El Ibiza, sí: el Ibiza, el imaginario puerto de mar de que dispuso Logroño, que hoy reabre sus puertas para su enésima reinvención luego de una profunda transformación tras año y medio clausurado. Prevalece sin embargo su espíritu, su alma tan vinculada al corazón de la ciudad.

Que algo tiene que ver con su condición camaleónica. Porque el Ibiza jugó sus cartas con buena fortuna cuando decidió convertirse en uno de sus bares donde hay que estar. Para ver y para ser visto. Bajo esa misma filosofía reanuda este lunes su actividad, como explica David Houngbeme, portavoz del grupo empresarial que se hizo con la propiedad del local cuando sus anteriores gestores concluyeron su andadura. Se trata, por lo tanto, de reconvertir el Ibiza en lo que fue toda su vida: un café abierto siempre. O casi. Ese bar que nunca cerraba. O casi. Madrugador para el desayuno, operativo durante la mañana para el cafelito o el tentempié reparador, también funcionando para el aperitivo. Así se recuerda al Ibiza, a toda máquina también por la tarde y la noche, y así les gustaría a sus flamantes dueños que siguieran conociéndolo las nuevas generaciones de logroñeses a quienes tal vez nada les diga el viejo local. Cuando se hizo célebre por su terraza exterior y sus veladores del interior, limpiabotas incluido.

P. D. Hasta aquí el artículo publicado este lunes en Diario LA RIOJA, en vísperas de que se obrara el prodigio: en efecto, el Ibiza ha vuelto. Aunque hasta mañana no empezará a funcionar para gozo de sus incondicionales, este mediodía ha ofrecido un anticipo de lo que espera. Estupendo servicio, inmejorable imagen, un espacio confortable… Sólo le falta lo que ansían todos los negocios: llenarse de clientes. No creo que falten: el nuevo Ibiza, el Ibiza de siempre, lo tiene todo para triunfar. Y de paso completa una estupenda fachada de Logroño para deleite de indígenas y forasteros amigos de los bares.

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Y el cachopo habitó entre nosotros
Jorge Alacid 18-11-2016 | 9:00 | 0

El cachopo de La Taberna de Correos

 

También el mundo de los bares vive, como tantos sectores de la sociedad de consumo, sometido al imperio de las modas. De repente, un bar impone cierta tendencia, otros tantos le siguen a veces un poco tontorronamente, los medios de comunicación amplifican el impacto de la novedad y la clientela acaba rindiéndose a la ocurrencia de turno impulsada por ese extraño temor a quedarse fuera de juego. Por miedo a dar la sensación de que no se entera. Así ocurre por ejemplo con esta rara proliferación del cachopo asturiano en los menús de España entera, con las extravagancias propias de este tiempo donde se busca el más difícil todavía en cada ámbito, también en el gastronómico: el cachopo por sí solo no es suficiente. Debe manipularse su ADN hasta dejarlo irreconocible, retorcer la receta clásica… De modo que cuando el potencial cliente lo engulla piense que su abastecedor sí que sabe. Que en ese bar se acuerdan de verdad de sus parroquianos y les evitan en consecuencia una dieta formada por bocados vulgares. O por el cachopo de toda la vida.

Viene a cuento esta digresión porque las primeras muestras cachoperas ya habitan entre nosotros. Bienvenidas a Logroño. En formato de pincho las despachan en La Taberna de Correos, la barra de la castiza San Agustín. Y en formato plato, tenedor, cuchillo y tentetieso, es decir, bajo esa versión de generosas dimensiones a la que debe desde luego su reciente celebridad se nos aparece el cachopo en la barra de En las nubes, el bar de Gil de Gárate que ha aparecido alguna vez por aquí. Y cuentan sus responsables que con éxito. Se trata de un cachopo tradicional, construido a partir del recetario antiguo. ¿Cómo? Valga esta receta que proporciona Juanjo Cima, dueño del bar ovetense Las Tablas del Campillín y ganador del concurso organizado este año en Asturias, cuna de semejante bocado. “Algo tan sencillo como dos filetes de ternera rellenos de jamón y queso, empanados y fritos”, resume Cima. Con un secreto, claro: que estén crujientes por fuera y jugosos por dentro. Como el San Jabobo de toda la vida, vaya. Aunque sus defensores niegan cualquier similitud: el cachopo, avisan, es otra cosa. Por favor. Nada que ver con el San Jacobo.

 

El cachopo al estilo de En las nubes, con patatas y pimientos

 

En fin: como quiera que cualquier interesado en esta moda reciente puede por su cuenta teclear la palabrita en internet y darse un festín con recetas, autores y demás parafernalia (por ejemplo, el debate en torno a su tamaño, que al parecer también en esto importa), lo que aquí queremos contar tiene que ver con su vertiente logroñesa. ¿Cómo es que un plato propio de la cocina asturiana triunfa entre nosotros? A lo cual responden desde los dos bares citados lo siguiente. Susana, de En las nubes, aclara rauda la cuestión: resulta que ella es asturiana. Así que hace año y medio implantó por amor al terruño el cachopo en su ecléctica carta, poblada por cierto de referencias propias de Alemania, de donde es oriunda su pareja. “Le dije que si él ponía codillo, yo cachopo”, relata entre risas. Se trata, en efecto, del cachopo de toda la vida, tarifado a 18 euros la pieza: enorme bandeja que se acompaña de guarnición de pimientos y patatas fritas. Quien quiera modernidades, puede decantarse por la versión actualizada, con cecina en vez de jamón y queso de cabra. “No es tan sencillo encontrar estas piezas de ternera en las carnicerías de Logroño”, subraya Susana. ¿Por qué? Por su exagerado tamaño, que ya hemos dicho que importa: una media de 42 centímetros de largo por 22 de ancho. “Fuimos los primeros en Logroño, pero ahora la gente ya lo conoce y nos lo pide”, recuerda Susana. Y concluye: “Tiene mucho éxito, la verdad. Sobre todo, porque es un plato que va muy bien para ser compartido y nos lo demanda mucha gente”.

Y desde La Taberna de Correos, Richard agrega lo siguiente: más o menos, que se lo quitan de las manos, oiga. El impacto de su pincho, alumbrado allá en septiembre, demuestra que había una clientela esperando esta clase de tapa. Porque lo suyo es tapa, aclara. Aunque no cualquier tapa: “Es un cachopo medio riojano”. La razón de que así lo bautice tiene que ver con la raíz indígena de uno de sus ingredientes: el queso, que es de Cameros. Le añade cecina y lo dicho: a triunfar. “Es muy sabroso y alimenta mucho”, asegura.

En fin, que todo conspira para que el cachopo se quede con los logroñeses una temporada. Lo cual guarda cierta justicia poética: me recuerda una voz amiga aquel tiempo en que alcanzó gran impacto servido en una barra célebre, ya desaparecida. El añorado Dólar de la calle Murrieta, que ejerció de improvisado embajador de la cocina del Principado. Que hoy planta su legación en la calle Lardero, donde se alza la sede del Centro Asturiano: también el cachopo figura entre sus atractivos… hasta ahora, en que se prepara para ser traspasado a otras manos. Quien lo reabra a partir de enero tendrá que decidir si mantiene el cachopo en su carta, hoy provisionalmente retirado, o si prefiere prescindir de este emblema de la gastronomía astur.

Me malicio que ya me sé la respuesta…

P.D. Rastreando por google en torno a la vida y milagros del cachopo, tropiezo con una asociación recurrente: su vínculo con el mundo de las despedidas de soltero. Observo que es habitual que se sirva en los actos organizados alrededor de ese distinguido mundillo de muñecas hinchables y otras muestras de elegante caballerosidad, tan popularizada entre nosotros. Al parecer, los menús que se despachan para los aficionados a despedir en manada el celibato incluye con frecuencia el simpático plato asturiano, puesto que almohadilla a la perfección la zona gástrica y permite en consecuencia la ingesta de alcoholes, consustancial a estas celebraciones. Es decir, como el bocata de calamares del Moderno en la glaciación propia de los chiquiteadores de mi quinta.

 

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Los bares añorados
Jorge Alacid 11-11-2016 | 8:52 | 0

Dibujo de Néstor Santo Tomás

 

Hace un tiempo, un corresponsal de este blog me hizo llegar por correo el dibujo que decora estas líneas. Me enterneció: por ahí, por esa cuadrícula de bares logroñeses que festonean la calle Laurel y alrededores, debía andar yo en la lejana fecha en que el autor del croquis lo pintó, negro sobre blanco. Corría el año de 1984 y uno acababa de volver de la mili, con prisa por recuperar el tiempo perdido huérfano de sus barras predilectas. Como ahora compruebo, mientras tanto (en paralelo, sin yo saberlo), un paisano y compañero de quinta, Néstor Santo Tomás, se entretenía durante sus rondas por levantar este mapa que me sabe ahora a nostalgia, desde luego, pero también a vino negruzco servido en vasos, a los ajos del Florida y a la magia y la poesía depositadas en algunos locales que ya perecieron (ah, La Simpatía; ah, el Bambi) o en los que mudaron su piel. Y ya no: ya no son iguales.

Pero el dibujito también me despierta una emoción más profunda. Me desata el cariño. Hacia el Logroño que fue, hacia lo que nosotros fuimos. Así que mientras absuelvo a todos, a la ciudad y a las distintas generaciones que la han poblado, de nuestros innumerables pecados, pongo a funcionar la moviola e indago si el resto de improbables lectores de este blog comparten sentimientos semejantes. El primero que dispara es el propio Néstor, desde Zaragoza, adonde le llevó la vida. “Tenía más de veinte años y para entonces mi cuadrilla y yo conocíamos la mayoría de los establecimientos de primera mano”, recuerda. Y añade: “Y digo la mayoría dado que éramos parroquianos exigentes y vetábamos un bar a la primera ocasión que nos daban una mala contestación o habían subido el precio del vino. Éramos bastante gente y nos creíamos un lobby peligrosísimo teniendo en cuenta que salíamos todos los días, incluso en invierno”.

Néstor cree que el origen del dibujo “no era en principio otro que el de reproducir la ronda larga, la que hacíamos los fines de semana, comenzando en la actual arrocería que hay en San Agustín para enfilar luego la Mayor, la plaza de Martínez Zaporta donde el Moderno y  llegar a la Travesía del Laurel”. “Menudos ciegos”, confirma. “Está claro que en el dibujo no represento la gastronomía riojana, ni el gusto por el paseo y la conversación y el contraste de pareceres. No. Son tres personajes con un pedal nada agresivo, cierto, pero un pedal más que regular. Todo políticamente incorrecto. Aunque el estilo del dibujo recuerde a Max, el dibujante de El Víbora autor de Peter Punk, mi mayor inspiración era Azagra y sus personajes Pedro Piko y Piko Vena. Apología de fiesta sí y lucha también. Un skin y un punkarra aficionados a los tanques de cerveza”.

El amigo Néstor ha cogido carrerilla y sigue revisando su memoria logroñesa y noctívaga.  “Entonces la afición alcohólica la encauzábamos por el vino. El corto de cerveza era más caro y se ponía el doble de fondo si tenías idea de acabar con la tripa llena de gas sin apenas colocarte. Lo cierto, ahora que no nos oye nadie, es que en los años 80 no había turismo enológico ni nada que se le pareciese y la calidad del vino dejaba bastante que desear”. “Eso sí, era barato”, reconoce. Y entre trago y trago de melancolía, conclusión: Me sigue gustando nuestro Laurel a pesar de los turistas y solteros de despedida. Me encanta que el vino sea tan bueno a pesar de lo caro que se ha puesto  y también me alegra el auge de la calle San Agustín. En general me encanta el cambio que se ha operado en Logroño. Los que vivimos fuera lo apreciamos mejor, créeme. Tenéis, tenemos, una gran ciudad”.

Despedimos a Néstor con un agradecido saludo para afrontar la segunda oleada nostálgica. Desde Milán donde reside, Cristina Garay lanza sus dados: su trío de bares más añorados, los imprescindibles en cada visita a su casa logroñesa está formado por Picasso, Tívoli y Blanco y Negro. Un terceto perfumado por un baño de melancolía, porque para sus andanzas de bar en bar reclama un componente adicional: los aromas que llegan desde la cercana plaza de Abastos, el olor a pimentón y otras delicias logroñesas…

Oído, cocina. De dama en dama, nuestra improvisada encuesta recala en Madrid, donde mora la encantadora Clara Isabel Francia, princesa de la televisión y maestra de periodistas. Quien contesta lo que sigue:  “Conste que mi añoranza me lleva a la noche de los tiempos… Nunca olvidaré el Danubio ni el Pachuca. Y un tugurio estupendo del entorno de La Senda, especializado en anchoas preparadas de todas las maneras posibles. No sé si sigue existiendo. Tengo que buscarlo en mi próxima visita a Logroño”. A lo que servidor responde lo que cualquiera hubiera respondido: “Existe y se sigue llamando como siempre: Blanco y Negro”.

Vamos concluyendo. Desde Zaragoza, el conspicuo Jorge Gascón repasa mentalmente sus preferencias en esta materia, salivea fantaseando con su próxima visita para aprovisionarse de las queridas guindillas picantes y suelta sus tres favoritos: Sebas, El Soldado de Tudelilla y La Guarida. Y añade un icono menos conocido: la tortilla de patata del San Mateo en la avenida de la Paz.

De donde se deduce que en materia de bares y añoranzas, el lector improbable detectará que triunfa lo tradicional. Las barras de siempre, tan adictivas. Les ayuda su carácter longevo: han tenido más posibilidades de acoger entre sus muros a los encuestados y resto de la tropa logroñesa. Sobre todo, si la mentada tropa peina canas. Sobre todo, si alguna vez deambuló (hermoso verbo) por las venas y arterias que dibujó allá en el Pleistoceno Néstor Santo Tomás, desatando con el paso del tiempo una elevada dosis de añoranza por unos bares pasados que ya no volverán. Los bares más añorados.

P.D. Este punto melancólico que preside estas líneas viene contaminado de origen: porque echando la vista atrás he comprobado que el blog cumple cuatro años. Cuatro grandes años, desbordantes de sorpresas, pródigos en satisfacción y de extraordinario impacto personal y profesional para quien esto escribe. Cuatro años de agradecimientos por tantos buenos ratos compartidos que por lo tanto sólo pueden resumirse en esa palabra que uno no se cansa de pronunciar: gracias. Y que nos sigamos viendo en los bares.

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Barras americanas
Jorge Alacid 04-11-2016 | 8:17 | 2

Bar de Nueva York

 

Suena Meat Loaf por los altavoces del bar, donde abreva un grupo de cuarentones como suelen por aquí: en silencio. Mirando su reflejo en la cristalera que festonea la barra. Llega una pareja de mujeres, rozando la treintena y la obesidad mórbida. No sin dificultades, consiguen auparse hasta el taburete: como es norma, una larga serie de ellos siluetea la estilizada barra, sin apenas espacio entre unos y otros. Por la tele sin voz hay un partido de la liga nacional de béisbol juvenil. O algo así. Rhode Island contra Iowa. Aparece chispeante la camarera, que regala sonrisas que parecen sinceras en dirección a la propina que aguarda al final de la comanda, cuando concluye la ingesta del bocadillo que llaman cheespeak (algo así como filete con queso, especialidad de Filadelfia: recomendable), se apagan los sones de Paradise by the dashboard light, el cuarteto de caballeros se disuelve en silencio (corbata desabrochada, camisa empapada de sudor, coderas de las americanas desgastadas por el uso) y el dúo de gorditas sigue sin parar de cotorrear.

El corazón de Estados Unidos aguarda ahí afuera, frente a las puertas del bar bautizado como El búho rojo, nombre de pub inglés que sin embargo encaja bastante bien en la cuna del gigante norteamericano: estamos en Filadelfia, cuyo centro histórico sirve como condensado breve de la historia de todo el país, aunque mientras saboreo este bocadillo de queso con ternera que jamás pensé devorar pienso que en realidad el alma estadounidense muy bien podría ocultarse entre las paredes de El búho rojo. El típico-bar-yanqui, en cuya fisonomía no falta nada. Desde luego, no falta ese grupo de hombres que beben en solitario aunque acompañados: siempre me ha parecido que representa la esencia de lo que uno espera en un bar de esta nación. El bar como escenario de la derrota y del abandono. El bar como antónimo del espacio recreativo, propio para relajarse, que por el contrario resulta habitual entre nosotros.

Me parece que en este tipo de barras americanas siempre hay un personaje de Arthur Miller o de Eugene O´Neill al borde de la desesperación más absoluta. O como en Fat City de John Houston. Claro que en los bares americanos habitan el jolgorio y el hedonismo y cualquier epicúreo será bienvenido. Pero la impronta de muchos de ellos, la que nos han legado la literatura y el cine, también el teatro y la música o la televisión, se perfila contra un telón de fondo donde los mejores días ya han pasado. Habitados por una clientela devota de ese tipo de soledad tan adictiva: la soledad acompañada. Y, sin embargo, son bares memorables. Y lo son porque quienes los defienden saben que contribuyen a levantar el imaginario común. De modo que si algo fallara. Si carecieran de camarero cascarrabias o resabiado, de decoración ad hoc y de parroquianos al borde de la desolación, no servirían como bares al servicio del sueño americano o de su hermana: la pesadilla. No servirían como los bares que espera encontrar su clientela conspicua. Bares donde la profesionalidad no se negocia. Donde hay un sentido del oficio que antes era también norma en España, como si sus responsables custodiaran en realidad algo más que un bar. Una manera de sentirse vivo aunque sea mediante respiración asistida.

 

Un collage de bares yanquis

 

A lo largo del viaje surgirán muchos bares como este, diseminados por la Costa Este imagino que en igual proporción que en cualquier otro rincón del país. Bares repletos de magia, de esa tan especial que muchos bares poseen a pesar de sí mismos. Como si renunciaran a ser agradables y prefiriesen ser interesantes. En esa renuncia se deposita su escondido atractivo. Veremos el Amanda de Filadelfia, con su carta falsamente española, o el Cafe Reggio de Manhattan, donde garantizan que se sirvió el primer capuccino conocido por Nueva York, donde aseguran que también preparan la mejor tarta de queso de la isla. Veremos más bares hispanizados y veremos otros depositarios del genuino espíritu norteamericano, como el Mellon, cuya hamburguesa deliciosa no alimenta tanto como su decoración atrabiliaria, su tropa de camareras tan ágiles como sonrientes, el ventanal mirando hacia la calle como en un cuadro de Hoopper, con vistas a la Tercera Avenida y al desamparo. Sentado en Il Cortile de la calle Mulberry, espina dorsal de Little Italy (o lo que queda de la Pequeña Italia), imagino a Tony Soprano (perdón, James Gandolfini) sentado en su mesa favorita que ahora ocupo yo espiando como quien escribe estas líneas la puerta de entrada por si ocurre lo que tanto temía: un disparo al corazón. O que los canolis no se sirvan en su punto.

Todas estas barras americanas te reconcilian con la mejor versión de los bares que uno aspira a visitar. Desde luego que hay otros donde el listón de las expectativas no se sitúa demasiado alto, bares más bien olvidables. Pero aquellos locales que forman una suerte de patriciado merecen al menos ser recordados ahora que el viaje concluyó y sólo queda la nostalgia por aquellos días de verano, la ruta magnífica por Nueva York en sus bares. El majestuoso garito del Hotel Plaza. El encantador Blind Tiger en la calle Bleecker, el delicado Café Sabarsky alojado en la Neue Gallery, el imperial The Smith cuyo hermoso nombre emociona tanto como su elegantísima barra o su hermoso suelo de damero. Y bares, sobre todo, como no hay entre nosotros. Como el más acabado ejemplo de la tipología propia del país: el dinner. Uno de ellos ilustra estas líneas; alguno más aparece en el collage de fotos situado a continuación. Bares de otro tiempo que se preparan para la piqueta si la movilización popular no lo evita: así salvó la amenazante demolición que se avecinaba el más célebre de ellos, ubicado en el corazón de Chelsea, donde ahora duerme esperando que estos años tan inmisericordes expidan su certificado de defunción. Ese bar donde siempre hay una camarera con demasiada mili en su cofia esperando a servir otra taza de café americano o un bisté con patatas a los trasnochadores de guardia; ese bar de asientos corridos entronizado desde luego por el cine pero también por la televisión. Ese bar cuya estructura parece empotrada contra el edificio que le sirve como útero materno, ideal para repostar a deshoras y para erigirse como ese monumento al bar tantas veces soñado. El bar donde despeñarse.

O el bar donde celebrar la vida. Por ejemplo, el venerable y encantador P.J. Clarks, uno de los mil garitos que aspiran al título de bar-más-antiguo-de-Manhattan. Da lo mismo su fecha de nacimiento. Lo que importa es su atmósfera inigualable, el tipo de bar donde uno se quedaría toda una eternidad, donde no te importa siquiera que la cerveza se sirva caliente. Porque prevalece su espíritu proteico, su ambiente de camaradería tan propicia a esta clase de auténtica confraternización, propia de los bares que nos gustan. Donde suena Meat Loaf por los altavoces, la tele vomita un partido de béisbol juvenil que a nadie interesa, la camarera se toma las confianzas justas, la charla fluye ingeniosa y sin desmayo y la contemplación de la vida estimula el ritmo neuronal hasta desembocar en esa conclusión tan manoseada como certera: que hay bares donde se está mejor que en casa.

Incluidas ciertas barras americanas.

 

Foto de Diane Arbus

 

P.D. La visita a los Estados Unidos de América cuyos vecinos se disponen este martes, como sucede en algún otro lugar del planeta, a elegir entre dos males y determinar cuál es el mejor, permite corroborar lo ya sabido: el papel protagonista que el bar ejerce en la construcción de la identidad de este gran país. Grande en todos los sentidos. Una certeza que cualquiera podía hacer suya este verano mientras recorría las salas del Met Breuer, uno de los hermanos pequeños el gigantesco Metropolitan. Allí colgaba sus totémicas imágenes la legendaria fotógrafa Diane Arbus, cuyos retratos reflejan a la perfección esa sensación de desamparo consustancial a la gran ciudad. A toda gran ciudad y a la gran ciudad por excelencia: Nueva York. Es esa foto aquí reproducida, donde reinan la desolación y la poesía. Lo que uno espera encontrar tantas veces en su bar favorito, aunque tema confesarlo.

 

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